Sertorio, el elegido de la diosa blanca 22
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Afrodita, o acaso alguna otra deidad, intervino en aquel instante.

No colgada de una grúa como en el deus ex machina del teatro, sino de forma más sencilla y contundente.

A golpes.

Golpes que estaban aporreando la puerta.

—¿Quién coño llama? —preguntó Septimuleyo—. ¡Largo de aquí!

Búfalo levantó el pie del pecho de Gulud para acercarse a la puerta. El esclavo se levantó muy despacio, masajeándose el esternón con una mano y tocándose la nuca con la otra, sin atreverse a mirar a la cara al gigantón que lo había humillado inmovilizándolo de aquella forma.

—¡No se te ocurra abrir, Búfalo! —exclamó Septimuleyo.

Demasiado tarde.

El pugilista acababa de hacerlo.

Al otro lado del umbral había tres hombres. Al menos. Entre las sombras del pasillo, apenas iluminadas por la lamparilla de aceite más cercana, era posible que aguardasen más.

Por un momento, Antiodemis temió que fuesen secuaces de Septimuleyo.

Pensándolo fríamente, era difícil que eso empeorara más la situación.

Aun así, se sentía al borde de un precipicio, con la punta de los pies asomada ya al abismo.

Ya ni siquiera pidió a Afrodita que la salvara, tan solo que todo acabase cuanto antes.

Sin esperar invitación, uno de los recién llegados pasó al interior del apartamento. Por el momento, no penetró más que un par de pasos. Búfalo, ancho y pétreo como un muro de sillares y quizá no mucho más inteligente, le obstaculizaba el camino.

Aunque el hombre no siguió avanzando, no daba la impresión de que la mole del pugilista lo intimidara.

Antiodemis lo reconoció.

Se había presentado en su apartamento cuando ella apenas llevaba dos días viviendo en la Torre Mamilia.

En aquel momento, por el aire desenvuelto con que se plantó ante su puerta, la joven pensó que se trataba de Aufidio, dueño de la ínsula y tío de su amigo Cicerio, un hombre al que aún no había tenido ocasión de conocer en persona.

En realidad, su visitante no era propietario de la Torre Mamilia, pero el edificio, en cierto modo, formaba parte de sus dominios.

Aunque no pertenecía al orden ecuestre, ni muchísimo menos al senatorial, era de esos orgullosos ciudadanos romanos que ostentaban hasta tres nombres.

Y con los tres se presentó.

—Bienvenida a la Subura, mi bella señora.

Soy Lucio Estertinio Rufo, para lo que tengas a bien disponer —la saludó, con una leve reverencia que tenía algo de juguetona, como si fuera otro actor representando su entrada en escena—.

No sabes cuánto honor nos depara que hayas decidido vivir entre nosotros.

Estertinio era presidente del gremio de zapateros. Un honorable collegium que, tal como le explicó él mismo, existía desde los tiempos ancestrales de Numa Pompilio, el segundo rey de Roma.

Además de darle la bienvenida al barrio, Estertinio la invitó a visitar cuando ella tuviera a bien la sede de su gremio, que estaba a tan solo un par de calles de la Torre Mamilia. El local no tenía pérdida: justo delante de la puerta se alzaba una estatua de Apolo Sandaliario, su santo patrón.

Antiodemis, por su parte, sugirió a Estertinio que pasara y tomara un refrigerio, ya que se acercaba la hora del almuerzo.

Él se disculpó, alegando negocios pendientes, y ella, que aseguró ser muy devota de Apolo en cualquiera de sus facetas, prometió enviarles al local incienso y perfumes para sus rituales, vino para sus banquetes y un ganso bien cebado para sacrificarlo al dios.

Antiodemis no tardó en enterarse de lo que se contaba de aquel personaje. El supuesto jefe del gremio de zapateros era incapaz de darle una puntada a un zapato. Como mucho, decían, arreglaría un coturno, porque no sabía distinguir el pie derecho del izquierdo.

Lo cierto era que, desde aquellos tiempos pretéritos del rey Numa, el antiguo collegium había evolucionado hasta convertirse en algo muy diferente. Ahora formaban parte de esa fraternidad muchos miembros que, al igual que Estertinio, no habían fabricado ni reparado calzado en su vida.

Así que a Antiodemis le convenía estar a bien con aquel hombre.

De alguna manera, Estertinio Rufo era el equivalente de Septimuleyo, pero en la Subura.

No tan poderoso, ya que Septimuleyo sacaba mucho dinero de las mercancías que desembarcaban las naves en los muelles del Pórtico Emilio y los almacenes del Emporio.

Pero no había negocio en la Subura que no le pagara cuotas al gremio de zapateros.

Aunque Estertinio y Septimuleyo representaran papeles parecidos, no podían tener un aspecto más diferente.

Estertinio era casi una cabeza más alto que el otro, muy delgado, con unos brazos largos y nervudos en los que las venas y los tendones se marcaban como cables, aunque debido a la edad —Antiodemis le calculaba sesenta años— los músculos empezaban a mostrar cierta flacidez.

Si bien sus rasgos eran demasiado enjutos y sus arrugas excesivamente marcadas como para considerarlo guapo, no podía decirse que fuese feo, a diferencia de aquella gorgona que se hacía llamar Emperador del Aventino.

En cuanto a su carácter, tenía buenos modales o al menos los sabía simular, y lo que pudiera haber de amenazador en su persona se debía más a lo que se sabía de él que a lo que saltaba a la vista.

—¡Cuánto honor tenerte por aquí, Aulo Vitelio!

—dijo Estertinio, dirigiéndose a Septimuleyo por sus dos primeros nombres—.

Deberías haberme avisado de tu visita. Si lo hubieras hecho con tiempo, te habría preparado un comité de recepción como tú te mereces.

Aun así, he improvisado lo mejor que he podido —añadió, señalando a los hombres que esperaban justo en el umbral.

Septimuleyo, que había vuelto a enfundar la daga, entrecerró los ojos y apretó las mandíbulas. Si le hubieran puesto entre los dientes el palo de una escoba, lo habría partido en dos.

—No quería molestarte ni hacerte salir de casa en un día de perros como este —masculló. Trataba de imitar el estilo entre retórico e irónico de Estertinio, pero era obvio que su perenne resentimiento, al que se sumaba ahora la frustración, no se lo permitía.

—Nunca es molestia agasajar al ilustre Emperador del Aventino y recibirlo aquí, en nuestros dominios de la Subura.

El énfasis con que Estertinio pronunció el nombre de cada distrito era evidente.

«Limítate a tu territorio y no metas las zarpas en el mío».

—Eres muy amable, Lucio Estertinio. Solo estoy de paso.

Si Antiodemis se preguntaba a qué se debía la inesperada y oportuna aparición de aquel personaje, la respuesta irrumpió enseguida.

Vopisca.

La zapatera se coló primero entre los hombres que esperaban en el umbral y después entre Gulud, Búfalo y Estertinio, con la habilidad de una anguila para culebrear entre tantos cuerpos.

—¡Ya sabía yo que venías aquí, criatura! ¡Mira que no me lo querías decir! —exclamó Vopisca, agarrando a Antiodemis del brazo y tirando de ella hacia la puerta.

La joven, más que aliviada de que la apartaran de Septimuleyo, no puso ninguna objeción.

Acercándose a su oído, la zapatera le susurró:

—Como no me fiaba y sabía que aquí había ocurrido algo malo, os he seguido y he estado escuchando detrás de la puerta. En cuanto me he dado cuenta de lo que pasaba, he corrido a buscar a Estertinio. ¡Has tenido suerte!

—Lo sé.

Antiodemis le dio las gracias a Vopisca, mientras por dentro añadía en sus agradecimientos a Afrodita por haberle concedido la insospechada bendición de una vecina tan entrometida.

De no haber sido por la afición de Vopisca a husmearlo todo y a inmiscuirse donde no la llamaban, solo los dioses sabían cómo podría haber terminado aquella escena.

Una escena en la que Antiodemis no pensaba inspirarse para crear ninguna pantomima.

Mientras tanto, Estertinio atravesó el apartamento y se dirigió hacia la ventana, sin que pareciera inquietarlo dejar tras su espalda a Búfalo ni a Septimuleyo.

El otro sicario del Aventino, Herenio alias Oráculo, se había apartado de Mírrina y se estaba apretando tanto contra la pared como si quisiera convertirse en un camaleón y fundirse con ella.

Mírrina se dio la vuelta hacia él. Por el ademán que hizo, Antiodemis comprendió que iba a tirarle una patada a los testículos a aquel bellaco que había aprovechado la situación para magrearla.

—¡Mírrina, no! —Aunque de momento habían escapado del peligro, con alguien como Septimuleyo, y por extensión con sus esbirros, no convenía forzar la situación.

La esclava resopló y puso los ojos en blanco por un instante, pero se contuvo.

—¡Eh, amigos!

Antiodemis volvió la mirada hacia la ventana. Estertinio había abierto del todo los postigos y, asomando medio cuerpo por fuera del alféizar, estaba saludando con la mano.

Desde la calle le contestó una ruidosa algarabía. Antiodemis, acostumbrada a escuchar coros de todos los tamaños, calculó por el volumen de las voces que allí abajo se habían congregado por lo menos veinte personas.

Más los que estuvieran en el corredor.

Era evidente que la tropa incursora del Aventino se hallaba en inferioridad numérica.

—¿A que no sabéis quién nos ha visitado? —exclamó Estertinio—. ¡Aulo Vitelio Septimuleyo!

Como respuesta, los gritos de la calle subieron de tono. Antiodemis, tan fina de oído como de olfato, distinguió entre las voces lindezas varias como «hijo de puta», «bujarra del Aventino» o «retaco cabrón».

—¡No faltéis al respeto a nuestro invitado!

La orden de Estertinio no sonó lo bastante convincente como para aplacar los insultos.

Volviéndose hacia Septimuleyo, el jefe del gremio de zapateros le preguntó:

—¿Nos acompañarás a nuestro pequeño santuario, mi querido Aulo Vitelio? Allí tenemos el mejor vino de la Subura. —Agarrando el odre de la mesa y sobándolo con cierto desdén, como si amasara un montón de estiércol, añadió—: Me parece que esta ubre ya va a dar poca leche.

—Te lo agradezco, Lucio Estertinio. Aquí hemos terminado y tenemos otros negocios que atender.

—No quisiera yo que por mi culpa descuidaras atenderlos.

Antiodemis decidió que era un momento de lo más oportuno para marcharse de allí. Antes de salir por la puerta, vio de reojo que Septimuleyo alargaba —era un decir— la mano hacia el libro de Artemidoro.

Con una rapidez insospechada, Estertinio sacó un puñal, aparentemente de la nada, y clavó el papiro a la mesa.

—Tch, tch. Lo que está en la Subura, en la Subura se queda.

Al bajar las escaleras hasta su apartamento, Antiodemis se dio cuenta de que, ahora sí, le temblaban las piernas como si sus huesos se hubieran cocido hasta convertirse en gelatina.

Mientras Vopisca la mareaba relatándole con pelos y señales cómo había convencido a Estertinio Capitón de que acudiera en su auxilio cuanto antes, se recordó a sí misma que debía enviar a la hermandad de zapateros un cabrito tierno y un pellejo de buen vino.

Y también se dijo que, a partir de ahora, iba a dedicarle algo más de atención en sus plegarias al dios Apolo, y no solo a Afrodita.