26
—¡Cincuenta mil sestercios a tomar por culo!
Cepión recalcó cada una de las cuatro últimas sílabas — már-pór-cú-ló — con furiosos martillazos. El primero reventó la punta respingona de la nariz de Antiodemis. El segundo le partió los labios. El tercero y el cuarto destrozaron el pómulo y el ojo izquierdo.
Cincuenta mil sestercios.
Eran los que le había pagado a Manlio Lentino por aquella estatua, obra de un tal Eufranor, un escultor chipriota muy considerado. Lentino hizo con ella un negocio estupendo. De sobra sabía Cepión que se la había traído de Grecia sin desembolsar un as por ella.
Las letras grabadas en el pedestal rezaban «Ártemis».
Para Cepión, sin embargo, aquella figura semidesnuda que disparaba el arco no era otra que Antiodemis.
Se podría objetar que le faltaban las pecas de la nariz y las mejillas. Pero ningún artista se molestaba en pintarles pecas o granitos a sus obras.
El resto de la cara y del cuerpo se parecían tanto a los de ella…
No. No se parecían.
Eran su cara y su cuerpo.
Hasta el segundo antes de asestarle el primer mazazo, Cepión estaba esperando que la estatua abriese la boca para protestar: «¿Qué pretendes hacer con ese martillo?».
Creía recordar una historia sobre un escultor que también era de Chipre, igual que Eufranor. ¿Cómo se llamaba? ¿Hefestión? ¿Pigres? Pigmi…, Pigme…
¡No, Pan!
Panfilión.
Eso era.
Y si no, daba igual.
El tal Panfilión había esculpido una estatua femenina de un verismo tal que ni él mismo, pese a que era el autor y sabía que aquello no pasaba de ser un bloque de piedra, podía soportar la excitación que le provocaba verla desnuda.
Cuando cerraba su taller por las noches, le metía mano y se frotaba con ella como un perro en celo mientras rogaba a Venus que convirtiera las formas marmóreas en curvas carnales.
Al final, la diosa se compadeció de él e infundió vida a la estatua para que Panfilión pudiera copular con ella sin llenarse de moratones ni despellejarse el miembro a cuenta de los restregones que se daba contra la dura piedra.
Cepión podía comprender a aquel tipo.
La misma noche en que instaló la escultura en el jardín junto al Apolo Sauróctono —aunque ni él mismo estaba convencido de que fuera el original de Praxíteles, lo repetía delante de la gente por si acaso—, celebró su nueva adquisición bebiendo más de la cuenta.
Cuando ya estaba bastante borracho y notaba la vejiga a punto de reventar, salió al jardín a vaciarla por no andar buscando la letrina.
No solo era por pereza. Siempre le había gustado orinar al aire libre.
Sobre todo, si la noche estaba más serena que él —requisito fácil de cumplir— y al levantar la mirada podía ver las estrellas sobre su cabeza, al mismo tiempo que regaba los lirios favoritos de su esposa y oía el sonido cristalino de su chorro compitiendo con el canturreo de la fuente donde un sileno de granito inflaba las mejillas para soplar su flauta doble.
Mientras terminaba de evacuar parte del exceso de vino, Cepión se había quedado mirando a la estatua recién adquirida.
Quiso la casualidad que en ese momento la luna llena se encontrara en su cénit, bañando la escultura con una luz plateada que suavizaba las formas de la piedra, resaltaba los volúmenes y difuminaba los ángulos.
Cepión no resistió la tentación de acariciar el pecho desnudo de aquella diosa cazadora que, en su opinión, de virgen tenía poco.
Al hacerlo —acaso por culpa de la bebida, no habría podido asegurarlo ni desmentirlo—, habría jurado que podía notar cómo el pezón de mármol se calentaba y erguía entre sus dedos.
Lo cual provocó que a él se le irguiera otra cosa por debajo de la túnica.
No era algo que les hubiera confesado ni siquiera a sus amigotes de francachela —mucho menos a Antiodemis, aunque ella, de alguna manera, era la musa inspiradora—, pero en varias ocasiones, siempre en lo más oscuro y silencioso de la noche, se había masturbado frente a la estatua.
Incluso una vez en que se sentía especialmente rijoso ordenó a Cimeris, la esclava que más lo excitaba, que le hiciera una paja delante de aquella Ártemis, tan cerca que el semen salpicó el mármol, y después le ordenó que…
—¡Cincuenta mil putos sestercios! —repitió ahora.
La cabeza de la estatua se había convertido ya en una ruina irreconocible.
Pero con eso no bastaba.
Las instrucciones de su esposa eran tan precisas como las cláusulas de un contrato.
Corrección.
Eran las cláusulas de un contrato.
El que estaba cumpliendo Cepión a golpe de martillo para que ella no se divorciase de él.
—¡Has tenido durante todo este tiempo a esa barragana, a esa furcia mirándome en nuestro jardín, burlándose de mí en nuestra propia casa!
A Tercia no le bastaba con que se deshiciese de la estatua. Le había prohibido que la vendiera, algo que le habría posibilitado recuperar el dinero o incluso, debido a la fama de la modelo y la reputación del escultor, ganar unos cuantos miles más.
—¿No te quejas tanto de lo tacaño que es tu padre? ¿Ahora, de pronto, te preocupan tanto unos míseros sestercios?
No era eso, pero Tercia, la honesta, la frígida, la limitadísima Tercia, no podía entenderlo.
A Cepión no le dolía derrochar dinero cuando redundaba en su placer o en su prestigio.
Durante un banquete había ordenado servir vino en copas de cristal egipcio —más laborioso de fabricar y más caro que el vidrio fenicio— y, al terminar, mandó a sus invitados que las estrellaran contra el suelo para celebrar el valor de lo irrepetible.
En este caso, sin embargo, la única que estaba disfrutando del despilfarro era su esposa. Asomada a la ventana de su alcoba, en el piso de arriba, contemplaba la demolición de la estatua con una sonrisa de satisfacción que las sombras de la celosía no alcanzaban a disimular.
—No puedes venderla —le había advertido—. No puedes regalarla. No puedes alquilarla. ¡Ni se te ocurra esconderla en un almacén! Tienes que destruirla.
—Es absurdo. Es irracional. ¡No es más que una estatua!
—Es lo que tienes que hacer. Es lo que vas a hacer.
Qué ganas le habían dado de borrarle esa odiosa sonrisa de un bofetón, igual que estaba reduciendo a añicos la indescifrable sonrisa de la Ártemis de mármol.
Pero no habría sido la mejor manera de congraciarse a su esposa para evitar el divorcio.
—Está bien. Les diré a Veturio y Clito que la hagan pedazos y los tiren a un vertedero.
—No.
—¿Cómo que no?
—Tienes que hacerlo tú.
—¿Yo? ¿Hablas en serio?
—Con esas mismas manos que… ¡No quiero saber lo que han hecho esas manos con ella!
Con un gesto no menos teatral que si se hubiera tratado de la misma Antiodemis, Tercia se había dado la vuelta haciendo revolar el echarpe de seda y había salido del tablino.
Humillante.
Todo el servicio de la casa estaba al tanto del ultimátum de su esposa. Por si alguien no se hubiera enterado, con los martillazos que Cepión le estaba propinando a la estatua era imposible que quedara nadie sin saberlo. Ni siquiera los vecinos del otro lado de la calle.
Para colmo, las exigencias de Tercia no se limitaron a reducir a cascotes la escultura.
Previamente, Cepión tuvo que arruinar también el fresco que Sopolis —el afamado, el carísimo Sópolis— había pintado en su despacho.
Porque en aquella pintura había otra Ártemis.
Disparando el arco, con un pecho fuera y con la cara de Antiodemis.
Tercia tampoco quiso transigir con la propuesta de Cepión, que consistía en pagarle un dinero extra a Sópolis para que se limitase a cambiar el rostro de la diosa o, al menos, a cubrirle el seno.
No.
Le había obligado a borrar toda la escena.
Ártemis, las ninfas de su séquito, la chica y el chico abatidos por sus flechas, el sátiro que espiaba escondido tras la maleza, la cierva blanca.
No hubo amnistía ni para los inocentes pajarillos que cantaban en los árboles.
La víspera, del mismo modo que ahora estaba ejerciendo de cantero maza en mano, Cepión había tenido que hacer de pintor. Pero no de pincel fino, sino de brocha gorda, para cubrir con una lechada de cal aquella obra de arte de tan efímera existencia.
¡Denigrante!
—¿Qué haces, tata ? —le preguntó su hijo, que se había colado en el despacho para contemplar aquel desaguisado contra la estética y contra el sentido común.
«Lo que manda la arpía de tu madre».
No iba a reconocerlo así en voz alta. Él era el paterfamilias.
—Me he hartado de ver esta pintura. Era muy aburrida. Cuando queramos ver bosques, te monto en la calesa y nos vamos al lago Nemi.
—¡Pero si llevaba muy pocos días!
—Demasiados eran.
—Pues a mí me gustaba.
—¿Ah, sí? ¿Te gustaba? ¿Y qué es lo que te gustaba más?
—La diosa del arco.
«¡Ah, pájaro!». Con siete años y ya sabía dónde ponía el ojo. Cepión recordaba bien cómo el mocoso se las había arreglado para colarse tras las faldas de su madre la noche en que lo pillaron en la cama con Antiodemis, y cómo se le pusieron los ojos de plato al ver a la actriz desnuda.
Al menos ahora, mientras él demolía a mazazo limpio a la Antiodemis de piedra —esta había sido algo más longeva que su versión al fresco—, su hijo no podía verlo.
El crío estaba en su primer día en la escuela de Equefrón, el maestro de letras elementales que cobraba como si enseñara retórica a futuros abogados.
Cepión lo había mandado allí para que empezara a relacionarse con los hijos de la élite.
Los mismos con los que luego montaría a caballo y aprendería a lanzar el venablo en el Campo de Marte, con los que se agarraría sus primeras borracheras y se iría de putas, y con los que, años después, haría y desharía alianzas y enemistades con el fin de medrar en el Senado para, si llegaba vivo a los cuarenta, convertirse en cónsul, que era lo que se esperaba de un Servilio Cepión.
Y lo que se esperaba de él mismo.
Si no terminaba arruinado antes de tiempo.
—¡Cincuenta mil putos sestercios…!
—¡Señor! ¡Señor!
Cepión se volvió, blandiendo todavía el martillo sobre la cabeza como un verdugo dispuesto a abatir al buey del sacrificio.
Quien lo acababa de interrumpir era una esclava.
Precisamente la bella Cimeris, la esclava con quien compartiera aquel peculiar trío.
—Es Nicómaco, amo.
—¿Qué tripa se le ha roto?
—Ninguna, amo —respondió ella, frotándose las manos de frío. Un gesto nervioso que tenía la virtud de acentuarle el canalillo entre las tetas—. Al contrario, dice que tiene buenas noticias.
—¡Acabáramos! ¡Esto sí que es una noticia a estas alturas, tener buenas noticias!
Tirando el martillo a su espalda sin mirar —lo que provocó nuevos desperfectos, esta vez en el rostro del sátiro de la fuente—, Cepión se sacudió el polvo de mármol de las manos y se dispuso a seguir a Cimeris.
Pero antes se dio la vuelta, echó un último vistazo y, empujando con todas sus fuerzas —que eran considerables—, y su rabia —que era mucha—, la volcó.
Al estamparse contra el suelo, el peso de la escultura bastó para que se partiera en tres grandes pedazos.
¿Con eso se quedaría a gusto su esposa, o aún tendría que desmenuzarla del todo como un vulgar picapedrero?
Mucho se temía que Tercia todavía le iba a hacer tragar más dosis de ricino.