Sertorio, el elegido de la diosa blanca 12
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El apartamento de Antiodemis, más alargado que ancho, ocupaba el lado occidental de la Torre Mamilia, desde la fachada sur, a la que asomaba su dormitorio, hasta la norte, donde se encontraba el cubículo de Procopio.

Era el único de los sirvientes que disponía de uno para él solo: privilegios de mayordomo.

En su parte norte, la vivienda era realmente una planta baja, tal como la anunciaba en los carteles y la describía en el contrato el propietario de la ínsula.

En cambio, por el lado sur, el apartamento se levantaba diez pies por encima del suelo, más que suficientes para dejar espacio por debajo a la zapatería de Vopisca.

Gracias a esa construcción en pendiente, Antiodemis gozaba de algunos de los lujos de vivir en una planta baja a la vez que se libraba de ciertas desventajas.

Disponía de agua corriente y letrinas, no tenía que subir escaleras si entraba desde la parte norte y, en caso de que se produjera un incendio, la evacuación sería mucho más rápida.

Simultáneamente, gracias a la mayor altura de la fachada meridional, disfrutaba de mejores vistas desde la ventana de su alcoba y, a cambio, se ahorraba la molestia de toparse con la cara de transeúntes fisgones a medio palmo de la suya cuando se asomaba a la calle.

En cuanto entró al cubículo de su mayordomo, fue precisamente la ventana lo primero que captó la mirada de Antiodemis. Por ella había entrado Artemidoro en plena noche, después de llamar a los postigos para pedirle ayuda a Procopio.

«Si me ocurre a mí, me muero del susto», pensó.

Era mucho más pequeña y tenía el alféizar más alto que el ventanal del dormitorio de Cepión por el que ella había huido de la ira de Metela Tercia.

Para Artemidoro, que era más viejo y seguramente menos elástico que ella y que, sobre todo, llegaba malherido por los golpes y por la caída de dos pisos, tuvo que resultar muy trabajoso colarse por ahí.

Hasta ahora, Antiodemis no le había dado importancia al hecho de que esa ventana, pese a que estaba mucho más cerca de la calle que la suya, no tuviera rejas. Tan solo una falleba de bronce para asegurar los postigos de madera.

Al menos, ese cerrojo parecía sólido.

Considerando los disturbios que se habían producido en la víspera y los que aún podían producirse, Antiodemis tomó nota mentalmente de que tenía que pedirle a Aufidio, el dueño de la ínsula, que pusiera barrotes también allí.

Si alguien en el estado de Artemidoro había conseguido embutirse por esa ventana, a potenciales intrusos más jóvenes y en mejores condiciones físicas que él les resultaría pan comido.

De haber estado ya instaladas esas rejas, a Artemidoro no le habría quedado más remedio que buscarse otro refugio. Con lo cual Antiodemis no se habría visto en la situación tan comprometida en la que se hallaba ahora.

¿Cuánto iba a tardar Cepión en pensárselo mejor y volver a presentarse allí para comprobar si ella le había mentido, si el fugitivo al que buscaba con tanto afán estaba cobijado en su apartamento?

Fue un pensamiento fugaz. En cuanto apartó la mirada de la ventana y la posó en Artemidoro, se arrepintió de su mezquindad.

Al ver el estado lamentable en que se hallaba el griego, con su natural fantasioso se imaginó a sí misma como una Nausícaa rediviva acogiendo a un Odiseo extenuado y lleno de contusiones tras naufragar frente a las costas de los feacios.

(Aquella imagen onduló y se quebró, como cuando una piedra rompe un reflejo en el agua.

Cuando los fragmentos se unieron de nuevo, se había transformado en otra.

En la nueva visión no era el flaco y desgarbado Artemidoro quien se arrastraba por la playa, sino aquel gladiador, Stígmata, con el que una vez, una sola vez, Antiodemis había cruzado la mirada.

Desde entonces, la joven estaba más obsesionada de lo que ella misma habría querido reconocer con el recuerdo de los ojos distantes, de las mejillas ascéticas surcadas por cicatrices, del aura entera de misterio y de peligro que rodeaba a aquel hombre.

No todo era fascinación poética. También tenía grabada una imagen más carnal, la de los músculos brillantes de aceite, de perfiles tan definidos que parecían tallados a escoplo. ¿Qué se sentiría al acariciarlos?

Sobre todo, no podía olvidar que aquellos ojos se posaron en ella fugazmente, y que al hacerlo se encendieron por un instante con un hambre súbita.

Ay, si Stígmata llegara a una playa desnudo y se abrazara a sus rodillas…).

Antiodemis sacudió la cabeza para ahuyentar las imágenes. Aunque lo consiguió, no le resultó tan fácil desprenderse de la sensación de calor líquido —a veces, una humedad literal— que se derramaba por su vientre cada vez que se acordaba del hombre de las cicatrices.

Devolvió su atención a Artemidoro. Sin saber que este, hacía apenas unas horas, había estado codo con codo con el gladiador Stígmata atendiendo al parto de alguien a quien también conocía Antiodemis, la esposa de Tito Sertorio.

Para ser Roma una ciudad tan grande, resultaba curioso cuántas coincidencias anudaba el destino en ella.

Artemidoro, pasado el breve despertar en el que pronunció aquella palabra desconocida, Rágnarok , se había vuelto a quedar dormido.

Su sueño se veía tan inquieto, no obstante, que difícilmente le serviría de alivio.

Bajo los párpados del ojo derecho —en el izquierdo habría sido imposible apreciarlo, pues lo tenía tan negro y abultado como un huevo quemado entre brasas—, la pupila se movía de un lado a otro y trazaba círculos inquietos.

Por los labios entreabiertos y tumefactos salía y entraba una respiración trabajosa como un fuelle, entre cuyos silbidos se intuían algunas palabras apenas audibles.

Antes de que Antiodemis se durmiera por última vez esa noche, Cepión se había presentado en el apartamento. Unicamente lo acompañaba su guardaespaldas, Nuntiusmortis. Siempre pegado a él como un perro faldero.

O más bien como un mastín infernal.

La joven se estremeció al pensar que lo más probable era que los golpes cuyas huellas se mostraban en el rostro de Artemidoro se los hubiera propinado aquel bruto.

En una ocasión, Antiodemis le había preguntado a Cepión si no le daba miedo tener siempre cerca al exgladiador celtíbero.

Él se había reído.

Cepión era un hombre alto que, pese a su excesiva indulgencia con la comida y, sobre todo, con la bebida, poseía una musculatura de atleta. Con aquella complexión, no era alguien con quien uno quisiera provocar una pelea.

Pero su guardaespaldas era otra cosa. Se diría que aquella mole pertenecía a otra categoría, incluso.

Del reino animal más que de la especie humana.

Antiodemis estaba convencida de que, si a Nuntiusmortis se le cruzaban un día las palas del timón, era capaz de romperle la mandíbula a su patrón de un solo puñetazo.

No quería imaginar cuál podría ser el resultado si ese puñetazo lo recibiera ella.

Rea —la amiga de Antiodemis a la que Artemidoro atendió en el parto la noche anterior— poseía un esclavo norteño, Dagulfo, que aventajaba en altura y corpulencia a Nuntiusmortis.

A juzgar por el volumen de sus músculos, probablemente también lo superaba en fuerza.

Con un guardaespaldas como él, sin embargo, Antiodemis se habría sentido segura.

La diferencia estribaba en los ojos de cada uno.

Los de Dagulfo eran limpios, apacibles, casi dulces.

En cambio, los de Nuntiusmortis se veían tenebrosos como pozos en cuyo fondo cenagoso chapoteara una entidad oscura, apenas humana.

Asesina.

Con todo, Antiodemis no olvidaba que, si lo que aseguraba Artemidoro era cierto, el verdadero asesino no era otro que Cepión.

Al ver que Artemidoro tenía el cuello tan torcido que la barbilla casi se le clavaba en el pecho, Antiodemis se inclinó sobre él, le ahuecó un poco los almohadones y le acomodó mejor la cabeza.

—Me ha dicho que cree que tiene rota alguna costilla —dijo Procopio—. Por eso le he puesto tres almohadas, para que tenga la cabeza bien levantada y no se le llene de líquido el pecho.

Antiodemis apartó un poco la manta y examinó la pierna derecha de Artemidoro. Se veía muy hinchada, más cerca del tobillo que de la rodilla.

—La pierna también la tiene rota —añadió Procopio—. Me lo ha dicho él mismo.

Esa impresión daba. Al menos, los huesos no habían rasgado la piel y no se apreciaba herida externa.

En cualquier caso, aunque Antiodemis no tuviera grandes nociones de medicina, no le parecía que un hueso fracturado debiera dejarse así, sin más.

—¿Qué se puede hacer?

—No lo sé, señora. Pensaba esperar a que el am… a que Artemidoro se despierte para pedirle instrucciones.

Pese al titubeo de su mayordomo, Antiodemis reparó en que había estado a punto de referirse a Artemidoro como «amo».

Procopio había sido su esclavo durante varios años, antes de que ella llegara a Roma y se instalara en este apartamento. Después, Artemidoro no tuvo más remedio que desprenderse de él, vendiéndoselo al dueño de la ínsula, Manio Aufidio, para saldar sus deudas con él y con otros acreedores.

Procopio seguía perteneciendo legalmente al casero de la ínsula, quien le alquilaba sus servicios a Antiodemis como si el corintio fuera una parte más del ajuar y de los enseres que incluía el apartamento.

Aunque la joven permitía que Cepión le costeara el arriendo de la vivienda, la parte de los gastos correspondiente a Procopio la pagaba de su propio peculio. Su intención al hacerlo era que el esclavo le debiera lealtad y obediencia a ella, no a su amante.

En ello contaba con la colaboración del propio mayordomo, que no sentía la menor simpatía por Cepión.

Artemidoro murmuró algo, sin llegar a abrir los ojos.

Antiodemis le puso la mano en la frente.

Tenía la piel seca y caliente. Más que hablar en sueños, parecía que estuviera sumido en un delirio. En parte debía de ser por la fiebre, pero también por la dosis de adormidera mezclada con vino que le habían administrado pocas horas antes.