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Obviamente, no pensaba subir sola, así que ordenó a Mírrina y Gulud que la acompañaran, mientras que otro de los criados, Crésimo, partía en dirección a casa de Mario.
Trataron de salir al pasillo con el mayor sigilo. Pero, por más cuidado que puso Mírrina tirando del pomo de la puerta hacia arriba, las bisagras rechinaron primero al abrir y después al cerrar.
No fue el suyo un chirrido suave. Cualquiera habría dicho que las estaban torturando.
Antiodemis masculló una maldición.
—Este Gayano es un dejado —murmuró Mírrina. El esclavo ligur que ahora estaba ayudando a entablillar la pierna de Artemidoro era quien se encargaba de las tareas de mantenimiento.
Cuando había silencio en la calle, como era el caso, los ruidos de la ínsula se amplificaban de forma exagerada.
Los pasillos, en particular, parecían el interior de la oreja de Dionisio, la cueva siciliana cuya asombrosa acústica permitía al tirano de Siracusa captar los susurros e incluso, se decía, los pensamientos de los prisioneros que encarcelaba en ella.
En respuesta a la puerta que acababan de cerrar, se oyó otro chirrido a la derecha de ellos, al fondo del pasillo.
—Vopisca —murmuró Mírrina—. Ya estaba tardando.
Al momento se oyeron pasos apresurados por la escalera que subía desde la entrada que daba al Argileto.
El corredor no tenía ventanas al exterior, por lo que en condiciones normales estaba oscuro como un túnel subterráneo.
Para que los vecinos no tuvieran que moverse a tientas como los ciegos, en las paredes había hornacinas con lamparillas de aceite que el portero se encargaba de rellenar y encender.
Una tarea en la que Oscio menudo se retrasaba, ante las protestas de los inquilinos.
Algunos decían que era porque escatimaba el combustible de las lucernas —y eso que debía de ser del barato, porque olía más a residuo de almazara que a aceite de calidad—, y otros aducían que lo que no escatimaba era el vino, y por eso se quedaba dormido en su chiribitil más a menudo de lo que debería.
Bajo la tenue luz de esas lámparas, un moño cano asomó por el horizonte del primer peldaño. Mientras terminaban de aparecer el resto de la cabeza y el cuerpo, su dueña ya venía hablando.
—¿Qué ocurre? ¿Adónde vais? ¿Es que ha pasado algo? ¡Ay, por todos los dioses!, ¿qué desgracias no nos esperarán?
Antes de que Antiodemis y sus acompañantes pudieran escapar hacia el otro lado, ya tenían a aquella mujer encima.
Vopisca era una cincuentona delgada como un sarmiento, rápida y nerviosa como una comadreja y mandona como un centurión primipilo.
Tanto su difunto marido como ella eran antiguos esclavos del dueño de la ínsula, Manió Aufidio, que pasado un tiempo los había manumitido.
Cuando quedó viuda unos años antes, Vopisca se encargó de regentar en persona el negocio que hasta entonces llevaba su marido, una zapatería.
«Que la tierra le sea leve a mi Numerio, pero la mitad de lo que ganábamos se lo dejaba en la cantina, así que ahora me va mucho mejor», solía decir ella a quien quisiera escucharla.
Y también a quien no quisiera.
Al principio, cuando Antiodemis se instaló en el apartamento encima de la zapatería, a Vopisca no le hizo ninguna gracia.
Le molestaba que, en un edificio decente como aquel —ella hacía mucho hincapié en ese adjetivo, «decente», algo en lo que demostraba o que era muy optimista o que, considerando cómo eran las vidas de algunos de los inquilinos, directamente se hacía la ignorante—, le hubiera tocado en suerte tener justo sobre su cabeza a una actriz.
¡Y griega, además, cuando hasta ese momento había tenido encima a una prostituta!
Que sí, insistía la zapatera, que la tal Urania podía ser una beldad y además tenía una sonrisa resplandeciente. Pero no por eso dejaba de ser lo que era.
—Lo mismo que esa Antíoca, Antinofisis o como se llame —decía Vopisca a todo el que pasaba por su local—.
Muy guapa también, sí, pero ¿qué hace? Aunque no tenga tantas tetas como la rubia, se dedica a exhibirlas en público.
En vez de hacerlo para un solo cliente, se las enseña a todo quisque que se sienta a babear mirándola. ¡Desnuda delante de mil hombres!
Vopisca fingía ignorar que al teatro también asistían mujeres; para empezar, ella misma.
—¿Eso no es ser más puta que las mismísimas putas? —concluía su razonamiento.
Entre que a veces le llegaban los comentarios de Vopisca a través de su informadora particular, Mírrina, y que, a veces, cuando abría la ventana de su alcoba, la oía hablar justo debajo, Antiodemis se había acabado enterando de todo lo que comadreaba sobre ella.
Su primera reacción fue indignarse. Pensó en bajar a la zapatería y soltarle a la viuda una buena filípica, hubiera o no clientes delante.
Después recapacitó.
«Se gana más con miel que con hiel», solía decirle su antiguo amante, el poeta Antípatro, que de palabras melosas entendía lo suyo.
Congraciarse con aquella mujer que tenía la lengua más afilada que la chaira que usaba para cortar zapatos no fue tarea fácil.
Empero, si algo se le daba bien a Antiodemis era mostrarse encantadora con quien ella quería.
En parte se trataba del mismo don natural que la había convertido en actriz y, en parte, de destreza aprendida a fuerza de practicar sobre las tablas.
Para trabajarse a su vecina, Antiodemis tuvo que emplear una buena dosis de persistencia, muchas sonrisas y lisonjas abundantes.
—No hay zapatos como los tuyos, domina —le decía, dirigiéndose a ella con un tratamiento de respeto que a una simple liberta le quedaba holgado.
A ello le sumaba regalos y favores. Incienso para los sacrificios, aceite perfumado, dulces, platos cocinados por la cocinera de la propia Antiodemis o comprados en el mejor termopolio del barrio, el de Fáustulo.
Un ánfora de vino de vez en cuando. Asientos más cerca del escenario para Vopisca, quien, por mucho que criticara a actores y actrices, se reía y aplaudía como la que más en el teatro.
Incluso para Aufidiano, el esclavo que de día hacía de capataz en el taller y por las noches —al menos, eso aseguraba Mírrina— le calentaba el lecho a la dueña.
Todo ello sabiamente espaciado. No era cuestión de arruinarse, sino de invertir sabiamente.
Porque, aunque el proverbio afirmara que dos que fornican en un colchón se vuelven de la misma opinión, Antiodemis, a diferencia de Cepión, sabía administrar bien sus ingresos y sus gastos y no incurrir en deudas.
Entre unas cosas y otras, Antiodemis logró que la huraña Vopisca convirtiera los ladridos con los que al principio fingía saludarla en algo que, poco a poco, se fue metamorfoseando en sonrisas sinceras.
Por las últimas Saturnales, la mujer había correspondido a los obsequios de la actriz regalándole unas sandalias y unos zapatos de invierno.
Incluso tuvo el detalle de ordenar a sus operarios que, durante las fiestas, no empezaran hasta la hora tercia con sus cantos, tan repetitivos y machacones como los martillazos con los que claveteaban suelas y remachaban correas.
—¿Vais a salir a la calle? —preguntó Vopisca—. ¿No crees que es mejor quedarse en casa en un día como hoy?
—Pues…
—Yo no saldría. Hoy ni siquiera he abierto la zapatería.
—Ya lo hemos notado —dijo Mírrina, con cierto retintín.
—Tengo los cierres bien candados, que siempre hay sinvergüenzas que aprovechan estos alborotos para robar. Es mejor perder un poco de dinero hoy que perderlo todo mañana, eso digo yo siempre. Además, con este día de perros, ¿quién iba a venir? Pues nadie, eso digo yo.
Sin que le solicitaran más aclaraciones, la viuda se las brindó.
Más de la mitad de sus operarios, los que no vivían en la ínsula, no se habían presentado.
¡A saber si alguno de ellos no estaría dedicándose al pillaje!
(O a saber si alguno de ellos, pensó Antiodemis, no sería partidario de Graco y estaría dando de comer a los peces del Tíber).
Desde luego, ya les descontaría el salario, eso estaba claro, que hoy no era día de fiesta.
Mientras seguían hablando allí, o más bien mientras era Vopisca la que surtía de combustible a la conversación, se abrió otra puerta, esta vez a su izquierda. Era la de la vivienda del portero, un pequeño garito que se hallaba al otro extremo del corredor, pegado a la cara norte del inmueble.
Oscio sacó a rastras una butaca de anea y la plantó junto a la entrada.
Como si el esfuerzo lo hubiera dejado baldado, se desplomó sobre ella con un gruñido.
Después cruzó los brazos sobre su prominente tripa y adoptó su gesto habitual, las comisuras de la boca curvadas hacia abajo, dibujando una imitación invertida y casi perfecta de una sonrisa.
De no haberla interrumpido Vopisca, Antiodemis y sus acompañantes ya habrían pasado por delante de la puerta de Oscio para después girar a la derecha y subir por la escalera.
Sin tener que dar explicaciones.
Pero las voces de la zapatera habían alertado al portero, que seguramente estaba tan contento y entretenido en su tabuco bebiendo —se tambaleaba un poco cuando colocó la silla—, y rascándose la barriga o cualquier otra parte de su anatomía en la que Antiodemis prefería no pensar.
La impresión visual se vio corroborada cuando pasaron a su lado.
El tipo olía a vino, incluso más que a sudor (no estaba muy claro qué era preferible).
Tenía los escasos cabellos revueltos como la maleza de un erial y una red de venillas rojas le recorría las escleróticas, que amarilleaban con una ictericia que hacía presagiar que, a no tardar muchos años, el dueño de la ínsula tendría que buscarse otro portero.
Lo más probable era que, con aquella noche tan movida, Oscio no hubiera dormido mucho. Y, considerando que solo dejaba de darle tientos al jarro cuando dormía, debía de llevar ya su medio congio [11] de vino en el cuerpo.
—No puedo daros los buenos días porque no los hace —saludó.