Sertorio, el elegido de la diosa blanca 20
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¿Qué tenía que ver en todo esto Septimuleyo? ¿Lo había mandado Cepión para que limpiara sus restos, como si fuera un libitinario, uno de los servidores públicos que cada noche recogían los cadáveres de las calles?

De ser así, ¿por qué seguían allí tanto él como sus dos esbirros?

El motivo debía de hallarse en el libro abierto sobre la mesa.

El hombre que estaba inclinado sobre él, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño con gesto de esfuerzo, no parecía tan peligroso como Septimuleyo o el gigantón pugilista.

Su cara se veía curtida y surcada de arrugas hondas como cicatrices de antiguas cuchilladas.

Sin embargo, a Antiodemis le dio la impresión de que era más efecto de la intemperie y el abuso de la bebida que de la edad.

—¿Y bien? —preguntó Septimuleyo.

—¿Quieres que lea ese libro?

—¡Muy inteligente! ¡Y hay quien dice que las mímulas son aún más tontas que los gladiadores!

—Deberías dirigirte con más respeto a mi señora —intervino Mírrina. Antes de hablar, había tenido la prudencia de apartarse lo más posible de Búfalo, y estaba prácticamente pegada a la triste pared de las no menos tristes alcayatas.

Septimuleyo respondió con una reverencia burlona.

Aunque hubiera intentado ser solemne, en él habría resultado igual de grotesca.

—Aquí mi buen Herenio, alias Oráculo —dijo el hampón, señalando a su otro sicario—, me ha asegurado que era capaz de leer el griego. Pero se ve que me ha mentido o que ha sido muy optimado… optional…

—Optimista —completó el aludido. Al darse cuenta de la mirada que le lanzaba su patrón por haberlo corregido, agachó la cabeza como un perrillo que escondiera el rabo antes de llevarse un zapatazo—. Perdona, no he debido interrumpirte.

—¿Por qué no ibas a hacerlo, si así me iluminabas con tu sabiduría? ¿No te llamamos Oráculo precisamente por eso? ¿Por tus inmensos conocimientos?

De nuevo, el resentimiento asomando en cada sílaba como la cabeza de una víbora. Lo llamativo era que ese veneno no brotara frente a alguien de rango superior, a quien pudiera envidiar o incluso odiar, sino ante un subordinado que, como era evidente, le temía.

¿Qué humillaciones había tragado Septimuleyo a lo largo de su vida para acumular tanto odio? No era extraño que tuviese los dientes limados de tanto rechinarlos con ira contra el mundo.

Si su rabia se limitara a eso, pensó Antiodemis, por ella podía desgastarse la dentadura hasta el hueso.

Pero no era así.

El rostro despellejado que colgaba de su cintura relataba una historia diferente.

Eran otros quienes pagaban el precio de su rencor.

El hombre al que su jefe llamaba Oráculo se apartó para que Antiodemis pudiera examinar el papiro.

La joven se inclinó sobre el libro. Detrás de ella notaba la presencia de Septimuleyo, no por encima de su hombro, ya que su corta estatura no se lo permitía, sino asomándose por un lado.

Demasiado cerca. Seguía notando su aliento.

En cualquier momento le volvería a poner las manos encima o, aún peor, aprovecharía para pegarse a sus nalgas.

«Medea, eres Medea», se repitió Antiodemis.

Se concentró en el libro.

El papiro era de buena calidad. Saltaba a la vista por el entramado y el color, y también se notaba al deslizar los dedos. Estaba recién empezado. La mayor parte del volumen, todavía virgen, seguía enrollado en el umbilicum de madera de la derecha.

Junto al libro había una paleta alargada, una delicada pieza de madera con piedrecillas de colores incrustadas y pequeños huecos ovalados para la tinta.

Sobre su superficie, unos caracteres grabados que, más que letras, parecían dibujos en miniatura: ojos, pájaros, siluetas humanas rodeadas de trazos abstractos, como si el autor hubiera querido contar una historia en imágenes en aquel espacio diminuto.

Antiodemis había visto signos parecidos en colgantes orientales, pero no habría sabido decir si eran letras o símbolos mágicos.

La paleta estaba volcada de medio lado. La tinta se había derramado sobre la mesa y alcanzaba el papiro, dejando una mancha alargada que atravesaba parte de la primera columna de texto.

La tinta estaba ya seca. Eso significaba que no la habían derramado estos tres intrusos, sino seguramente Cepión o Nuntiusmortis unas horas antes.

Quien seguro que no había volcado el tintero era Artemidoro.

Pese al borrón, el encabezado se leía con cierta claridad.

Ayudaban las velas de grasa: por mal que olieran, servían al menos para distinguir las letras.

Los postigos de la ventana solo estaban entornados.

Aunque los hubieran abierto de par en par, el cielo seguía tan encapotado que apenas habría entrado luz en el apartamento.

Había dos letras al principio que indicaban el número del libro.

ΚΘ’

—Vigesimonoveno —leyó.

De modo que Artemidoro llevaba ya veintiocho volúmenes de sus Historias escritos y acababa de empezar el que hacía el número veintinueve.

¡Veintinueve nada menos!

Un empeño titánico para un hombre al que Antiodemis había visto a menudo salir temprano de casa y regresar cuando ya casi se ponía el sol, con los hombros e incluso las mejillas caídos de agotamiento.

La joven deslizó el índice por las líneas mientras murmuraba entre dientes, tratando de familiarizarse con el libro antes de leerlo en voz alta.

La caligrafía de Artemidoro era clara, aunque a veces se notaba que se impacientaba, quería avanzar más rápido de lo que sus dedos le permitían y algunos trazos se torcían, alguna que otra ómicron quedaba más aplastada de lo que debería y más de una psi se cerraba tanto que casi parecía una phi .

Por fin, se decidió y empezó:

—«Aquí se inicia el libro vigesimonoveno de las historias compuestas por Artemidoro de Éfeso».

Hizo una pausa y levantó la mirada.

Septimuleyo ni siquiera había parpadeado.

Estaba claro que no entendía una sola palabra de griego.

En cambio, el apodado Oráculo asentía cabeceando con aire sabihondo. Lo hacía sobre el hombro de Mírrina, a la que había separado de la pared para abrazarla por detrás, entrecruzando las manos sobre su estómago. ¿Cuánto tardaría en subirlas a los pechos?

¿Cuánto tardaría Septimuleyo en hacer lo mismo, pero con ella?

Criada y ama cruzaron una mirada. «Aguanta, que saldremos de esta», trató de transmitirle la joven con los ojos. Conociendo a Mírrina, estaba tardando ya en zafarse de Oráculo y arrearle una bofetada.

Una reacción que no habría supuesto problema si aquel individuo se hubiera encontrado solo.

Pero también estaba el pugilista.

Y Septimuleyo. El más bajito de los tres.

El más peligroso.

—¿Qué es lo que has dicho? ¿De qué trata ese puto papiro? —preguntó Septimuleyo.

—Es un libro de historia —dijo Antiodemis—. Parece que habla de Delfos y de un caudillo llamado Brenno.

—Ya lo decía yo —intervino Oráculo—. Es el mismo que saqueó Roma. El tipo lo saqueaba todo.

Antiodemis no tenía tan claro que se tratara del mismo Brenno, pero no habría podido jurarlo. Estaba más versada en poesía que en historia. La de Roma en particular le resultaba tediosa en su monótona sucesión de batallas y matanzas.

—Hay alguien muy interesado en lo que pone aquí. Un senador importante —dijo Septimuleyo, plantando un dedazo junto al manchurrón de tinta.

Cepión, comprendió Antiodemis. Importante no era todavía. Acababa de ingresar en el Senado. Pero lo terminaría siendo, ya que su familia era de las más poderosas de Roma.

—Y si ese alguien está interesado —continuó Septimuleyo—, significa que este libro es interesante. Quiero que me lo leas.

—Me has dicho que no sabes griego.

—Quiero que me lo digas en el idioma de la gente normal.

—O sea, quieres que te lo traduzca.

—Pues ¿qué te he dicho?

Cuidado, se dijo Antiodemis. Aquel hombre era un ignorante y lo sabía, pero no le gustaba que se lo recordaran.

La joven fue leyendo frase por frase muy despacio, tratando de verter las palabras y las construcciones al tosco idioma de los romanos. Nunca había intentado hacer algo así.

No era fácil.

Sabía que un tal Livio Andrónico había traducido la Odisea —¡nada menos que la Odisea !— del griego al latín. Pero seguro que llevó a cabo aquella tarea sentado, con calma, escribiendo y no repentizando su versión de viva voz.

Sin verse obligado a deducir lo que faltaba en algunas líneas por culpa del borrón de tinta.

Y sin tener a un homicida borracho echándole en la nuca su pestilente aliento.

—«Cuando saqueó el santuario de Delfos, el jefe celta Brenno no pasó de los Balcanes conduciendo a los volcas tec… tec-tó-sa-ges».

—¿Quiénes son esos?

—No lo sé.

—Son una tribu gala —intervino Oráculo. Su aclaración le debió parecer demasiado concisa y la amplió—: De la Galia.

—Así que galos. Sigue, mujer —dijo Septimuleyo.

—«En el viaje, contrajo una enfermedad que lo pudrió por dentro. Con… con vómitos, y escupiendo sangre. Se le cayeron los dientes, el pelo, las uñas».

—¡Ja, ja, ja! ¡Bonito cuadro tenía que estar hecho el puto galo!

A los dos esbirros les debió de parecer muy chistoso el comentario de su patrón y lo celebraron con carcajadas.

Antiodemis aventuró una hipótesis. El llamado Oráculo se reía porque tenía miedo de Septimuleyo, mientras que al pugilista el chiste le había hecho gracia de verdad porque su sesera no daba para más.

Continuó.

—«Al fin, estaba tan dolorido y lo humillaba tanto que la gente lo mirara con… horror y con repulsión… que se quitó la vida con su daga. La daga que… era la misma que estaba manchada con la sangre de la Pitia».

—¿De quién?

A eso sí podía responder Antiodemis.

—La sacerdotisa que profetiza en el oráculo de Delfos.

—¡Ah, un oráculo de verdad! ¡No como tú, Herenio!

El aludido, le pareciera jocosa la ocurrencia o no, volvió a reírse.

A partir de lo que iba leyendo, Antiodemis dedujo cómo terminaba el libro anterior, el vigesimoctavo de aquellas Historias . Al parecer, aquellos galos habían saqueado el oráculo de Delfos y, mientras se dedicaban al pillaje, su jefe Brenno violó y asesinó a la Pitia.

No era extraño que Brenno se hubiese puesto tan enfermo después de cometer aquel sacrilegio.

Apolo no era un dios que se tomara a la ligera los desaires contra sus santuarios ni contra sus sirvientes.

Los aqueos que asediaban Troya y su jefe Agamenón podían dar testimonio de ello: por haber raptado a la sacerdotisa Criseida, las deletéreas flechas de Apolo los abatieron a centenares.

—«Se dice que Brenno se suicidó bebiendo vino puro, pero es absurdo. El vino puro puede volver loco si se abusa de él. Así le pasó a Cleómenes, rey de Esparta y hermano del famoso Leónidas. Pero no es veneno».

Septimuleyo no pareció darse por aludido por el comentario del autor acerca de los peligros de abusar del vino. Todo lo contrario, cogió el odre y lo estrujó a conciencia para darle un buen trago.

—Sigue, mujer.

—«Después de que el bárbaro Brenno muriera, sus súbditos dijeron que se había puesto enfermo por un hechizo.

—Antiodemis tomó aliento. Era complicado traducir las frases más largas y le venía mejor dividirlas—.

La Pitia lo había hechizado en venganza por violarla.

Y por saquear el santuario y por robar el sagrado ombligo».

—¿Cómo? ¿Qué ombligo es ese?

Antiodemis miró a Herenio. El presunto Oráculo no parecía saber a qué se refería el texto.

Fue ella misma quien lo explicó.

—El Ónfalos es una piedra sagrada que se encuentra en Delfos. Dicen que señala dónde está el centro del mundo.

—¡Qué estupidez! —replicó Septimuleyo—. El centro del mundo está aquí. ¿Adónde traen todos los caminos? A Roma, ¿no? ¡Pues ya está dicho!

Antiodemis no pensaba porfiar por esa cuestión. Si alguien le hubiera consultado su opinión, habría respondido que el centro del mundo se hallaba en Chipre, porque era allí donde la poderosa Afrodita pisó tierra firme por primera vez.

—«Hubo algunos que dijeron que la misma maldición afectaría a quienes tocaran los tesoros arrebatados a Delfos. Por eso la llamaron “la maldición del oro”».

—¡Aaaaah! —Septimuleyo palmoteo entusiasmado. Parecía mentira que fuera capaz de juntar esos dos bracitos por delante de su cuerpo de barril—. ¡Así que hay un tesoro de por medio! ¡Con razón ese arrogante con toga tenía tanto interés en el libro!

Antiodemis trató de anudar cabos.

Hacía un rato, en su delirio, Artemidoro había dejado escapar algunas palabras griegas mezcladas con otras bárbaras. De entre las primeras, Antiodemis escuchó cómo pronunciaba nítidamente «Delfos», y también «maldición».

Ahora empezaba a entender por qué.

En cuanto al arrogante con toga que acababa de mencionar Septimuleyo y que estaba tan interesado en el libro, no tenía dudas de a quién se refería.

Cepión.

Unas cuantas horas antes, todavía de noche, se había presentado en el apartamento de Antiodemis buscando a Artemidoro.

La conversación que mantuvieron entonces era lo bastante reciente como para que recordara todos los detalles.