Sertorio, el elegido de la diosa blanca Epílogo
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Epílogo

EPÍLOGO

Cuando la cierva blanca huyó espantada, Artemidoro devolvió su atención al Ónfalos.

¡Qué ingenuo fue años atrás, cuando creyó que él solo podría recuperar del fondo del lago un objeto tan pesado! Había hecho falta alguien con la fuerza casi sobrehumana de Starkudhar para sacarlo de nuevo a la luz.

Un bearansark , uno de los guerreros oso, abrió el arca y se apartó para dejar sitio a Starkudhar.

Este se agachó y, con cuidado, depositó dentro la piedra sagrada.

Después, él mismo cerró la tapa y se incorporó con un gruñido.

Solía hacerlo cada vez que doblaba o enderezaba la espalda, y a menudo añadía, de mejor o peor humor según el día:

—¡Qué viejo estoy!

Según él, se hallaba ya en su tercera vida, aunque ni él mismo habría sabido decir cuál era su verdadera edad.

Artemidoro cerró el candado y se guardó la llave. Confiaba en que las emanaciones del Ónfalos no hubieran tenido tiempo de emponzoñar la sangre de ninguno de ellos. Al menos, no se había iluminado en ningún momento, algo que sospechaba que ocurría solo de noche.

—A partir de ahora, su única protección contra la naturaleza malsana de la piedra serían las paredes de aquel cofre.

Ragin, el carpintero, lo había construido conforme a las instrucciones de Artemidoro, siguiendo al detalle el modelo de la caja donde se custodiaba el Ónfalos en el santuario de Delfos, usando planchas de roble forradas con placas de plomo tanto por dentro como por fuera.

Era la única manera de contener aquella fuerza invisible que envenenaba el cuerpo, como le ocurrió a Brenno, caudillo de los celtas que saquearon Delfos, y que también destruía la mente, lo que les había estado sucediendo durante generaciones a las Pitias que profetizaban en el oráculo.

—Allí abajo hay tesoros suficientes para llenar el cubil de un dragón —dijo Starkudhar—. ¿No quieres que saque nada más, Hrokanfadi?

—Por el momento, no —respondió Artemidoro—. Serán nuestros enemigos quienes hagan ese trabajo por nosotros. Hasta entonces, el resto del tesoro seguirá durmiendo bajo las aguas.

Starkudhar se puso una camisa gastada y, encima, un abrigo de piel de foca aún más viejo y cuarteado.

No se había tomado la molestia de secarse, pese a que soplaba un viento muy frío.

Él provenía del extremo septentrional de Escatinavia, donde, según algunas leyendas, aún sobrevivían los últimos gigantes de hielo, descendientes de Ymir.

Algunos aseguraban, incluso, que el propio Starkudhar pertenecía a esa raza, aunque entre los suyos equivalía por su tamaño a un enano entre hombres normales.

Sumando las gruesas tablas de roble, las láminas de plomo y, sobre todo, el propio Ónfalos, la caja era muy pesada. Cuando dos de los bearansark más fuertes del grupo la levantaron por las asas, ambos resoplaron por el esfuerzo.

—En marcha —ordenó Raud, el jefe de aquella cuadrilla, obedeciendo a un gesto del báculo de Artemidoro.

La intención de este era abandonar por el momento esas tierras y dirigirse al corazón de la Galia, al país de los carnutos, para reunirse con Wulfaz y con el resto de la Wodanharya, la Horda de la Furia.

Mientras dejaban atrás el lago, Starkudhar, con su enorme hacha de guerra al hombro, se puso a la altura de Artemidoro y caminó a su lado durante un rato.

Ambos tenían una estatura similar, pero los hombros del guerrero eran tan anchos y sus piernas tan gruesas y musculosas que, si no se lo veía junto a alguien que sirviera de referencia, casi parecía achaparrado.

—¿Qué ha visto Mneme? —preguntó Starkudhar, refiriéndose a la hembra de la pareja de cuervos, la del pico negro.

—Servilio Cepión ya está preparando su ejército —respondió Artemidoro—. No tardará en partir de Roma para venir a la Galia.

—Entonces, cuando las trenzas de Nerthur brillen como el oro, tendrás por fin tu venganza.

Como tenía por costumbre al hablar con Starkudhar, Artemidoro tradujo mentalmente sus palabras. «Cuando las espigas se vuelvan doradas», es decir, «en verano».

—No lo creo —respondió—. Si todo sigue su curso, antes de eso todavía tendrán que pasar un invierno y un verano más.

Destruir un solo ejército consular no era suficiente. Eso ya lo había hecho la Wodanharya por dos veces, en Nórico y en el lago Lemano.

Ahora que su enemigo más aborrecido había alcanzado el consulado, a Artemidoro no le bastaba con eso. Quería algo mayor, mucho más grande. Una matanza, una carnicería de romanos que superara a la de Aníbal en Cannas.

—Tienes la paciencia del oso en invierno, Hrokanfadi —dijo Starkudhar—. Yo no sería capaz de esperar tanto como tú. ¿No temes que tu enemigo muera antes o que alguien que no seas tú se adelante y lo mande al reino de la niebla eterna?

—Créeme, Starkudhar, hijo de los gigantes —respondió Artemidoro—. Quinto Servilio Cepión no quedará impune. El plato de su venganza ya se está cocinando, pero no se lo serviré hasta que esté tan frío como las nieves de Hiperbórea.

Starkudhar saludó aquellas palabras con unas carcajadas tan excesivas y exuberantes como todo en él.

Tenía auténtica pasión por las expresiones épicas y las palabras altisonantes.

Tras darle una palmada en la espalda —para él, un gesto amistoso, aunque estuvo a punto de derribarlo—, se adelantó para conversar con otros miembros del grupo.

En verdad, Artemidoro era paciente. Si un hombre quiere derrotar a un enemigo mucho más poderoso que él, no tiene más remedio que serlo.

Ya habían pasado casi catorce años desde que, en ese mismo lago, diera muerte a Cleandro como sacrificio a las voces del Ónfalos, para emprender después el largo viaje al norte.

Era mucho tiempo.

Y, sin embargo, aún tendría que esperar un poco más antes de alcanzar la culminación de sus planes.

Caminaba un poco apartado de los demás, con esa leve cojera a la que estaba tan acostumbrado que podía mantener el paso sin rezagarse.

Pensó entonces en la cierva blanca a la que acababa de ahuyentar.

Nunca había visto un ejemplar así, con un pelaje tan inmaculado, como un campo de nieve recién caída que aún no ha sido hollado por ninguna pisada.

El animal le trajo a la memoria la noche de los idus de enero, antes del crimen por el que iba a cobrarse su venganza.

Tras cortar el cordón umbilical del hijo de Rea, mientras lo lavaba, había observado que tenía en la espalda una marca de nacimiento en forma de cierva.

Blanca, no rojiza o marrón como otros antojos, y tan perfectamente delineada que parecía trazada por la mano de un artista.

El pequeño Sertorio había llegado al mundo rodeado de señales.

Por si no bastara la tormenta sobrenatural que se abatía sobre Roma aquella noche, había nacido con la cabeza envuelta en un velo amniótico que Stígmata tuvo que cortar con un cuchillo para evitar que se asfixiara.

Según Tifilnia, la vieja etrusca que no dejaba de rezongar junto al lecho de Rea, aquel velo era un presagio de su grandeza futura.

Iba a ser como Alejandro, auguraba la anciana. ¡Nada menos!

Después estaba la propia marca en forma de cierva.

Y por último sus ojos. Tan verdes, tan intensos. Unos ojos que no dejaban de mirar a Artemidoro como si, recién salido del vientre de su madre, pudiera verlo e incluso reconocerlo.

Aquel bebé no era normal.

En cualquier caso, aunque la anciana asegurara que estaba destinado a la grandeza, no podía tener más de catorce años.

Hablando consigo mismo en voz alta, costumbre que se le había acentuado con la edad, Artemidoro murmuró:

—Lo siento por ti, Quinto Sertorio. Para cuando cumplas la edad militar, ya no quedará ejército romano en el que alistarte. Ni siquiera existirá Roma.

Con un aleteo, Nous levantó el vuelo desde su hombro y graznó:

— Lugi!

«¡Mentira!».

—¿Qué parte de lo que he dicho es mentira? —preguntó Artemidoro.

En vano. Nous no podía responder ese tipo de preguntas y, además, ya se alejaba en el aire para reunirse con Mneme, su pareja.

El hombre antaño conocido como Artemidoro, y ahora como Gungari el Vagabundo y, sobre todo, como Hrokanfadi, Señor de los Cuervos, sacudió la cabeza, haciendo tintinear las diminutas campanillas que colgaban de las puntas de su barba.

Si Nous no se equivocaba —y nunca lo hacía—, sospechaba que volvería a ver tanto a aquella cierva blanca como a Quinto Sertorio.

Plasencia, diciembre de 2025