19
—Veníamos a ver a Publio Cecina, el poeta, pero nos hemos equivocado.
Las palabras no habían terminado de salir de la boca de Antiodemis cuando se dio cuenta de su error.
Debería haber dicho, simplemente, «para ver a Cecina» o, incluso mejor, «a otra persona».
Añadir acotaciones de más —solo le faltó añadir «que viene de Volterra y lo está pasando mal para salir adelante en Roma»— sonaba a excusa falsa, forzada.
Inventada a toda prisa por alguien que estaba aterrorizado.
Lo cual sí era la pura y simple verdad.
Septimuleyo se quedó contemplándola con los brazos cruzados sobre el voluminoso abdomen. Los tenía tan cortos que parecía que se los hubieran amputado a un niño de diez años y se los hubieran injertado a él cosiéndoselos a las axilas.
Mírrina, rápida de reflejos, acudió en auxilio de su ama.
—Ya te dije yo que era en el piso de abajo, señora.
Deslizando los pies hacia atrás en pasitos diminutos como si resbalara por el suelo, un truco que en el escenario hacía desternillarse a la gente, Antiodemis empezó a recular en el espacio que quedaba entre la cama y la mesa.
Al hacerlo, se topó con Gulud, quien a su vez se chocó con Mírrina, la cual encontró en su retroceso el obstáculo inamovible del corpachón del pugilista de las orejas de repollo.
Ahí quedaron bloqueados todos.
Septimuleyo dio un paso hacia Antiodemis y estiró el brazo. Por corto que fuera este, le bastó para alcanzarla y aferrarle la muñeca. Sus dedos gruesos y peludos tiraron de ella y apretaron con fuerza.
Esos mismos dedos, pensó Antiodemis, eran los que habían arrancado la piel al desdichado cuyo rostro desollado asomaba entre el cinturón y la panza de Septimuleyo.
El pensamiento y el contacto hicieron que se le pusiera la carne de gallina desde la nuca hasta los pies.
—¿Por qué tanta prisa, preciosa? Es buena hora para hacer visitas.
—¡No te atrevas a tocar a mi ama! —exclamó Gulud, tratando de interponerse y agarrar el brazo de Septimuleyo.
Sin mediar más palabra, el pugilista pasó la mano por encima de la cabeza de Mírrina y lanzó un guantazo de revés al rostro del joven gétulo.
Aunque parecía un golpe soltado casi con desgana, el hombretón tenía tanta fuerza que Gulud cayó sobre la cama, rebotó en las correas del bastidor, se dio con la nuca contra el suelo y acabó tendido bocarriba.
El esbirro de Septimuleyo apartó a Mírrina y, antes de que Gulud pudiera levantarse, le plantó la bota izquierda en el pecho. El esclavo jadeó, tratando de quitarse de encima aquel enorme pie.
En vano. Bastaba con que el púgil cargara un poco más su peso para aplastarle el esternón a Gulud y romperle las costillas.
A Antiodemis la asaltó una imagen de su infancia que, en realidad, nunca llegó a contemplar, pero que su mente había reconstruido muchas veces.
La de su padre aplastado bajo un bloque de mármol, agonizando y vomitando sangre por la nariz y por la boca.
—¡No le hagas daño, por favor!
—Haz caso a la dama, Búfalo —ordenó Septimuleyo.
El aludido aflojó ligeramente la presión. Gulud empezó a respirar mejor, pero no intentó levantarse.
De poco le habría servido. El tal Búfalo pesaba al menos sus buenas cuatrocientas libras.
—Tú no sabes quién soy —dijo Septimuleyo, dirigiéndose a Antiodemis.
La voz de aquel tipo rezumaba rencor, un resentimiento tan cáustico como la bilis de la hidra de Lerna. Con cada sílaba que salía de entre sus dientes, parecía cobrarse una cuenta pendiente con alguien.
Acaso con el mundo entero.
Por la ventana entreabierta se colaba un aire gélido y húmedo. Seguramente, el pequeño brasero llevaba muchas horas apagado. Pero el frío que se había agarrado a las tripas de Antiodemis no se debía a la temperatura de la estancia.
Era miedo. Tan instintivo, tan animal, como el que sentiría una gacela coja ante la mirada de un león.
No. De un león no.
De una hiena.
En un espectáculo del Circo Máximo, Antiodemis había presenciado cómo esas bestias cazaban en jauría, oliendo la debilidad de sus presas y matándolas entre escalofriantes imitaciones de risa humana. Aquellas bestias le parecieron entonces aún más aterradoras que los leones.
¿Qué debía contestar a aquel hombre?
No estaba segura de cuál era la mejor respuesta para salir de allí ilesa.
Sí, Antiodemis sabía quién era Septimuleyo. Lo había visto de lejos el mismo día en que asistió a los combates de gladiadores en el Foro Boario y presenció una victoria de Stígmata, el hombre de las cicatrices que le dejó una impresión tan fuerte.
En aquella ocasión, le preguntó a Cepión quién era el hombrecillo que permanecía en la arena, cerca del vallado que la delimitaba, y que hablaba con otros gladiadores mientras estos aguardaban su turno para entrar en liza.
—Es el lanista. Un tal Septimuleyo. Un tratante en carne humana —respondió Cepión con gesto de repugnancia, pese a que disfrutaba de los combates como el que más—.
Un desecho humano que se alimenta de otros desechos, como esos lucios que se comen toda la mierda que sale de la Cloaca Máxima.
Pero incluso en los basureros se pueden encontrar cosas útiles.
Al percatarse de la mirada de repulsión que le dirigió Antiodemis, añadió:
—O eso dicen.
Después de aquello, Antiodemis recurrió a diversas fuentes de información para indagar más sobre el personaje. Gente de la farándula y ambientes relacionados, que por ellos mismos o a través de contactos conocían al llamado Imperator Aventini.
Nada de lo que contaban de él era bueno.
Merced a esos contactos, la joven averiguó que Cepión, tal como había dejado caer en su conversación, encontraba utilidad a menudo en aquel tipo al que él mismo calificaba de desecho humano.
Cuando necesitaba solucionar cierto tipo de asuntos mediante procedimientos que un noble senador no podía reconocer en público, no dudaba en recurrir a sus servicios.
Ahora, Antiodemis prefirió no responder a la pregunta de Septimuleyo en voz alta y se limitó a negar con la cabeza de manera casi imperceptible.
—¡Qué desilusión! —dijo Septimuleyo—. Yo sí sé quién eres. ¡La célebre Antiodemis, la mímula favorita del pueblo romano!
Sin soltarle las muñecas, el tipejo le hizo abrir los brazos y la contempló de arriba abajo tal como haría una modista al probarle un vestido.
Con la diferencia de que las modistas no se relamían al examinar a sus clientas.
Septimuleyo lo hizo. Literalmente. Sacando a pasear por los labios gordezuelos una lengua violácea.
Por si aquel color de mora oscura y los ojos vidriosos y salpicados de venillas rojas no fueran suficientes, el aliento de Septimuleyo delataba que había bebido vino en abundancia. Y no de la mejor calidad.
Encima de la mesa, junto al libro que el otro sicario había estado examinando, se veía un odre de piel de cabra. Lleno debía de contener hasta un congio, pero lo habían exprimido tanto que el cuero se veía hundido y arrugado como las mejillas de un anciano famélico.
—He tenido el privilegio de verte desde muy cerca —dijo Septimuleyo—. ¡En primera fila, nada menos! A lo mejor tú no te fijaste en mí.
Antiodemis dudaba mucho de que hubieran permitido a ese patán acomodarse en los asientos reservados a senadores y équites.
Duda, o casi certeza, que se cuidó mucho de expresar en voz alta.
—Pero yo sí me fijé en ti. Estaba tan cerca que no me perdí un solo detalle de tus… actuaciones.
Al tiempo que Septimuleyo marcaba la pausa entre las dos últimas palabras, sus ojos saltones volvieron a resbalar por el cuerpo de Antiodemis, deteniéndose de forma deliberada en sus pechos y después en su pubis.
Con las manos inmovilizadas, los brazos separados y el manto abierto, dejando al descubierto la túnica que era todo lo que se interponía entre su piel y aquel hombre, la joven se sintió más desnuda que en cualquiera de las pantomimas eróticas que había representado.
—Me duele que tú no me conozcas —prosiguió Septimuleyo. Era evidente que intentaba ser irónico, pero el rencor flotaba por encima de la ironía como el aceite encima del agua—. Somos colegas, ¿lo sabías?
Ella negó de nuevo.
Todavía no había pronunciado una sola palabra.
Cuando lo intentara, no estaba segura de que le fuera a brotar la voz.
—Me dedico a lo mismo que tú. Al espectáculo. A darle al pueblo… —Tras otra pausa y una nueva mirada lúbrica, Septimuleyo remató la frase—: Carne. ¿No es carne lo que les das tú también?
Antiodemis trató de pensar a toda velocidad. Si aquel individuo sabía quién era ella, debía de estar enterado también de que era amante de Cepión.
¿Le convenía sacar a relucir el nombre del noble o resultaría contraproducente?
Lo más lógico era que Septimuleyo refrenara sus impulsos, considerando las posibles represalias que podría tomar Cepión contra él si se enteraba de que había puesto las manos en un objeto —Antiodemis no se hacía ilusiones de ser otra cosa— de su propiedad.
Pero.
Septimuleyo no parecía un hombre proclive a refrenarse.
Además, estaba borracho. Aunque no tanto como para desplomarse de bruces, la lengua se le trababa cada vez que se topaba con una erre.
Se arrimaba tanto a Antiodemis que la rociaba con gotitas de saliva al hablar.
El hedor a vino de su aliento se mezclaba con otro olor, entre dulzón y acre, que Antiodemis no acertaba a identificar.
Era como si su respiración no brotara de sus pulmones, sino de un sarcófago lleno de gusanos y huesos putrefactos.
Aquel hombre estaba muerto por dentro, pensó Antiodemis. No sabía si el hedor a podredumbre emanaba de su cuerpo o de su alma, pero sí que según le entraba a ella por la nariz le provocaba náuseas.
Las contuvo. No era lo más conveniente vomitar encima a aquel individuo tan susceptible a la ofensa, fuera real o imaginada.
Intentó apartarse sin que se le notara demasiado la repulsión que sentía.
Al notar que ella tiraba de las manos para retroceder, Septimuleyo la soltó por fin y levantó los brazos, mostrando las palmas como si dijera: «Tranquila, no te voy a tocar».
—Tu visita me viene muy bien. Eres griega, ¿no?