Sertorio, el elegido de la diosa blanca 3
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A Artemidoro, tristemente, no le hacía falta ser vidente como Marta —la siria a la que él y Gayo Mario habían acudido aquella lejana noche en el santuario subterráneo del Mundus Cereris— para anticipar que sus planes de revancha iban a acabar sumergidos en las aguas lodosas de Dinkwabr ō k.

Recordándole su destino inminente, detrás de él sonó un breve estertor que los cánticos no llegaron a amortiguar del todo, acompañado del nervioso tintineo de una esquila que se sacudía al ritmo espasmódico de las patadas de agonía de la última víctima colgada del gran roble.

—Alloz sebhunoz lofa fram thiudi!

«Todas las tribus alaban tus dones».

Pasados unos instantes, silenciado ya aquel ronquido de muerte, el campanilleo se fue haciendo más lento.

Primero tintintín-tintintín , luego tin-tin-tinn , cada vez más débil y pausado.

Por último, tinnnn, tinnnn , alargando el tono metálico, al compás cadencioso de un cuerpo inerte balanceándose al final de una soga, hasta extinguirse del todo.

Después llegaron los gruñidos de esfuerzo de los verdugos al descolgar el cadáver del gran roble, sus pisadas hundiéndose en el fango, el chapaleo rápido y nervioso para cruzar las aguas someras del borde del pantano de camino a la poza que recibiría al nuevo cuerpo.

Igual que había recibido a todos los demás.

El cántico estaba alcanzando su clímax, con unas notas agudas, casi paroxísticas, a las que no todas las gargantas llegaban.

—Wihans gebo, nim Nerthu!

«Te ofrecemos víctimas. ¡Tómalas, Nerthur!».

—Nim Nerthu! Nim Nerthu! Nim Nerthu!

Los chapoteos precipitados de los pies se convirtieron en otro más fuerte, el sonido hueco y contundente de un cuerpo pesado cayendo al agua, como un tambor de guerra recalcando el último Nim Nerthu!

Gracias a que apenas quedaban prisioneros en la primera fila, Artemidoro podía ver mejor la gran charca, que se estaba convirtiendo en un sumidero de cadáveres.

Las ondas provocadas por el cuerpo que acababa de hundirse quebraron los reflejos de las antorchas que portaban los oficiantes en una efímera constelación de estrellas temblorosas.

«Ahí es donde vas a terminar», se dijo.

Los cánticos habían cesado de repente.

En aquel silencio denso y expectante, Artemidoro pudo escuchar a su espalda las respiraciones de los asistentes al ritual.

Estaban detrás de los prisioneros, unos en el estrecho claro que separaba el bosque de la turbera y otros, por falta de espacio, aglomerados entre los árboles, tal como los había visto Artemidoro cuando lo trajeron casi a rastras hasta allí.

Ignoraba cuántos eran, pero, entre invasores y lugareños sometidos, no debía de haber menos de veinte por cada uno de los cautivos, una muchedumbre cuya presencia sentía detrás de su nuca como una masa palpitante.

Muchos de ellos empuñaban teas que proyectaban sus sombras, las de las ramas de los robles y las de los propios prisioneros, como un teatro siniestro que se representaba en el suelo y en las aguas delante de Artemidoro al capricho del viento que agitaba las llamas.

Los victimarios salieron de la poza, chapoteando de nuevo, y se dirigieron al penúltimo prisionero de la primera fila.

En este caso, se trataba de una cautiva, una sobrina de Hariuka, el theudanaz o jefe de Gronduri y las aldeas vecinas.

Artemidoro, si es que alguna vez supo el nombre de la joven, lo había olvidado.

Cuando la encapucharon y la agarraron de los codos para obligarla a ponerse en pie y llevarla hasta el roble —sin que ella profiriera un solo lamento, ya que aquello no habría sido propio de una cimbria—, la cantinela se reanudó.

—Nerthuz, disi mahtigi erdoz…

«Nerthur, diosa poderosa de la tierra…».

Nerthur. Una especie de Deméter septentrional, pero más cruel en sus exigencias que la diosa de la fertilidad de los griegos.

Algo que no suponía ninguna excepción en el panteón cimbrio.

Las divinidades que exhalaban la escarcha de su aliento en los bosques y páramos de estas tierras apartadas eran mucho más salvajes que las del Olimpo.

Artemidoro había dejado de creer en los dioses hacía mucho, cuando se empapó de las ideas revolucionarias de Epicuro escuchando en Atenas al maestro Apolodoro, al que llamaban «el tirano del Jardín», pese a que la única tiranía que ejercía era la de su gran intelecto como director de esa escuela filosófica.

Desde entonces, Artemidoro se consideraba a sí mismo libre de toda superstición.

Y sin embargo…

Y, sin embargo, desde el dies nefas , desde aquellos idus de enero en la capital del mal, Roma, habían ocurrido cosas.

Hechos extraños, nebulosos, plagados de sombras.

Visiones, sueños lúcidos, mensajes desde el otro lado del río del olvido.

El colgante de ámbar con la mantis.

El Ónfalos resplandeciendo bajo las aguas y exigiéndole un crimen.

Todo ello había sacudido las columnas del anguloso templo de sus certezas, para acabar derribándolas como un terremoto provocado por el tridente de Poseidón.

Si de algo estaba seguro Artemidoro era de que el poder de las deidades griegas no llegaba hasta allí. Ni siquiera el de Apolo Hiperbóreo, del que se decía que pasaba los inviernos aún más al norte.

De forma casi involuntaria, tal vez por convencerse a sí mismo y recordar el valor de las doctrinas epicúreas, murmuró:

—No temas a los dioses. No te preocupes por…

—¿Recitando otra vez tu tetrafármaco?

Artemidoro levantó la mirada y la volvió hacia la derecha, cuidando de no torcer demasiado el cuello para no llamar la atención.

Si los prisioneros no permanecían cabizbajos, con la barbilla pegada al pecho, las represalias en forma de bastonazos en la cabeza o patadas en las costillas no tardaban en llegar.

Allí, a su lado, tan cerca que habría podido tocarla de no tener las manos atadas, estaba ella.

Arrodillada, como él.

Con la vista clavada en el suelo.

¿Había dicho algo la joven o su voz estaba sonando tan solo en la mente de Artemidoro?

Con la cantinela del ritual repitiéndose de forma obsesiva, sumada al golpe en la cabeza y a otros elementos más propios de un sueño o una alucinación que de una experiencia real —el cometa, los vapores fantasmales de la turbera, las sombras agitadas por el viento—, era difícil no sentirse confuso, ofuscado.

Arriesgándose a recibir otro bastonazo, Artemidoro siguió mirando a la muchacha.

No estaba dispuesto a que le arrebataran también ese último placer.

En la oscuridad, el cabello rubio de la joven parecía trenzado en hilos de plata.

La piel de alabastro. Los ojos azules.

Artemidoro no los veía ahora, pero de sobra sabía que tenían el color cambiante de la turmalina.

¡Ah, los ojos de Urania!

Ella —había sido su voz, seguro, segurísimo— acababa de mencionar el tetrafármaco. Las pautas de conducta compendiadas por Artemidoro como sumario de las doctrinas de Epicuro.

Si el primer principio aconsejaba no temer a los dioses, el segundo rezaba: «No te preocupes por la muerte».

Qué fácil era decirlo. Y qué difícil se hacía aceptarlo cuando se sentía en la piel el frío del aleteo de Tánatos y las negras Keres.

Tratando de ahuyentar de su mente el revoloteo de aquellas criaturas emplumadas de mal agüero, Artemidoro volvió su atención al cometa, que brillaba al sureste, por encima de la cabeza de la joven.

De este modo podía seguir mirándola también a ella, aunque fuera de reojo.

El astro errante se hallaba aparentemente inmóvil. Sin embargo, noche tras noche se podía verificar su avance sobre el fondo de las estrellas fijas que tachonaban la bóveda celeste, como una flecha flamígera lenta, pero inexorable.

—¿Vas en busca de algún blanco? —susurró Artemidoro.

En este firmamento del norte, las constelaciones de la Osa, Casiopea o Cefeo se elevaban a más altura que en Roma o en su Éfeso natal.

A cambio, el sol no llegaba a alzarse tanto ni siquiera cuando alcanzaba su cénit, como si una cadena de eslabones invisibles lo atara al horizonte.

Sus rayos apenas quemaban la piel y las sombras que proyectaban al amanecer y al ocaso se veían alargadas como figuritas de arcilla sin cocer estrujadas por la mano de un niño.

Esa diferencia en la altura de los astros, relacionada con la latitud, demostraba…

—… de forma indudable que la forma de la Tierra es la de una esfera, y no la de un plato, un cuenco ni un cilindro aplanado como sostienen algunos.

Artemidoro empezó murmurando para sí. Después, calculando que los verdugos estaban apartados y concentrados en atar el dogal y las esquilas al cuello de su nueva víctima, y aprovechando que el cántico iba subiendo de volumen y tono, levantó la voz lo justo y suficiente para que la joven pudiera escucharlo.

Ella se rio de él.

O con él.

Cada vez que reaccionaba así, el propio Artemidoro caía en la cuenta de que ya estaba de nuevo hablando de lo que Urania llamaba «sus cosas», y él mismo reconocía en voz alta: «Soy un pedante insoportable». A fuerza de repetirlo, ella se había acostumbrado al término y solía llamarlo «mi pedante».

O, incluso, «mi larguirucho pedante», ya que medía más de seis pies y era delgado y huesudo.

Por su estatura, su cabello pajizo, su piel pálida, que en esas latitudes se había descolorido aún más, y sus ojos azules, Artemidoro podía pasar por un cimbrio más.

Si bien no tan corpulento como la mayoría.

Y mucho menos si se lo comparaba con Wulfaz, el Hércules rubio que estaba a su izquierda, de rodillas como él y como la muchacha.

—Nunca pierdes ocasión para soltarme una conferencia.

La joven pronunció estas palabras sin dirigirle la mirada, siempre con los ojos clavados en el suelo.

Fuera por temor a que la golpearan o…

Por lo que fuese.

No había queja en su voz, lo cual animó a Artemidoro a proseguir.

Era una buena manera, quizá la única, de distraerse del futuro inminente.

Para ilustrar sus palabras, intentó señalar con el dedo hacia las alturas, donde el brillo del cometa solo cedía en luminosidad ante el creciente de la luna, curvado como el arco de Ártemis.

Fue un gesto casi inconsciente que no pudo llevar a cabo. La soga trenzada con tiras de cuero se lo impedía. Tuvo que señalar con el mentón.

Un mentón del que pendía una larga barba.

Desde hacía unos meses, Artemidoro la llevaba trenzada a la manera norteña. Con dos retorcidas criznejas untadas en grasa y terminadas en punta, como dos pequeños péndulos, que habrían espantado a su madre.

¡Y si lo vieran, para colmo, ataviado con pantalones, esa prenda afeminada propia de las amazonas y los corruptos persas!

«Si tienes que agradecer a los dioses haber nacido hombre y no mujer, y griego y no bárbaro —le habría dicho su padre—, ¿por qué reniegas de sus dones?».