SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner UNO
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UNO

La fiesta estaba en su apogeo, y los organizadores habían logrado convocar un número muy importante de personas, entre ellas muchas celebridades del deporte y los medios de comunicación, influencers entre ellos.

No era de extrañar el interés, considerando que el festejo era por el lanzamiento de la línea de ropa deportiva del famoso jugador de hockey, retirado ya, y millonario Ethan Turner. Este nuevo emprendimiento descansaba en los diseños de su cuñada Amelia, y se orientaba a un público ecléctico en tallas, género y gustos. Inclusiva era la palabra que la definía mejor.

Era un proyecto que habían trabajado por un buen tiempo y hoy se daba el empujón final presentándolo a los medios de comunicación masivos y a las grandes cadenas, que ya tenían stock en sus locales para atender al número ingente de compradores que de seguro estaría en su busca a partir de mañana. Ryker Turner, que era el as del Marketing, se había asegurado de saturar los medios y redes con novedades del acontecimiento.

Toda la familia Turner estaba presente, los cinco hermanos y sus cónyuges, además de amistades cercanas, como era la misma Cheryl, o parientes, como Matt, que estaba además acompañado por varios de sus subordinados de la Agencia de Seguridad.

—La mejor fiesta que he concurrido en años—gruñó Hawk mientras se deleitaba con una pieza de sushi y tomaba la siguiente de una bandeja que pasaba.

—Debe ser la única a la que te han invitado en años. Con lo que comes no resultas en cuenta—rio Jeff, el hombre que controlaba todo lo concerniente a la tecnología en la agencia.

—¿Qué es un poco de comida y bebida para los Turner?—se encogió de hombros Hawk, y luego miró a Matt—. A nosotros nos tocó trabajar con el más pobretón y avaro—suspiró dramáticamente, y Matt lo miró, impávido.

—Hemos arriesgado el pellejo por esta familia. Hawk casi perdió la vista, yo la vida enseñando a Tina a manejar y a Cheryl a defenderse—añadió Joe, el rubio del grupo, y el más sociable y menos temperamental—. Merecemos todo el sushi y caviar que podamos consumir.

—Ey, hablando de mujeres del grupo, allá está Cheryl—dijo Jeff, y Hawk se atoró con el bocado, por lo que Joe le golpeó en la espalda.

—¿Dónde?—dijo Hawk con un hilo de voz, mirando para todos lados—. Amenazó que me iba a sacar a bailar. Me voy a un lugar menos expuesto—sentenció, y tomó una bandeja con bocaditos al retirarse, seguido por Jeff.

—Pues sí que está bonita, en verdad—dijo Joe, con su tono ligero mientras su mirada apreciaba a Cheryl sin inhibiciones.

Matt se sintió molesto, aunque sabía que era un comentario sencillo y sincero por parte de su subordinado y amigo de años. Joe era un hombre sin dobleces, un picaflor sin remedio, pero con una paciencia envidiable para lidiar con mujeres como Cheryl.

Era el único que no temía sus visitas al complejo de la agencia de seguridad, que solían estar signadas por algún accidente que generalmente implicaba a alguno de ellos lesionado.

No entendía por qué pasaba eso, porque Cheryl era, de habitual y en otros lugares, una mujer práctica y nada torpe. Por el contrario, era expeditiva, ágil, sociable, conversadora. Esto último no cambiaba en ningún escenario, claro.

Se había vuelto habitué en su empresa desde que se mudó a Los Ángeles y parecía empeñada en ganarse al equipo, y a él en particular. Tal vez el problema era que se esforzaba demasiado. Con qué objetivo, lo ignoraba.

¿Qué podía querer una mujer tan bonita, decidida e independiente con un conjunto de veteranos de guerra algo hoscos? En especial él, que tenía una lesión que le había hecho perder seguridad y agilidad y con una renguera evidente, que además era poco proclive a seguir sus locuras e ideas para el enorme lugar que era la agencia.

—¿Qué opinas, amigo? Nuestra niña está esplendorosa esta noche, ¿no crees?—inquirió Joe con una ceja levantada y una de sus comisuras elevadas, señal evidente de su diversión.

El bastardo sabía que esa mujercita lo volvía loco y que no podía dejar de mirarla, aunque más no fuera de costado y a regañadientes, sus ojos con vida propia a pesar de que su cerebro le gritaba que no tenía nada que hacer ahí, que no había fuerza en el mundo que pudiera conectar dos seres tan diferentes.

—Todas las mujeres están bellas hoy, es la magia del maquillaje y la ropa bonita—gruñó.

Su mirada pretendió vagar por el salón apreciando al variado ramillete femenino, pero irremediablemente volvió a posarse en la pequeña castaña de ojos cafés embutida en un sentador atuendo en rojo, una especie de tubo que se apretaba en los lugares más rotundos del torbellino que era Cheryl Osbourne.

Sobre unos tacones que le agregaban unos buenos diez centímetros a su pequeño tamaño, ella gesticulaba con energía frente a Tina, Avery y Sofía, y hacía movimientos exagerados, seguramente para demostrar alguna de sus ideas o enfatizar algún punto. Así era ella, pura pasión y expresividad, pensó, una semi sonrisa colándose en su gesto adusto.

Ella lograba lo que pocos: hacerlo reír, a pesar de que a veces era luego de que se iba y los rastros de algún desastre suyo eran recolectados. Hawk solía decir que era como una nubecita negra que traía lluvia en el día más soleado, pero era una exageración que ni el mencionado creía.

En el fondo todos ellos la apreciaban, a pesar de que no se lo reconocían para no alentarla a más desmesura. Suficiente había sido sus intentos de generar un uniforme para la agencia en tonos pastel.

Ella se había convertido en una presencia semanal que interrumpía sus juegos de cartas y daba opiniones sobre movimientos de artes marciales o postura al disparar. ¡A ellos, todos ex combatientes y especialistas en defensa y seguridad!

—Deberías dejar de fingir que no te interesa, ¿sabes?—musitó Joe sin quitarle ojo de encima—. Está bien dejarse llevar y fantasear un poco con un futuro distinto y en el que no estés solo y abatido.

—No lo estoy. Y no me gusta soñar con imposibles—caminó hacia el balcón y miró el jardín, hermosamente iluminado. De espaldas y con las manos en los bolsillos, meneó la cabeza al percibir a Joe a su lado—. Me conoces, Joe, sabes que…

—Lo sé, y me cabrea que sigas creyendo que tu vida sentimental terminó cuando te hirieron.

—Mi prometida rompió conmigo apenas vio el estado en el que volví. Si eso no es indicativo de algo…

—¡Claro que lo es, de que esa tía no te quería, Matt! Pero no es la única mujer del mundo. Joder, no seas capullo, si tú probablemente tampoco la amabas. Te dolió más el rechazo que no tenerla a tu lado. Casi no hablabas de ella en el frente.

Era probablemente cierto, pero no hacía al punto. Estaba mejor solo, sin quebraderos de cabeza ni posibilidad de que le rompieran el corazón, otra vez. La desesperanza era como un hoyo en el pecho, pero no sentir era un alivio.

—Deja eso, Joe. No arruinemos la noche con malos recuerdos.

—Cheryl te quiere, ¿eres consciente de eso?

—No seas absurdo. Cheryl es una mujer bonita, lo reconozco. Intensa, apasionada, honesta. Cualquier hombre estaría encantado de que ella le prestara atención, pero yo no soy uno de esos. Esa cabecita llena de pájaros no es para mí. Es todo lo que yo nunca seré.

—¿Y eso es malo porque…?

—¿De verdad no puedes ver que nada puede ocurrir entre ambos? Somos como el día y la noche. Es la razón por la que me escondo cuando viene, por la que no contesto sus llamados o sus mensajes. No quiero nada con ella.

—Una mentira vulgar en un hombre que se precia de ser honesto a rajatabla. No es que no quieres nada. Lo quieres todo, pero tienes miedo. Estás aterrado, Matt. Estás paralizado de miedo porque temes arriesgarte y perder. Te digo que no hay forma de que eso ocurra. Cheryl está enamorada de ti. ¿Por qué…?

—Basta, Joe. Deja esto, tú no eres Oprah, ni estás en posición de psicoanalizarme—gruñó, rabioso, y se empinó todo el contenido de su copa de champagne.

Era acojonante, empero, cuán claro su amigo veía lo que en verdad sentía. Caerle a hostias, como quisiera, no quitaba el hecho de que había leído su mente y su alma sin problemas. Era un cojo cobarde que no se atrevía a dar un paso adelante y actuar para invitar a la que lo desvelaba ni siquiera a un café. Así de jodido estaba. Así de desesperanzada y gris era su realidad.