Sertorio, el elegido de la diosa blanca 21
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—No puede haber ido muy lejos en su estado, así que estamos buscándolo aquí, en la ínsula —le había dicho Cepión cuando entró en su apartamento aún de madrugada.

Estaba en lo cierto. Artemidoro no había ido muy lejos.

De hecho, se encontraba a pocos pasos, malherido y tumbado en la cama de Procopio.

—¿Qué ha pasado con él? —preguntó Antiodemis—. ¿Por qué has dicho que no puede ir muy lejos en su estado?

—Ha saltado de su propia ventana —respondió Cepión—. Estaba atado a una silla cuando lo ha hecho. La silla se ha hecho pedazos contra el suelo y él ha conseguido escapar.

—No entiendo nada. ¿Por qué estaba maniatado en su propio apartamento?

—Lo habíamos atado nosotros.

—¿Vosotros?

Antiodemis comprendió que el otro elemento de aquel pronombre en plural era Nuntiusmortis. Mientras Cepión y ella hablaban en el dormitorio, el celtíbero aguardaba en el recibidor del apartamento.

—Hemos venido a detenerlo. Es un cómplice del traidor Graco.

Gayo Graco. El hombre a quien Cepión, hasta prácticamente la víspera, se refería como su amigo, su camarada, su contubernal de Numancia.

De repente, el extribuno se había convertido en un traidor contra Roma.

Antiodemis le había preguntado a Cepión por qué alguien como él, senador y magistrado, tenía que rebajarse a esas tareas, cuando la República contaba con sirvientes públicos para tales desempeños.

—Los tresviri capitales no dan abasto —contestó Cepión—. La traición es como la hidra. No dejan de brotar cabezas. Los magistrados tenemos que asumir nuestra responsabilidad y cortarlas en nombre de la República.

Finalmente, Antiodemis había logrado desembarazarse de él.

No solo lo convenció de que no había visto a Artemidoro, sino que además rompió a llorar, interpretando el papel de mujer celosa que quiere a su amante solo para ella.

Eso había bastado para ahuyentar a Cepión como si hubiera visto juntos a los perros de Hécate y a las tres Erinias.

Lo ocurrido anoche en el apartamento en el que se encontraban ahora —la muerte de Urania y la paliza a Artemidoro— no tenía nada que ver con Gayo Graco.

Antiodemis estaba cada vez más convencida de ello.

De hecho, al principio había pensado que la verdadera causa de lo sucedido era la propia Urania y que lo de Graco no era más que un subterfugio.

La joven había sido, en su momento, la pieza más codiciada del prostíbulo más selecto de Roma.

Era casi inevitable que Cepión, que se jactaba de sus gustos exquisitos y de disfrutar siempre de lo mejor, hubiera visitado aquel local en más de una ocasión.

Una vez allí, ¿qué servicios habría solicitado?

Los de la más cotizada de las chicas.

Urania.

Así que seguro que la conocía. En todos los sentidos.

Si, al volver Cepión a los Jardines de Eros y Psique a preguntar por ella, le habían dicho que un don nadie, ¡un erudito griego!, la acababa de comprar y manumitir, y que por ese motivo ya no podía acostarse con ella…

Sabiendo cómo era Cepión, seguro que se lo había tomado como una afrenta personal.

Sin embargo, algo no terminaba de cuadrar en aquella teoría.

¿Plantarse en plena madrugada en casa de Artemidoro por puro despecho para violar a Urania, como si Cepión no tuviera otras cosas en las que pensar?

¿Con la que estaba cayendo anoche, literal y metafóricamente, en Roma?

¿No podía haber esperado otra coyuntura más oportuna?

El libro abierto ante ella sugería otra justificación.

Un tesoro.

¿Dónde estaba? ¿Cuánto valor tenía?

Continuó con el texto, esperando encontrar respuestas más adelante.

Unas respuestas que, probablemente, eran lo que había venido a buscar Cepión unas horas antes.

—«Los jefes que sucedieron a Brenno pensaron que el tesoro era muy valioso y no querían desprenderse de él.

Después de un viaje muy largo, remontando el Danubio y rodeando los Alpes, los volcas tectósages llegaron a la Galia.

Allí se instalaron en las tierras entre el Ródano y el Garona, les quitaron a los aquitanos dolosa y la hicieron su capital».

Antiodemis se enderezó un poco y suspiró. Era agotador leer en griego, su idioma, y tratar de convertirlo al latín, el lenguaje que había tenido que adoptar al mudarse a esta ciudad.

Y se hacía mucho más difícil en aquel lugar que olía a sangre, sudor y vino, con Septimuleyo tan cerca de ella que sentía el calor que emanaba de su cuerpo.

—No pares —ordenó el hampón.

—«Poco después de llegar a Tolosa, hubo una epidemia entre los celtas. Era una peste, sus cuerpos se inflamaban de fiebre y de una sed imposible de saciar. Se llenaban de pústulas, vomitaban sangre y morían. Algunos se tiraban a pozos y aljibes para beber y se ahogaban.

»La enfermedad iba a exterminarlos, o serían aplastados por las tribus del lugar. Los nobles de los testó… tectósages consultaron a sus sacerdotes».

—Druidas —intervino Oráculo—. Los sacerdotes de los galos se llaman druidas.

—Mira que eres listo de los cojones —replicó Septimuleyo—. Tú no pares, mujer —añadió, apoyándole una mano en la espalda.

Allí donde empezaba a curvarse.

Por fatigoso que resultara traducir, Antiodemis habría deseado que hubiese más texto. Ya no le quedaba mucho para llegar al punto en que Artemidoro interrumpía su narración.

¿Qué ocurriría después, cuando el pasaje se acabara?

El nuevo estrujón que le dio Septimuleyo al odre de vino le brindó una pista nada tranquilizadora.

—«Los sacerdotes… los druidas dijeron que si querían salvar al pueblo de aquella peste, tenían que renunciar al tesoro robado y consagrárselo a Apolo.

Ellos lo llaman Beleños. Debían hacerlo en un lugar que solo conociera el dios.

No podían quedarse ningún objeto fruto del saqueo, y menos el Ónfalos. Si no, la maldición seguiría».

Tomó aliento de nuevo.

Lo que iba a traducir ahora justificaba más que de sobra el interés de Cepión.

—«En total, los celtas le consagraron al dios quince mil talentos de oro y once mil talentos de plata».

—¡Por la polla de Príapo! —exclamó Septimuleyo. Esta vez su mano palpó descaradamente la nalga derecha de Antiodemis, lo que hizo que ella diera un respingo—. ¿Puedes repetir lo que has dicho?

—«Quince mil talentos de oro y once mil talentos de plata».

Era una cifra enorme, que multiplicaba muchas veces las deudas de Cepión. ¿Cómo no le iba a interesar aquel dineral?

—¿Qué más dice? Corre, ¿qué más dice?

—«Ahora vamos a hablar del paradero de ese tesoro oculto, según las…

—Con los nervios, la palabra latina se le escapaba a Antiodemis, bailando ante sus ojos como un gusano enganchado a un anzuelo, ondulando sin dejarse atrapar—.

Las, las… ¡Las investigaciones! Según las investigaciones que yo mismo he realizado».

—Venga, cuenta dónde está ese tesoro. Ya pueden haberlo maldecido Apolo, Júpiter, Marte y la puta madre de todos ellos, que me da igual. ¡Sigue!

El texto estaba a punto de llegar a su final.

Mucho se temía Antiodemis que lo que contaba Artemidoro en él no iba a gustarle a Septimuleyo.

—«Dichas investigaciones nos llevan a la conclusión de que nadie conoce ni recuerda dónde está el oro de Delfos. Buscarlo es, como dijo Eratóstenes, igual que buscar al talabartero que cosió el odre de los vientos de Eolo».

—¿Cómo? ¿No dice dónde está ese maldito tesoro?

—Es lo que pone aquí. —Antiodemis clavó el dedo en las últimas líneas—. Solo queda esto.

—¡Pues léemelo!

—«Cualquiera que intente encontrar el tesoro de Delfos lo hará en vano. Además, aunque no creo en las maldiciones en las que creen los hombres supersticiosos, pienso que lo mejor es que esas riquezas robadas por la fuerza en el santuario de Apolo jamás vuelvan a ver la luz del sol».

—¿Y ya está? ¿Eso es todo?

Antiodemis volvió a poner el dedo sobre el papiro.

—Esto es lo último que pone, τοῦ ήλίου , «del sol».

Septimuleyo se apartó, para alivio momentáneo de Antiodemis. Como si en verdad le hubieran arrebatado aquel tesoro fabuloso de las manos, el hampón se mesó los cabellos y empezó a proferir improperios.

—¡Eso es mentira! ¡Mentira! ¡Seguro que ese cabrón sabe dónde está el puto tesoro! ¡Mamón, griego de mierda!

No contento con tirarse del pelo, sacó la cara despellejada de debajo del cinturón, la tiró al suelo y la pisoteó. La oreja, que conservaba los cartílagos, hizo un ruido muy desagradable bajo su bota.

Después dirigió su ira contra Antiodemis.

—¿Estás segura de que pone eso? ¿No me estás engañando?

—¡No!

Septimuleyo desenvainó la daga y se la puso a Antiodemis bajo la barbilla.

Para evitar que se la clavara, ella tuvo que doblar la espalda hacia atrás, curvándose sobre la mesa con tal ángulo que le dolieron los riñones.

Septimuleyo se arrimó todavía más, hasta que su entrepierna se pegó al cuerpo de ella.

Gracias a que era paticorto, lo hizo por debajo de las ingles de Antiodemis.

Aun así, la joven pudo sentir cómo el miembro de Septimuleyo se hinchaba contra su muslo.

Al parecer, la idea de clavarle el cuchillo lo excitaba.

—Dile a tu hombre que lo lea. Verás que no te miento.

—¡Mi hombre no tiene ni puta idea!

—¡Si me tocas, Quinto Servilio Cepión hará que te crucifiquen!

Ante la salida inesperada de Antiodemis, Septimuleyo retrocedió y se quedó callado.

Su perplejidad duró solo un instante. Enseguida volvió a acercarle el cuchillo al rostro. Antiodemis intentaba no bizquear, pero le era imposible apartar los ojos de aquella punta de hierro.

—¿Crees que me da miedo tu amiguito? ¿Crees que porque él te folie como a una perra me vas a dar miedo tú a mí?

Aquel hombre estaba loco, comprendió Antiodemis. Más loco que Áyax y Acó juntos.

Si Septimuleyo le clavaba el puñal, o la violaba, o lo hacía todo a la vez, Cepión tomaría represalias contra él. No era hombre que tolerara ver sus posesiones mancilladas por nadie.

Pero ¿de qué le serviría a ella llegado ese momento?

«Poderosa Afrodita, madre de todo lo que es bello y bueno, sálvame en este trance. Haz que este no sea mi último acto. No me dejes acabar aquí. No entre los monstruos…».