2 - Quersoneso címbrico
Más de mil millas al norte de Roma y del Ponto, el hombre que había cortado el cordón umbilical de Quinto Sertorio también estaba contemplando el cometa.
A sus cuarenta y dos años, no era el primer portento celestial que presenciaba Artemidoro de Éfeso.
Recordaba, por ejemplo, el triple sol que se había puesto sobre Roma en los primeros días del consulado de Lucio Opimio.
Este, por desgracia, en lugar de apreciar su belleza, utilizó aquella señal como pretexto para consultar los Libros Sibilinos y, alegando que así lo mandaban aquellos textos proféticos, ordenó la aniquilación de su adversario político Gayo Graco y de miles de sus partidarios.
Un recuerdo más reciente que el de aquel extraño sol era el de la aurora del norte.
Hasta que Artemidoro arribó al país de los cimbrios, solo conocía aquel fenómeno por sus lecturas y por la descripción que de él le había hecho Urania.
Según su joven amante, aquella aurora de las tierras del Bóreas era como «ondas de agua, pero de fuego y en el cielo».
La maravilla que Artemidoro contemplaba ahora suspendida en lo alto de la bóveda celeste superaba en magnitud a todas las anteriores.
No era la primera vez que avistaba un cometa.
Doce años atrás había aparecido otro (el mismo que el consejero adulador relacionaba con el nacimiento del rey Mitrídates).
Pero era apenas un borrón nebuloso, difícil de distinguir a no ser que la luna se viese reducida a un estrecho gajo y la atmósfera estuviera tan diáfana como antes de una borrasca.
El astro que dominaba el firmamento ahora era mucho más espectacular, tanto por su brillo como por la longitud de sus colas.
Si uno sabía dónde buscarlo, su presencia se podía rastrear en el cielo incluso de día, como una tenue mancha lechosa.
Pero de noche…
¡De noche era glorioso!
En cuanto el sol se despedía tras el horizonte, el cometa no tardaba en señorearse del cielo.
Era tan grande que, cuando Artemidoro extendía el brazo en su dirección e interponía ambas manos —un gesto que en este preciso momento le habría resultado imposible hacer, ya que las tenía atadas a la espalda—, tanto el núcleo redondo como el extremo de su doble cabellera sobresalían por ambos lados de sus palmas abiertas.
En comparación, para cubrir la luna, aunque hubiese estado en plenilunio y no en creciente como hoy, bastaba y sobraba con poner por delante el dedo pulgar, y todavía sobraba yema.
Dos noches antes, Artemidoro había admirado el fenómeno desde la playa que se extendía al oeste del pueblo de Gronduri.
Para ver mejor el cometa, se encaramó a las rocas que separaban dicha playa de la cala protegida donde amarraban las barcas de pesca y las naves de los mercaderes.
Debido a su cojera y al musgo empapado, acabó resbalando y se dio una costalada que todavía le dolía.
(Un dolor que se mezclaba, sin diluirlo del todo, con el de la cabeza, donde Gabul el Cojo lo había golpeado con el bastón antes de atarlo).
Esta noche, sin embargo, Artemidoro estaba observando el cometa dos millas tierra adentro.
Arrodillado al borde de una ciénaga.
Pese a su fascinación por la naturaleza en general y por la astronomía en particular, si se había clavado de hinojos en el suelo no era por adorar al astro errante.
Estaba asistiendo a un sacrificio.
Por ser más precisos, formaba parte de él.
Junto con otros cautivos, todos maniatados y de rodillas en dos filas dispuestas ante el pantano.
Artemidoro no habría sabido decir cuál era el número exacto de prisioneros. ¿Treinta, cuarenta?
Todos, excepto él, el único kwurran del grupo, eran cimbrios.
Sus captores, aunque no procedían de la misma Gronduri, sino de tierras situadas aún más al norte, también eran cimbrios. Pues, como rezaba un proverbio de aquel pueblo, que a todos los demás los consideraba kwurraniz o perros, «solo un cimbrio puede derribar a otro cimbrio».
En cualquier caso, treinta, cuarenta o los que fuesen, la cifra de prisioneros se iba reduciendo al persistente compás de los cánticos que entonaban los captores.
—Nerthuz, disi mahtigi erdoz, mati geba, sturmanz uta bringide!
«Nerthur, diosa poderosa de la tierra, danos alimento, aleja las tormentas».
Hasta hacía unos minutos, las espaldas de los prisioneros arrodillados en la fila anterior a la de Artemidoro le habían bloqueado parte de la visión de la ciénaga. Conforme los oficiantes del sacrificio daban cuenta de ellos, el panorama que se abría ante Artemidoro se iba despejando.
Tan solo el visual, obviamente.
El de su futuro se adivinaba cada vez más nublado y, sobre todo, más breve.
El pantano que se extendía ante Artemidoro y el resto de los cautivos era, en realidad, una vasta turbera, un enmarañado laberinto de charcas, pozas y lodazales entre los que se alzaban islotes de musgo, liquen y barro.
Sobre ellos crecían arbustos de mirto, abedules blanquecinos como huesos y pinos atrofiados, raquíticos como críos mal alimentados.
De día, aquellas islas se veían de un color esmeralda extrañamente enfermizo, cual retazos de un tapiz podrido por el tiempo.
Ahora apenas se distinguían como manchas más oscuras entre las zonas donde la superficie de las charcas reflejaba débilmente el cielo estrellado y el rastro del cometa, manchando las imágenes con la lenta putrefacción de sus aguas.
La turbera era un lugar sagrado para los lugareños. Como suele ocurrir con los dioses importantes, a los que se invoca con epítetos variados, un solo nombre habría resultado demasiado pobre para describir las funciones y poderes de aquel lugar.
De modo que la ciénaga poseía varios.
Cuando los cimbrios se referían a ella como fuente de la que obtenían la turba que les servía de combustible para sus hogueras, material para los tejados y aislamiento para las paredes de sus cabañas, la llamaban Turbm ō ra.
Cuando querían advertir a los niños más pequeños de que debían evitar aquellos parajes si no querían acabar engullidos por los traicioneros tremedales, susurraban «Balwafanja», y lo hacían abriendo mucho los ojos mientras salpicaban su relato con criaturas terroríficas.
La ciénaga era también Algitruga, el cazadero donde los adultos cobraban ciervos, alces y ánades en abundancia.
Pero cuando, como ocurría ahora, la turbera se convertía en lugar de sepultura para las víctimas ofrecidas en sacrificio a las divinidades, su nombre era Dinkwabr ō k.
Pronunciándolo con fuerza, con una k final que hacía chasquear el velo del paladar.
En el griego natal de Artemidoro, ninguna palabra terminaba con esa bárbara rotundidad gutural.
Dinkwabr ō k se hallaba a diez estadios, algo más de una milla romana, al este del pueblo de Gronduri. Este, a su vez, se encontraba en la costa noroeste de la alargada península que Artemidoro había bautizado como Quersoneso Címbrico.
El primer topónimo ya aparecía en el libro Sobre el Océano .
Su autor, Piteas de Masaba, fue el primer griego en explorar aquellos parajes remotos, e incluso llegó más lejos, hasta Escatinavia y Thule.
Sin embargo, debido a los informes de otros viajeros, no se había atrevido a desembarcar en estas tierras por temor a sus moradores y se limitó a avistarlas desde la seguridad de su nave.
Era él, Artemidoro, primer griego que pisaba esta región, quien había añadido el adjetivo «Címbrico» al sustantivo «Quersoneso».
Por sus habitantes.
Los legendarios cimbrios.
Los mismos bárbaros norteños que se le aparecieron hacía dos años y medio, brotando como espectros de entre las brumas de un bosque.
La visión había sido hasta tal punto vivida y sensorial —la niebla pegándose en gotitas sobre su piel, las hojas crujiendo bajo sus pisadas, el ululato de los búhos, el gélido silbido del viento respondido por el bisbiseo de las ramas— que la palabra «visión» se antojaba escasa, cicatera.
«Vivencia» era un término más apropiado para lo que había experimentado.
Apenas un día después de aquello, en el sueño de los setecientos peldaños donde contempló la sangrienta labor de las tres tejedoras, recibió un objeto.
Un colgante tallado en ámbar del país de los cimbrios.
Aquella fue la prueba que terminó de convencerlo.
Y también el salvoconducto gracias al cual pudo desembarcar y pernoctar en estas tierras sin ser decapitado al instante.
Visiones, sueños, lecturas. Un objeto imposible. Todo ello había impulsado a Artemidoro a viajar mil quinientas millas al norte.
En busca de su venganza.
Que no se cumpliría hasta destruir Roma, igual que Roma había hecho con Cartago, con Numancia. Con Corinto. Con tantas ciudades y pueblos cuyos nombres habían desaparecido de la historia.
Si el resto del mundo tenía que arder en esa conflagración…
Que así fuese.