Sertorio, el elegido de la diosa blanca 6
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Si, tal como aseguraban los cimbrios, la bóveda celeste no era otra cosa que el interior del cráneo de Ymir, en cierto modo todos los seres que habitaban el cosmos estaban dentro de dicho cráneo.

«No somos más que sombras soñadas por un gigante que murió hace eras», pensó Artemidoro, no por primera vez.

Ahora que Hadwiga lo acababa de sacar de la niebla engañosa en la que a menudo él mismo se envolvía, recordándole que no era Urania, Artemidoro tenía que afrontar lo inevitable.

El sueño que había sido su propia vida no iba a tardar en desvanecerse en jirones y fundirse con las sombras del olvido.

¿Cómo podía seguir confundiendo una y otra vez a ambas jóvenes?

Se debía, argumentó en su defensa, a la segunda visión del Mundus Cereris, cuando se adentró en las entrañas de la tierra mucho más que en su primer descenso con Gayo Mario.

«Es porque quieres confundirlas», le respondió otra voz interior que no era la de Urania. Una voz que Artemidoro intentaba acallar cuando sostenía diálogos interiores con su amante.

La voz del Diógenes interior que llevaba tantos años acompañándolo, como un parásito que se hubiera instalado en su mente, con tonel y todo.

Si Sócrates fue un tábano moral para los atenienses, Diógenes, al que en vida llamaron «Sócrates enloquecido», era la mosca cojonera del intelecto de Artemidoro.

«No se parecen tanto como querrías creer», insistió el padre de todos los cínicos, asomando la cabeza desde la boca de su barrica como una tortuga y escondiéndola al instante para evitar que Artemidoro pudiera replicarle.

Diógenes tenía razón.

«¡Como siempre!», respondió él desde dentro del barril.

Las dos jóvenes eran rubias, de ojos azules y piel clara.

Pero Hadwiga era mucho más menuda que Urania.

Más bajita, con los rasgos más afilados, inquietos como los de un conejo.

Los pechos pequeños, casi de adolescente.

De carne apretada, fibrosa, sin grasas que la protegieran del frío que, aun siendo nativa del lugar, la estaba haciendo temblar como un cachorro empapado.

¿O aquel temblor que se transmitía amplificado al collar de ámbar se debía al miedo?

Seguramente a ambas razones.

A Artemidoro el miedo se le solía agarrar al estómago. Mientras sus captores lo conducían hacia la ciénaga, había vomitado los restos de las gachas que unas horas antes le obligaron a comer. También agua y algo que parecía bilis.

Al menos, era un poco más digno que vaciar los intestinos.

Como sin duda le iba a ocurrir en los estertores finales, cuando lo colgaran del cuello.

«Él los mandará. Yo los inspiraré. Tú los guiarás».

Con esas palabras se había dirigido a Artemidoro la mujer que, tras la muerte de la auténtica Urania, se le apareció entre los árboles de aquella visión.

Una mujer que no era otra sino la propia Hadwiga.

Solo que en la visión de Artemidoro era ciega.

En cambio, la Hadwiga real, la que ahora estaba de rodillas a su lado, veía perfectamente con esos ojos azules en los que él a veces creía —o quería— encontrar los de Urania.

Artemidoro no tenía claro si los arrebatos místicos de la joven eran prueba de que poseía la segunda visión como las profetisas auténticas o fruto de la misma locura que la llevaba cada noche a acunar la calavera de su bebé muerto.

¿Podía inspirar una mujer como ella a los cimbrios?

Wulfaz sí que podría haberlos mandado. El joven descollaba por su estatura, su fuerza y su habilidad con las armas incluso entre los cimbrios. Por otra parte, poseía una inteligencia más penetrante de lo habitual en un guerrero y, para completar sus dones, era hijo de un caudillo.

Pero ahora iban a perecer los tres. Siguiendo el orden de la ceremonia, primero lo haría Hadwiga, después Artemidoro y, por último, el coloso Wulfaz.

Ahorcados y arrojados a una sepultura colectiva en la turbera de Dinkwabr ō k.

«¿Para qué he venido a morir aquí, tan lejos de mi patria?».

Las mandíbulas de Artemidoro temblaban y sus dientes rechinaban.

No era tanto de frío ni de miedo como de frustración.

Mezclada con rabia e impotencia.

La rabia de quedarse sin su venganza. La impotencia de saber que los enemigos a los que había jurado aniquilar seguirían disfrutando de sus lujosas existencias ajenos al dolor que infligían a otros y arruinando sus vidas.

Se imaginó la sonrisa en los labios de aquellos que se creían los dueños del mundo, los ungidos por los dioses, los hijos de la loba.

Individuos como Quinto Servilio Cepión, que se podía permitir vivir a todo lujo y contraer deudas colosales sabiendo que no tenía más que recurrir a la extorsión, el robo e incluso el asesinato para pagarlas.

Como Lucio Opimio, el cónsul cruel y soberbio que no había descansado hasta derribar la obra y ordenar la muerte de uno de los pocos romanos decentes que Artemidoro había conocido en su vida, Gayo Sempronio Graco.

Como Aulo Vitelio Septimuleyo, ejecutor de aquel crimen, escoria humana que a esas alturas tal vez incluso habría conseguido convertirse en miembro del orden ecuestre, trepando sobre los cráneos despellejados de sus víctimas.

Artemidoro imaginó, asimismo, las sonrisas de todos aquellos engreídos senadores, los padres conscriptos que, cuando se ponían sus togas purpuradas, se creían por encima del resto del universo, dioses incluidos.

En realidad, no eran solo ellos.

Era todo lo que representaban los senadores y magistrados de la soberbia República.

Era Roma entera, esa ciudad depredadora, parásita, carroñera.

Hasta sus ciudadanos más míseros, los mismos que votaban el destino de otros pueblos envolviéndose orgullosos en togas andrajosas y amarillentas, heredadas de sus abuelos, estaban convencidos de que las propias divinidades del destino los habían elegido a ellos, los quirites, los hijos de Rómulo, para gobernar el mundo.

Todos ellos señalaban a Artemidoro y se carcajeaban de él.

«¿De verdad creíste que los cimbrios te seguirían, insignificante alfeñique? —se burlaban—. ¿Qué se dignarían distinguirte con un nombre bárbaro como si fueras uno de los suyos?».

Hrokanfadi. Así le había llamado la Hadwiga ciega de su visión.

«Señor de los cuervos».

Pero se había quedado en Gungari. En un vulgar vagabundo que jamás cumpliría la misión encomendada.

La piedra de la tierra y la piedra del cielo permanecerían separadas. La edad de hierro, esa época de males en que el mundo no dejaba de degenerar hacia la oscuridad, seguiría adelante.

Artemidoro agachó la barbilla y cerró los párpados. ¿Por qué no lo sacrificaban al modo romano, abatiendo un hacha sobre su cuello y terminando con todo de una vez? ¿Por qué alargar la agonía?

—Estaba muy equivocado —murmuró—. Los dioses existen, y se han burlado de mí. Voy a morir para nada.

— Lugi!

Abrió los ojos.

Aquella voz ronca y aguda no era ni la de Hadwiga ni la de Gabul, Wulfaz o nadie que conociera. Tampoco había sonado ni a su espalda ni a sus costados, sino delante de él.

Posado en una piedra suelta y cubierta de liquen justo a la orilla de la ciénaga, un pájaro tan oscuro que apenas se habría distinguido de las sombras de no ser por el pico lo miraba con una fijeza que más parecía propia de un búho.

Era Nous, «Pensamiento».

El macho de la pareja de cuervos. Pues cuervo era, aunque su pico fuese amarillo y no negro como correspondía a su raza.

La hembra era Mneme, «Memoria».

Era la primera vez que Artemidoro contemplaba a uno de los dos pájaros fuera de una visión.

En el mundo real.

¿En verdad estaba en el mundo real?

—¿Significa eso que esto es un sueño o una alucinación? —murmuró Artemidoro.

— Lugi ! —repitió el cuervo.

«Mentira».

—¿Me hablas a mí?

— Trudhi!

«Verdad».

—¿Por qué has dicho «mentira»? ¿Te refieres a que los dioses existen o a que voy a morir para nada?

— Lugi ! —volvió a graznar el cuervo, y al momento abrió las alas y se alejó volando.

«Maldición», se dijo Artemidoro. ¿Por qué había hecho dos preguntas en una sola frase a una criatura que, al parecer, únicamente sabía responder «verdad» o «mentira»?

Tampoco tenía importancia.

Lo que sí la tenía era el mensaje que implicaba la breve visita del cuervo.

Quizá Artemidoro todavía estaba a tiempo de cumplir el designio que le había encomendado la visión, de convertirse en Hrokanfadi.

Sin importarle que Gabul o algún otro verdugo pudiera golpearlo de nuevo, se puso en pie, alzó la mirada hacia el cometa y lo invocó en el bárbaro idioma de los cimbrios:

—O Ymirspelda, stairno wanderjo, bringi miz wrek ō !

«¡Oh, Ymirspelda, estrella errante, tráeme la venganza!».

Miles de criaturas aladas que habían permanecido inmóviles y calladas mientras sonaban los cánticos alzaron de repente el vuelo.

Ánades, grullas, gansos, avefrías, búhos y lechuzas, murciélagos y cuervos.

Bandadas de mosquitos, efímeras, tábanos, libélulas y todo tipo de insectos.

Un hervidero de sombras oscuras levantándose hacia el cielo con un torbellino ensordecedor de aleteos, graznidos, ululatos y chillidos estridentes.

Después, silencio.

Las voces de los oficiantes enmudecieron. El sacrificio se detuvo.

Las llamas de las antorchas dejaron de temblar por un instante, como si el propio aire se hubiera solidificado.

Todas las miradas se volvieron hacia las alturas. Quienes estaban de rodillas se levantaron, imitando a Artemidoro.

El cielo se iluminó.

Con una luz más intensa que si se hubiera hecho de día. Fue como si en la bóveda del firmamento se hubiera abierto una brecha de parte a parte, una inmensa grieta que mostrara a la vista desnuda el fuego eterno que, según los pitagóricos, arde al otro lado.

Después de la luz vino el estruendo.

El calor.

Y el caos.

— Rágnarok ! —exclamó Artemidoro.

En medio del estrépito, ni él pudo escuchar su propia voz.