Sertorio, el elegido de la diosa blanca
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Prólogo
PRÓLOGO
Los cimbrios llamaron Ymirspelda al cometa.
La astilla de Ymir.
Ymir es el gigante primordial del que procede todo. Un coloso de dimensiones cósmicas que dejaría pequeñas a las mayores criaturas de los mitos griegos, incluidos los gigantes que asaltaron el Olimpo o el monstruoso Tifón, que se atrevió a desafiar al propio Zeus.
Cuando Ymir murió —en el violento mundo de los cimbrios, incluso los dioses pueden y suelen morir—, su sangre dio origen a los mares y los lagos.
De su cabello crecieron los árboles.
Sus huesos se convirtieron en rocas y sus costillas en montañas.
La bóveda del cielo en la que de día arde el sol y de noche brillan las estrellas no es sino el interior de su inmenso cráneo.
De él se desprenden de cuando en cuando esquirlas de hueso que se precipitan desde las alturas. En su caída se inflaman y trazan un rastro incandescente en el cielo.
Estas esquirlas son los cometas.
De ahí el nombre de Ymirspelda que los cimbrios le dieron al astro que cambiaría su destino.
Las explicaciones que ofrecen los astrónomos griegos y romanos sobre la naturaleza de los cometas son más racionales que los mitos de los cimbrios. Lo cual no significa que se hallen mucho más cerca de comprender la auténtica realidad.
Según estos científicos y pensadores, el universo es enorme.
Incluso cuando lo califican así, ni siquiera llegan a intuir un mísero atisbo de su verdadera magnitud, que se extiende a profundidades insondables de espacio y de tiempo.
El propio sistema de planetas que rodea a Helios, el Sol, no es más que una infinitesimal migaja dentro de la vastedad fría y silenciosa del cosmos.
No obstante, sigue siendo mucho mayor de lo que alcanza a imaginar la mente humana, ya que esta es tan limitada y se halla tan pegada a la superficie de la Tierra como una moneda de cobre adherida a una mancha de vino sobre la mesa de una taberna.
Fuera del alcance de la vista y de la imaginación, en los límites exteriores del sistema gobernado por Helios, se extiende un reino inmenso y más oscuro que las sombrías moradas de Hades.
Está poblado por billones de objetos de roca y de hielo que parecen flotar en el vacío.
Pese a su número incalculable, esos habitantes silenciosos y solitarios se hallan tan separados unos de otros que denominar a esa región «nube cometaria» —como harán los astrónomos en algún momento del futuro— no deja de ser una hipérbole.
Incluso los rayos de fuego del Sol, más veloces que el mismísimo Mercurio con sus sandalias aladas, tardan casi un año en llegar a este lóbrego dominio.
Cuando por fin lo alcanzan, apenas les quedan fuerzas para iluminar ni calentar a esa taciturna muchedumbre de piedras rugosas mezcladas con agua congelada.
No obstante, el Sol posee unos dedos inmateriales e invisibles cuyo alcance es casi infinito.
A tanta distancia, los tirones de estos dedos pueden parecer suaves, extremadamente sutiles. En algunas ocasiones, sin embargo, resultan lo bastante fuertes como para atraer a alguno de los objetos rocosos que pueblan esa nube dispersa.
Eso fue lo que sucedió con el cometa que recibiría el nombre de Ymirspelda. Pellizcado por esos dedos, despertó de su letargo casi infinito y se puso en movimiento.
Aquello ocurrió en una época innominada, antes de que griegos o romanos empezaran a asignar números a sus años.
Antes, incluso, de que existieran griegos o romanos.
Al principio, aquel cuerpo celeste se desplazaba con la parsimonia de un gigantesco caracol. Pero lo hacía de forma inexorable, atraído por el Sol, que constituía el centro de su universo.
Poco a poco fue acelerando, hasta adentrarse en el reino de los planetas.
Primero atravesó la región donde se encontraban aquellos que seguían siendo tan anónimos como él mismo, ya que eran invisibles para los humanos y no serían descubiertos hasta que estos inventaran ingenios con los que acercar a sus miopes ojos los astros más remotos.
Una vez los dejó atrás, el vagabundo cósmico alcanzó los dominios del planeta más lejano conocido por los hombres. Algunos de los nombres que recibía aquel cuerpo celeste eran Anu, Fainón y Cronos.
También Saturno.
Sus hermosos anillos aún tardarían siglos en ser avistados.
Mientras el cometa proseguía su trayecto hacia el corazón del reino solar, en la Tierra las generaciones humanas llegaban y pasaban, como hojas «que unas las tira al suelo el viento y otras las hace brotar el bosque al florecer en primavera».
Pitágoras, Anaxágoras, Platón, Eudoxo, Aristóteles y otros sabios expusieron sus teorías sobre las leyes del firmamento.
Más tarde un estudioso llamado Aristarco sostuvo, contra la creencia general, que las estrellas y planetas no giraban en torno a Gea, la Tierra de ancho seno, sino alrededor de Helios.
Al tiempo que los hombres —al menos, los que gozaban de ocio para dedicarse a tales disquisiciones— discutían sobre la naturaleza de estrellas y dioses, y mientras linajes y dinastías se sucedían y unas ciudades conquistaban la gloria y otras se hundían en la decadencia, el cometa sin nombre continuó su fantástico viaje de las tinieblas a la luz.
En cierto momento, su corazón empezó a calentarse. El hielo mezclado con la roca se sublimó y se convirtió en vapor, saltándose el trámite de fundirse en líquido. Dicho vapor, mezclado con el polvo que se desprendía del núcleo pétreo, fue quedando atrás.
El rastro así creado se vio iluminado por la luz del Sol y también por el viento de partículas invisibles que emanaba de este.
La estela, cada vez más larga y luminosa, se asemejaba a una cabellera ondeando en el aire.
Por eso los griegos denominaban a ese tipo de astros kometes , «melenudo», y los romanos sidus crinitum , «estrella con crines».
Al principio la cola parecía una única trenza, pero después se separó en dos, una formada de gas y la otra de polvo.
Para entonces, el cometa era todo un espectáculo.