12 #2
Incluso en susurros, las palabras que pronunciaba Artemidoro seguían sonando extrañamente ásperas. No podía ser griego.
Antiodemis acercó el oído a sus labios. «Le arde el aliento», pensó al notar el calor de su respiración en la oreja.
Trató de descifrar lo que musitaba Artemidoro, pero apenas entendía nada. En cierto momento sí que habló en griego, aunque resultaba difícil descifrar lo que decía. Antiodemis entendió claramente la palabra «Delfos», y creyó oír también katara , «maldición».
Después se volvió a pasar a un idioma desconocido y pronunció de nuevo aquella palabra.
Rágnarok.
— Rágnarok —repitió Antiodemis, incorporándose—. ¿Qué querrá decir?
¿Sería alguien a quien conocía? ¿Un apodo cariñoso para su amante?
No, eso no podía ser. A Urania, con esos ojos tan dulces y aquella piel tan suave —al menos, así imaginaba Antiodemis su tacto—, no le cuadraba una palabra tan áspera.
—Si me atreviera a arriesgarme con una hipótesis sobre esa palabra… —dijo Procopio, dejando en el aire el final de la frase.
—Arriésgate.
—Suena muy dura, muy tosca.
Antiodemis asintió. Era justo lo que estaba pensando ella.
—Por tanto —continuó el mayordomo—, diría que pertenece a la lengua de algún pueblo bárbaro que habita muy al norte.
—¿Tú crees?
—El clima de las regiones del norte es más crudo que el del mar Interior, y es bien sabido que los rigores del clima de un lugar se contagian a las costumbres y el idioma de las gentes que lo habitan.
Procopio hablaba a menudo con ese tono entre erudito y pomposo.
El portero Oscio, con quien Procopio discutía de cuando en cuando, lo atribuía al hecho de haber servido a un amo como Artemidoro. «Perdona que te diga, señora, pero ese mayordomo que tienes te ha salido igual de pedante que el griego del segundo piso», le decía a Antiodemis.
En ese momento entró Mírrina.
—Señora, ya está lista tu habitación. La hemos cerrado para que no se quede helada.
Procopio se disculpó en ese instante, alegando que debía verificar diversas cosas en el apartamento. Antiodemis asintió. Sabía que el mayordomo era muy remilgado para sus propias funciones corporales y que, seguramente, querría visitar la letrina que compartían los criados para después asearse.
Cuando pasó hacia la puerta, por evitar toparse con Antiodemis, Procopio dio un rodeo por el otro lado. Al hacerlo, su mano se rozó, como al descuido, con el dorso de la de Mírrina.
Gesto que no le pasó inadvertido a Antiodemis.
Por más que Procopio intentara disimularlo delante de los demás, el severo mayordomo bebía los vientos por su compañera y subordinada.
De todos los habitantes del apartamento, con quien más confianza tenía Antiodemis era con Mírrina.
Era la primera esclava que compró allá en Chipre, cuando ya llevaba un tiempo en la compañía teatral de Casandra y empezaba a permitirse esos gastos, y la única que se trajo a Roma.
Hablaba con ella de cosas que no le contaría a nadie más.
Era como si ambas representaran en la vida real una de esas comedias de Plauto, Psendolus o Asinaria , donde hay esclavos que actúan como confidentes de sus amos.
A cambio, Mírrina se lo contaba todo.
O casi todo. ¿Quién no oculta secretos en su corazón?
Una de las cosas que Mírrina sí le había dicho a su dueña, a medias confesándose y a medias solicitando su venia, era que, por darle gusto al cuerpo, a veces se acostaba con Procopio.
(Acostarse era una forma de hablar: más de una vez lo hacía de pie y con las manos contra la pared mientras el mayordomo —«Con lo formal que se lo ve siempre, se pone salvaje como un centauro»— la agarraba por las caderas y la embestía por detrás).
—No tiene que entorpecer vuestro trabajo —la había advertido Antiodemis.
—No lo hará, señora.
—Y no debe enterarse nadie. No quiero suspicacias con el resto del servicio.
—Nadie se enterará, señora.
«Tendré que recordárselo», se dijo ahora Antiodemis.
Si lo pensaba bien, a quien más se le estaba notando últimamente era a Procopio. Y a ella, por alguna razón, le daba vergüenza hablar de ese tipo de cosas con aquel hombre tan hierático que a veces parecía una representación en piedra de sí mismo.
«Con lo formal que se lo ve siempre».
En otro momento se ocuparía de ese asunto. Por ahora, Antiodemis espantó la imagen de un centauro en celo que le había venido a la mente y se concentró en qué hacer con su refugiado.
Su propio y desventurado Odiseo.
—¡Qué lástima me da el pobre! —dijo Mírrina, como si le hubiera leído los pensamientos a su ama.
La criada se acercó al lecho y posó la mano en la frente de Artemidoro con suavidad, casi con ternura. Como la caricia que se le hace a un hijo enfermo, o a un padre en las últimas.
Artemidoro reaccionó al contacto y abrió los ojos.
—Cuánto… tiempo… ha…
Mírrina mojó una gasa en una palangana de agua y le humedeció los labios.
—No te esfuerces por hablar. Es mejor que descanses.
—No —murmuró él. Parpadeó un par de veces.
Solo con el ojo derecho.
El otro ni se abrió.
Aunque solo se le viera un iris, a Antiodemis la seguía maravillando ese color azul. Desde que se cruzó por primera vez con él en la puerta de la ínsula, los ojos del efesio siempre la habían hecho rememorar una sensación y un lugar muy concretos.
Una cala recoleta en Chipre, donde ella se bañaba con la tranquilidad de que sus primos no conocían aquel paraje y no iban a seguirla para espiarla desnuda.
Bajo la luz del sol, que se reflejaba en la arena fina y blanca del fondo, el agua de aquella caleta se veía del mismo azul transparente y claro de los ojos de Artemidoro.
El color seguía siendo el mismo. Pero, más que a las aguas del mar, ahora le recordaba a Antiodemis un pozo de infinita profundidad, de una tristeza abismal.
—No —repitió él. Poco a poco recuperaba la voz—. La pierna… está rota.
—Eso parece —respondió Antiodemis—. Se ve muy inflamada. Más que…
Se arrepintió de lo que iba a decir. Nunca le había gustado dar malas noticias.
—¿Más que…? —preguntó Artemidoro.
—Está más hinchada que anoche.
—Mal asunto. Una lesión fea. Cuanto más cerca del extremo del hueso, arriba o abajo, peor de curar.
Describir los hechos de forma científica parecía aliviarlo un poco. Cuando diagnosticó «una lesión fea», casi lo hizo como si estuviera hablando de la pierna de un paciente, no de la suya.
—Mis pies. ¿Se nota algo raro?
—El derecho se ve más corto —dijo Antiodemis.
Artemidoro suspiró. Al hacerlo, algo debió clavarse o moverse dentro de él, porque se le escapó un nuevo rictus de dolor.
—Eso es que… —Un pequeño gruñido—. Los fragmentos del hueso se han desplazado. Hay que ponerlos en su sitio.
—Conozco a un médico que…
—Nadie de fuera. Por favor. Es mejor que me mandéis a mí. Fuera de aquí. Por vuestro bien.
Antiodemis no podía sino estar de acuerdo.
Pero ¿adónde?
Artemidoro respondió a su duda.
—Gayo Mario. Nos ofreció… Me ofreció su casa. ¿Podéis avisarle?
Antiodemis asintió. Esa solución parecía la mejor. Si se acogía a la protección del tribuno, Artemidoro ya no correría peligro a manos de Cepión. Este solía hablar mal de Mario, pero se notaba que le tenía cierto respeto rayano en el temor.
—Enviaré a alguien.
La casa de Mario se hallaba en las Carinas. No había más que cruzar el Argileto, subir la cuesta Orbia hasta la llamada calle del Crimen —vaya nombres ponían los romanos a sus calles, hasta para eso eran truculentos— y seguir esta hasta la fachada posterior del templo de la Tierra.
Trescientos pasos como mucho.
Aunque para Artemidoro podían hacerse tan largos como el cruce de los Alpes. Tendrían que transportarlo en una litera o en un palanquín.
—Antes hay que colocar el hueso —dijo Artemidoro—. Si no, la inflamación se asentará. La lesión se gangrenará por dentro.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Antiodemis.
—Llamad a Procopio. Una vez me ayudó a entablillar una pierna.
—¿Una vez?
No parecían credenciales de cirujano militar.
—Tendrá que servir —respondió Artemidoro—. Si avisáis a otro esclavo varón…
Las dos mujeres se miraron.
—¿No puedo hacerlo yo? —preguntó Mirtina.
—Si es necesario, sí. Pero hace falta bastante fuerza.
Contemplando la hinchazón de la pierna, Antiodemis pensó que ella, desde luego, prefería no hacerlo. Solo de pensar en causarle más dolor a aquel hombre y de imaginarse el chasquido de los huesos al colocarse bajo sus manos, le daban escalofríos.
Si la vida de Artemidoro dependiera exclusivamente de ella, lo intentaría. Pero había más personas en la casa.
Que se ocuparan ellas.
—Vuestro portero… —dijo Artemidoro.
—Gayano —completó Antiodemis.
—Parece joven y fuerte.
—Se lo diré.
—Otra cosa. Decidle a Procopio… Una bacinilla, por favor.
—Puedo encargarme yo —respondió Mírrina—. No tiene por qué ser él.
Con una sonrisa melancólica, Artemidoro respondió:
—«Apartaos, doncellas. Que me da vergüenza estar desnudo ante jóvenes de tan lindos cabellos».
Antiodemis reconoció la cita de Homero. Odiseo, que acababa de aparecer en la playa ante la princesa Nausícaa tapándose las partes pudendas con unas ramas, les pedía a ella y a sus criadas que le dejaran lavarse y ungirse a solas. Era una escena que ella misma había representado en mimo.
Tomando el papel de Nausícaa, Antiodemis respondió:
—«Extranjero, pues ni vil ni insensato pareces, bien sabes que Zeus Olímpico reparte dicha a los hombres, sean buenos o malos, a su antojo.
A ti ahora te ha dado esos males y no tienes más remedio que sufrirlos.
Mas, ahora que has llegado a nuestra morada, no te faltarán vestidos ni ninguna otra cosa».
Artemidoro volvió a sonreír. Con una sonrisa no menos triste, pero en la que se advertía cierta complicidad. «Has cambiado “nuestra ciudad y nuestra tierra” por “nuestra morada”», parecía decirle aquel Odiseo.
Que ya nunca se reuniría con su Penélope.