19 #2
—Lo soy —dijo Antiodemis.
Su propia voz le sonó ahogada, casi inaudible.
—Entonces eres de Atenas, claro.
«Hay más ciudades en Grecia que Atenas, ignorante», pensó ella.
No lo dijo en alto.
—Soy de Chipre.
—¡Igual que Afrodita! —exclamó el sicario que examinaba el libro.
—Calla la boca, Oráculo —respondió Septimuleyo.
A esa divinidad, a Afrodita, se encomendó Antiodemis.
Recupera el aplomo, se ordenó a sí misma.
Eres actriz.
Actúa.
Conviértete en Antígona enfrentándose a Creonte, incluso en Medea plantando cara a Jasón.
Convéncete de que eres una reina, de que eres una diosa, y los demás lo creerán.
Lo intentó. Flexionó muy levemente las rodillas y contrajo los músculos de los muslos. «Que tiemblen tus piernas por dentro, no por fuera», un truco que le enseñó Casandra en sus primeras actuaciones ante auditorios numerosos.
Respiró hondo, tratando de llevar el aire hasta el abdomen.
No era sencillo. Sentía un puño invisible apretándole la garganta.
—¿Sabes leer?
—Sí.
Qué difícil resultaba a veces conseguir que la voz no sonara débil ni trémula al pronunciar una sola sílaba.
—Me lo imaginaba. Seguro que te sientes muy orgullosa, ¿verdad? ¡Una mujer guapa y, además, lista!
Esta vez, Antiodemis no contestó. Aguantó la mirada de Septimuleyo unos instantes, lo justo para no parecer desafiante y, al mismo tiempo, para no ofenderlo rehuyendo sus ojos demasiado pronto.
Era lo más parecido a estar encerrada en una jaula con un animal salvaje. Imprevisible. Peligroso.
El papiro desplegado sobre la mesa le sirvió como excusa para posar en él la vista, desviándola de Septimuleyo.
No era el único volumen que había allí. A decir verdad, si algo abundaba en aquella minúscula vivienda eran los libros. Conociendo a Artemidoro, nadie podía extrañarse de ello.
Aprovechando que Septimuleyo se había apartado un poco, Antiodemis examinó con más atención el apartamento, buscando pistas de lo ocurrido.
En la pared frontera a la cama, a la izquierda de la ventana, había una estantería que llegaba casi hasta el techo.
Las baldas estaban dispuestas de un modo peculiar, cruzándose en diagonal de tal manera que las casillas formaban rombos y no rectángulos.
Un arreglo que habría resultado poco práctico, o directamente inútil, para almacenar otro tipo de objetos como copas, platos o velas.
Sin embargo, para colocar papiros enrollados apilándolos unos sobre otros, con las etiquetas de colores colgando por la parte exterior, aquellas particiones parecían bastante funcionales.
Había decenas de libros en la estantería, unos cuantos más dentro de un baúl con la tapa levantada y muchos otros desparramados por el suelo. Algunos, los que estaban más cerca de la ventana, se habían mojado, mientras que otros se veían aplastados por los pisotones de aquellos intrusos.
O de quien hubiera estado allí antes que ellos.
Por ejemplo, Cepión y Nuntiusmortis.
Aparte de los libros, no había mucho más. Una cesta de mimbre pisoteada. Añicos de cerámica esparcidos por el suelo, restos de escudillas y copas de barro cocido cuya vulgaridad habría hecho arrugar la nariz al sibarita Cepión.
Aunque aquellos fragmentos no habrían provocado tanto su desaprobación y desdén como el manto de lana remendada y sucia que yacía entre la mesa y el arcón, tirado de cualquier manera.
Era el abrigo de Artemidoro. Antiodemis se lo había visto puesto en más de una ocasión. Eso confirmaba que, cuando el griego se arrojó por la ventana —atado a una silla, qué valor—, no llevaba puesta más que la túnica con la que después se presentó en la alcoba de Procopio.
Volvió la mirada hacia la pared que quedaba a la izquierda de la puerta, más allá de la mole de Búfalo.
Aparte de varias grietas y desconchones en el enlucido, lo único que rompía la fea monotonía de aquel tabique sin decoración era un par de escarpias donde, supuso, Artemidoro y Urania colgaban sus abrigos al entrar en casa.
Si es que con el frío que hacía en aquel apartamento se los quitaban alguna vez.
Con un estremecimiento, Antiodemis se cerró su propio himatión y se cruzó los brazos sobre el pecho.
Quitando el manto de Artemidoro, no se veían más prendas. ¿Dónde estaba el abrigo de Urania?
Sobre todo, ¿dónde estaba la propia Urania? ¿Se la habían llevado envuelta en la ropa de la cama, con colchón incluido?
¿Y si estaba viva? ¿Y si Artemidoro, ofuscado por el miedo y por los golpes de Nuntiusmortis, había creído verla morir cuando no era así?
Quedaba otro indicio de violencia reciente que, sin embargo, no se veía.
Se olía.
Además del aliento a vinazo de Septimuleyo y de aquella halitosis que parecía connatural en él, del olor a sudor y ropa mojada de los tres hombres, del tufo grasiento que desprendían las dos velas de sebo encendidas a ambos lados del papiro abierto, el finísimo olfato de Antiodemis captaba otro efluvio.
Olor a sangre.
Abundante. Más de la que habían podido derramar las heridas de Artemidoro.
Además, no era sangre limpia, como la que puede brotar de una herida en un brazo o de una ceja rota. El aroma metálico, con un fondo dulzón, le recordó al de su propia menstruación. Pero más denso, más turbio.
Era el tipo de rastro que podría haber dejado Urania, embarazada como estaba, al desangrarse por una hemorragia interna.
Antiodemis habría querido creer que la joven seguía viva, pero mucho se temía que no solo no lo estaba, sino que ni siquiera su alma iba a gozar del reposo que merecen los muertos.