14 #3
Publio Cecina era un joven etrusco que llevaba un par de años viviendo en Roma y que se había empeñado en triunfar como poeta.
Para suplementar el poco dinero que le enviaba su familia desde Volterra, trabajaba escribiendo testamentos, cartas y todo tipo de documentos para otra gente.
Era un hombre educado y tímido, que solía ruborizarse cuando se cruzaba con ella.
Y también silencioso.
Una bendición, considerando que su apartamento estaba justo encima de la alcoba de Antiodemis.
—Está escribiendo unos poemas para que yo los cante, y quiere que los lea antes de ensayar. —Como Vopisca era capaz de preguntarle después cuándo pensaba interpretar esas canciones, Antiodemis añadió—: Ya veremos si los canto al final, porque pone buena intención, pero las musas…
—Ya, entiendo —respondió Vopisca, con cara de no acabar de creérselo.
No porque Antiodemis fingiera mal, sino porque la zapatera era de las que siempre sospechan que hay algo más cociéndose en el fogón.
Por fin, de muy mala gana, Vopisca emprendió el regreso a su local.
Cuando subieron a la primera planta y pasaron por delante de la puerta de Cecina, Antiodemis pensó por un momento en llamar y pedirle al joven poeta que le sirviera de coartada si la zapatera le preguntaba.
«No tengo por qué darle explicaciones a esa entrometida», decidió cuando ya tenía los nudillos en el aire.
Continuaron subiendo otro piso más.
La puerta de Artemidoro era la primera a la derecha del siguiente pasillo.
Mírrina, que unas horas antes había ayudado a Trife a desnudar al griego —él estaba casi inconsciente y no puso objeciones ni citó a Homero—, se había quedado con la bolsa que llevaba a la cintura.
«Sin coger ni un as», le aseguró a su ama.
Esta, sin embargo, lo dudaba, porque la naturaleza de los esclavos es la que es.
Lo que sí había cogido Mírrina de esa faldriquera era la llave del apartamento. Ahora se la tendió a Antiodemis, pero esta se percató de que la puerta estaba entreabierta.
A lo que se veía, cuando Artemidoro se arrojó por la ventana, Cepión y Nuntiusmortis debieron de salir a toda prisa para atraparlo, sin tomarse la molestia de cerrar.
Total, ¿qué había dentro que fuera de valor?
Tan solo el cadáver de una pobre muchacha.
Antiodemis pensó en decirle a Mírrina o a Gulud que entraran primero. Después, se recordó a sí misma que Antígona no era un personaje de tragedia por ser cobarde.
Tomando aliento, empujó la puerta y se asomó.
El apartamento era tan pequeño que sus ojos lo barrieron casi de golpe.
La cama donde debía yacer Urania estaba a la derecha según se entraba.
Vacía. Sin ropa de cama, sin tan siquiera el colchón.
Evidentemente, el cuerpo de la joven no estaba allí. Tampoco en aquella mesa demasiado grande para un cuchitril tan pequeño, ni en el suelo.
Ni en ninguna otra parte.
Eso no significaba que el apartamento estuviera vacío.
Había dos hombres en él. Uno, un tipo enjuto y de rostro arrugado, se inclinaba sobre un papiro abierto encima de la mesa y lo examinaba a la luz de dos bujías de sebo. Su gesto, más que de concentración, parecía de dolor de muelas.
Antiodemis apenas reparó en él.
La preocupaba mucho más el otro, un individuo bajito, panzudo y tan feo que resultaba difícil decidir cuál de sus grotescas facciones le empeoraba más el rostro.
Aunque Antiodemis nunca había hablado con él, lo conocía tanto de vista como por su reputación.
Una reputación que, si la mitad de lo que se contaba de él era cierto, era como para salir huyendo de allí al momento.
No hacía falta más que fijarse en aquella especie de paño que llevaba remetido entre el cinturón y la barriga, al lado de una larga daga.
Porque no se trataba de ningún paño, sino de un rostro humano desollado.
Con una oreja incluida.
Antes de que la joven pudiera reaccionar, una mano enorme la agarró del codo, tiró de ella para meterla a la fuerza en el apartamento y después la empujó hacia el tipo de rasgos de fauno.
Antiodemis no había visto al tercer intruso, que se había quedado detrás de ella, a la izquierda de la puerta. No era fácil que pasara inadvertido, sin embargo, con aquel corpachón de buey, unos brazos gruesos como troncos de encina, la nariz aplastada y las cejas atravesadas por varias cicatrices.
Por si faltaran pistas sobre su profesión, los nudillos callosos y las orejas deformadas en forma de coliflor lo señalaban como pugilista.
—¡Qué sorpresa más agradable! —exclamó el hombre fauno.
Antiodemis tragó saliva.
Aquel no era Creonte, el tirano de Tebas de la Antígona de Sófocles.
Era algo mucho peor.
El hombre que se hacía llamar Emperador del Aventino y que coleccionaba rostros humanos que él mismo desollaba.
Aulo Vitelio Septimuleyo.
El hombretón arrastró dentro también a Mírrina y Gulud y cerró tras ellos. Al oír el portazo a su espalda, Antiodemis pensó:
«Mi señora Afrodita, por lo menos haz que sea rápido. No dejes que este salvaje me arranque la cara».
—No sabes lo oportuna que es tu visita, hermosa señora —dijo Septimuleyo—. Ni siquiera te lo imaginas.
«Y prefiero no imaginármelo», pensó Antiodemis.
La sonrisa que se dibujó en el rostro de Septimuleyo no presagiaba nada bueno.