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Antiodemis disfrutaba de un apartamento más que digno —sin llegar, por supuesto, a la ostentación de las grandes mansiones de las Carinas o el Palatino—, tenía nueve sirvientes y de vez en cuando se permitía el antojo de dejarse llevar en litera por el Foro y sus aledaños.
Sin embargo, no siempre había vivido con aquellos lujos. Por ese motivo los apreciaba más que aquellos nacidos entre plumas, sedas y púrpuras, como era el caso de Cepión y todos los miembros de su aristocracia senatorial.
Ella no tuvo la suerte de llegar al mundo en una familia acomodada.
No es que su caso supusiera una rareza. Bien fuera en Roma, en Chipre o en la fabulosa Babilonia, eran muy pocos los que gozaban de ese privilegio.
No podía echárselo en cara a los dioses como si le tuvieran ojeriza a ella en particular.
Su amiga y mentora teatral, Casandra, lo resumía con cierta sorna mientras al pie de su diván se acumulaban las cáscaras de los pistachos, su mayor capricho.
—No hemos sido lo bastante listas para nacer ricas.
De lo que sí habría podido quejarse Antiodemis, y con motivo, era de que Tique, la esquiva Fortuna, no tardó ni tan siquiera un día en empeorar aún más la jugada de dados que le había correspondido al nacer.
La madre de Antiodemis —de la que apenas conocía más que el nombre, Deífila— murió de sobreparto sin haber llegado a amamantarla ni tan siquiera una vez.
De esto último se encargó una vecina que estaba intentando destetar a su crío y que, por unas monedas al mes, accedió a seguir con los pechos rebosantes de leche un año y medio más.
El padre de Antiodemis, Afrodisio —un nombre muy habitual en Chipre—, trabajaba como escultor en Pafos.
No era un artista de renombre, sino un simple ayudante en el taller del maestro Eufranor.
No obstante, se ganaba la vida arrancando esquirlas a la piedra a golpe de cincel y probablemente habría podido criar sin demasiadas apreturas a una sola hija.
Crianza que frustró un bloque de mármol de ocho pies de altura.
La pieza, que estaba destinada a convertirse en una efigie de Ptolomeo Fiscón, el Gordo’ —estatua convenientemente idealizada, era de suponer, para disimular los rodillos de grasa del rey—, cayó sobre el padre de Antiodemis cuando ayudaba a descargarla de un carromato, le rompió todas las costillas y le reventó las entrañas.
Sus últimas palabras resultaron confusas por culpa de los borbotones de sangre que le salían de la boca.
Algunos creyeron escuchar «Deífila, voy contigo», otros oyeron cómo se lamentaba por la niña a la que dejaba huérfana, y hubo uno que aseguró que lo que había dicho era «Deífobo, cabrón», refiriéndose al compañero que anudó mal la soga con la que debía asegurar el bloque de piedra.
En lo que casi todos coincidieron fue en que el accidente era una maldición de los dioses dirigida contra Fiscón por su recalcitrante impiedad.
El soberano egipcio no solo había contraído nupcias con su hermana, sino que después hizo asesinar a sus dos sobrinos —que ahora eran hijastros—, y se acostó y desposó con su sobrina —por tanto, también hijastra— mientras seguía casado con la madre.
Todo un ejemplo moral.
En aras de la precisión, habría que añadir que, en esos rasgos no demasiado edificantes, Ptolomeo Fiscón no se diferenciaba mucho de otros miembros de su dinastía.
Si en verdad se trataba de una maldición contra el rey de Egipto, Cirene y Chipre, era poco probable que Fiscón la hubiera sufrido desde su palacio de Alejandría, ni tan siquiera que se hubiera enterado de ella.
Quienes habían pagado el supuesto castigo divino eran el infortunado Afrodisio y su huérfana.
Antiodemis tenía por entonces tres o cuatro años, quizá incluso cinco.
Ni ella lo sabía ni nadie había sido capaz de darle razón más exacta.
Conservaba algunos recuerdos nebulosos de su padre y en ocasiones soñaba con él, aunque en esos sueños las facciones de Afrodisio se fundían en una amalgama de otros rostros conocidos a lo largo de su vida.
Todavía, cuando pasaba por delante de un taller de escultura y respiraba la mezcla de olores —el polvo de mármol, las chispas de metal que saltaban con los golpes de cincel, el cuero de los mandiles empapados de sudor, el aceite caliente con que los tallistas limpiaban las herramientas y protegían las imágenes—, notaba una inefable sensación de algo extraviado casi antes de haberlo vivido, un recuerdo burlón que bailaba delante de ella y no se dejaba asir.
Era como intentar atrapar el reflejo ondulante del sol en la superficie de un estanque.
Años después, el maestro Eufranor le dijo a Antiodemis, refiriéndose a su padre: «Era un hombre honrado. Llegaba al trabajo al amanecer, venía sobrio y no se metía en peleas con nadie».
El hecho de que, años después de perder a su padre, hubiera conocido y tratado a Eufranor, a esas alturas el escultor más reputado de la isla, guardaba relación con la veneración particular que Antiodemis sentía por Afrodita.
Al pensar en los dones que había recibido de la diosa, la joven, que desde muy pronto se aficionó a los relatos mitológicos, solía comparar lo que le había sucedido a ella con lo que le ocurrió a la raza humana en sus orígenes.
En aquellos tiempos en que los años no tenían ni nombres ni números, los dioses encomendaron al titán Epimeteo que distribuyera atributos físicos a todas las especies animales con el fin de garantizar que todas ellas pudieran sobrevivir.
Él lo hizo con tan excesiva largueza y tan poca previsión que, cuando les tocó el turno a los humanos, por más que rebuscó en el saco, descubrió que se había quedado sin nada que darles.
Sin garras ni colmillos dignos de tal nombre, débiles, lentos, desprovistos de pelo, caparazón, alas o plumaje, estaban condenados a ser aniquilados por las demás criaturas.
Para arreglar esta pifia, Prometeo, hermano de Epimeteo, tuvo que inventar habilidades que hasta entonces no existían, como la ciencia, el dominio del fuego y el arte de vivir en sociedad, y se las entregó a los hombres.
Antiodemis, por su parte, había empezado sus días huérfana y pobre, tan desvalida como la especie humana en el alba de los tiempos. Pero Afrodita, apiadándose de ella a la manera de Prometeo, la compensó otorgándole el don que estaba en su mano conceder.
La belleza.
No una belleza cualquiera, sino esa gracia difícil de describir que resplandece desde el interior y que parece compartir la naturaleza de las divinidades.
Ella misma tardó mucho en darse cuenta. De pequeña, incluso estaba convencida de que era fea.
En buena parte por los comentarios de Pantica, la tía paterna que se hizo cargo de ella y que, amargada por un marido vago y borrachín y cuatro hijos varones que no prometían darle mejor vida que el padre, veía el mundo a través de un cristal lleno de impurezas que deformaba y ensuciaba las imágenes.
—A ver con quién logramos casarte, con esas pecas, esa nariz de cerdito y esas canillas tan flacas que tienes —le decía.
A no mucho tardar, Antiodemis descubrió que no era fea en absoluto.
Las pecas se fueron diluyendo en su piel como sal en el agua, para quedar apenas insinuadas en sus mejillas, como si Afrodita las hubiera espolvoreado con motitas de oro.
Las canillas se tornearon, sin volverse nunca gordezuelas, y la supuesta nariz de cerdito, que tampoco lo era, se alargó y afinó hasta quedar en levemente respingona.
Antiodemis también se dio cuenta de que, dejando aparte a su tía, al resto de la gente le agradaba tanto verla que la miraban constantemente y le sonreían casi sin darse cuenta de que lo estaban haciendo.
Cuando iba a hacer recados al mercado, más de una vez le regalaban porque sí un higo, una manzana o un par de castañas tostadas.
No es que Afrodita le hubiera infundido una belleza fría, canónica, limitada a la perfección de los rasgos del rostro y las formas del cuerpo. La suya era diferente. Pero, al fin y al cabo, ¿no aparecía la propia diosa con la mirada levemente estrábica en algunas de sus estatuas?
Quien mejor estudió y definió su belleza fue, precisamente, un escultor.
El antiguo patrón de su padre, Eufranor.
Por entonces, ella tenía quince años y ya no vivía con su tía.
Poco tiempo antes, un actor llamado Cleondas que dirigía su propia compañía teatral se quedó embelesado con ella y le propuso a Pantica que se la vendiera.
No literalmente: Antiodemis nunca llegó a ser esclava en sentido estricto.
Se trataba de una especie de alquiler al que su tía, que ya tenía bastante con alimentar a cuatro vástagos, accedió más que gustosa.
Los primos varones de Antiodemis no manifestaron tanto entusiasmo.
Considerando sus miradas pegajosas, su facilidad para tropezar y rozarse con ella, buscando siempre sus muslos y sus nalgas, y que uno de los medianos le dejó una vez como ofrenda en su habitación un paño manchado de una sustancia blanca y viscosa que envolvía un trozo de ánfora en el que había grabado con un punzón el mensaje: «Adorando a mi diosa», quien sí salió de aquella casa con un suspiro de alivio fue Antiodemis.