Sertorio, el elegido de la diosa blanca 1 - Non. Ivn.
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1 - Non. Ivn.

NON. IVN.

Desde hacía días, en todo el hemisferio norte del orbe terrestre millones de ojos se alzaban hacia el cielo.

Ni en los anales escritos ni en los relatos narrados a la luz de la hoguera se recordaba un cometa como aquel.

Muchas de las miradas que oteaban el firmamento lo hacían con una mezcla de admiración y miedo. Casi todos los pueblos, bárbaros o civilizados, consideraban a los cometas heraldos de calamidades o, cuando menos, de sucesos grandiosos.

Para la mayoría de la gente, para los millones de hombres y mujeres cuyos nombres jamás aparecerían en las crónicas, sucesos grandiosos y calamidades eran prácticamente sinónimos.

De ahí el miedo.

Había en Roma dos ojos, sin embargo, que contemplaban el cometa sin pizca de temor. Su fascinación era tan pura, tan inmaculada como el color de sus iris asombrosamente verdes.

Eran los ojos de Quinto Sertorio.

—¡Ota nuna! —exclamó al ver el astro.

Sertorio, nacido en los idus de enero del consulado de Lucio Opimio y Fabio Máximo [4] , tenía apenas dos años y medio.

Aunque era alto para su edad, todavía tropezaba de vez en cuando al andar.

Todo lo miraba muy atento, casi sin parpadear.

Más que mirar, sus pupilas absorbían. El mundo entero despertaba su curiosidad.

Señalaba con el dedo cada cosa que veía y preguntaba su nombre, y no necesitaba que se lo dijeran más de una vez para retenerlo.

—Esa no es la luna —replicó su madre.

Rea había decidido salir de la casa y subir hasta el mirador de la colina de la Salud a una hora tan tardía no tanto para observar ella misma el fenómeno, sino por disfrutar de la cara de maravilla y arrobo del niño al levantar la mirada hacia el cielo.

Qué lástima, pensó, que su hijo fuera demasiado pequeño para atesorar esa imagen en su memoria.

(Años después, Sertorio insistiría una y otra vez en que se acordaba perfectamente de la noche «en que tío Mario y tú me llevasteis a ver el cometa».

—Es imposible —respondería su madre, convencida de que nadie podía empezar a almacenar recuerdos hasta, por lo menos, los cuatro años.

—No lo es —porfiaría él.

Y no lo era.

Al menos, no para la mente peculiar de Quinto Sertorio).

—¿No e’na nuna?

—No —contestó Gayo Mario, amigo de la familia y tribuno de la plebe por segunda vez, que se había aupado al niño a los hombros para que pudiera disfrutar de un panorama más amplio—. Es un cometa.

—Goeta.

—Cometa.

—Go-be-ta…

Con el tiempo, Sertorio descubriría que aquel astro estaba entrelazado tanto con su destino personal como con el de Gayo Mario y con el del pueblo, todavía desconocido en Roma, de los cimbrios.

Por el momento, se limitó a contemplarlo, con los ojos tan abiertos que la cola del cometa se reflejó en sus pupilas dilatadas como un arañazo blanco.

Los primeros que anotaron la aparición de aquel cuerpo errante fueron los sabios del reino de Q’in, un país tan lejano que lo único que en Roma se sabía de él era que allí se confeccionaba una seda tan suave que, a su lado, la de Amorgos se antojaba basta como arpillera.

En Q’in corría el año 22 del reinado del emperador Liu Che, séptimo de la dinastía Han, que gobernaba con el nombre de Wu.

Los sabios que tenían por oficio catalogar y describir los prodigios que se manifestaban en el cielo abrieron sus libros, entintaron sus plumas y anotaron que había aparecido un cometa al que llamaron «el estandarte de Chih-yu».

Por la forma de su cola y por la zona del cielo donde se hallaba, lo interpretaron como anuncio de que su emperador conquistaría los cuatro rincones de la tierra y sería heraldo de grandes guerras.

Y en verdad se librarían importantes campañas en el país de la seda.

Otras crónicas las han narrado.

El cometa se divisó también al oeste de Q’in y al este de Roma, en las montañas boscosas del reino del Ponto.

—¡Ahí arriba, majestad!

Siguiendo la dirección que marcaba el dedo de su consejero, el joven rey Mitrídates levantó la mirada de la fogata donde se calentaba las manos mientras sus sirvientes asaban sobre las llamas la carne de un cervatillo cazado unas horas antes.

Allí estaba, entre las ramas de los robles que susurraban en lo alto agitadas por el viento.

—Es el mismo que apareció el año en que naciste —explicó el consejero.

En realidad, el cometa al que se refería el cortesano era otro diferente, un astro errante que ya nunca volvería a aparecer. Se había acercado demasiado a Helios, como Ícaro, y el ardiente calor de los rayos solares había terminado por evaporarlo.

Pero ni el consejero tenía modo de saberlo ni, en realidad, le importaba demasiado.

Lo único que pretendía era conservar el favor de su joven y temperamental monarca.

—¿No te parece una magnífica señal que regrese ahora, cuando tú te has convertido en rey? Sin duda es un presagio de tu grandeza.

Mitrídates entornó los ojos, sin responder. Aunque solo tenía doce años, mientras contemplaba el astro errante empezó a rumiar planes de conquista. Con el tiempo, sus aduladores contarían que el cometa ocupaba la cuarta parte del cielo y que de día llegaba a superar incluso el brillo del sol.

Tan grande y luminoso, añadían, como la gloria del propio Mitrídates. El hombre que pondría en jaque a las todopoderosas legiones romanas en las tierras del este.

Al mismo tiempo que lo haría Quinto Sertorio en el otro extremo del Mediterráneo.

Pero, antes de que llegara ese momento, Roma —y Sertorio— todavía tendría que librar grandes guerras.