5
La joven seguía hablando de Ymir, el gigante de hielo del que provenía todo.
—Los cometas son fragmentos de hueso que se desprenden de su cráneo. Cuando caen desde las alturas, se inflaman hasta acabar desintegrándose y dejando rastros de luz en el cielo.
«Desintegrándose» era más una interpretación que haría el propio Artemidoro, una palabra que no acababa de encajar en labios de la joven.
Por otra parte, había algo inquietante en la explicación que daban los cimbrios a los astros errantes.
Si en verdad los cometas fuesen esquirlas del cráneo de Ymir y alguna de esas astillas óseas no terminara de evaporarse antes de llegar al suelo…
¿Qué podría ocurrir?
«¿No querías llamas y destrucción?».
Sí, las quería. Pero no allí, tan lejos del centro del mal.
Tan lejos de Roma.
—Thusitha! Haubuda nithera!
(«¡Calla! ¡La cabeza abajo!»).
La orden vino acompañada de otro golpe. De nuevo con un bastón, y esta vez en la oreja. Allí donde el cartílago era más duro y el estacazo más doloroso.
«Gabul, rata traidora», maldijo en silencio Artemidoro, reconociendo a su agresor.
Gabul era una especie de reflejo del propio Artemidoro, aunque con la mitad de sus años. Casi tan alto como el griego, más huesudo incluso.
Y también cojeaba.
Pero de una forma mucho más acusada.
La cojera de Gabul no provenía de una lesión como la de Artemidoro, que se había roto la pierna al tirarse por una ventana y no había llegado a curarse del todo.
El joven cimbrio ya nació zambo del pie derecho, una lesión que se observaba en muchos neonatos.
Según la madre de Artemidoro, se debía a una mala posición del feto durante el embarazo, y a que, a veces, en la matriz de la mujer había escasez de líquido amniótico y eso provocaba compresión del útero y, por tanto, de la criatura que crecía dentro de él.
Una teoría en la que Zósima disentía de su marido Apolonio, también médico.
Como tantas otras de sus discrepancias, servía al matrimonio para encadenar discusiones interminables que se enroscaban en sí mismas, sin resolverse jamás.
Artemidoro las comparaba con aquella serpiente de los relieves egipcios que intentaba devorar su propia cola y que algunos eruditos alejandrinos traducían al griego como Uróboros.
Curiosamente, entre los cimbrios, a miles de millas de Egipto, existía una representación parecida.
Ellos la llamaban Eormunwurm, el gran gusano’.
Aquella criatura fabulosa estaba tallada en el respaldo del sitial del jefe Hariuka.
Un sitial que horas antes había quedado reducido a cenizas, igual que el resto del Heorhalla.
(Incluso ante la inminencia de la muerte, la mente de Artemidoro seguía revolviendo recuerdos y conjeturas como dados en un cubilete).
Era evidente que Gabul, un bastardo que el theudanaz Hariuka había engendrado con una sirvienta, no llegaría jamás a ser un guerrero como Wulfaz o sus demás hermanastros.
A cambio, había intentado convertirse en godhin , el equivalente cimbrio de un druida celta.
Pero las pruebas que debía superar ante los demás sacerdotes suponían un muro contra el que se topó como un carnero hasta tres veces por falta de memoria, resistencia física e ingenio.
Un ingenio que, curiosamente, le había sobrado para fingir que cultivaba la amistad de Artemidoro durante los meses de invierno. «Quiero aprender de tu sabiduría y ser como tú», le decía, por más que el griego le insistiera en que él no era godhin , druida ni nada parecido.
El caso era que, mientras Gabul conspiraba para que los enemigos de su propio padre se aliaran con los incursores de Wikandar y se apoderaran de Gronduri, había tenido bien engañado a Artemidoro.
Lo más triste es que no era la primera vez que le ocurría.
Dos años antes lo había traicionado alguien que le recordaba a Gabul.
Solo en ciertos aspectos, porque aquel joven esclavo no solo no era cojo como el cimbrio, sino que su rostro y su cuerpo podrían haber servido de modelo para esculpir a un joven Hermes o un Dioniso.
Pero él también, como Gabul, había sabido esconder su ingratitud, su rencor y su codicia hasta el último momento, en aquel callejón de Masalia [7] .
Aquel muchacho lo pagó caro. Artemidoro no estaba orgulloso de lo sucedido a las orillas del lago, pero tampoco sentía unos remordimientos tan intensos como para que el recuerdo de esa noche lo atormentara en sueños. El Ónfalos había exigido su inmolación, y Artemidoro se había limitado a obedecer.
Era un sacrificio razonable.
O eso se decía a sí mismo para justificarse.
—¿Es que tengo que ponerte la capucha ya, perro? —preguntó Gabul.
Prescindiendo del respeto que había fingido hasta entonces, el joven se acababa de dirigir a él llamándolo kumrran , el término despectivo con el que los cimbrios señalaban a todos aquellos que no pertenecían a su tribu.
Para sí se reservaban, aparte del nombre de khymbrös , «los que habitan el hogar», el de ansinuniz , «los hijos de los dioses».
La modestia no era una virtud apreciada entre los cimbrios.
—¿Por qué la capucha? —contrapreguntó Artemidoro, sin girar el cuello para evitar que Gabul le propinara otro golpe—. ¿Creéis que vamos a sufrir menos por tener los ojos tapados?
—No dejaré que tus ojos de perro me miren cuando estires la pata.
Existía cierta lógica detrás de aquello. Supersticiosa, sí, pero lógica al fin y al cabo.
Artemidoro se habría burlado de ella en una vida anterior.
Ya no.
En el último momento, cuando su alma y las del resto de las víctimas abandonaran sus cuerpos, esa fugaz conexión entre el mundo de los vivos y de los muertos podía otorgarles un poder grande, aunque efímero.
Lo que querían evitar Gabul y los demás verdugos —se considerarían oficiantes y sacerdotes, pero no eran otra cosa que matarifes— era que las víctimas aprovecharan ese instante de poder para arrojarles una maldición con su mirada.
—Y ahora, ¡mira al frente!
Gabul levantó el bastón para golpearlo de nuevo.
Esta vez no llegó a hacerlo.
Artemidoro vio de reojo cómo una mano enorme interceptaba el bastón.
Se giró, ahora de torso entero, para comprobar quién había acudido en su ayuda.
El hombre que se acababa de interponer entre él y Gabul era alto, como tantos cimbrios, pero lo que llamaba la atención era la desmesurada anchura de sus hombros y el tamaño de sus manos.
Tenía el cabello y la barba de un blanco sucio que el fuego de las antorchas teñía de cobre, y sus cejas, igualmente blancas, crecían sobre unas crestas óseas exageradamente marcadas.
De su cuello colgaba un gran torques de oro, forjado en bandas que se retorcían sobre sí mismas, con aristas afiladas como cuchillas.
Algo en sus facciones toscas hizo pensar a Artemidoro que aquel guerrero no era cimbrio. A decir verdad, no habría sabido situarlo en ninguna raza que conociera.
—No está bien alancear al ciervo que otros han cazado por ti —dijo el hombre, sin levantar la voz.
—Este prisionero me pertenece, Starkudhar —respondió Gabul.
«Starkudhar». Artemidoro apuntó mentalmente el nombre.
Aunque, con lo poco que le quedaba de vida, difícilmente iba a tener tiempo de olvidarlo.
De un tirón, Starkudhar le arrebató el báculo a Gabul. Luego, con una sola mano, lo partió como si aquella vara de fresno endurecido al fuego fuera una ramita seca, y arrojó al suelo los dos fragmentos.
—¿Te pertenece? ¿Serías capaz de reclamar su posesión?
Gabul se limitó a agachar la cabeza y se alejó, murmurando algo ininteligible. Sin el bastón, su cojera resultaba incluso más lastimosa.
Starkudhar volvió su atención hacia el hombre arrodillado a la izquierda de Artemidoro.
—Es una pena que no nos hayan dejado luchar frente a frente, Wulfaz, hijo de Hariuka. Tú con tu espada y yo con mi hacha. Wodan y ese bastardo de Thunrar habrían sonreído.
Por toda respuesta, el interpelado soltó una carcajada seca.
Starkudhar se quedó mirando un instante a Artemidoro y entrecerró los ojos, como sopesando decirle algo a él también. Por fin, sacudió la cabeza una sola vez, giró sobre sus talones y se alejó.
Al seguirlo con la mirada, Artemidoro no pudo evitar fijarse también en el hombre al que se había dirigido Starkudhar.
En verdad, habría resultado difícil no distinguir su mole.
Aunque Artemidoro era alto, genuflexos como se hallaban ambos, Wulfaz le sacaba un palmo. Que se habría convertido en palmo y medio si se hubieran puesto de pie.
El joven guerrero estaba mirando al frente. Ni abajo ni arriba.
Al frente.
Como si no le importaran ni el cometa en las alturas ni el desfile de víctimas a las que arrojaban a la ciénaga. Ni tampoco las órdenes de agachar la testuz.
—Tendremos que esperar a otra vida para viajar a las tierras cálidas, Gungari —dijo Wulfaz, con aquella voz retumbante y gutural que recordaba a un oso rugiendo desde el fondo de una caverna.
Gungari. «El Vagabundo». Así lo llamaba el hijo menor de Hariuka, que al menos tenía la delicadeza de no referirse a él como perro, y así habían terminado por dirigirse a él muchos otros lugareños, aunque solo fuera por respeto a Wulfaz.
Artemidoro asintió tristemente a las palabras del joven coloso. Después apartó la vista de él para dirigirla de nuevo hacia la muchacha, aun a riesgo de recibir algún golpe de otro verdugo distinto de Gabul.
—¿Estás bien, Urania?
Ella, por fin, le devolvió la mirada.
Sí, tenía los cabellos rubios, los ojos azules.
Pero…
Ni el rostro, ni el cuerpo ni la voz eran los mismos.
—Stath mik haltan Uranja. Namo minaz Hadwiga!
«Deja de llamarme Urania. ¡Me llamo Hadwiga!».
El pequeño palacio de ficción en el que a veces se refugiaba Artemidoro se derrumbó y sus columnas se quebraron y convirtieron en polvo de mármol.