SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner TRES
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TRES

¡Maldición! La pierna le molestaba especialmente hoy, no encontraba acomodo para ella, y lo ponía más cabrón que de costumbre. No es que su humor hubiera sido el mejor últimamente, a decir verdad.

Hacía varias semanas que ni él mismo se toleraba, su carácter más agrio y una turbulencia interna sacudiéndolo. El desaliento y la falta de estímulos hacían que se cuestionara su tarea, su trabajo, su vida.

Se bajó del coche y caminó lento hasta la entrada principal del edificio de Liam.

Era viernes, y a diferencia de todos los anteriores en que su primo lo había invitado a su pent —house para tomar unos tragos mientras las mujeres tenían su encuentro de chismes y se atiborraban de dulces y confituras, había decidido venir.

Hacía unas semanas que no veía a sus primos, y el encuentro con ellos era siempre divertido y agradable. Su presencia aquí no tenía que ver con el hecho de que Cheryl probablemente estaría también, y eso le permitiría verla luego de algunos meses de incomprensible desaparición.

O sí, para comprobar que estaba bien y no había nada preocupante en su ausencia. Su instinto protector y de servicio eran lo que lo hacían extrañarse y preocuparse por ella.

Joder, no podía negarse que era extraño como ella había pasado de ser una presencia constante y casi rutinaria en la agencia cada semana a no mostrarse para nada.

El alivio que esto había significado la primera y la segunda había sido seguido por la extrañeza, e incluso había derivado en la conclusión de todos de que su vacío se notaba y mucho.

Ella era la nota de color y resentida diversión culposa de Jeff y Joe, e incluso de Hawk, que había reconocido que la falta del tornado Cheryl se notaba mucho.

Matt había pretendido no considerarlo, y se había sumergido en la gestión de las constantes tareas y demandas de protección y guardia que la agencia tenía.

Su empresa de seguridad crecía y lo había obligado a contratar más personal especializado, lo que había derivado en horas de selección y entrevistas y pruebas. No cualquiera tenía el perfil que quería para los hombres que trabajaban para él.

La profesión de ciertos valores como la honestidad, la justicia, la honorabilidad, eran tan importantes como el talento físico y la habilidad con las armas y las disciplinas de defensa y ataque.

Tres hombres más habían pasado el filtro y formaban parte del staff ahora.

Oliver, Jack y Jacob estaban demostrando su talento y de qué estaban hechos, pero también lo habían obligado a estar con ellos en las misiones para continuar evaluándolos y asegurarse de que actuaban de acuerdo a sus expectativas. Así venía siendo, por fortuna.

Parte de su dolor en el muslo tenía que ver con algunas horas gastadas de guardia y como guardaespaldas de una figura del deporte que estaba siendo acosado por un fan demasiado ansioso, pero eso terminó hoy, cuando Joe lo había prácticamente obligado a irse.

El tiempo libre lo había llevado a considerar la oferta de Liam, y por eso estaba aquí.

Avery fue la que le abrió la puerta y su cara de alegre sorpresa lo entibió, y le dio un beso cariñoso en la mejilla a la par que posaba su mano en la creciente barriga de su prima.

—¿Cómo te lleva este pequeño botón, primita? He escuchado que los irlandeses son molestos desde el vientre—comentó, consciente de que su esposo no estaba lejos, y el gruñido molesto de Aidan O´Malley, que asomó su cabeza, lo hizo evidente.

—Estoy pasando muy bien, Matt, feliz—La sonrisa de ella era amplia y contaba de que así se sentía—. Me encanta que vinieras, no te veía hace un tiempo.

—¡Matt, hombre, era hora de que nos acompañaras!

Liam se acercó y le dio la mano, y lo saludó con vigor. Al ingresar vio que el resto de sus primos estaba ya ingresando a la que Amelia llamaba la sala de los hombres, que era una enorme habitación con una mesa de pool, televisión de 70 pulgadas con consola de juegos, y bebidas varias.

Había sido exigencia de Ryker, básicamente, que había señalado con indignación que no quería pasar los viernes de tarde girando en su vehículo buscando algo que hacer.

Los demás habían coincidido, y esto resultó en reformas en el apartamento de Liam, sede natural del encuentro femenino de los viernes, hoy casi sagrado, salvo circunstancias especialísimas.

Él normalmente hubiera huido de aquí como si la peste asolara el lugar, y lo mismo sus hombres, pero la curiosidad y la necesidad de saber qué ocurría con Cheryl eran mucho motivo para estar aquí.

—Tenía ganas de verlos.

Su mirada barrió el salón y se concentró en las mujeres, que estaban sentadas en torno a una gran mesa en la que había jarras y bandejas repletas de delicias.

Un ramillete de mujeres bellas y fuertes que habían puesto a sus primos de rodillas, y que los hacían felices como nunca lo habían sido antes. Se alegraba por ellos, claro.

Se acercó para saludarlas, ya decepcionado por no ver a su principal foco de interés. ¿También había desaparecido de aquí? Esto era raro, se dijo. Cheryl adoraba a estas mujeres, eran sus amigas y la petarda era fiel y leal con aquellos a los que quería.

—Señoras, un placer verlas—dijo, con una inclinación de cabeza y una sonrisa sincera.

Cinco pares de ojos lo miraron con atención y el peso y la curiosidad en estas lo removió un poco. Lo evaluaban, joder, como si lo tuvieran debajo de un microscopio.

—Hola, Matt—señaló Sofía, sonriendo con dulzura—. No te veíamos hace mucho. No tienes que perderte tanto, tus primos te extrañan.

—Matt es un hombre super ocupado con sus misiones ultrasecretas y clientes famosos para custodiar.

La voz conocida, algo aguda y siempre elevada, lo sacudió, y miró hacia la cocina, desde donde venía. Así que sí estaba aquí, después de todo.

—Verlas es un regalo para los ojos. Me voy con los hombres, no las molesto más.

—¿Cómo están los chicos?

Cheryl se había acercado a la mesa y le sonrió con amabilidad, pero él estaba demasiado shockeado para responder de inmediato.

—Te cortaste el cabello—le dijo, mirándola con asombro.

Su hermosa melena ya no caía voluptuosa sobre sus hombros y espalda. Ahora era un marco para su cara y terminaba en su nuca, casi tan corto como el suyo. No afectaba un ápice su belleza, empero, y sus ojos y labios destacaban más, si cabía.

Esto era de por sí sorprendente, pero había más.

Su actitud, su mirada, eran amables, más lejanas.

Le hablaba como si fuera un conocido, alguien circunstancial en su vida.

Carajo, había pasado horas en su empresa, metiéndose en su vida y en su trabajo.

¿Cómo era que preguntaba por él y sus colegas como si nada?

—Pues sí, y le quedó super bonito, ¿no crees, Matt? —dijo Sharon.

—Si es el estilo que le gusta—contestó, todavía afectado, ridículamente afectado.

¿Qué leches le ocurría? Ella estaba bien, más que bien, podía dejar de preocuparse por ella. Había dicho muchas veces que lo molestaba que estuviera siempre detrás, que no era necesario, o conveniente. ¿Por qué lo hería esa indiferencia que le enrostraba?

—Me gusta, sí—dijo ella, sentándose y dándole la espalda, cerrando toda posibilidad de diálogo que pudiera haber existido.

La indignación le hizo fingir la misma indiferencia, aunque al final no pudo evitar preguntar:

—No has ido más por la Agencia.

—No. Comprendí que distorsionaba su trabajo y los molestaba. Además, estoy muy ocupada. Mi vida ha cambiado mucho, tengo un trabajo nuevo y muchas responsabilidades.

—Está muy bien, felicitaciones.

Le pareció notar una ligera inflexión en la voz femenina al comienzo, cuando mencionó a la agencia, y un dolorcillo lo hostigó. Eso había dicho él varias veces, ¿no era así? No a ella, pero sí a cualquiera que quisiera escucharlo.

Vomitó esas palabras varias veces como si fueran un escudo para impedir que esta mujercita lo afectara y campeara en su vida y en su pecho. Finalmente había conseguido lo que pretendía.

Que ella no lo viera con ojitos esperanzados, que no lo contagiara de su energía y lo hiciera soñar con imposibles. Que ella se diera cuenta de que él no valía la pena, que era demasiado poco y estaba roto para hacer feliz a alguien tan precioso.

Ella había avanzado y lo había dejado atrás. Esta hermosa mujer que podía hacer feliz a cualquiera, pero que merecía lo mejor, había cerrado la puerta y lo expulsó de su vida, una en la que ella mismo lo había subsumido en su generosidad.

La convicción inexorable de que había perdido una oportunidad preciosa lo sacudió, aunque nada de su estoico exterior lo demostró. El entrenamiento de años pagaba.