18
Un nuevo graznido rasgó el aire, esta vez ahogado, casi humano en su agonía.
Artemidoro se giró justo a tiempo para ver cómo el cuervo hembra caía, agitando las alas en un espasmo estéril antes de quedarse inmóvil en el suelo. Su cuerpo de azabache se veía atravesado por una flecha.
A unos pasos, con el arco todavía en la mano, estaba Servilio Cepión.
Llevaba puesta una coraza de bronce bruñido, moldeada para imitar el relieve de los músculos. Tras su espalda, aunque no soplaba viento, ondeaba la capa roja de un general en campaña.
No parecía haber visto a Artemidoro.
Este murmuró la maldición en galimatías que se le escapaba cuando pensaba en aquel personaje, « Forforba, forborba, semesilán ».
Empezó a oírse un sonido rítmico, apagado, como un tambor golpeado con baquetas envueltas en trapos.
Pisadas.
Por detrás de Cepión, una centuria en formación cerrada surgió desgarrando la niebla. Uno de cada dos hombres empuñaba una antorcha encendida por encima del escudo.
A continuación, se oyó el tañido múltiple de cientos de cuerdas de arco al soltarse. Por encima de las cabezas de los legionarios, un enjambre ardiente de flechas flamígeras surcó el aire dibujando una bóveda de luz y se precipitó sobre el bosque.
El primer impacto hizo arder un helecho.
El segundo prendió en las ramas de un roble.
Luego vino un tercero, un cuarto, una lluvia de brasas prendiendo innumerables fuegos entre la espesura.
Las llamas trepaban por los troncos lamiendo la corteza con lenguas anaranjadas, mientras los helechos se arrugaban y desaparecían entre espiras de chispas que ascendían retorciéndose hacia las alturas.
—¡Quemadlo todo! ¡Que no quede rastro de este lugar!
Cepión seguía sin reparar en la presencia de Artemidoro.
Quien sí lo hizo fue Nuntiusmortis. Su enorme figura se materializó de la nada, como una excrecencia de las sombras, y extendió la mano hacia él.
—No hemos terminado contigo.
Artemidoro sintió que el aire se hacía más pesado, que sus movimientos se volvían más lentos, como si, al igual que la larva de mantis, él hubiera quedado atrapado en resina dorada, suspendido en un tiempo detenido solo para él.
«Esto es un sueño», se recordó.
Un sueño lúcido.
Solo tenía que darse a sí mismo la orden.
—¡Despierta! —exclamó.
Y despertó.
Esta vez, cuando intentó incorporarse sí le dolió.
Mucho.
Las punzadas en el pecho le cortaron la respiración y lo obligaron a recostarse de nuevo.
Lo peor, no obstante, no eran las costillas, sino la pierna.
Evidentemente, la tenía entablillada. De hecho, lo último que recordaba antes de beber la mezcla de vino y opio era el terrible dolor que había sentido en ella.
Primero, cuando Procopio y Gayano devolvieron los huesos a su sitio.
Después, cuando le vendaron la pierna y le colocaron las férulas apretando con fuerza las bandas de lino.
No estaba en casa de Mario. No había llegado a salir del apartamento de Antiodemis en ningún momento.
La muerte de Urania. La caída desde la ventana. Todo era reciente.
Si cerraba los ojos, ¿podría regresar al sueño? Con Urania. Con Mneme. Incluso con las tres hilanderas.
Pero sin Cepión.
La puerta del cubículo se abrió de repente. El fiel Procopio entró, con más precipitación de lo habitual en él.
—¡No te muevas de golpe, señor, o te harás daño!
—Ya… Ya me he dado cuenta —jadeó Artemidoro.
Fue entonces cuando notó algo en el pecho. Una sensación diferente. No era dolor, sino un peso leve, aunque perceptible.
Frunciendo el ceño, se metió la mano bajo la túnica y palpó algo duro sobre su piel.
¿La moneda de oro de Darío, la única pieza que había recogido del fondo del lago donde dormía el tesoro de Delfos?
No. No podía ser.
Esa se la había arrancado del cuello Nuntiusmortis con uno de sus golpes.
Artemidoro llegó a oír cómo el darico rodaba por el suelo y después tintineaba un instante antes de detenerse en algún lugar que él —que en aquel momento solo tenía ojos para lo que le estaban haciendo a Urania— no alcanzó a ver.
Además, el tacto y la forma de este objeto eran diferentes. No se trataba de un disco plano, sino de una pieza más abultada, como una gruesa lágrima solidificada entre sus dedos.
Cuando sacó la mano de debajo de la ropa, sujetaba un colgante.
De ámbar.
El mismo que le había entregado Urania.
Dentro de la resina dorada, la larva de mantis parecía observarlo con ojos diminutos como cabezas de alfiler.
Era imposible.
Y, sin embargo…
«Entrégame el colgante y sabré que eres tú».
—Urania —murmuró, incapaz de apartar la mirada de aquel objeto que no podía, que no debía existir.
La voz de Procopio lo sacó de su ensimismamiento.
—Justo eso era lo que venía a contarte.
Artemidoro alzó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Procopio tragó saliva.
—Que Urania ha desaparecido.