Sertorio, el elegido de la diosa blanca 9
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Eufranor quería utilizarla de modelo, aunque todavía no tenía decidido para qué tipo de escultura. El paso previo para ello, le aclaró a Antiodemis, era estudiar su cuerpo.

Por supuesto, completamente desnuda.

Eufranor lo hizo en su estudio, a solas los dos.

Para ello, la recorrió entera con la mirada y con las manos, y mientras lo hacía le explicaba sus impresiones.

A veces le deslizaba los dedos, en otras ocasiones pellizcaba suavemente algunas zonas o bien abombaba las manos a modo de cucharones para adaptarse al relieve al llegar a sus pechos o sus glúteos.

Resultaba incluso más enervante cuando mantenía las palmas de sus manos a una pizca de pulgada de la piel de Antiodemis y reseguía de ese modo sus contornos.

Lo curioso era que Eufranor la examinaba y palpaba con un interés entre científico y artístico, nunca carnal.

Las mujeres no le provocaban el menor entusiasmo erótico, a diferencia de los jóvenes que le servían de modelo e incluso algunos de los que trabajaban con él como aprendices.

(Seguramente, se dijo Antiodemis, su difunto padre le habría provocado más calentones a Eufranor que ella misma).

Deslizándole los dedos índice y corazón por la nariz a modo de pequeña pinza, el viejo artista le dijo:

—Tu nariz es recta, cosa que no todo el mundo puede decir. A tu tabique no le pongo la menor objeción.

—Me alegro de saberlo. —Antiodemis cayó enseguida en la cuenta de lo que acababa de decir Eufranor y replicó—: ¿Solo mi tabique? ¿Es que tienes otras pegas?

—Fíjate en esto. —Eufranor apartó los dedos sin llegar a juntarlos, como si sujetara entre las yemas un insecto invisible, y le enseñó la separación que había entre ellos—. Tienes el puente más estrecho de lo que mide el de esta estatua.

—¿Eso es bueno o es malo?

—No es ni bueno ni malo. Es diferente. ¿Adecuado para una diosa? Ya lo decidiré.

El modelo con el que comparaba Eufranor las medidas de Antiodemis se hallaba justo al lado de ella.

Una Afrodita esculpida en tamaño natural.

Del tipo llamado «pudoroso», que de púdico, en realidad, tenía poco o nada.

Si bien la mano izquierda cubría el pubis, la derecha, en su intento —un tanto hipócrita— de tapar los pechos, fracasaba del todo, ya que dejaba perfectamente a la vista ambos pezones.

Que resaltarían todavía más cuando la escultura recibiese la capa de pintura final sobre la superficie perlina del mármol de Chipre.

Eufranor utilizaba los dedos a modo de calibre e iba haciendo mediciones en el rostro de la joven y a continuación en el de la escultura.

—¿La estatua se me parece? —preguntó Antiodemis, con pocas esperanzas de que la respuesta fuese positiva.

—En todo caso, te parecerás tú a la estatua, ¿no crees?

—Bueno, entonces, ¿me parezco a la estatua?

—Tú lo que quieres saber de verdad es si te asemejas a Afrodita.

Antiodemis estaba tan cerca de la escultura que, a poco que se moviera, su piel rozaba la fría piedra. Aunque esa pieza a medio terminar no estuviera todavía consagrada, la joven ya sentía estremecimientos, como si se hallara en la presencia real de la diosa a la que veneraba.

¿Cómo iba a pretender compararse con ella?

Si respondía a Eufranor en voz alta y le decía que sí, ¿qué podría ocurrirle?

¿La castigaría la diosa impregnándola de un hedor espantoso, como a las mujeres de Lemnos que le escatimaban ofrendas?

¿Haría que la pisotearan unos caballos igual que al hijo de Teseo, Hipólito, que había hecho juramento de castidad despreciando sus dones?

Al menos, Afrodita no podría infundirle un deseo incestuoso por su propio padre, como hizo con la infortunada Mirra.

A no ser que lo trajese de regreso desde la otra orilla del Aqueronte.

Un milagro que no habría resultado imposible para la diosa del amor, en cuya mano estaba incluso saltarse las leyes de la muerte. Lo había demostrado al conseguir que Perséfone, la soberana del Hades, le permitiera llevarse a su amante Adonis seis meses cada año.

Sin duda, Afrodita era la más poderosa de las divinidades. ¿No estaba sujeta a sus mandatos el mismísimo Zeus, el más enamoradizo —o lujurioso— de los dioses?

Mejor no incurrir en su enojo.

—No sé si quiero saberlo —concluyó Antiodemis.

—No te preocupes por eso. He esculpido tantas Afroditas que puedo hacerlo de memoria —dijo Eufranor. Hablaba de la diosa con tal desahogo que era obvio que sus posibles represalias no le daban miedo—. Lo que busco en ti es otra cosa.

—¿Qué es lo que buscas?

—Si lo supiera de antemano, ya no valdría la pena encontrarlo.

Eufranor recorrió de nuevo la nariz de Antiodemis, ahora tan solo con el índice, como si este resbalara por una cuesta.

Al llegar hasta la punta, fingió que sus dedos salían disparados, como un nadador que se zambullera en el agua saltando desde un trampolín.

La muchacha soltó una risita, porque el viejo le había hecho cosquillas.

—La tienes un poco respingona.

—¿Eso es un defecto?

—Depende de cómo se mire. Te da frescura, una pizca de picardía, y te resta gravedad.

—¿Las diosas tienen picardía?

—Para eso tendrían que ser inteligentes.

¡Lo que acababa de decir Eufranor! Antiodemis se llevó la mano a la boca, como si la blasfemia hubiera surgido de sus labios y no de los del escultor.

—Pon esa mano donde estaba, que quiero verte bien la cara —le dijo Eufranor, haciéndole bajar el brazo de nuevo.

Centrándose en el filtro, el pequeño surco entre la nariz y el labio superior —hasta ese momento, Antiodemis ignoraba que tal arruguita poseyera su propio nombre—, le dijo que esa distancia también era algo menor que el canon.

O sea, que tenía la nariz y la boca un poco demasiado cerca la una de la otra para que su cara fuese perfecta.

«¿Perfecta para quién?», pensó Antiodemis. Pero se calló, porque el artista estaba comparando esa distancia con la que se apreciaba en el rostro de la estatua. De nuevo, el calibre que formaban sus dedos no mentía.

Eufranor continuó con su examen, acompañándolo con prolijos comentarios.

Antiodemis tenía la barbilla fina, con una insinuación de hoyuelo que al crecer se quedó en eso, en insinuación, y unas mejillas que habían ido perdiendo la forma redondeada de la niñez.

Debido a ello, a los quince años sus pómulos ya asomaban sobre la tierna carne adolescente y la hacían parecer mayor de lo que era.

—Eso hace que tus rasgos sean más duros, pero a cambio mantendrás tu belleza por más tiempo, porque está en la propia estructura de tus huesos.

—¿Eso es bueno o malo?

—Te repites con tus preguntas.

Antiodemis se sonrojó.

—Puede parecerte no tan bueno ahora —respondió Eufranor, mientras le hacía levantar los brazos para estudiar su torso—. Cuando pasen los años, le darás las gracias a Afrodita. O mejor a tus padres, que fueron quienes te engendraron así.

Curiosamente, el cuerpo, aunque había más superficie que examinar, le llevó a Eufranor menos tiempo.

Se apartó un par de pasos, la miró de arriba abajo y de abajo arriba, palpó sus senos, sus glúteos y sus caderas, le pellizcó los muslos para comprobar su firmeza y concluyó que, en resumen, le faltaba algo de opulencia en las formas.

—¿No me vas a preguntar ahora si eso es bueno o malo?

La joven negó con la cabeza.

—Si te quisiera convertir en una Afrodita, tendría que hincharte un poco los pechos y añadirte más curvas en el vientre y las caderas.

—¿Puedes hacer eso?

—¡Con la estatua, no contigo! —Eufranor soltó una carcajada—. Soy un artista, no un mago.

Después de lo que podía parecer un repertorio de objeciones, resultó que a Eufranor, a su manera, también lo fascinaba la belleza de Antiodemis. Era perfecta, le dijo, para la Ártemis cazadora que le había encargado un magnate local llamado Eveltón.

De modo que, durante todo el mes siguiente, la joven estuvo posando para el artista más célebre de Chipre. Con el arco tendido y un pecho fuera, casi en la misma pose en que lo haría, ya en Roma, para Sópolis el pintor.

Por las vicisitudes del destino, cuando la Antiodemis-Ártemis llevaba un año tensando su arco en el jardín del rico Eveltón, un cuestor a las órdenes del gobernador de la provincia de Asia pasó por allí y se encaprichó de la estatua.

Para evitarse problemas —todo el mundo sabía que los dignatarios romanos, con la excusa de su filohelenismo, eran unos consumados saqueadores—, Eveltón se apresuró a regalársela y la escultura viajó en barco a Roma con el cuestor cuando este terminó su mandato.

En casa del exmagistrado, aquella versión marmórea de Antiodemisno decoró un jardín, sino una pequeña biblioteca en la que, a decir verdad, una obra de esas dimensiones desentonaba más que decoraba.

Algún tiempo después, Cepión, que ya estaba con Antiodemis, se enteró de que una estatua para la que había posado su amante se hallaba en casa de otro noble romano.

«¡Eso no puede ser!», exclamó. No por celos de que alguien pudiera contemplar el cuerpo de Antiodemis sin ropa, aunque fuese en efigie —¿cuántos la veían en diversos estados de semidesnudez en el teatro?

—, sino porque el hombre que por fuerza debía poseer siempre lo mejor no podía consentir que una obra de un artista famoso, para la que había servido como modelo la actriz más deseada de Roma, estuviera en poder de alguien que no fuese él.

De modo que Cepión engatusó al noble para que se la vendiera.

Otros cincuenta mil sestercios para sumar a sus deudas.

Desde entonces, aquella Ártemis se alzaba en su jardín, no muy lejos del mellizo de la diosa, un Apolo Sauróctono fundido en bronce que, según Cepión, era el original de Praxíteles.

(¿Cuántos Apolos Sauróctonos originales de Praxíteles habría repartidos por medio mundo?).

Gracias a que la esposa de Cepión, la no menos noble que su marido Tercia Metela, consideraba que asistir al teatro, y en especial a mimos y pantomimas donde actuaban mujeres, era algo impropio de una dama de alta cuna, no llegó a enterarse de que las facciones de la Ártemis de su peristilo pertenecían a la actriz más famosa de Roma.

Al menos, hasta la noche anterior.

Antiodemis se sofocó al recordarlo.

Mejor olvidarse de Ártemis y volver a pensar en Afrodita.

Lo que la joven le agradecía a la hija de Urano no era la forma concreta de sus facciones, ni siquiera el color de sus ojos rasgados —un azul ahumado, casi gris—, ni las proporciones de su cuerpo.

Era algo más. Era el conjunto, el espíritu que lo animaba todo.

El poeta Antípatro, el amante de quien más había aprendido, se lo había tratado de resumir así:

—Con el cuerpo y la cara que tienes, más tu piel, la voz y esa forma de moverte, puedes tener a todos los hombres que quieras.

Pero todavía faltaba algo que no se podía definir solo con «esa forma de moverte». Un algo que ya debió de ver Cleondas, el actor que la sacó de casa de su tía.

Tras un par de años con él, Antiodemis abandonó su compañía para ingresar en la de Casandra, mucho mejor pagada y considerada.

Después de unos primeros meses de tratarla con rigor de instructora espartana, Casandra acabó convirtiéndose en amiga y, más que maestra, en consejera de Antiodemis.

—Qué suerte tienes —le decía al fijarse en la fascinación con que los espectadores contemplaban los movimientos de Antiodemis al actuar, en la hilaridad desinhibida con que se reían y la congoja con que lloraban según el momento, respondiendo como cuerdas de un arpa que ella pulsara desde el escenario—. Ni Circe hechizaba así a los hombres.

Era algo más que suerte. Lo que hacía que la aplaudieran, que se emocionaran con ella, que se le quisieran acercar —a veces demasiado, pero Antiodemis había aprendido con el tiempo cómo zafarse de manos, de bocas e incluso de las conversaciones que salían de estas—, era…

¿Cómo explicar lo inefable?

Era la misma cualidad, se definiera como se definiera, que la hacía sufrir ahora por Artemidoro.

De igual modo que Antiodemis conseguía que las almas de los espectadores resonaran en armonía con las notas que ella quisiera hacer vibrar, el proceso era recíproco.

Si se descuidaba, si no cerraba las puertas de su mente y su corazón, eran los sentimientos de otros los que resonaban en ella.

En particular, cuando veía que esas personas sufrían.

Si le hubiera podido preguntar a Artemidoro, quizá él habría podido definir esa cualidad de Antiodemis como όυμπάθεια , «simpatía» en el sentido epicúreo y también musical.

Una resonancia espiritual que, cuando actuaba, llegaba al extremo de que Antiodemis se convertía por completo en sus personajes, se sumergía en ellos y llegaba a olvidarse de quién era.