SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner DOS
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DOS

¿No puedes ver que nada puede ocurrir entre ambos? Somos como el día y la noche. Es la razón por la que me escondo cuando viene, por la que no contesto sus llamados o sus mensajes. No quiero nada con ella.

Las palabras la hirieron como puñales. Cheryl se había acercado al balcón en el que vio desaparecer a Matt para saludarlo y conversar. Hacía un tiempo que no lo veía, a pesar de que lo intentaba. ¡Vaya si lo intentaba, hasta el punto de que se cuestionaba la indignidad de procurar un poquito de su atención, de su mirada o su tiempo!

Sus visitas al complejo de la agencia de seguridad habían sido constantes desde que se había mudado a Los Ángeles, pretextando querer entrenar en un lugar seguro o saber algunos movimientos de autodefensa, o lo que fuera con tal de verlo.

Estaba irremediablemente enamorada de ese hombre hosco y cerrado que la miraba con el ceño fruncido de frente, pero al que había sorprendido mirándola con deseo y añoranza más de una vez. O eso había querido creer su corazón tonto y romántico.

La verdad asomaba cruda y fea en sus palabras, en la voz grave que tanto la ponía, y que ahora la decepcionaba partiéndola en dos. No era más que un estorbo para él, una pobre mujer que solo provocaba accidentes cuando estaba a su alrededor, que tenía que ser evitada y de la cual tenía que esconderse.

¿Cuánto decían estas palabras del fastidio y desprecio que él sentía por ella? ¿Cuánto decía esto de su falta de criterio e insania? ¡Carajo! ¿En qué momento se había convertido en este manojo de ilusiones que no dudaba en asediar a un hombre que no la quería ni necesitaba? ¿Cuándo había dejado de ser la mujer segura, práctica, que se priorizaba y no permitía que la menospreciaran?

Él no te humilló en realidad, ¿no es así? Si algo hizo fue ponerte barreras y tratar de alejarte con su actitud de indiferencia, que confundiste con torpeza para abrirse. Creíste que podrías lograr que él depusiera sus muros y entonces correría hacia ti con los brazos abiertos, por fin entendiendo que eres el amor de su vida. ¡Despierta ya, Cheryl, acabas de escuchar la verdad de su boca! Abandona la fábula rosa en la que estás metida.

Vio que Hawk se acercaba, cauto, probablemente intentando acercarse al balcón donde Matt y Joe conversaban sin que ella lo molestara. Era lo que hacía mejor, ¿no? Ponerlos incómodos, forzar su presencia entre ellos. ¿Se podía ser más patética?

Respiró hondo y alisó su falda como por instinto, más que nada para hacer algo con las manos que le temblaban. Se corrió unos metros luego de hacer un movimiento de saludo con su cabeza a Hawk, que la miró con sorpresa, acostumbrado a su verborragia y energía.

Mueve el culo, Cheryl, anda. Ve y discúlpate con Amelia, dile que te duele mucho la cabeza y márchate. No tienes más nada que hacer aquí. Dibujó una semi sonrisa profesional y caminó hasta donde las chicas cotilleaban y reían. Sus amigas. Uno de los tesoros que había ganado al mudarse, fruto de su relación con Tina.

La habían recibido con calidez y le habían hecho un sitio en sus vidas, y las adoraba por ello. Amelia, Sofía, Sharon, Avery, Tina, y también Brianna, que viajaba seguido para estar con ellas y asesorar el ramal de negocios que los O´Malley tenían aquí, fruto de la fusión empresarial con los Turner, luego de que el mayor de los hermanos irlandeses se había enamorado de Avery.

—¡Ahí estás, petardo!—dijo Sharon, con una sonrisa abierta, y Cheryl le correspondió—. ¿Qué te pasa, Cheryl?—La preocupación fue inmediata en la enfermera que era Sharon—. Estás pálida.

—Pensamos que estarías dando lata por ahí, tornado—Amelia sonrió—. Pero de verdad se te ve un poco decaída.

Joder, la tristeza la devoraba por dentro y se volcaba más y más a su apariencia. Tenía que salir de aquí antes de quebrarse y convertirse en el papelón de la noche.

—Me duele muchísimo la cabeza, me temo—dijo bajito—. Me voy a ir ahora.

—Te acompaño—dijo Tina, como siempre pendiente de ella, pero negó.

—De ninguna forma. Esta noche es especial y la fiesta está hermosa. Llamaré un coche y …

—Ni que hablar—Avery negó, y la tomó de la mano—. Ven, le diremos a uno de los choferes que te lleve a casa.

Asintió con debilidad. Era lo mejor. Sonrió a todas y les agradeció los deseos de que se mejorara, y luego siguió a Avery. Como si el destino se negara a dejarla ir en paz, y buscara castigarla por errores pasados, puso en su paso a Matt, que se detuvo para dejarla pasar, un gesto compuesto y casi resignado, probablemente pensando que se le pegaría como lapa.

No te preocupes, quiso decirle. No me verás más pisando tu empresa o tu vida. Ya no. Fuerte y claro, aunque no directo, el mensaje me llegó. Desvió la vista y apuró el paso para alcanzar la salida, y no pasó un minuto que estaba en el cálido y lujoso interior de uno de los autos de los Turner, rumbo a su apartamento. Su refugio solitario, que había quedado para ella luego de que Avery se mudara con Aidan O´Malley.

Las lágrimas comenzaron a derramarse porfiadas y abundantes a pesar de que su cerebro procuraba contenerlas gritando que no era el momento ni el lugar. Que las humillaciones se rumiaban a solas y sin testigos.

Pero nada de eso importaba; no podía frenar la desazón y el dolor porque su orgullo quería mantenerla firme. Nadie de los que le importaban estaban aquí. Nadie a quien preocupar la rodeaba.

Cheryl detestaba ser un incordio o una carga, y dejarse ver así, una bola de auto conmiseración y pena no era lo que sus amigas merecían. Todas ellas habían pasado lo suyo para que su amor triunfara; Tina y Sofía, por ejemplo, habían vivido experiencias traumáticas. Lo de ella no era nada más que desamor, y de eso estaba lleno el mundo.

Nada especial. Dolía como el demonio, claro. Que para el mundo no importara no significara que para ella no fuera lacerante. Maldijo cada paso que había dado para ponerse en esta situación.

Se limpió las lágrimas a manotones al ver que se acercaban a su edificio, y luego se bajó apenas se detuvo el coche, sin esperar a que el chofer la ayudara. Gritó un apurado gracias y caminó rápido para adentrarse en el hall, haciendo un saludo al conductor que aún la miraba, y que partió una vez la vio en el interior.

Sus hombros colapsaron y cada paso hasta el ascensor y su piso pesaron como granito. Al fin en su refugio, se tendió en el diván y se cubrió con la manta con la que de habitual se envolvía para mirar series o leer.

Entonces se permitió quebrarse y llorar a moco tendido. Por la forma en la que había caído por ese hombre emocionalmente inabordable, al menos para ella. Porque no se había retirado a tiempo cuando las banderas rojas flamearon ante ella y decidió ignorarlas.

Por cada visita en la que él no la recibió, por cada llamado y mensaje que no contestó o lo hizo con sequedad. Por cada maldita esperanza que puso en que podría hacer que algo funcionara entre ellos.

No algo, no. Ella forzó las cosas para que entre ellos surgiera la chispa que los conduciría al felices para siempre. No contempló por un minuto que podrían ser amigos, o conocidos, o amantes de una o varias noches. No.

En su mente él siempre fue su mitad, su amor, su pareja. Fatal error. Claramente, y de su parte. La culpa era toda suya. El pobre Matt no había sabido qué hacer con tanta intensidad no deseada. Rio amargamente.

La historia de su vida con los hombres. Pero nunca antes le había dolido así. Nunca antes había estado enamorada. Había sido verlo por primera vez en su habitación de la universidad, y había quedado prendada e intrigada. Luego, cada vez que lo vio había sido un paso hacia su enamoramiento total.

Rendirse ante la masculinidad poderosa de Matt Turner, ante su voz profunda que pronunciaba lo justo, ante sus ojos claros que miraban hondo, ante su cuerpo de guerrero antiguo forjado por la guerra y el entrenamiento constante, ante sus instintos de protección y justicia, había parecido lo correcto, inexorable y perfecto.

Se había equivocado, hondo. O no, pero eso no importaba ahora. Ante la inevitabilidad de ser la única portadora de una llama que debía ser sostenida por dos, el corazón sufría y penaba, y todas las certezas colapsaban. Había pensado que su fuerza y su convencimiento, sus deseos, podían tocar y mover al otro e inclinar la balanza a su favor.

No quiero nada con ella. Nada. Palabras terminantes y demoledoras. No había nada de ella que Matt quisiera. Te toca hacer de tripas corazón y guardar cada imagen y fantasía, cada esperanza y anhelo en una caja de tu mente, y enterrarla en lo más profundo. Tomaría tiempo, pero lo tenía que hacer.

Lo haría, decidió. Joder, la gente vivía con dolores mucho más grandes a diario. Sobrevivía con casi nada, a dolores, a torturas, a peligros. Lo suyo no era nada que tiempo y esfuerzo, y otro amor no pudieran diluir. De lo único que uno no se recupera es de la muerte.

Lista, necesito hacer una lista, se dijo. Tiró la manta a un lado y corrió a por su agenda y un bolígrafo. Un plan era lo que se imponía. Pasos a seguir, cortos, pero firmes. ¿Cómo era la fábula que había escuchado ayer mismo? Concéntrate en eso, se instó. Mmm, sí, lo recordó.

Un hombre y un caballo en medio de un bosque denso. El hombre desesperaba porque no veía su camino, su objetivo, la meta a la que llegar. El caballo le preguntó si podía ver su próximo paso, y le contestó que sí. Entonces el animal le dijo que todo estaría bien en tanto viera cada paso a la vez.

Así tenía que hacer. Avanzar con los dientes apretados paso a paso, buscando concentrarse en su carrera, su trabajo, sus amigos, y eventualmente, su vida amorosa. Esto dolía hoy, dolería mañana, y pasado mañana. Pero podía hacerlo, podía.