Sertorio, el elegido de la diosa blanca 17
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Por el momento, decidió seguir a Mneme y comprobar hasta dónde lo conducía. Despierto o dormido, seguía sintiendo en su interior la urgencia del designio que lo había traído hasta aquí.

El cuervo lo guio hasta el borde del bosque y se posó en una rama. Justo donde sus garras se aferraban a la corteza colgaba un brote de muérdago. Las pequeñas bayas blancas brillaban en la penumbra como racimos de ojos ciegos, desprovistos de pupila.

Artemidoro se detuvo en la linde, allí donde comenzaban los robles, altos y adustos, sus troncos recubiertos de una corteza gruesa y escamosa como la piel de un anciano dragón. Entre ellos se alzaban abedules blanquecinos a modo de presencias fantasmales, aún a medio formar.

En esta ocasión, a diferencia de la visión que había recibido semanas, tal vez meses atrás —era incapaz de calcular el tiempo transcurrido—, los árboles no se veían pelados.

Al contrario, de todas las ramas brotaban hojas.

La extraña luz que reinaba en aquel paraje las teñía de una fosforescencia inquietante, enfermiza, como los fuegos fatuos que arden en ciénagas y cementerios.

El silencio era total. Ni siquiera el cuervo parecía dispuesto a romperlo.

Frente a él, un macizo de helechos tembló como si algo invisible hubiera despertado en su interior. Un soplo de aire inaudible brotó de entre sus hojas a modo de respiración vegetal, abriendo el follaje como una cortina rasgada.

De la oscuridad entre los helechos emergió una figura.

Una mujer.

Artemidoro la reconoció al instante.

Era la misma que había hablado con él en su otra visión. Entonces él la llamó Wiha Hadwiga.

Wiha, «Venerable», pese a que era muy joven.

Algo cambió esta vez.

A medida que la mujer avanzaba hacia él, descalza entre los árboles, su silueta empezó a alterarse. Su cuerpo entero se transformó. A cada paso su altura aumentaba, su cabello se alargaba en ondas doradas, sus formas se rellenaban. Los rasgos del rostro se volvían más suaves, más armoniosos.

Más familiares.

Era Urania.

—No puede ser —murmuró Artemidoro con un hilo de voz—. Tú estás…

—¿Cómo estoy, Regalo de Diana?

La voz era la de Urania. Su tono, su cadencia, incluso aquella manera entre burlona y cariñosa de traducir su nombre al latín.

Si es que le estaba hablando en latín, algo de lo que Artemidoro ya no se hallaba seguro.

—Estás… muerta —se obligó a responder él.

Ella sonrió y abrió los brazos. Con el gesto, el velo verde que llevaba sobre la túnica se desplegó como dos alas.

—Ya ves que no. ¿Quieres tocarme?

Él se acercó y extendió una mano temblorosa.

Los dedos de ambos se rozaron.

Artemidoro sintió la caricia de su piel. Sin embargo, en aquel tacto había algo extraño, incorrecto. Era sólido y a la vez frágil, como si los dedos de Urania habitaran en un reino intermedio entre lo material y lo intangible.

«Es porque estás soñando, idiota», le dijo su Diógenes, que ni en el mundo onírico dejaba de aguijonearlo.

Pese a que cada partícula de su cuerpo se lo imploraba, Artemidoro no se atrevió a apretarla más, ni a atraerla hacia sí para abrazarla. Temía que, como le ocurrió a Orfeo con Eurídice, un simple gesto disolviera la ilusión y la hiciera desvanecerse entre las sombras.

Aunque se tratara de un sueño, quería seguir disfrutando de su presencia.

Se separó de ella y se limitó a contemplarla.

—¿Qué lugar es este?

—No cambias. Siempre queriendo saber dónde estás.

—Por eso escribí una Geografía .

—Estás en el corazón del sueño —respondió Urania—. Caminas sobre las raíces del árbol que enlaza los mundos.

—Tiene un nombre, lo sé. O debería saberlo…

—Yadhraselaz.

—¡Eso es!

—Solo unos pocos lo han visto. Tú eres uno de ellos.

Artemidoro recordó las palabras de Marta, la siria.

«El gran fresno Yadhraselaz, de cuyas ramas colgarás nueve días y nueve noches».

Incluso dentro del sueño, Artemidoro se estremeció.

—¿Sabes por qué el cuervo te ha traído hasta mí?

Artemidoro asintió.

—Creo que sí. Pero dímelo tú.

—El cuervo se llama Memoria. Te ha guiado para recordarte lo que debes hacer.

—He de reunir la piedra del cielo con la piedra de la tierra.

—Así es. Cuando lo hagas, se desencadenará la gran purificación.

—La conflagración última.

—El mundo ha sufrido ya varias destrucciones. Zeus ha castigado a los hombres con diluvios y con lluvias de fuego, pero nunca los ha aniquilado del todo. Creía que diezmándolos escarmentarían, que aprenderían la lección.

El timbre de la voz era el de Urania. El tono, sin embargo, era inusitadamente duro, como el filo de una hoz de pedernal.

—Pero no han escarmentado. A la raza de oro la siguió la de plata, y después vino la de bronce. Cada una ha sido más violenta y malvada que la anterior. Hasta llegar a…

—La raza de los hombres de hierro.

Cuyo epítome era Roma, añadió mentalmente Artemidoro.

—Así es. La más impía de todas. La más corrupta. Nada queda por salvar. Solo existe una solución.

—La ecpirosis.

—Hay que arrasarlo todo. Unicamente así surgirán de las cenizas un nuevo cielo y una nueva tierra.

—Una nueva humanidad.

—Y también unos nuevos dioses.

Lo que más perturbaba a Artemidoro no era la idea en sí, sino lo fácil que le resultaba aceptarla.

¡Unos nuevos dioses!

Él llevaba años convencido de que había que liberar al mundo del yugo de las divinidades, siguiendo el sendero marcado por el maestro Epicuro.

Ahora comprendía, demasiado tarde, que los dioses no eran los culpables del mal que reinaba en el corazón humano. Unicamente el pretexto que ponían los hombres para no responsabilizarse de su propia perversidad.

Ya lo dijo Zeus cuando reunió a los demás inmortales y decidió el regreso de Odiseo: «Hay que ver cómo los hombres nos culpan a los dioses, diciendo que sus males provienen de nosotros, cuando son ellos quienes por su insensatez se acarrean a sí mismos más sufrimiento del que tienen destinado».

El poeta lo atribuía a la insensatez humana.

Artemidoro empezaba a pensar que el divino Homero estaba equivocado.

El mal no era una consecuencia de la locura o la ignorancia, como podría pensar un filósofo platónico, sino una entidad real, con existencia propia.

Era el verdadero caos que anidaba en el corazón del cosmos, extendiendo su negra ponzoña como los viscosos tentáculos de un cáncer gigantesco, universal.

—Tu cabeza ya está revolviendo pensamientos —le dijo Urania.

—Siempre.

—No te distraigas y atiende. Se te ha elegido para reunir las piedras de la tierra y del cielo.

¿Quién lo había elegido? ¿Los dioses en los que antes no creía, las Moiras, las Parcas?

¿Las Brannas que hilaban el destino con tripas humanas?

En cualquier caso, asintió.

—Acepto ser el elegido.

—La piedra de la tierra ya la conoces.

—El Ónfalos. La piedra sagrada de Delfos.

—La misma que los saqueadores celtas robaron del santuario. Tú conoces su paradero.

«Y por saberlo yo, a ti te costó la vida», pensó Artemidoro.

—Lo conozco. ¿Dónde encontraré la piedra del cielo?

—Debes venir a buscarme. Me encontrarás a mí primero, y después será la piedra del cielo la que, cuando llegue el momento, te encuentre a ti.

—¿Dónde he de buscarte?

—¿Tan pronto lo has olvidado?

Artemidoro recordó la visión anterior. Pero en ella era Hadwiga quien le hablaba, no Urania.

—Debo viajar al norte lejano, al país de los cimbrios.

—Tendrás que aprender su idioma si quieres que te acepten. Son más orgullosos que los mismos dioses del Olimpo.

—¿No es su idioma el que estamos hablando?

Solo ahora se daba cuenta Artemidoro de que los versos que cantaban las tres mujeres no habían sido compuestos en griego ni latín, sino en un lenguaje bárbaro que, sin embargo, él comprendía perfectamente.

—Por ahora es así. Pero cuando estés en el verdadero bosque de los cimbrios y no en su reflejo en el país de Óneiros como ahora, no entenderás una palabra.

«Aprenderé su idioma», se prometió Artemidoro.

Ya ingeniaría algún modo para hacerlo. Siempre se le habían dado bien los lenguajes de otros pueblos.

—Allí te estaré esperando. Es posible que no me reconozcas. Y, sin embargo, sabrás que soy yo.

—¿Y tú? ¿Sabrás que soy yo?

Ella no respondió de inmediato. En su lugar, alzó los brazos, lo que hizo que sus pechos se marcaran contra la túnica y que Artemidoro sintiera un pinchazo de dolor ante aquella belleza casi insoportable.

Con una mano se levantó la larga cabellera rubia y con otra buscó detrás de la nuca, tiró del fino cordel que le rodeaba el cuello y se lo pasó por encima de la cabeza.

Al hacerlo, descubrió a la vista un colgante que hasta ahora había quedado tapado por la túnica y se lo tendió a Artemidoro.

Era una pieza de ámbar en forma de óvalo. Bajo la superficie pulida de aquella resina, solidificada en eones ignotos, se advertía algo.

Artemidoro examinó la pieza más de cerca.

Atrapada dentro del ámbar parecía flotar una mantis diminuta, apenas en su segundo estadio larval, una criatura suspendida entre eones en el preciso instante de elevar su plegaria a unos dioses seguramente olvidados.

De su forma translúcida emanaba una luz tenue que iluminaba toda la pieza.

—Cuando me veas, entrégame el colgante y sabré que eres tú.

Artemidoro se puso la alhaja en el cuello, agachando la barbilla al hacerlo.

Cuando alzó de nuevo la mirada, ella había desaparecido.

Solo quedaban él y el bosque, silencioso como una tumba.

Y el cuervo.

—¡G RAAAAAK !

Mneme se despegó de la rama y pasó volando sobre su cabeza. Artemidoro comprendió que era el momento de regresar.

Sentía una mezcla dolorosa de plenitud por haber visto a Urania y de pérdida por la forma en que se acababa de desvanecer sin despedirse de él.

Sobre todo, se había apoderado de él un cansancio infinito. Todavía tenía que subir setecientos peldaños.

Aquello tan solo era el principio de su viaje.