Sertorio, el elegido de la diosa blanca 24
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Durante unos días, de los que Artemidoro perdió la cuenta, la fiebre volvió a subirle.

Se movía entre el sueño y la vigilia, pasando en el duermevela horas y horas de cuyo paso apenas era consciente.

Una esclava joven, que tenía la mitad de la cara quemada y unos ojos tan hermosos como tristes, venía de vez en cuando para lavarlo y pasarle por la frente paños mojados en agua mezclada con vinagre y ralladura de calabaza.

También le ponía emplastos en el pecho, con suma delicadeza, y le hacía beber zumo de verdolaga y cocciones de dátiles.

Otra criada, mucho más vieja y con la espalda ya encorvada, le trajo un cuenco con unas cuantas habas.

«Buenas para la fiebre», le dijo. Al masticarlas, Artemidoro notó algo que crujía entre sus dientes dentro de la vaina.

Ya se lo había tragado todo cuando la esclava le informó de que en cada cáscara había metido siete chinches —ni una más, ni una menos— recolectadas por ella misma de su yacija y su manta.

—Cómete las demás. Verás como cuando despiertes se te ha pasado la fiebre.

Artemidoro rechazó el ofrecimiento.

—Soy seguidor de Pitágoras. Me he acordado demasiado tarde, pero tengo prohibido comer habas.

A la anciana, sin duda poco versada en las creencias pitagóricas, el argumento le debió de parecer tan arcano e incomprensible como si Artemidoro le hubiera revelado el secreto prohibido de la raíz cuadrada de dos, y se marchó un tanto enfurruñada.

Bien se debiera a las indiscutibles virtudes febrífugas de las siete chinches que había deglutido, bien a la panoplia de cataplasmas y cocciones o, simplemente, a la evolución natural de sus lesiones, la fiebre remitió y Artemidoro empezó a encontrarse más lúcido.

Por otra parte, los dolores también estaban menguando, o acaso era que se estaba acostumbrando a convivir con ellos.

Ya podía respirar algo mejor sin notar las costillas como serruchos, aunque no dejaba de sentir una molestia sorda en el pecho que se desplazaba de manera aparentemente aleatoria entre el esternón y el costado derecho.

Lo que no desaparecía era el tinnitus del oído izquierdo.

Un pitido penetrante y continuo, más agudo que la nota más alta que pudieran emitir una flauta o una voz humana.

Había empezado a sonar dentro de su cabeza cuando recibió uno de los devastadores puñetazos de Nuntiusmortis.

Desde entonces, había bajado algo en volumen, pero no en tono, y ahora no lo percibía tanto dentro del cráneo como en un punto impreciso a unos dedos por encima de la oreja, como si el tinnitus se hubiera convertido en un espíritu aéreo, más torturador que burlón, que lo seguía a todas partes.

En cuanto se sintió capaz, insistió en levantarse.

Algunas personas que pasaban mucho tiempo en cama por estar enfermas o lesionadas sufrían una muerte repentina cuando parecía que empezaban a reponerse.

El padre de Artemidoro, firme defensor de la teoría de los humores, lo atribuía a una súbita inundación de flema en el corazón, cuando el cuerpo, tras quedar inmóvil tantos días, ya no era capaz de distribuir los fluidos por sus canales naturales.

Al principio, Artemidoro intentó caminar por la bodega apoyándose en Gliceria, la esclava de los ojos tristes y el rostro quemado. La diferencia de estaturas era demasiada para que resultara práctico y enseguida renunció a ello.

Después bajó a ayudarlo un criado al que hasta entonces no había visto, llamado Cleandro.

Era muy joven, tenía las mejillas tersas y los pómulos altos, el cabello tan negro como las plumas de Mneme, los ojos grandes y oscuros y unas pestañas largas y curvadas que, a pesar de que era musculoso y ancho de hombros, le daban cierto aire femenino al parpadear.

Era un muchacho muy guapo —Gliceria se lo quedaba mirando cuando pensaba que él no se daba cuenta—, y de estatura algo más que mediana. Lo justo para que a Artemidoro su hombro le quedara un poco por debajo de la axila y pudiera apoyarse contra él.

Los dos avanzaron unos cuantos pasos, bordeando ánforas y esquivando sacos.

El suelo de tierra batida crujía cada vez que Artemidoro daba un saltito con el pie izquierdo mientras mantenía el derecho en el aire.

Las costillas le dolían en cada impacto, pero era un dolor soportable, casi bienvenido después de la inmovilidad.

Cuando se sentó de nuevo en la cama, con la pierna derecha estirada ante él, la túnica se le había pegado a la espalda por el sudor.

—Tiene que haber una manera más fácil.

—Se me ha ocurrido una idea, señor —respondió Cleandro, y se marchó sin decir más.

Al poco rato bajó de nuevo con dos muletas de madera de avellano.

—Las usó el amo Mario cuando le operaron de varices —explicó Cleandro—. Fue muy poco tiempo, enseguida se empeñó en andar sin ellas.

Se notaba que las muletas habían sido fabricadas a la medida de Mario.

Aunque el tribuno era un hombre alto, Artemidoro le sacaba más de medio palmo de estatura.

Para encajar los sobacos en las almohadillas de cuero se veía obligado a arquear la espalda más de lo que en él era habitual —su madre solía regañarle por ir encorvado—.

No obstante, resultaba mucho más práctico que apoyarse en Cleandro, de modo que no tardó en dedicarse a dar paseos por la estancia.

Pronto los amplió al resto del sótano, recorriendo los pasillos de la bodega en una dirección y luego en la contraria. Si hubo otros refugiados en el subterráneo, ya se habían marchado. Solo se encontraba con algunos esclavos que traían víveres o se los llevaban.

Cleandro, que parecía haberse aficionado a la compañía de Artemidoro, no se limitó a traerle las muletas.

Desde aquel momento, se convirtió en la persona que lo atendía y le traía la comida.

Platos sencillos, pero alimenticios. Crema de cebada, lentejas y garbanzos.

Pollo cocido con hierbas silvestres. Queso, aceitunas.

El pan que le bajaba Cleandro, recién horneado, era de trigo.

Al ver que al muchacho, acostumbrado al de cebada como correspondía a su condición de esclavo, se le dilataban las pupilas cuando se quedaba mirando aquellos bollos redondos e inmaculados como los senos de una vestal, Artemidoro partió uno de ellos en dos y se lo dio.

—Gracias, señor. —Cleandro se llevó un trozo a la boca y masticó con fruición. Luego pareció pensárselo mejor—. ¿Crees que es apropiado que partas el pan con un esclavo?

Artemidoro le respondió en griego.

—Considero que es apropiado partir el pan con un compatriota heleno.

El joven le respondió en el mismo idioma. Lo hablaba más despacio que el latín, como si no tuviera costumbre, pero tanto su pronunciación como su gramática eran más que correctas.

—Yo nací ya en Roma, señor.

—Los griegos podemos nacer en cualquier lugar del mundo. Ven, siéntate a mi lado —dijo Artemidoro, palmeando el borde de la cama—. Es incómodo torcer el cuello hacia arriba mientras hablo con alguien.

El joven soltó una risita.

—A los demás les debe de pasar a menudo contigo, señor. Eres más alto que un celta.

—Eso me dicen a menudo.

Esa estatura le vendría bien cuando conociera a los cimbrios. ¿Podría pasar por un bárbaro norteño más entre ellos?

Sin duda, daría el pego mejor que aquel muchacho tan moreno.

Y tan guapo.

Artemidoro no dejaba de sorprenderse por la belleza de Cleandro, como si la descubriera de nuevo cada vez que lo miraba.

Sus facciones eran un deleite para la vista.

La tentación de extender la mano y deslizarle los dedos por las mejillas para comprobar si eran tan suaves como prometían era fuerte, pero Artemidoro la contenía.

En el pasado había tenido sus escarceos con efebos.

Ese tipo de devaneos que los romanos consideraban en público una perversión de griegos y que muchos practicaban en privado.

Como Gayo Graco, que seguramente creía que las miradas y los roces que intercambiaba con su secretario Filócrates pasaban desapercibidos.

Pero Artemidoro no quería ni pensar en el sexo. Dolores físicos aparte, estaba convencido de que, si se concedía el presunto alivio de una experiencia erótica, lo único que conseguiría era que después —o incluso durante— la ausencia de Urania resultara infinitamente más dolorosa.

—No hablo mucho en griego —continuó Cleandro—. Bueno, cuando estoy a solas con mi padre sí. Al amo no le hace demasiada gracia que hablemos en otro idioma que no sea el latín.

—Entiendo —dijo Artemidoro.

Entre los adversarios de Mario en el Senado —un bando que, a la sazón, era mayoritario—, se propalaban chistes sobre la incultura de aquel rústico patán. Una incultura que se manifestaba sobre todo en su ignorancia del griego.

Artemidoro había comprobado por sí mismo que el tribuno se defendía mejor en la lengua de Platón, o más bien en la koiné de Aristóteles, que muchos de sus críticos.

Con todo, era evidente que sentía cierto menosprecio por las costumbres y el pensamiento griegos.

Un desdén que se traslucía, por más que intentara disimularlo, incluso cuando hablaba con Artemidoro.

Cleandro, que era de natural franco y sociable, le contó que su padre, Arquelao, era el ecónomo de la casa.

En aquel momento se encontraba fuera de Roma, supervisando unas fincas de Mario en Túsculo, donde el tribuno había enviado a algunos de los refugiados que corrían más peligro por su amistad con Graco.

—Pero en cuanto regrese estará deseando conocerte y hablar contigo, seguro.

Arquelao era natural de Sición. Al igual que tantos compatriotas, había sido apresado y vendido como esclavo, junto con su esposa, tras la destrucción de Corinto.

En Roma habían separado al matrimonio. Mario, que se hizo con los servicios de Arquelao por su habilidad con las cuentas, tuvo la generosidad de buscar al propietario de su mujer, Filotis, y comprársela a un precio que sobrepasaba en un tercio su valor en el mercado.

—Y así, ambos volvieron a estar juntos y me concibieron a mí en esta misma casa.

—Hablas de tu madre en pasado. ¿Murió?

El joven asintió. La mirada se le empañó, aunque no llegó a derramar ninguna lágrima.

Con aquel brillo y las pupilas dilatadas, sus ojos eran más bellos aún si cabía.

Siguieron charlando un rato. Artemidoro, que había recorrido medio mundo conocido con el fin de documentarse para su Geografía , le habló de Grecia, y de Sición en particular, y de lo hermosas que se veían desde allí las cumbres del Parnaso que se alzaban sobre Delfos, al otro lado del golfo de Corinto.

Mientras hablaban, Artemidoro observó algo que le llamó la atención. El joven tenía una medalla o algún otro tipo de colgante bajo la túnica, y cada poco rato se llevaba la mano al pecho y lo toqueteaba por encima de la ropa. Un gesto que parecía un espejo del que él mismo hacía.

Y que dejó de hacer en aquel mismo momento. Por alguna razón, le ponía nervioso que Cleandro, aunque fuese de manera inconsciente, lo imitara.

Curiosamente, cuando el esclavo bajó a visitarlo al día siguiente para informarle de que le habían preparado una habitación mucho mejor que aquella celda improvisada, Artemidoro observó que ya no llevaba ningún colgante.

Uno de tantos detalles en los que uno repara sin prestarles demasiada atención y que pasan al olvido.

Hasta que ya es tarde.