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Los dioses. Los dioses, otra vez.
—Hrothiz thinaz blika ufar felda, Nerthu!
«Que tu gloria brille sobre los campos, Nerthur».
Mejor pensar en el cometa que en ellos.
—¿Sabes lo que conjeturaban Pitágoras y sus seguidores sobre los cometas, Urania?
—Seguro que lo sabré enseguida.
Ella seguía con la cabeza agachada. Inclinada de ese modo, el collar de ámbar que él le había devuelto colgaba por encima de su túnica, moviéndose en leves balanceos, a modo de péndulo, al compás de su respiración.
El flequillo le tapaba el rostro.
Pero Artemidoro sospechaba que estaría sonriendo.
No, no lo sospechaba.
Lo sabía .
Al sonreír, se le insinuarían en las mejillas dos hoyuelos que dibujarían un triángulo equilátero casi perfecto junto con el que habitaba perenne en su barbilla.
Aquellos hoyuelos siempre lo habían vuelto loco.
—Los pitagóricos creen que todos los cometas, los que han aparecido, los que aparecen y los que aparecerán, constituyen una misma entidad, un astro errante que se presenta y se desvanece en intervalos de tiempo muy prolongados.
—Qué idea más peregrina.
—¿Sabes qué opinaba Aristóteles?
—Seguro que algo opinaba.
¿Cómo no iba a hacerlo aquel intelecto tan inquieto y poderoso?
Según el filósofo estagirita, el reino de los cielos es inmutable. Perfecto en la repetición de sus ciclos.
En él domina el quinto elemento. El éter del que deriva el adjetivo «eterno».
Por debajo de la órbita lunar, sin embargo, se extiende el reino terrestre donde prevalecen la imperfección, la corrupción.
La muerte.
«No te preocupes por la muerte», se repitió Artemidoro.
Los victimarios acababan de encapuchar al último individuo de la primera fila para llevárselo hasta el roble.
Artemidoro sí recordaba el nombre de aquel cautivo. E incluso el de su padre, ¡veleidades de la memoria! Brunaz el herrero, hijo de Sigiz.
Ya no volvería a forjar hojas de hacha ni puntas de lanza para nadie.
(Había un espadista en Gronduri, Huguz. No se hallaba entre los prisioneros.
Los invasores, que eran lo bastante inteligentes como para no sacrificar a un artesano tan valioso y especializado, se limitaron a cortarle los tendones de una pierna para que no huyera, lisiándolo al modo de un Hefesto nórdico).
Artemidoro continuó perorando para la joven.
Con cuidado de no alzar demasiado la voz.
Para Aristóteles —prosiguió su explicación, abstrayéndose de himnos bárbaros, estertores, ruidos de salpicadura y tintineos— resultaba inconcebible que los cometas, que aparecían y se desvanecían de forma intempestiva e impredecible y que seguían trayectorias aparentemente azarosas, pertenecieran al mundo perfecto de las estrellas.
Por fuerza tenían que desplazarse por debajo de la Luna y hallarse mucho más cerca de la Tierra que el resto de los astros.
Debido a ello, el filósofo no había incluido el estudio de los cometas en su obra Sobre el cielo , sino en su Meteorología junto con otros fenómenos atmosféricos.
—Según Aristóteles, los cometas son objetos de fuego que se forman en la capa seca y caliente que envuelve la Tierra y que se halla justo por encima del aire que respiramos.
—¿Y la cola?
A veces, parecía que la joven, más que hablar con él, le diese entradillas para que él pudiera extenderse en contestaciones largas y densas como recitados de Esquilo.
A Artemidoro le habría gustado que las conversaciones de ella aportaran más, que fueran más originales. Que alguna vez le dijeran algo que él no supiera.
Cualquiera diría que era un figmento moldeado por…
Abortó aquel pensamiento.
—¡La cola! La de este es espectacular, ¿verdad, Urania?
A ojo de agrimensor celeste, Artemidoro calculaba que la cabellera del cometa ocupaba una octava parte del firmamento visible.
—Lo es —respondió ella.
—Según Aristóteles, se trata de un fenómeno parecido al halo que rodea la Luna en las noches despejadas cuando el aire está impregnado de humedad.
Artemidoro volvió a dirigir una rápida mirada al cielo, por encima de la cabeza de la joven.
La noche anterior, entrecerrando los párpados para enfocar mejor la vista, le dio la impresión de que en la cola del astro se distinguían puntos de luz, como si arrastrara cometas más pequeños a modo de cortejo.
Su impresión era acertada.
En ese séquito había incluso otros miembros menores, invisibles para los ojos de Artemidoro, que ya habían abandonado el cuerpo principal del cometa.
Pronto harían notar su presencia.
Cuando los verdugos arrojaron a la poza el cuerpo exánime del herrero Brunaz —hijo de Sigiz—, se produjo otro momento de silencio. Artemidoro agachó la cabeza y se calló durante un rato, sintiéndose repentinamente absurdo por dedicarse a impartir conferencias astronómicas en aquel trance.
Aunque, bien mirado, ¿a qué dedicó Sócrates sus últimos minutos antes de ingerir el veneno?
A hablar de filosofía.
¿Por qué no iba a teorizar él sobre este mundo antes de abandonarlo?
El cántico se había reanudado.
—Slepa hrimthurson, haila guda mikila!
«Duerme a los gigantes del frío, ¡oh, gran diosa!».
No habría estado mal, se dijo Artemidoro, que aquellos gigantes se durmieran de verdad.
Después de un invierno implacable, la primavera estaba siendo inusitadamente fría, incluso para estas latitudes.
Ahora mismo soplaba una brisa glacial que provenía de tierra adentro, buscando el mar, como suele suceder por las noches en las regiones costeras.
El contraste del aire gélido con la temperatura de las charcas y de la turba en lenta descomposición hacía que se levantaran espiras de vapor, como fantasmas de víctimas del pasado surgiendo de las aguas del tremedal, invocados por los cánticos del ritual.
Descalzo y sin manto, Artemidoro tenía la piel de gallina, y los dientes le castañeteaban como crótalos en un ritual de Cibeles.
Entre el frío y la presión de sus propias rodillas contra el suelo, que le cortaba la circulación, hacía rato que no sentía los pies.
Si hubiera descubierto que se los habían cambiado por dos bloques de mármol, no se habría sorprendido.
«Pronto dejarás de sentirlo todo», se dijo.
El aire no solo arrastraba el frío, sino también el olor acre, entre dulzón y fétido, que emanaba de la turbera.
Un aroma espeso, casi palpable, en el que se entremezclaban efluvios de hojas y hierba en descomposición, musgo húmedo y madera pudriéndose.
Había también un matiz pungente que se entrelazaba con un regusto sulfuroso.
Aquella combinación de olores no era nueva para Artemidoro. La tenía incrustada en las fosas nasales desde hacía tiempo.
Los lugareños extraían la turba del pantano en grandes terrones, la secaban al sol si este lucía con un mínimo de fuerza, y después la cortaban en briquetas pequeñas, para utilizarla como combustible principal de sus hogueras, o en placas de mayor tamaño con las que revestían las paredes y los techos de sus chozas.
Todo en Gronduri olía a turba. Su sabor se pegaba a la carne y al pescado que asaban sobre las brasas, y también al pan que cocían sobre las piedras de los hogares.
Artemidoro tenía la sensación de estar siempre lamiendo una mezcla de madera, hierba y carbón.
El olor se adhería, asimismo, a la ropa, al pelo, a la propia piel.
¿A qué olería el Hades? ¿A turba? ¿A asfalto? ¿A huevo podrido, el hedor que despedían las fumarolas de los Campos Flégreos en las cercanías de Neápolis?
Pronto lo averiguaría.
O no, si Epicuro llevaba razón y no había nada aguardándolo tras el umbral de la muerte.
—¿Sabes lo que piensan los de aquí sobre los cometas? —preguntó la muchacha.
Sorprendido y complacido de que ella tomara la iniciativa en la conversación, Artemidoro sonrió.
Aunque ella no hubiera levantado la barbilla para dirigirse a él. Aunque su rostro siguiera tapado por las sombras.
Aunque ni siquiera pudiese ver si se le movían los labios al hablar.
—Dime, Urania.
Lo cierto es que resultaba ontológicamente imposible que ella le dijera algo que él no supiese.
No porque él fuese omnisciente ni ella ignorante, sino por otros motivos que Artemidoro prefería apartar en un rincón de su mente.
Al fin y al cabo, ¿qué más daba que ella no le contara nada nuevo con tal de que él tuviera una última oportunidad de escuchar su voz?
—Para los cimbrios, lo que tú llamas el firmamento no es más que el cráneo de Ymir visto desde su interior, donde habitamos.
Ymir es la criatura primigenia de la que procede todo.
Urano y Gea en un solo ser.
Según la cosmogonía de los cimbrios, de la sangre de Ymir nacieron las aguas dulces y saladas, de su cabello los árboles y de sus costillas las montañas.
¿Montañas? En realidad, había pocas elevaciones dignas de tal nombre en el Quersoneso Címbrico.
Pero los cimbrios aseguraban que su lugar de origen se hallaba más al norte, al otro lado del ancho brazo de mar por el que se entraba al golfo Codano [6] .
Allí se extendía Escatinavia, una tierra recortada y áspera, en la que sí se alzaban montañas abruptas y frondosas que se adentraban en el mar casi con violencia.
De Escatinavia habían descendido las naves de los invasores, congéneres de los cimbrios de Gronduri.
Los mandaba Wikandar, un caudillo cuya fama de ferocidad precedía a sus barcos.
Sus hombres, pese al parentesco de lengua y de sangre, no habían tenido reparos en lanzar un asalto brutal contra el poblado, facilitado por la traición de algunos de sus habitantes.
Como Gabul el Cojo. Hijo bastardo del jefe Hariuka, no le tembló la mano a la hora de prender fuego al Heorhalla, la gran sala de los guerreros donde dormía su padre.
En el incendio perecieron el propio Hariuka, su esposa y su hijo mayor.
Dos de los otros tres vástagos del theudanaz cayeron combatiendo con las armas en la mano, mientras que el menor, Wulfaz, fue capturado tras abatir a cinco enemigos antes de que lo derribaran golpeándolo en la cabeza.
Por detrás, que era la única manera de vencer a un hombre como él.
Buena parte de los prisioneros arrodillados ante la turbera habían jurado fidelidad a Wikandar.
Wulfaz no, evidentemente. Tampoco Artemidoro, a quien ni siquiera se lo propusieron.
En cualquier caso, las sacerdotisas que acompañaban a los invasores habían proclamado que la diosa Nerthur exigía más sangre, y por ello habían escogido también como víctimas a muchos de los que se habían sometido sin luchar.
Artemidoro se preguntó qué habría hecho si le hubieran ofrecido la posibilidad de rendir pleitesía al nuevo amo. ¿Habría aceptado? Muerto Hariuka y a punto de morir Wulfaz, ¿habría trasladado su lealtad al sanguinario Wikandar para convertirlo en campeón de su venganza contra Roma?
Sus visiones nunca habían mencionado a nadie por ese nombre.
Pero ¿qué importaba eso? El designio que lo había traído a este remoto lugar ya no se iba a cumplir.