23
Artemidoro volvió a despertar sin saber dónde estaba.
¿Cuántas veces iba a ocurrirle?
¿Estaba soñando de nuevo?
Los dolores respondieron por él.
Demasiado intensos para no ser reales.
En el anterior sueño —ese que comenzó casi como cualquier otro, para terminar convirtiéndose en una experiencia entre lo consciente y lo alucinatorio—, Artemidoro se había levantado de la cama libre de malestares.
Asimismo, las sensaciones que no eran visuales o auditivas le habían llegado filtradas a través de una especie de fluido invisible y espeso que las amortiguaba.
Los olores, la humedad de la niebla. El tacto de los objetos, el peso de su cuerpo, incluso la presión de los pies en el suelo al andar.
Todo era tan tenue, tan ligero, como si en lugar de caminar se deslizara o incluso flotara.
¡Con razón pudo llegar al Mundus Cereris y descender por aquella sima tan profunda sin cansarse!
Hasta que llegó al final de la escalera —¿por qué era tan importante que tuviera setecientos peldaños?— [13] y comprendió que estaba dentro de un sueño, todo le parecía normal, como suele ocurrir en ese reino extravagante e ilógico.
Ahora, en cambio, no había ni velos ni fluidos.
Nada que atenuara el padecimiento físico.
Su cuerpo entero se había convertido en el escenario donde ensayaba un coro indisciplinado de solistas con afán de protagonismo que le enviaban punzadas insoportables a modo de notas discordantes y estridentes.
Desde el rostro, macerado por los puños de Nuntiusmortis, hasta las costillas que sospechaba fisuradas y, por encima de todo, la pierna rota y después recompuesta con una maniobra más dolorosa que la misma fractura: todo era una marea palpitante y errática de dolores.
Trató de respirar hondo.
Imposible. Si llenaba mucho los pulmones, las costillas se le clavaban y le cortaban el aliento.
Ya que no podía respirar hondo, intentó hacerlo despacio. Concentrarse en dar un ritmo a los dolores para adaptarse a ellos.
Al menos, consiguió no gritar.
Miró en su derredor.
Ahora no había engaño posible. Ya no estaba en casa de Antiodemis.
Seguía tumbado en una cama y tapado con una manta, pero ahí se acababan las similitudes.
Aquella estancia era mucho más amplia que el cubículo de Procopio y no tenía ventanas.
La única iluminación provenía de un candelabro de bronce colgado de una cadena.
Dos de las tres lamparillas estaban encendidas, y sus llamitas marcaban zonas de sombra, luz y penumbra sobre grandes tinajas, altas y silenciosas como centinelas.
Entre las ánforas, algunas cubiertas con tapas de cerámica y otras con paños encerados, se veían sacos, rollos de cuerda, herramientas de construcción y jardinería.
En las estanterías, sin pulir ni barnizar, se amontonaban cachivaches diversos que en la penumbra de la estancia Artemidoro no alcanzaba a identificar.
Empezó a recordar dónde estaba.
En casa de Gayo Mario. Esta vez sí.
¿Cómo había llegado hasta aquí?
Trató de poner orden en su memoria.
Primero, había despertado de aquel sueño, cuya última imagen era la de Nuntiusmortis tratando de atraparlo.
En ese preciso instante, Procopio entraba en la habitación para comunicarle, con voz agitada, que Urania había desaparecido.
—¿Cómo?
—Que no está, que ha desaparecido. El ama ha bajado y me ha dicho que no estaba.
Lo razonable, lo lógico, era pensar que lo que su antiguo esclavo quería expresar con aquello era que lo que había desaparecido era el cadáver de Urania.
Artemidoro, conscientemente, se negó a formularlo así. Tomándose al pie de la letra lo que acababa de decirle Procopio, se empeñó en borrar la palabra «cadáver» del sujeto de la oración y dejarlo simplemente en «Urania».
¿Cuáles fueron las últimas palabras de la Urania del sueño?
«Cuando me veas, entrégame el colgante y sabré que eres tú».
Al recordarlas, Artemidoro había buscado bajo la túnica.
Para encontrar el colgante.
En ese momento pensó que, o bien seguía dentro del reino onírico —eventualidad que se le antojaba incompatible con unos dolores tan intensos—, o bien tenía una prueba palpable de que lo imposible podía suceder.
Aunque lo imposible fuera que Urania hubiese desaparecido, tal como le decía Procopio. Ella entera, completa, y no tan solo su cuerpo desprovisto del principio vital que lo animaba.
Dentro del sueño, Artemidoro se sintió en todo momento empujado por un poderoso designio.
Aquella finalidad era tan poderosa, tan exigente, estaba tan por encima de las leyes de la naturaleza, que había obrado el milagro de transformar una visión inmaterial en un objeto real: un fragmento de ámbar sólido y tangible, que había logrado atravesar la frontera entre el mundo fantasmal del sueño y la realidad.
Si la voluntad de ese designio —de ese télos , esa causa final— era que Urania desapareciera de Roma para volver a aparecer en el lejano país de los cimbrios, ¿quién era él para oponerse a su propósito inexorable?
Artemidoro podría haberle preguntado a Procopio: «Te refieres al cadáver de Urania, ¿verdad?».
Pero ¿qué le habría contestado el esclavo?
En cualquier caso, dijera lo que dijese, ¿lo habría sacado realmente de dudas?
Procopio no había llegado a ver en ningún momento el cuerpo de Urania. Tampoco lo vio su ama, Antiodemis. Si ellos creían saber que la joven estaba muerta, era porque él, Artemidoro, se lo había asegurado.
¿Y si sus propios ojos lo habían engañado? ¿Y si…?
Artemidoro todavía estaba debatiéndose en círculos entre el frío razonamiento y la esperanza —que quizá era más cruel—, cuando se presentó Gayo Mario acompañado por todo un séquito.
Ocho criados más dos alguaciles que Mario tenía asignados por su cargo de tribuno de la plebe.
Traían con ellos una litera.
Habían tenido que limpiarle el polvo y quitarle las telarañas. La litera llevaba sin salir del almacén año y medio, el tiempo transcurrido desde la muerte de su esposa Cecilia, la única que la utilizaba en casa.
Mario consideraba que esos vehículos eran un afeminamiento.
No le parecía mal que las usaran venerables matronas o sacerdotisas vestales, pero cada vez que veía a un hombre, por anciano que fuera, recorriendo las calles en una litera acarreada por porteadores, se lo llevaban los demonios. ¡Eso no era tradición romana!
—Pero en tu caso es distinto —se apresuró a añadir al darse cuenta, por el gesto de Artemidoro, de que daba la impresión de estarlo criticando.
Dadas las circunstancias, razonaba Mario, el uso de la litera estaba justificado. No solo porque con esa pierna rota y entablillada Artemidoro apenas podía moverse, sino porque, una vez corridas las cortinas de cuero, nadie tendría por qué saber quién era el ocupante.
Si Mario había tenido la deferencia de venir en persona era por la posibilidad de que, en el traslado, les saliera al paso alguno de los grupos violentos que recorrían las calles con la excusa de verificar que se cumplía el decreto de emergencia del Senado.
Incluso se había puesto la toga, una prenda que resultaba sobremanera incómoda bajo la lluvia y que traía empapada.
Confiaba en que, ataviado de esa guisa y escoltado por los dos viatores , cualquiera que se cruzara con él y lo viera a cabeza descubierta lo reconociera como tribuno de la plebe.
—No querría tener encuentros desagradables. Ya que, en particular, Servilio Cepión parece tener tanto interés en ti.
Artemidoro había interpretado que Mario intentaba sonsacarlo con aquel comentario.
No le contestó.
Para hacerlo, habría tenido que sacar a colación el oro de Delfos.
No quería dar explicaciones sobre aquel tesoro maldito a ningún romano.
Ni siquiera a uno tan íntegro —al menos, en apariencia— como Cayo Mario.
Una ventaja de estar malherido y medio drogado era que no tenía por qué responder.
Ni siquiera hablar.
El traslado hasta la litera había resultado muy doloroso.
Los criados que cargaron con él trataban de ser delicados, pero, pusieran donde pusieran las manos, siempre encontraban alguna contusión.
Después, durante el breve trayecto, Artemidoro se dejó amodorrar por el balanceo del vehículo, aunque sin dormirse del todo.
Una vez llegados a la mansión de las Carinas, Mario había dado orden de que hicieran pasar a Artemidoro por la puerta de servicio y lo bajaran directamente a una de las estancias en que había dividido la bodega.
El descenso por las escaleras fue otro breve suplicio.
—Estarás mejor aquí. Después de lo que ha ocurrido, prefiero que nadie de fuera de la casa te vea —le dijo Mario una vez que lo vio instalado.
—¿De fuera de la casa? —preguntó Artemidoro, tendido de nuevo en una cama ajena.
—No eres el único a quien he debido dar amparo aquí.
Como tribuno de la plebe, Mario tenía la obligación sagrada de ofrecer su auxilio a todo ciudadano romano que lo reclamara.
Por lo que Artemidoro supo después, durante varios días la casa de Mario se convirtió en un santuario donde se refugiaron partidarios de Graco, algunos de ellos con sus familias, que huían de la furia homicida de Opimio y sus verdugos.
Mario había acogido en su casa a casi cien personas.
Algunas se encontraban a poca distancia de Artemidoro, separadas de él por los tabiques que compartimentaban el vasto sótano de la mansión, pero la mayoría se hacinaba entre los soportales de los patios, en los cubículos de los esclavos e incluso en el atrio.
A muchos les había dado asilo en diversas fincas que poseía en los alrededores de Roma y a otros los había enviado a su Arpino natal, a casi cien millas de distancia, para que se cobijaran en casa de su hermano Marco.
—Descansa. Aquí estarás bien atendido.
Con estas palabras —le faltó añadir su rotunda fórmula «así he hablado»—, Mario se despidió.
Y, entonces sí, Artemidoro se había vuelto a dormir.
Una vez recompuestos los huecos de su memoria, Artemidoro enfocó su atención en lo que lo rodeaba.
Mientras fuera capaz. Seguía notando la cabeza embotada y una vocecilla le decía: «Duérmete, cierra los ojos, no pienses, no recuerdes…».
Al otro lado de un tabique, alguien estornudó. Artemidoro oyó unos murmullos casi inaudibles y unos pasos apagados que cruzaban sobre su cabeza.
Al menos, parecían humanos.
En su apartamento de la Torre Mamilia también escuchaba pisadas de vecinos, muebles arrastrados, portazos. Pero, entre esos ruidos habituales, a menudo se colaban otros sonidos: zarpazos de uñas diminutas, correteos nerviosos de ratas o de otros animalejos a los que prefería no poner nombre.
Si aquí había roedores o alimañas de ese tipo, por el momento no daban señales de vida. Tal vez Gayo Mario, de quien decían que como militar era más metódico y contundente que el mismísimo Escipión Emiliano, había llevado a cabo una campaña de exterminio en los subterráneos de su mansión.
Aquella idea peregrina hizo sonreír a Artemidoro.
En general, reinaba el silencio. Debía de ser de noche. Si la del catorce o la del quince de enero, Artemidoro lo ignoraba. No sabía cuántas horas seguidas podía haber dormido en la bodega, aturdido por la fiebre y sedado por la mezcla de vino y opio.
Notaba la frente y el rostro ardiendo y los pies fríos. Los párpados le volvían a pesar. A pesar de los dolores, se dejó hundir poco a poco en las aguas del sueño.
«Setecientos escalones —pensó—. Setecientos escalones…».
Por alguna razón, esa cifra le seguía pareciendo importante.
Tendría que indagar sobre ello, pero…
Mejor cuando los dolores le dejaran pensar.
Esta vez no bajó setecientos peldaños. Ni setenta.
Ni siete. Se hundió en las aguas del sueño, sin más.
Si mientras dormía recibió alguna visión, fuera de las engañosas que salen del país de Óneiros a través de la puerta de marfil o de las veraces que brotan por la de cuerno, no llegó a quedarse grabada en su memoria.