13
Cuando Procopio acudió con el bacín, las dos mujeres salieron de la habitación al medianum , el espacioso salón que también servía como distribuidor del apartamento. Mírrina se ofreció a maquillar a su ama para que no se notara tanto la mala noche que había pasado.
Antiodemis respondió que más tarde se acicalaría, si tenían tiempo, y añadió:
—No puedo dejar de pensar en ella.
—¿Te refieres a la muchacha, señora?
Urania debía de tener más o menos los mismos años que Antiodemis. Para Mírrina, que ya rondaba la treintena, sin duda era una muchacha.
La edad no era lo único que Antiodemis compartía con la joven asesinada. (Todavía le costaba pronunciar incluso mentalmente esa palabra, «asesinada». Cada vez que lo hacía la asaltaba la imagen de Cepión con la ropa manchada de sangre).
Recordaba lo que el portero, la zapatera y otros vecinos de la ínsula solían comentar de Urania. «Qué indecencia, una mujer que se vende por dinero». Cuando Antiodemis no estaba delante, ¿qué no dirían de ella?
Sí, ambas tenían mucho en común.
—¿Quién se va a ocupar del cuerpo? —preguntó Antiodemis.
Sospechaba que nadie, pero quería que se lo corroborara Mírrina. Su esclava hablaba con mucha gente en la ínsula, en el mercado y en las calles, y se sabía al dedillo la vida y hechos tanto de los habitantes de la Torre Mamilia como de media Subura.
—No tiene… no tenía ningún familiar aquí —dijo Mírrina—. La vendieron muy niña. Ella decía que procedía de un país muy lejano, más allá de las tierras de los celtas. No sabía nada más. La pobre ni siquiera recordaba a su madre.
«Igual que yo», pensó Antiodemis. Algo más que las unía.
Si Urania hubiera seguido siendo esclava, sus amos se habrían ocupado de su sepelio, por más modesto que fuese.
Pero ya no lo era.
Artemidoro la había comprado de su anterior ama, la meretriz que regentaba el Jardín de Eros y Psique, el prostíbulo más lujoso de Roma.
Por lo que sabía Antiodemis, el precio que el erudito pagó por Urania era exorbitante.
Según el cotilla del portero, si la pareja se vio obligada a mudarse a un piso mucho más pequeño, dos plantas más arriba, era porque Artemidoro se había arruinado a cuenta de ser un putero encobado.
Y esa, opinaba el portero, era la peor y más estúpida clase de putero que se podía ser.
El tipo que, cuando está a punto de agotarse el agua del reloj que mide su tiempo con la furcia, tapa el orificio de la clepsidra con una bolita de cera y paga para que no entren más clientes.
Antiodemis dudaba de que la mudanza se debiera únicamente a esa razón.
Antes de trasladarse, los dos amantes vivieron casi un año entero en el apartamento que ahora ocupaba ella, lo cual indicaba que Artemidoro debía de haberse quedado sin dinero por algún otro motivo un tiempo después de comprar a Urania.
Por otra parte, lo primero que hizo el griego una vez que se convirtió en dueño legal de la joven fue manumitirla. Con ello, Urania se convirtió, al igual que Artemidoro y que la propia Antiodemis, en una peregrina, una extranjera libre afincada en Roma.
Al actuar así, él había demostrado no solo una gran generosidad, sino también la confianza que sentía en su amada.
Confianza que se puso a prueba cuando Artemidoro se quedó sin dinero. En aquel momento, Urania podría haberlo abandonado para buscarse un protector con más recursos. Con su juventud y su belleza, seguro que no le habrían faltado pretendientes entre las mismas filas del augusto Senado de Roma.
Pero no lo había hecho. Al parecer, era tan idealista o estaba tan enamorada como el propio Artemidoro.
O ambas cosas.
—Su único allegado de verdad era Artemidoro —dijo Mírrina, como si sus pensamientos hubieran seguido un sendero paralelo a los de su ama.
—Él no está en condiciones de encargarse de ella.
—Ni de nadie.
Antiodemis suspiró.
—No podemos dejarla allí.
—No.
—Nos encargaremos nosotras.
—Así será, ama.
Procopio y Gayano reunieron el material necesario para devolver a su sitio la tibia y el peroné de Artemidoro y después entablillarle la pierna: cinturones de cuero para rodearle la pierna y tirar de ella, bandas de lino para vendarla y sujetar las tablillas, vino, aceite y cerato para untar y adherir los vendajes.
Y más vino aún, para mezclarlo con opio y administrárselo a Artemidoro. Este insistió en que, por dolorosa que fuese la operación, no pensaba beber la mezcla sedante hasta que la fractura no hubiera quedado reducida.
—El piloto de la nave debe mantenerse sereno —argumentó.
Para las férulas pensaron, al principio, en partir una escoba. Antiodemis decidió después que a Artemidoro le dolería menos la pierna si utilizaban tablas lisas en lugar de un palo redondo, de modo que autorizó a Gayano a desguazar uno de sus arcones y usar los listones de cedro.
Mientras tanto, las criadas llevaban a cabo los preparativos para Urania.
Antiodemis había pensado que, considerando el estado en que seguramente se encontraba la joven —ensangrentada, con la ropa hecha jirones o prácticamente desnuda—, debían ser mujeres quienes la atendieran.
Siguiendo sus instrucciones, Trife y Fania sacaron una sábana del ajuar de su ama —ellas dormían tapándose con mantas y directamente sobre el jergón, como era propio de esclavas— y prepararon palanganas y trapos para lavarla, una barbillera para cerrarle la boca, y maquillaje, aceite y perfumes con el fin de adecentarla después.
El plan de Antiodemis era, una vez que la tuvieran acicalada, llevarla al cementerio del Esquilino sin más demora.
Allí, en el santuario de Libitina, contratarían a los enterradores para que le cavaran una tumba.
Si por el camino podían comprarle lirios de invierno o alguna otra flor, lo harían.
Pero en esta ciudad que hoy parecía más muerta que aletargada, Antiodemis dudaba de que encontraran a ninguna floristera.
Para que el entierro no fuera aún más triste y desangelado de lo necesario, Antiodemis pensaba tocar la lira y cantar un planto en honor de la pobre muchacha mientras los fossores paleaban para abrir la sepultura.
No habría pira funeraria. Cuanto antes estuviera bajo tierra el cadáver, tanto mejor. Sabiendo que Cepión se hallaba implicado en aquella muerte, Antiodemis prefería solucionarlo todo de la forma más rápida y discreta posible.
Para ello, antes debían bajar el cadáver.
La opción de embalsamarlo arriba no convencía a Antiodemis. Era el mismo lugar donde había sido asesinada. La atmósfera de la vivienda estaría contaminada por los efluvios propios de cualquier muerte, mezclados con el miasma de un crimen.
Lo cierto era que le daba reparo, incluso miedo subir al apartamento de Artemidoro.
¿Qué iba a encontrarse allí?
Por ello mismo, por ese temor que sentía, había decidido que tenía que ser ella en persona quien lo hiciera.
Ay, ¿por qué no habría buscado Artemidoro otra playa en la que naufragar, otra Nausícaa a la que acogerse como suplicante?
Pero ahora no eran los versos de Homero los que le recordaban su deber, sino los de Sófocles.
Aquellos en los que Antígona, pese a las órdenes del poderoso tirano Creonte, se niega a consentir que el cadáver de su hermano Polinices quede insepulto, tirado en el polvo a merced de perros y cuervos.
Cuando le dice a su asustadiza hermana Ismene: «Así mostrarás enseguida si eres bien nacida por naturaleza o eres una cobarde».
Ismene demuestra ser lo segundo, mientras que Antígona al final sacrifica su vida por cumplir «las leyes no escritas e inamovibles de los dioses».
Antiodemis tragó saliva. En cierto modo, Urania era lo más parecido a una hermana que tenía en esta despiadada ciudad cuyos habitantes descendían de lobos.
Rezó a Afrodita para que no permitiera que ella, por cumplir su deber con esa hermana de espíritu, se convirtiera en una nueva Antígona y acabara uniéndose a Urania en la muerte.