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Abstraída en sus pensamientos, ahora no se había olvidado de quién era, sino de dónde estaba.
Las voces de Mírrina y Trife, sus doncellas, la arrebataron de la luminosa Chipre y la trajeron de vuelta a Roma.
Las criadas habían terminado de esponjar el colchón de lana milesia y ahora estaban extendiendo sobre la cama las sábanas de lino y la gruesa manta.
Mientras tanto, susurraban entre ellas, comentando los extraños sucesos de la noche y temerosas de lo que pudiera ocurrir ese día y en los días venideros.
—Hablad menos y trabajad más —les ordenó Procopio. El mayordomo no se había movido de la habitación, como si esperara instrucciones de su ama o, al menos, alguna respuesta.
Antiodemis, que se había envuelto con las cortinas a modo de manto, de tal manera que su cabeza era lo único que asomaba entre las rejas que protegían la ventana, volvió a decirse que debería cerrar ya los postigos.
Un mandato o un consejo que, de momento, siguió sin obedecer.
Estaba clavada delante de la ventana en una especie de estupor, ese estado de extraña lasitud en que los párpados se quedan muy abiertos, las pupilas se desenfocan y la vista se clava en una lejanía más remota que el mismo horizonte mientras el cuerpo se hace el remolón por más que la mente le ordene: «Muévete, muévete».
Y eso que, en verdad, había poco que ver al otro lado de los barrotes.
Normalmente el Argileto, una de las vías más concurridas y bulliciosas de Roma, empezaba a verse animado a estas horas.
Clientes que se encaminaban a las mansiones de sus patrones para el tan romano y absurdo ritual matutino de la salutatio .
Esclavos que se apresuraban a llevar los primeros mensajes del día de parte de sus señores.
Criadas que se dirigíanal Foro Holitorio a comprar hortalizas, verduleras que llevaban las suyas en grandes espuertas para vendérselas a las criadas.
Albañiles, caldereros, pintores de camino a sus trabajos cargados con sus herramientas.
Incluso se veían los residuos postreros del tráfago nocturno: los últimos carros de suministros traqueteando para salir de las calles antes de ser multados, juerguistas tambaleantes y más que trasnochados, prostitutas tardías que arrastraban los pies y el alma de retirada a sus humildes tabucos.
Esta mañana la calle se veía muerta. Apenas algunas figuras aisladas, arrebujadas en sus capotes contra el viento y el agua mientras cruzaban a saltos entre los charcos, furtivas, como si quisieran desaparecer de la vista cuanto antes.
La culpa no era de la lluvia. Cuando hacía mal tiempo, las calles de la Subura podían verse algo menos animadas. No inertes como ahora.
Antiodemis sospechaba que lo mismo sucedía en toda la ciudad.
Debido a lo que había ocurrido la víspera.
El día anterior había sido…
Horrible. «Nefasto», como llamaban los romanos a los días en los que no se podían celebrar juicios ni asambleas, se quedaba corto. Quizá nefarius habría sido un adjetivo más apropiado: execrable, abominable.
La fecha que los romanos llamaban idus de enero ya empezó mal para Antiodemis.
Despertándose cuando todavía era de noche en la cama del noble y rico —sobre todo en deudas— Quinto Servilio Cepión. Desnuda, tiritando.
Y con resaca.
La dichosa fiesta.
Cepión había querido celebrar su nombramiento como cuestor, gracias al cual había ingresado en el Senado. Y, de paso, su entrada en el sagrado colegio de los decenviros, los sacerdotes encargados de custodiar y consultar los Libros Sibilinos .
El tipo lo hizo a su estilo. Sin escatimar gastos, con una fiesta que se prolongó tres días y que, obviamente, no se interrumpió durante las dos noches intermedias.
En ciertos momentos, aquello se convirtió en una orgía tan desmelenada que, por comparación, los ritos dionisiacos prohibidos en Roma habrían parecido una procesión de vestales.
Al menos, Antiodemis, que siempre procuraba moderarse con el vino —el opio y otras hierbas ni los probaba, ya que le provocaban vértigos y náuseas—, no había llegado a emborracharse del todo y tuvo la sensatez de apartarse de esas coyundas multitudinarias en las que no era fácil distinguir quién estaba follando con quién ni por dónde.
La fiesta se celebró en casa de Cepión. Considerando que era el hogar que el flamante cuestor compartía con su aristocrática esposa, hija del excónsul Quinto Cecilio Metelo Macedónico —¿cuántos nombres podían llegar a acumular esos pomposos mandamases romanos?
—, había que tener, según se mirase, mucho valor, un descaro infinito o una inconsciencia sin pizca alguna de sentido común.
—Mi mujer no está en Roma, no hay por qué preocuparse —insistía Cepión.
Al final la había convencido de que acudiera, recurriendo a ese y a otros argumentos, entre los que se incluía alguno tácito, como el hecho de que el noble pagaba el alquiler del apartamento de Antiodemis y otros dispendios, por lo que más le convenía a ella no oponerse demasiado a sus deseos.
Cepión consiguió, además, que la joven posara para el pintor Sópolis.
Mientras los asistentes al festejo se emborrachaban, cantaban, bailaban y fornicaban como sátiros, faunos y ménades por todos los rincones de la mansión, el afamado artista se dedicaba a pintar una escena mitológica menos lasciva que la bacanal que lo rodeaba, si bien en ella no faltaban desnudos.
Entre los cuales estaba el de Antiodemis.
La joven actriz había servido de modelo para la diosa Ártemis —de nuevo— con un pecho al aire —también de nuevo—, las piernas descubiertas casi hasta las ingles y una túnica tan vaporosa que apenas se distinguían las fronteras entre lo que mostraba y lo que supuestamente ocultaba.
Sópolis estaba pintando el mural en el mismísimo tablino de la casa, donde tanto la esposa de Cepión como sus visitantes podrían verlo.
Aunque Antiodemis insistió en que el artista la representara con los cabellos despeinados para taparle parte de la cara, mucho se temía que seguía siendo identificable en los rasgos de aquella Ártemis que disparaba flechas a los hijos de Níobe para vengar la afrenta que esta le había hecho a su madre Leto.
(Y ahora, después de lo que había ocurrido, Tercia Metela sí que la podía reconocer. Por partida doble: en el jardín y en el despacho de su marido. Al pensar en ello, Antiodemis volvió a sofocarse).
Acaso porque mientras posaba para el pintor no estaba bebiendo, la joven había empezado a sentirse cada vez más incómoda y menos desinhibida.
No por la desnudez en sí —en muchas representaciones acababa más ligera de ropa—, sino por el presentimiento de que algo iba a salir mal.
—Debería irme —le dijo a Cepión una vez que terminó de posar y se cubrió con un manto.
—¿Por qué? ¡La noche es joven!
En realidad, en aquel momento era de día.
—¿Y si viene…?
Antiodemis había dejado el final de la pregunta colgando en el aire.
—No te preocupes —le había asegurado Cepión—. Tercia está pasando unos días en Ancio. No soporta el mes de enero en Roma. Por el frío y la humedad, dice.
El desagrado que sentía su mujer por el clima de la ciudad era una ventaja para Cepión, que también se libraba de ella cada verano dos meses, cuando no más.
Pero esta vez…
Esta vez Tercia, advertida por su hermana mayor de lo que estaba ocurriendo en su casa, se presentó antes de tiempo.
Al menos, la mujer había llegado pasado el clímax de la fiesta. De lo contrario, se habría encontrado en persona con lo que, sin contemplarlo con sus propios ojos, calificó de «repugnante orgía».
Eso habría sido peor para Cepión.
¿Y para Antiodemis?
Probablemente no.
Unas horas antes, la joven habría sido una más entre decenas de invitados, la mayoría mucho más ebrios y drogados que ella, y se habría podido escabullir con sigilo.
Pero la puñetera esposa tuvo que llegar unas horas después, cuando Antiodemis estaba desnuda, dos tercios dormida y un tercio aún bebida al lado de Cepión.
En la misma cama en la que, según le recriminó Tercia a su marido —era difícil no enterarse de lo que decía cuando gritaba con aquella voz de taladro—, «engendramos a nuestro hijo».
Un hijo que, por si la situación no fuera de por sí lo bastante embarazosa, presenció toda la escena.
Con una expresión de estar disfrutando como la que debió mostrarse en el rostro de Hermes cuando contempló a Afrodita desnuda en su lecho conyugal con su amante Ares.
Gesto de admiración que la diosa recompensó después entregando sus favores a Hermes y concibiendo con él a Hermafrodito, algo que Antiodemis no pensaba hacer con el mocoso.
Por suerte para ella, el dormitorio de Cepión tenía una gran ventana que daba al patio.
Tras vestirse de cualquier manera —la experiencia cambiándose de ropa a toda velocidad en el teatro le vino mejor que el entrenamiento a un legionario—, la joven consiguió escapar sin tener que contorsionarse para atravesar el vano.
Prefería no recordar el camino hasta la Torre Mamilia, tiritando en plena noche, ya que su manto se había quedado en alguna estancia de la domus de Cepión. Casi era un milagro que, yendo sola por aquellas calles oscuras, nadie la hubiera asaltado para robarle la ropa, violarla o asesinarla.
Al menos, a esas horas todavía no llovía. Podría haber sido peor.