14 #2
—Y porque lo mismo te crees que es de noche todavía —respondió Vopisca, que venía siguiendo a Antiodemis y sus criados sin que nadie se lo hubiera sugerido.
«¿Por qué no vendrá alguien más a la fiesta y nos reímos todos?», pensó Antiodemis.
La zapatera y el portero no se llevaban nada bien. Vopisca, desde que era liberta, se sentía muy por encima de Oscio —que seguía siendo esclavo del dueño de la ínsula— y se lo hacía saber a menudo.
Por su parte, Oscio, cuando la discusión pasaba de las pullas y las indirectas a los ataques frontales, le respondía a la zapatera que tenía suficiente influencia con Manio Aufidio como para conseguir que le cerrara el negocio y la echara a la calle.
¡Y a ver entonces de qué le iba a servir tanto andar presumiendo de que la habían manumitido!
El portero se levantó gruñendo de nuevo. Al hacerlo, se apoyó con las manos haciendo tanta fuerza que las varillas de la silla crujieron como si se fueran a descuajaringar bajo su peso.
—¿Quieres que te abra la puerta de la calle, señora?
Bien sabía Antiodemis que, cuando no estaba delante, el portero se refería a ella en términos bastante menos respetuosos. Si se dirigía a ella a la cara, en cambio, no dejaba de tener en cuenta quién pagaba el alquiler de su piso y quien compartía a menudo su lecho.
Un senador de Roma.
Palabras mayores que bien merecían llamar domina a una actriz, de condición infame como toda la gente del teatro.
—No voy a salir de momento —respondió Antiodemis.
—Ah. Entonces, ¿vas a subir?
Lo preguntó con extrañeza, como si aquellas escaleras, en lugar de conducir a los pisos superiores, descendieran hasta las profundidades del Averno.
—Esa es mi intención, sí.
Ahí terció Vopisca.
—¿Crees que es prudente, criatura? —A menudo se dirigía a ella así, «criatura», casi como si fuera su madre. Siendo ella liberta y Antiodemis peregrina, no se consideraba de inferior condición—. Es mejor que suba Oscio a averiguar qué ha ocurrido esta noche. ¡Así mueve el culo!
—¿Y quién dice que haya ocurrido algo esta noche? —respondió el portero—. Subiré cuando lo considere conveniente.
—¡Claro que ha ocurrido! Yo lo he oído perfectamente. ¡Menuda nochecita con la puerta de la calle!
Antiodemis intentó reconducir la conversación.
—Qué raro. Con la tormenta que hemos tenido era imposible escuchar nada.
—Tengo buen oído, no creas que con la edad me he quedado sorda.
«No lo dudo», pensó Antiodemis. Por no darle carrete a la mujer, se apresuró a añadir:
—Yo lo único que oía eran los truenos. Entre eso y la lluvia, aunque hubiera pasado un pregonero tocando la trompeta, no lo habríamos escuchado.
—¡Y que lo digas, señora! —terció Mírrina, que se daba cuenta de por dónde silbaban las flechas.
Cuando Oscio también puso en duda que la viuda hubiera escuchado algo, Vopisca dio un par de patadas en el suelo y les recordó que dormía justo debajo de donde pisaban.
Su local, que se abría a la altura de la calle por el Argileto, se prolongaba hasta la fachada norte.
Allí, debido a la pendiente del terreno, quedaba por debajo de la altura del suelo y se convertía en un sótano que le servía a Vopisca tanto de almacén como de vivienda.
—Así que tengo esa puerta encima de mi cabeza —dijo, señalando a la entrada que, por ahora, seguía cerrada.
—Ya querría yo que la tuvieras encima de la cabeza, pero de verdad —replicó el portero.
—¿Se puede saber quién la ha aporreado esta noche tantas veces?
—¿Tantas veces? Pero, bueno, ¿de qué estás hablando?
—¡Hasta cuatro he contado! ¡Esta noche ha habido aquí más tráfico que en la casa de Licinia! —dijo Vopisca, refiriéndose a un conocido lupanar de la Subura—. ¿Qué pasa, que ahora dejas colarse a todo fulano que se presente aquí de madrugada?
¿Cuatro veces habían llamado a la puerta?, se preguntó Antiodemis, sorprendida.
Ella solo recordaba dos.
La primera vez, los golpes la despertaron cuando apenas se acababa de dormir, y le había costado mucho conciliar el sueño de nuevo.
La segunda fue mucho más tarde, cuando Artemidoro ya estaba refugiado en su apartamento. En esta ocasión los que accedieron al inmueble fueron Cepión y su sicario, precisamente buscando al griego.
¿Y en las otras dos ocasiones? ¿Quiénes, habían andado con tanto ajetreo en una noche de perros así, máxime con todo lo que había estado ocurriendo por las calles?
Al menos en una de esas veces, comprendió Antiodemis, tenía que haber sido el propio Cepión. Antes de ir a verla a ella. Para entrar al apartamento de Artemidoro y…
Asesinar a Urania.
Aunque todavía le costaba asimilarlo, era indudable que Cepión había estado allí antes. Él mismo lo reconoció al decirle a Antiodemis que había irrumpido en el piso de Artemidoro para detenerlo y maniatarlo. «Por traidor y cómplice de Graco», en sus propias palabras.
—¿Me vas a decir cómo tengo que hacer mi trabajo, bruja del Esquilmo? —respondió el portero.
—¡Ya querrías tú que fuera una bruja de verdad y te trajera polvos de mandrágora para que se te pusiera dura!
Con un bufido de furia, Oscio volvió a su tabuco y cerró de un portazo.
—¡Eso, zángano! —exclamó Vopisca, que, después de tener la última palabra, no iba a renunciar a añadir un colofón—. ¡Vuelve a tirarte en la cama y amorrarte al pellejo, que es lo que se te da bien!
Al menos, pensó Antiodemis, se habían librado del portero.
Con Vopisca no iba a ser tan fácil. Era como un perro moloso, que cuando muerde una presa no abre las mandíbulas así lo maten.
—Entonces, ¿subimos a ver qué ha pasado? —sugirió.
—No sé a qué te refieres —respondió Antiodemis.
A su espalda, oyó rezongar en voz casi inaudible a Mírrina. Imaginó lo que acababa de decir. «No puedo con ella» era su comentario habitual cuando se refería a la zapatera.
—¿No ibas a subir a casa del griego y la prostituta?
—No. ¿Por qué iba a hacerlo?
Al contestar, Antiodemis miró a los ojos de Vopisca sin parpadear. Por experiencia, sabía que ni siquiera sus pupilas la delataban en esos casos.
Si una actriz no sabe mentir, apaga el candil y lárgate.
—Como ibas a subir por la escalera…
—Vamos a casa de Cecina —respondió Antiodemis, recalcando la primera persona del plural, no fuese Vopisca a pensar que tenía la intención de quedarse a solas con otro hombre que no fuera Cepión.