Sertorio, el elegido de la diosa blanca 7 - Roma, A. D. XVII Kal. Feb.
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7 - Roma, A. D. XVII Kal. Feb.

ROMA, A. D. XVII KAL. FEB.

( DOS AÑOS Y MEDIO ANTES DEL COMETA )

— Rágnarok!

—¿Mmmm?

— Rágnarok —repitió Procopio, el mayordomo de Antiodemis—. No sé qué significa, señora. Es la palabra con la que se despertó Artemidoro. Estaba sentado en la cama, mirándome fijamente. Parecía como si no me viera.

«Mirándome fijamente».

«Como si no me viera».

En cierto modo, Antiodemis se sentía así.

Agotada, con el cuerpo dolorido y la cabeza embotada después de una noche de sobresaltos que apenas le habían dejado pegar ojo, la joven contemplaba sin ver el panorama al otro lado de la ventana. Llevaba ya unos minutos clavada ante ella, sin decidirse a hacer nada ni a dejar de hacerlo.

Aquella palabra áspera y extraña, Rágnarok , se había quedado flotando en el aire, disipándose en jirones. Una llamada lejana, una voz apagada que pronuncia nuestro nombre dentro de un sueño sin lograr despertarnos.

Era temprano. Hacía poco que se había oído cantar a los gallos, respondiéndose unos a otros como centinelas que se transmiten la consigna entre las atalayas de un campamento.

Si hubiese estado en su mano, Antiodemis habría dormido más.

Pero después de la última vez que abrió los párpados, cuando todavía no había empezado a filtrarse claridad por los resquicios de las contraventanas, comprendió que le iba a resultar imposible.

No dejaba de dar vueltas en la cama, arrugando las sábanas en cada giro hasta que los pliegues del tejido, retorciéndose sobre sí mismos, parecían espinas que se clavaran en su piel, mientras su mente revolvía una y otra vez lo ocurrido en las últimas horas.

La pregunta que más la obsesionaba era qué hacer con su vecino de ínsula, Artemidoro, a quien había dado refugio en plena noche cuando entró por una ventana con la ropa sucia y desgarrada, y con el rostro y el cuerpo plagados de heridas y contusiones.

En algún momento debía de haberse quedado dormida.

Pero, incluso en sueños, seguía oyendo la voz de Artemidoro —«Él es el mal, el mal puro, el mal de Roma destilado»—, y sus palabras se convertían en enormes grumos negros, viscosos, que rodeaban a Antiodemis, comprimían su cuerpo, penetraban por su nariz y su boca y la llenaban de aquella materia densa y corrupta, una mezcla de sangre y almas en descomposición.

«El mal destilado».

Ahora, despierta pero no descansada, Antiodemis aún percibía los residuos de aquel sueño extraño y obsesivo, una especie de trapo empapado de agua sucia que se hinchaba y deshinchaba dentro de su cabeza siguiendo un ritmo de palpitaciones independiente de su corazón.

Además, tenía los ojos inflamados y doloridos.

No solo por lo poco que había dormido, sino por la forma en que había llorado hacía apenas unas horas.

Lo que empezó siendo un llanto fingido de actriz para espantar con sus lágrimas a su amante Servilio Cepión, de modo que no descubriera que Artemidoro se encontraba en casa, terminó convirtiéndose en congoja auténtica, en pena compartida por el dolor físico y, sobre todo, por el sufrimiento moral de aquel hombre malherido que acababa de perder a su mujer.

¿Perdido? No. Artemidoro no la había perdido. No era como si la hermosa Urania fuese un pañuelo o unos guantes que uno extravía en el Foro.

La habían asesinado.

En el mismo edificio donde vivía Antiodemis. Dos pisos más arriba.

Se dio cuenta de que el cadáver de la muchacha debía de seguir allí.

Se estremeció al pensarlo.

Todo indicaba que el culpable del crimen era Cepión.

Por si las palabras de Artemidoro no fueran suficientes —«Él es el mal puro.

El mal de Roma destilado. Tu amante»—, la actitud del propio Cepión al presentarse a una hora intempestiva en casa de Antiodemis, con la ropa manchada de sangre y preguntando por el griego, lo delataba.

«Tu amante».

¿De verdad Quinto Servilio Cepión era su amante? Se trataba de un término demasiado genérico y no del todo exacto para describir el vínculo que los unía.

¿Protector? ¿Patrocinador?

¿Usuario?

En cualquier caso, él era el hombre que pagaba el alquiler del más que espacioso apartamento en el que vivía Antiodemis. Junto con muchos otros gastos.

¿La convertía eso a ella, que además compartía el lecho tantas noches con él, en cómplice de aquel crimen?

—Señora, ¿crees que…?

Sin volverse hacia Procopio, la joven hizo un gesto con la mano. «Espera», quería decir.

«Dame tiempo».

No se trataba solo de la cabeza ni de los ojos. Le dolían también los brazos, las piernas. Era un dolor que irradiaba de dentro, desde los huesos hasta la piel, un dolor de tensión y de puro agotamiento.

Se quedó como estaba, asomada al exterior.

Lo primero que hacía Antiodemis cuando se levantaba de la cama, fuera la hora que fuese, era abrir la ventana.

Incluso en lo más recio del invierno, le gustaba ventilar la alcoba para que se disipara el olor del brasero, aunque el suyo quemara carbón de encina, que se suponía que apenas soltaba humo.

También lo hacía por orear los olores de su transpiración y de su propio aliento tras tantas horas dormida.

Pese a que no eran tan fuertes y avinagrados como los de Cepión cuando se acostaba borracho a su lado —algo que había ocurrido hacía dos noches en otra cama, no hacía falta remontarse demasiado en el tiempo—, Antiodemis tenía el olfato tan fino como un ungüentado y le molestaba esa leve nota agria que quedaba flotando en el aire después de una noche entera respirando dentro de una habitación cerrada.

Hoy, el día posterior a los idus de enero, por la ventana entraba más frío y humedad que luz.

El sol tendría que estar a punto de levantarse o lo habría hecho ya al otro lado de la avenida del Argileto, sobre las lujosas mansiones de las Carinas y el severo templo de la Tierra, mientras que la luna llena debería estar poniéndose tras el Capitolio.

Pero en este amanecer encapotado, ambos astros eran poco más que borrones difusos, anuncios de claridad apenas insinuados tras un tupido manto de plomo del que no dejaba de caer agua.

Lo hacía en abundancia, aunque, por comparación con la violencia con que había diluviado la víspera y buena parte de la noche, casi parecía llovizna.

«Debería ir cerrando», se dijo Antiodemis. Un pensamiento distraído que se quedó flotando en un punto indeterminado, junto con aquella palabra que había pronunciado su mayordomo.

Cuando madrugaba, algo no demasiado habitual dada su profesión de actriz y su agitada vida social, le gustaba ver cómo asomaba el sol.

Al hacerlo pensaba que, aunque ella ahora estuviera en un país lejano, aquel era el mismo astro que había salido unas horas antes sobre su isla natal, Chipre.

Después, Antiodemis saludaba al astro y —pese a que en teoría Helios y Afrodita no tenían buena relación desde que él delatara su adulterio con Ares— repetía la plegaria a la diosa del amor.

Inmortal Afrodita, la del trono pintado,

hija de Urano y tejedora de engaños, te suplico.

No atormentes mi alma, señora,

con penas ni angustias.

Hoy, pese a que el sol no era más que una vaga presencia y todo indicaba que incluso a mediodía no se mostraría más que como una franja de un gris algo menos pizarroso en el techo de nubes, la joven volvió a musitar los versos. Sin despegar apenas los labios, pero con más fervor que otros días.

Iba a necesitar su ayuda en los tiempos turbulentos que acababan de empezar.

Afrodita era su patrona. Antiodemis había elegido a la diosa, chipriota como ella, pero la diosa la había escogido a ella también. De eso estaba segura. Por eso había llegado adonde se hallaba ahora.

¿Podría mantenerse así?