25
Cleandro tenía sus motivos para esconder el colgante.
Le había dado la impresión de que los ojos de Artemidoro podían atravesar la tela de su túnica. Y de que, bajo su mirada, el metal se calentaba contra su piel, como si la hubieran puesto al fuego en un crisol.
No era el calor agradable que desprendía habitualmente la moneda de oro. Llegaba a quemar, aunque después comprobó que no le había dejado ampolla ni marca alguna.
Por eso decidió esconderla. Desde aquel día, empezó a llevarla en una especie de dobladillo dentro del cinturón. Cuando dormía, se la guardaba dentro del puño, apretándola tanto que despertaba con los dedos agarrotados y solo masajeándolos con la otra mano conseguía moverlos de nuevo con soltura.
No quería que la vieran. Ni Artemidoro ni nadie. No solo porque pudieran pedirle justificaciones acerca de su procedencia, sino porque…
Porque era suya, sin más. Nadie tenía por qué verla.
Cuando la encontró, comprendió que su suerte iba a cambiar.
Fue el mismo día en que trajeron a Artemidoro a la casa. Mientras otros esclavos se encargaban de cargar la litera en que transportaban al herido, Cleandro y tres criados recibieron la orden de recoger todo lo que pudiera quedar de valor en el apartamento del griego.
Aparte de libros —muchos, muchos libros—, lo único que parecía merecer la pena en aquel cuchitril era una paleta de escritura decorada con piedrecillas y grabada con signos incomprensibles, así que la echaron al baúl junto con los papiros.
El manto de Artemidoro se veía tan remendado y sucio que decidieron dejarlo allí: la ropa que el amo les suministraba a ellos estaba en mejores condiciones.
Entre otros restos diversos, en el suelo había algo que al principio creyeron que era una tela o un trapo desechado. Marco, uno de los esclavos, se agachó a recogerlo pellizcándolo entre dos dedos. Cuando se dio cuenta de lo que era, soltó un grito de horror y de asco y lo arrojó lejos.
Un rostro humano, despellejado, que salvo los ojos conservaba todos sus rasgos: la nariz, los labios, los párpados, la barba áspera y negra.
El desollador se había llevado incluso la oreja izquierda con el resto de la piel.
Los demás reaccionaron con una combinación de exclamaciones de repugnancia y carcajadas nerviosas.
Uno de ellos, Tirón, le dio una patada al rostro descarnado para alejarlo de él y se lo lanzó a Marco, que respondió con el mismo gesto hacia el tercer criado, pateando el tétrico trofeo como si fuera una rata muerta.
Mientras los tres se entretenían con ese bárbaro juego, Cleandro se dio cuenta de que había algo más en el suelo. Un objeto que debía de haber quedado oculto por aquel pingajo de piel y pelos.
Una moneda atravesada por un cordel, a modo de collar. Su brillo era inconfundible.
Oro.
En un visto y no visto, Cleandro se agachó y se la guardó bajo la ropa.
Antes de salir de casa de Mario, les dijeron que en el apartamento, aparte de los libros, tenía que haber una bolsa de cuero que contenía doscientos denarios.
La bolsa no apareció por más que buscaron. Ni en el baúl, ni en la estantería, ni debajo de la cama. No había tablas sueltas en el suelo ni huecos en las paredes.
—Se la han llevado antes de que viniéramos —dijo Marco.
—¿Quién? —preguntó Tirón.
—Pues quien haya entrado aquí antes que nosotros, bobo. ¿Crees que alguien iba encontrarse todo ese dinero y dejarlo aquí de regalo para el siguiente?
—¿Y por qué no se han llevado los libros entonces?
Como respuesta, los otros dos rompieron a reír. Cleandro los coreó por no llamar la atención. ¡Con qué ocurrencias les venía Tirón! ¡Comparar rollos de papiro sembrados de garabatos negros con monedas tintineantes!
—Esperemos que nos crea Estacio —dijo Marco, refiriéndose al mayordomo, que tenía peores pulgas gobernando a los criados que el amo Mario mandando tropas.
—Algún palo nos llevaremos, tenedlo por seguro —replicó Nevio, el cuarto del grupo.
Discutiendo sobre ello, cargaron con el baúl y salieron del apartamento.
Mientras caminaban de regreso a las Carinas, Cleandro iba pensando en lo que acababa de decir Nevio.
Estacio iba a hacer que los registraran, de eso estaba seguro.
Lo más prudente por su parte sería entregarle la moneda de oro y decir que la había encontrado en el suelo. La verdad escueta, sin más adornos.
Pero no quería hacerlo.
No solo por el valor que pudiese tener la moneda.
Aunque también. Su primera impresión había sido que pesaba el doble que un denario, quizá incluso más.
Gracias a su padre, estaba informado de que los banqueros del Foro cambiaban una onza de oro por doce de plata.
Lo cual significaba que esa moneda podía reportarle cien sestercios o más.
Una pequeña fortuna. Incluso suficiente para arriesgarse a recibir una buena azotaina.
Pero no era eso lo que le rondaba por la cabeza. En el momento en que cerró los dedos sobre la moneda notó dos cosas al mismo tiempo.
Un calor que parecía a punto de quemarle la piel, pero que se quedaba justo en el límite del dolor.
Sumado a una extraña sensación de bienestar. Como si, de pronto, todo estuviera en su sitio, todo fuera a salir bien. En su vida. En el mundo.
Era como si esa calidez se transmitiera desde la mano hasta el resto del cuerpo, y desde el cuerpo al alma. Una plenitud que no había alcanzado ni siquiera cuando se acostó con la tierna Calinice, la experiencia más dulce que recordaba.
(Aparte de Calinice, solo había copulado con otra mujer, pero servir de garañón para su difunta ama Cecilia durante el embarazo fue una experiencia diferente, y de todo menos placentera).
Solo se le ocurría una forma de explicar lo que le transmitía aquella moneda.
Magia.
No pensaba desprenderse de esa magia para que otro la aprovechara.
No obstante, quizá tuviera que alejarse de ella momentáneamente si no quería que se la quitaran al registrarlo.
¿Y si se la tragaba?
Rechazó la idea. Acabaría saliendo por el otro lado de su cuerpo. Por más que la limpiara después, ¿y si la moneda consideraba que aquello era una profanación y le retiraba el favor de su magia?
Mejor esconderla.
Sabía dónde podía hacerlo.
Como la forma de las asas del baúl hacía más práctico que lo transportaran solo entre dos personas, Cleandro se ofreció voluntario para cargar con él durante la subida de la cuesta Orbia, el tramo más pesado. Después le pasó el relevo a Tirón y se quedó con las manos libres el resto del trayecto.
Justo lo que necesitaba.
Cuando llegaron a casa de Mario y atravesaron el zaguán, Cleandro se rezagó un par de pasos.
En el atrio, a la izquierda, había una estatua de Minerva de unos tres pies de altura.
Estaba tallada en terracota y pintada con colores vivos, al estilo de la Atenea del Partenón —al menos, eso decía su padre—.
En el interior del escudo, apoyado contra el muslo izquierdo de la diosa, se retorcía una gran serpiente.
Desviándose apenas un instante, Cleandro introdujo la moneda con el cordel en uno de los pequeños recovecos entre la serpiente y el escudo. Allí quedaba perfectamente disimulada.
Después se reincorporó al pequeño grupo, intentando pensar en otra cosa, para que ni el mayordomo ni nadie captaran el menor indicio de culpabilidad en su mirada.
Lo cierto era que no podía dejar de pensar en la moneda.
Apenas se hubo separado de ella, la sensación de paz y bienestar se convirtió en todo lo contrario.
Una desazón que le recorría las entrañas, como si hubiera dejado una tarea importante por hacer y estuviera a punto de recibir un castigo por ello. Como si fuera a ocurrir algo terrible.
Tal como habían previsto, al saber que los esclavos no traían con ellos la bolsa con el dinero, los registraron.
Estado los hizo pasar uno por uno frente a él y les ordenó que se desnudaran del todo.
Buscaban los denarios, pero también cualquier otro objeto valioso que hubieran podido ocultar.
Les revisaron la ropa, los cinturones, las sandalias.
Incluso les revolvieron entre el pelo, les hicieron abrir la boca, separar los glúteos y levantar los pies.
Nada a lo que Cleandro, como esclavo hijo de esclavos, no estuviera acostumbrado.
¿Quién sabe?, pensó. Tal vez eso fuera a cambiar.
Por algún motivo, se había apoderado de él una convicción no razonada, pero poderosa, de que gracias a esa moneda su vida iba a tomar otro camino.
El de la libertad. La riqueza. El del fin de las humillaciones.
Esa misma noche recuperó la moneda. Una vez que Tirón quedó dormido en el cubículo que compartían, pudo examinarla a placer.
En sentido literal. Lo que experimentaba mientras la acariciaba y la contemplaba era eso: un intenso placer.
En una cara se veían unas extrañas incisiones. En la otra, un hombre barbudo, rodilla en tierra, sostenía un arco con su mano izquierda. El cetro que empuñaba en la derecha y la corona sobre su cabeza revelaban que se trataba de un rey.
¿Sería una señal de que el dueño de esa moneda también podía convertirse en rey?
¿Por qué no?
Desde entonces, Cleandro no se había desprendido de la moneda.