Sertorio, el elegido de la diosa blanca 15
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Artemidoro despertó desorientado.

¿Dónde estaba?

Palpó con las manos a ambos lados. Notó el tacto de una sábana y, debajo, la resistencia de un colchón más firme que el suyo. Por encima, lo abrigaba una manta gruesa y, sin embargo, extrañamente liviana.

No olía al perfume de ella. De hecho, no olía a nada.

Se removió y comprobó que la armazón del lecho no crujía. Estaba claro que esa cama no era la suya. La que habían compartido Urania y él rechinaba cada vez que hacían el amor, como una anciana envidiosa y cascarrabias que les echara en cara su lujuria.

Se giró hacia la izquierda y extendió el brazo, haciendo corretear los dedos por el colchón a modo de patrulla de exploradores. Encontró una zona vacía, no muy ancha, y más allá se topó con el tacto vagamente frío de la pared.

Urania no estaba.

Como era de esperar.

¿Cuántas veces iba a despertar así, descubriendo su ausencia una y otra vez, como si la acabara de perder?

En esta ocasión, al menos, algo era distinto. El dolor en las costillas que apenas le dejaba respirar había desaparecido. Por fin.

El otro dolor, el que no se debía a los puñetazos de Nuntiusmortis ni a la caída por la ventana, el de la pérdida, seguía allí. Se había enquistado, convirtiéndose en un grito encerrado, un viento que aullaba en círculos dentro de su pecho sin llegar a brotar.

No hay grito más ensordecedor que el que no suena.

Pasado el momento de confusión del despertar, Artemidoro recordó dónde se hallaba.

En casa de Gayo Mario, el tribuno.

Aquella noche horrible —cuando Artemidoro, ingenuamente, creía que lo peor ya había pasado—, Mario le anunció con su habitual estilo asertivo: «Os instalaréis en mi casa».

Unicamente le faltó añadir la coletilla con la que a menudo remataba sus palabras: «Así he hablado», clong , como un martillo clavando un remache.

Aquel plan, improvisado por el propio tribuno cuando apareció en la mansión de los Sertorio a tiempo de salvar a Rea y a su bebé de morir abrasados, no llegó a cumplirse más que parcialmente.

Artemidoro se había instalado en la domus de Mario, tal como pretendía este.

Pero faltaba Urania.

Se incorporó en la cama con algo de aprensión. Por el momento, las costillas no se quejaron. Apartando la manta, se examinó la pierna derecha. Allí seguían las tablillas que Procopio y otro sirviente de Antiodemis le habían ajustado para evitar que los huesos rotos se descolocaran.

Había transcurrido tiempo suficiente para que la fractura se soldara. En la penumbra de la habitación, Artemidoro tanteó buscando los nudos que sujetaban los vendajes y los desató.

Ya sin bandas ni férulas, se masajeó y se rascó la pierna.

Debería haber sentido alivio, incluso placer, después de tantos días inmovilizado, pero su piel parecía extrañamente insensible, como si todavía siguiera dormida.

Tuvo que presionar con más fuerza, hundiendo las uñas para asegurarse de que aún podía sentir cómo se clavaban en la carne adormecida.

Flexionó la rodilla tentativamente. Lo consiguió sin dificultad. Pero esa articulación no era el problema. La fractura estaba más abajo, casi en el pie. Probó a girarlo a uno y otro lado. Aunque notaba la zona entumecida, casi como una pierna ajena, era capaz de mover el tobillo sin sentir dolor.

Hasta ahora, impedido por las tablillas, no había podido salir de casa de Mario.

Había llegado el momento de hacerlo.

Tenía que volver a un lugar en el que ya había estado antes. Precisamente con Mario.

El Mundus Cereris, el santuario que servía de unión —o de separación— entre el reino de los vivos y el de los muertos.

Y tenía que ser ahora. No podía esperar a que se hiciera de día, cuando cualquiera podría verlo a plena luz.

Tampoco se lo podía decir a su anfitrión.

Artemidoro se sintió culpable por ello de una forma vagamente física, con el malestar difuso de quien tiene una deuda pendiente o ha aplazado una tarea importante.

No obstante, en esta ocasión debía ir solo. Si bien Mario era más que generoso albergándolo en su casa, era dudoso que a un tribuno de la plebe, protector del pueblo de Roma, lo complaciera enterarse de que su huésped estaba planeando invocar unas fuerzas capaces de destruir su ciudad.

Mientras Artemidoro pensaba en ello, reparó en que se había incorporado y se acababa de poner una segunda túnica encima de la subúcula interior y un manto sobre ambas.

Todo ello de manera tan maquinal que ni se había dado cuenta.

Se sentó en la cama para calzarse y comprobó con satisfacción que la bota no le apretaba ni le molestaba.

Salió de la habitación procurando que la puerta no chirriara.

Después avanzó en silencio por la casa dormida, deslizándose con una facilidad sorprendente.

Había temido que la fractura de la pierna lo dejara cojo para siempre, pero el caso era que ya podía apoyar ambos pies sin experimentar ningún dolor.

Qué diferente de la noche de los idus, cuando llegar hasta la ventana de Procopio había sido un suplicio. Esos diez o doce pasos se convirtieron en el trayecto más largo de su vida, tan extenuante como la retirada de los Diez Mil hasta el mar.

Ahora, en cambio, su andar era ligero, casi ingrávido. Apenas notaba el suelo bajo sus pies.

El silencio a su alrededor era sepulcral, más propio de un mausoleo que de una casa habitada. No se oía ni una respiración, ni un ronquido.

Tan concentrado estaba pensando en el destino al que lo encaminaba su escapada nocturna que, cuando quiso percatarse, ya se encontraba en el exterior de la domus y sus pasos lo llevaban en dirección al Palatino.

Una neblina etérea flotaba sobre las calles.

Desde las alturas, la luna llena derramaba su luz pálida sobre ella.

Los vapores, como hebras de plata líquida, la absorbían y difundían con un resplandor tenue.

Aquella bruma guiaba sus pasos, alumbrándolos con un fulgor difuso que parecía bordado en el tejido del propio aire.

«Bienvenida sea la niebla», pensó. Entre los jirones blanquecinos atisbo sombras en movimiento, transeúntes desconocidos que cruzaban sus caminos con él, silenciosos y con la mirada perdida, sin reparar en su presencia.

¿Quiénes eran los fantasmas, ellos o él?

Así debió de sentirse Odiseo cuando atravesó la ciudad de los feacios en dirección al palacio del rey Alcínoo, protegido de miradas ajenas por la bruma divina con que lo había envuelto Atenea.

En cualquier caso, ¡qué liberación, qué placer moverse de nuevo después de tantos días impedido por el dolor y por las férulas! Esta vez el camino hasta el Mundus Cereris se le antojó mucho más corto que la noche en que lo recorrió con Mario.

No tardó en reconocer el bosquecillo que rodeaba el santuario. Las copas de los árboles se alzaban sobre la niebla como cabezas de gigantes dormidos y silenciosos. A diferencia de la otra noche, ahora no había viento que agitara las ramas ni las hiciera conversar en susurros.

El candado del recinto seguía sin cerrar, como en su primera visita. Artemidoro ni siquiera tuvo que empujar la pesada puerta de madera para entrar al domo.

La piedra de los manes, la pesada losa negra que incluso al forzudo Gayo Mario le costó levantar, también estaba abierta.

Artemidoro no había dudado ni por un momento de que la encontraría así, aunque en teoría solo se abría tres veces al año, en sextil [12] , en octubre y en noviembre.

Antes de aventurarse bajo tierra, elevó la mirada hacia el techo.

Sobre su cabeza, los cristales de cuarzo engastados en la cúpula brillaban como estrellas.

Por un instante se preguntó qué luz era la que reflejaban, pero enseguida se olvidó de ello y ni tan siquiera intentó responder a su propia duda.

Emprendió la bajada. Sin temor, sin aventurar conjeturas sobre lo que lo aguardaba. Como algo inevitable.

El mensaje de Marta, la adivina siria, que había llevado hasta allí a Mario —y, de paso, a Artemidoro como compañero de catábasis— rezaba: «Seguirás el camino del caracol». Y era de ese modo, igual que el relieve en espiral sobre una concha de molusco, como se retorcía la escalera en su descenso.

Esta vez, Artemidoro contó todos los peldaños.

Setenta.

Por algún motivo —tan incomprensible de momento como el propio hecho de estar allí—, se había incrustado en él la convicción de que la cifra de escalones era importante y, por tanto, no podía perder la cuenta.

Terminada la escalera, atravesó el túnel que venía a continuación. En esta ocasión no se detuvo a examinar los glifos grabados en las paredes que la primera vez llamaron tanto su atención.

Llegó hasta la balaustrada de piedra y se asomó al abismo. Desde el fondo, que no se alcanzaba a divisar, seguía emanando el mismo resplandor rojizo, como si en su interior ardieran los fuegos de una vasta fragua subterránea.

En este lugar se les había aparecido Marta, la vidente. Lo que ocurrió después seguía siendo un recuerdo confuso.

Esta noche, el viaje de Artemidoro no terminaba aquí.

Durante unos instantes se quedó indeciso, desorientado. Sabía que debía continuar, pero ¿en qué dirección?

—¡Graaaaak!

El graznido lo sobresaltó.

Un cuervo se acababa de posar sobre el antepecho. Era tan negro que, por momentos, parecía un perfil recortado en el aire, una especie de ventana en forma de pájaro tras la cual se atisbaran las tinieblas de un vacío insondable.

El ave giró el cuello y se quedó mirándolo fijamente, como si estuviera a punto de decirle algo.

Artemidoro comprendió.

—Sírveme de guía, amigo.

Se corrigió.

«Amiga».

El cuervo era hembra. Ya se había encontrado con ella en una visión anterior, y entonces la llamó por un nombre que él mismo —o un futuro Artemidoro— le había dado.

Mneme.

Memoria.

Era un nombre que aún no le había puesto, pero que ya recordaba haberle dado. O tal vez lo recordaba porque iba a dárselo.

Esa paradoja temporal le provocó una extraña comezón mental, parecida a la sensación picante que flota en el aire antes de una tormenta, con la diferencia de que ahora vibraba dentro de su cráneo.

Mneme levantó el vuelo y se internó en la bruma que flotaba sobre el pasaje que se abría a la izquierda del abismo. Sus alas negras creaban remolinos casi líquidos en aquella niebla que brillaba con una opalescencia mórbida, como un osario bañado por la luz de una luna ponzoñosa.

Artemidoro se apresuró a seguir al cuervo antes de que su sombra se desvaneciera entre los vapores.

El camino lo llevó ante una puerta oscura. Más que una puerta, era la boca de un túnel que se abría como las fauces de una bestia en la roca viva.

Al otro lado comenzaba una nueva escalera que se hundía en las profundidades.

Artemidoro empezó a bajar, siguiendo de nuevo a Mneme.

Y contando peldaños, empezando por setenta y uno.

A su derecha, la pared de roca se alzaba como una muralla negra. Su mano la rozó de forma instintiva, buscando un punto de referencia y apoyo.

La escalera parecía surgir del propio muro, como si hubiera sido arrancada de él en tiempos remotos, tallada por manos ya olvidadas. Su trazado serpenteaba, retorciéndose como los meandros de un río. A ratos se ensanchaba, a ratos se estrechaba.

A la izquierda no había barandilla. Solo el vacío de un abismo inescrutable, caliginoso. De las profundidades emanaban vaharadas de aire caliente en las que se mezclaban susurros apenas perceptibles, como ecos de voces extinguidas, incorpóreas.

Tal vez se trataba de un simple engaño del viento.

O tal vez no.

El cuervo, una mancha de negrura entre las sombras, revoloteaba unos pasos más adelante. Cada pocos escalones se posaba y, antes de desplegar las alas de nuevo, torcía el cuello para comprobar si Artemidoro lo seguía.

Y él lo hacía.

Pensó vagamente que debería estar muerto de miedo, que cualquier ser humano normal —él mismo en otras circunstancias— habría experimentado una mezcla de vértigo y pánico ante la posibilidad de dar un traspié y caer al vacío.

Lo cierto era que no sentía temor.

Una extraña convicción interior le aseguraba que era imposible que le sucediera nada malo aquí. El designio que dirigía sus pasos no iba a admitir obstáculo alguno, ni demora ni desviación.

Aun así, por una precaución innata en él, se mantuvo pegado a la pared, rozándola con la mano. Bajo sus dedos notaba vagamente las rugosidades del basalto y, de cuando en cuando, bordes afilados donde la roca se había resquebrajado hacía siglos.

Seguía contando. «Doscientos, doscientos uno, doscientos dos, doscientos tres…». Recitaba los números en voz baja, a modo de letanía, para no perderse. Debido a alguna razón que, por el momento, le era ignota, sabía que debía hacerlo, que era importante que llevara la cuenta.

Una cuenta muy larga.

Menos mal que el tiempo de reposo en casa de Mario le había servido para restaurar fuerzas.

Tarde o temprano tendría que subir.

O eso suponía.

La perspectiva no lo preocupaba demasiado. Seguía sintiéndose ligero, más incluso que antes de la caída.

El designio. El designio que lo había traído hasta aquí era lo único que importaba.