Sertorio, el elegido de la diosa blanca 16
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Cuando llevaba contados trescientos treinta peldaños, el sendero se torció de nuevo. Al doblar un recodo particularmente sinuoso, Artemidoro vio algo que llamó su atención.

Más abajo, en la pared rocosa, se abría un gran hueco. De su interior brotaba un extraño resplandor que oscilaba entre el azul y el púrpura, como si una vena latiera en el corazón de la piedra.

La escalera no terminaba allí, pero Artemidoro se detuvo, pensando que quizá aquel era el final de su camino.

El escalón que hacía el número trescientos cincuenta formaba un ancho rellano. Allí estaba el hueco en la pared, una abertura de contornos irregulares, como una herida abierta a golpe de pico en la roca.

Al otro lado se adivinaba una gruta, una especie de cámara de la que brotaba aquel resplandor espectral, oscuro como sangre coagulada.

Artemidoro se dispuso a entrar.

—¡Graaaaak!

Su pie derecho se detuvo en alto, a apenas medio palmo del umbral.

El graznido de Mneme sonaba a advertencia.

Y entonces las vio.

Dentro de aquella cavidad había tres mujeres.

Estaban tapadas con velos y vestidas con túnicas que brillaban con un vago resplandor entre blanco y azulado, como las algas que fosforescen al paso de un barco o los cristales de sal de ciertas cavernas cuando las alumbra una antorcha.

Las tres estaban de pie, trabajando en un gran telar que ocupaba casi toda la estancia.

Mientras se afanaban en él, repetían una y otra vez los mismos versos, canturreándolos con una melodía construida en una escala extraña, bárbara, primitiva.

Había en ella un ritmo hipnótico, una cadencia que se enroscaba en la mente de Artemidoro como una espiral obsesiva de la que era imposible salir.

De no ser porque se encontraba en un estado de distanciamiento a medias entre curioso e impávido, habría gritado de horror, o tal vez incluso habría reculado sobre sus pasos sin mirar, con el riesgo de precipitarse al abismo.

No lo hizo.

Se quedó allí clavado, observando.

La urdimbre que entrelazaban las mujeres no era de lana, ni de lino, ni de ningún otro tejido.

Estaba hecha de intestinos.

La sangre que caía de ellos era lo que emitía el resplandor palpitante que había hecho detenerse a Artemidoro. Espesa y oscura como tinta, con cada puntada los gruesos goterones se encendían durante un latido como brasas avivadas por un fuelle.

Para mantener tensas las tripas, en los extremos no habían anudado pesas de piedra.

Lo que colgaba de los intestinos eran cráneos humanos.

Algunos de los más grandes mostraban grietas y hendiduras de antiguos golpes.

Había otros muy pequeños. Demasiado pequeños. Debían de ser de bebés nonatos.

Artemidoro no pudo evitar pensar en la criatura que Urania nunca llegó a alumbrar.

Observando con más atención, se dio cuenta de que el bastidor del telar no era de madera. Estaba ensamblado con fémures y con húmeros, unidos entre sí con tendones a modo de cordajes.

Sobre aquel tétrico artefacto, las tres mujeres iban urdiendo su trama. Para entretejer los intestinos, usaban una espada a modo de lanzadera, mientras que las bobinas eran puntas de flecha encajadas en husos de hueso.

A cada puntada, todo el armazón crujía. Aquella sangre que parecía incandescente no dejaba de gotear sobre los cráneos, mientras estos se balanceaban colgados de las tripas en un baile macabro.

Y ellas cantaban.

Hilos de guerra trenzamos hoy,

entrelazamos sangre y acero.

Tripas de muertos tejen la urdimbre,

cráneos y huesos tensan la trama.

Moiras nos llaman, Parcas nos dicen,

somos las Brannas que prenden la hoguera.

Cuando cerremos el último nudo

todo arderá en el gran Rágnarok.

Hilos de guerra trenzamos hoy…

La cadencia de la música en el último verso dejaba una sensación inconclusa, insatisfactoria, que obligaba a enlazar de nuevo con el primer verso, cerrando un bucle sin escapatoria.

Por suerte para Artemidoro, el cuervo volvió a reclamarlo.

—¡G RAAAAAK !

El griego, que se había quedado hipnotizado contemplando la siniestra labor de las tres mujeres, retrocedió muy despacio, extrañamente reacio a apartar los ojos.

En ese momento, las tres mujeres se callaron de súbito, giraron sus miradas y las clavaron en él.

Bajo los velos, Artemidoro reconoció sus rostros.

A una de ellas la había visto con Mario. Era Marta la siria, también conocida como Hécate.

A las otras dos las había contemplado en la visión que la propia Marta invocó para él.

De una no conocía el nombre, o tal vez sí, pero lo había olvidado. Sin embargo, por alguna razón que se le escapaba, ahora supo —o recordó— que se llamaba Adrastea.

De la tercera mujer sí se acordaba perfectamente.

Hadwiga.

Sus ojos ciegos parecían taladrarlo.

Marta, Adrastea, Hadwiga.

Las Moiras, las que reparten.

Las Parcas, las que dan la vida.

Las Brannas, las que la quitan con fuego.

Artemidoro comprendió que había que temerlas.

Pero también comprendió que ellas eran su única esperanza de alcanzar justicia.

Cuando reemprendió el descenso, notó que algo había cambiado.

La superficie que tocaban sus dedos era menos fría, más rugosa, con gruesos surcos verticales que se entrecruzaban trazando patrones romboidales.

Ya no bajaba pegado a un muro de basalto, sino a una enorme pared de madera.

La escalera, aunque conservaba la misma pendiente, giraba ahora lentamente hacia la derecha con un ángulo constante, describiendo una amplia espiral.

Los peldaños tampoco eran ya de piedra: en lugar de estar tallados en la roca, eran grandes travesaños incrustados en la pared de madera y ensamblados entre sí por gruesas cuerdas.

No parecían sogas tejidas a mano, sino raíces o ramas flexibles que se hubieran retorcido sobre sí mismas de forma espontánea.

«Es un árbol», comprendió.

Estaba rodeando el tronco de un árbol inmenso. Un ejemplar como no había contemplado en ninguno de sus viajes, de un tamaño que no tenía parangón en ningún mito que él conociera. Por alguna razón, se imaginó que estaba trazando círculos alrededor del eje en torno al cual giraban los mundos.

«El huso de la Necesidad», pensó, recordando el mito de Er en el que Platón describía una especie de eje cósmico controlado por las tres Moiras: Láquesis, Cloto y Atropos.

Aquí esas tres divinidades inexorables llevaban otros nombres. Marta, Adrastea y Hadwiga.

Pero Artemidoro no albergaba dudas. Eran las mismas.

De vez en cuando, oía, más que sentía, un crujido bajo sus pies (sus pisadas seguían siendo casi ingrávidas). El aire, cada vez más húmedo y tibio, traía consigo un tenue olor vegetal, a pinaza húmeda o a hojarasca en descomposición.

Mientras tanto, él seguía contando los escalones.

Según el poeta Hesíodo, si un yunque de bronce cayera desde la Tierra, tardaría nueve días y nueve noches en alcanzar el Tártaro.

¿Cuánto le quedaba a él para llegar al fondo de la sima?

En uno de sus viajes, empujado por su inveterada curiosidad, había bajado a la galería más profunda de las minas de plata de Cartago Nova.

Esta escalera lo arrastraba aún más abajo.

A diferencia de Er, el guerrero panfilio del relato de Platón, él no estaba ascendiendo a las alturas del firmamento, sino bajando a las entrañas de Gea, a las raíces que sustentaban el mundo.

—… y setecientos.

En ese número —tan redondo, tan perfecto— la escalera terminaba sin previo aviso. A partir de ahí, el terreno era prácticamente llano y se extendía hacia una distancia que Artemidoro no podía precisar, pues del suelo se elevaban penachos de bruma que borraban los contornos más lejanos.

Levantó la mirada. Si había un techo de roca cerrando aquel abismo por encima de su cabeza, sus ojos no lo alcanzaban.

Sin embargo, algo se insinuaba en las alturas. Recortándose contra una claridad difusa se vislumbraban las formas entrelazadas de ramas y hojas, una cúpula inmensa que pendía sobre su cabeza como un cielo vegetal.

Aquel lugar debería de estar sumido en la tiniebla más absoluta. Pero no era así.

Solo cuando bajó el último escalón, Artemidoro comprendió el motivo.

Estaba soñando.

Hasta ese momento, el sueño lo tenía envuelto como una niebla densa, sin que él lo percibiera. Ahora, de pronto, en el mismo instante en que abandonaba la escalera, se había convertido en un sueño lúcido.

Había leído sobre ello en algún lugar, aunque no recordaba el libro ni el pasaje. En ese tipo de sueños, el durmiente tomaba conciencia de su propio estado y, hasta cierto punto, podía controlarlo.

Entonces, ¿no había entrado de verdad en el Mundus Cereris? ¿O acaso ambos lugares, el real y el onírico, eran reflejos el uno del otro?

Si todo era un sueño, significaba que podía moverse en él a voluntad. ¿O no?