Sertorio, el elegido de la diosa blanca 11
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Después de aquel incidente, las cosas no mejoraron.

Fue a media mañana cuando estalló la tormenta.

Antiodemis jamás había visto algo parecido.

Relámpagos que atravesaban el cielo de parte a parte como látigos incandescentes y que por un instante alumbraban más que el sol a mediodía, truenos que hacían estremecerse el edificio entero.

Y agua, tanta agua como si lo que estuviera desplomándose desde las alturas fuera el mismísimo río Océano que rodea las tierras.

A ratos, el diluvio hizo temer a Antiodemis que Zeus hubiera decidido aniquilar a la humanidad repitiendo la historia de Deucalión y Pirra.

Pero la verdadera violencia no vino de los dioses, sino de los hombres. Ni la furia de la tempestad impidió al cónsul Opimio armar y enviar a miles de seguidores contra su enemigo más odiado, el extribuno Gayo Graco, y contra sus partidarios. La orden era muy clara.

Exterminarlos.

Por temor a la turbamulta, ni Antiodemis ni sus sirvientes osaron asomar ni la punta de un pie fuera de casa.

Aun así, a la ínsula les llegaron rumores sobre una carnicería atroz, una batalla como nunca se había presenciado en las calles de Roma.

«¡Solo faltaban los estandartes y las trompetas!

», decía Oscio, el portero, añadiendo que hablaba con conocimiento de causa porque de joven había servido en las legiones.

(«Eso es mentira —replicaba el puntilloso Procopio, mayordomo de Antiodemis, aunque no lo hacía delante del portero por no tener bronca con él—. Como mucho habrá sido mozo de carga. Un liberto no puede ser legionario»).

Aunque el combate principal se libró en el Aventino, a casi una milla de la vivienda de Antiodemis, por toda la ciudad se produjeron reyertas, saqueos, ajustes de cuentas e incendios que habrían ido a mayores de no ser por el aguacero.

Ahora, ya pasados los idus, en las calles y plazuelas reinaba un silencio pesado, tan plomizo como el cielo que se cernía sobre la ciudad a modo de mortaja.

Pese a la atmósfera fúnebre que impregnaba el aire, no podía decirse que fuera un día de velatorio.

Si bien había centenares, millares de muertos —hasta tres mil, se calcularía después—, no se veían procesiones ni se oían lamentos de plañideras.

En su gran mayoría, quienes habían perdido a deudos y amigos eran los derrotados de la batalla: los partidarios del extribuno Gayo Sempronio Graco, de quien se sabía que había perecido en los disturbios, aunque las versiones discrepaban acerca de si había sido asesinado por otros, apuñalado por un esclavo leal o si se había dado muerte por su propia mano.

En las antiguas batallas entre griegos, los vencidos enviaban heraldos mediante los cuales pedían permiso a los vencedores para recuperar los cadáveres de sus soldados caídos y enterrarlos o quemarlos en piras tal como mandaban los dioses.

Aquí no hubo pacto ni armisticio, lo que demostraba, tal como dejó escrito el ateniense Tucídides, que las contiendas civiles eran mucho más cruentas y salvajes que las guerras entre Estados y ciudades rivales.

Los vencidos tras la masacre del Aventino no gozaban tan siquiera de una tregua para recoger a sus muertos, la mayoría de los cuales estaban alimentando a los peces del Tíber.

Incluso llorarlos en voz alta era señalarse también como simpatizantes de Graco y convertirse en objetivo de la ira del cónsul y sus seguidores.

El decreto que Opimio había hecho aprobar en el Senado y que los pregoneros llevaban repitiendo por las calles desde la víspera no era uno de esos textos embrollados y ambiguos que solo los leguleyos saben interpretar. Los términos de este eran claros, tajantes como machetazos de carnicero:

«¡Los traidores Gayo Sempronio Graco y Marco Fulvio Flaco han sido declarados enemigos del pueblo romano!

¡Todo aquel ciudadano de bien que los encuentre tiene el sagrado deber de darles muerte en nombre de la República, así como de hacer lo mismo con todos los partidarios que los protejan con las armas, con las manos o encubriéndolos con su silencio! ».

«Encubriéndolos con su silencio».

Silencio era, precisamente, lo que sobraba ahora. Nadie quería hacerse notar. Como si respirar demasiado fuerte equivaliera a gritar: «¡Viva Gayo Graco!».

La misma calma contenida de las calles reinaba en la ínsula.

Solo se oían los ruidos del exterior. La lluvia repiqueteaba contra los postigos de la fachada, como el tabaleo persistente de unos dedos que insistieran en llamar lamentándose: «¡No nos dejéis fuera con este tiempo, por favor!

». El viento no dejaba de soplar, aunque al menos ahora lo hacía con un silbido apagado, una especie de resuello de asmático.

Durante la noche arreció aún más, hasta el punto de que, en el duermevela, Antiodemis llegó a pensar que una manada de lobos hambrientos se había congregado para aullar a la luna llena delante de la ínsula.

Ni siquiera se escuchaban ruidos en la zapatería que se hallaba justo debajo del dormitorio de Antiodemis.

Lo normal era que los martillazos empezaran a la hora prima, acompañados por las conversaciones de los esclavos que trabajaban para Vopisca, la dueña, más las órdenes y regañinas de esta o las discusiones con los clientes.

«Vuelve», se ordenó a sí misma.

«No puedes quedarte aquí toda la mañana».

En realidad, no habían pasado más que unos cuantos segundos desde que Procopio se dirigiera a ella. En su estado entre el agotamiento y la ensoñación despierta, era como si el tiempo se hubiera congelado.

Antiodemis parpadeó con más fuerza. Una, dos, tres veces, cada vez más rápido hasta sacudirse el estupor.

Enfocó las pupilas.

De pronto, era como si la calle fuera otra y los perfiles de los objetos cobraran nitidez, incluso bajo esa luz mortecina, filtrada a través de un sudario grasiento.

La lluvia volvía a sonar más intensa, las gotas que podía distinguir recortándose contra las imágenes más oscuras parecían caer más rápido.

Un grupo de hombres cubiertos con capotes recorría la calle con paso decidido en dirección al Foro. Todos llevaban la cabeza cubierta. ¿Por protegerse de la lluvia o para que no se vieran sus rostros?

Eran unos quince, quizá más. Después de lo ocurrido ayer, en una ciudad que todavía contenía el aliento, Antiodemis sospechó que una cuadrilla tan numerosa y decidida debía de estar al servicio del cónsul Opimio. Esclavos, matones, clientes, incluso lictores o algún que otro senador.

Con aquellos mantos grises y pardos que lo tapaban todo resultaba imposible saberlo.

Quizá fueran miembros de algún collegium , una de las cofradías supuestamente profesionales que en muchos casos se habían convertido en bandas organizadas, como el gremio de zapateros de la Subura al que la misma Antiodemis enviaba donativos periódicamente. Por la cuenta que le traía.

Algo parecía claro. Hoy no era seguro salir a la calle a no ser que se perteneciera a una de esas bandas.

Como tampoco era seguro para Antiodemis que Artemidoro siguiera en su apartamento. ¿Qué hacer con él?

Cerró los postigos, corrió el pestillo —aunque con la reja se suponía que era superfluo, se sentía más segura así— y se volvió por fin hacia su mayordomo.

Si alguna vez tenía que posar para una estatua, Procopio no tendría problema ninguno. No se había movido un ápice de donde estaba cuando pronunció aquella palabra.

Antiodemis se preguntó si, al menos, habría pestañeado.

—¿Puedes repetirme lo que ha dicho Artemidoro?

Procopio carraspeó.

— Rágnarok , señora.

« Rágnarok », murmuró ella.

Incluso susurrándolas, aquellas tres sílabas poseían una sonoridad áspera, plagada de espinas. Con una insinuación de violencia apenas larvada.

Sobre todo, sonaban bárbaras. Incluso más que el latín.

(Antiodemis no lo decía en público, pero para ella los romanos, aunque se permitieran el lujo de calificar con ese adjetivo a otros pueblos, no eran más que bárbaros.

Salvajes recubiertos con una fina capa de civilización que no había perdido el olor a pintura fresca y que a la mínima ocasión se desprendía en escamas para dejar al descubierto su auténtica naturaleza, el instinto feral de una raza de lobos.

Tal como acababan de demostrar no muchas horas antes).

—¿No tienes idea de qué idioma puede ser?

—Lo ignoro, señora. Artemidoro sabe muchos idiomas, más que ningún otro hombre que yo conozca.

—¿Cómo está ahora?

—Se ha vuelto a dormir.

—Vamos a comprobar qué tal se encuentra.

Procopio asintió.