SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner VEINTIUNO
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VEINTIUNO

Matt cerró la puerta de su oficina dando su jornada por terminada, y se acercó a la de Jeff, que monitoreaba cámaras mientras tecleaba sin cesar. Coincidió con Joe, que traía una jarra de café.

—¿Ya te vas, afortunado?

Sonrió, y se encogió de hombros ante la sonrisa suficiente de su amigo, que no dejaba pasar momento sin hacerle notar lo cambiado que estaba, y esto incluía la cantidad de horas de trabajo.

Antes podía pasar más de quince horas en pie, suplantando a cualquiera con tal de tener su tiempo ocupado. Hoy… digamos que sus prioridades habían cambiado dramáticamente y delegaba tareas sin pudor.

—Me voy a Santa Mónica. Quedas a cargo.

—Voy a solicitar un aumento. Estoy trabajando mucho, y eso impacta en mi vida sexual.

—No te viene mal frenar, semental—dijo Jeff, riendo.

—Me encantaría un tiempo en la playa, jefecito. ¿No hay posibilidad de conseguir esa casita para una de nuestras barbacoas?—bromeó Hawk, también apareciendo a su lado.

—La casita—informó Jeff—, está valuada en cinco millones de dólares y tiene habitaciones como para un pequeño batallón, e incluye gimnasio y sauna. Miren.

Giró el monitor para mostrar imágenes de la espléndida casa a escasos metros de la hermosa playa.

—Afortunado bastardo—gruñó Hawk.

Sonrió, y su mano fue mecánicamente al bolsillo para mirar el mensaje entrante.

—Seguro es ella, tironeando la correa con que lo tiene sujeto por las bolas—dijo Joe, con un guiño, y lo ignoró.

Su rostro palideció al mirar el mensaje, y de pronto su visión se volvió turbia. Esto no podía estar pasando…

—¿Qué es, Matt?

Hawk se percató de inmediato de que algo malo ocurría, y en un segundo todos estaban sobre él, y les mostró la pantalla de su teléfono.

CHERYL: Matt, hay dos hombres armados en la oficina. Le dispararon a Benjamín y amenazan a su padre para que consiga que libere a alguien. No se irán hasta que lo logren. Estoy escondida en mi despacho, pero no sé si podré mantenerme así.

—¡Ah, joder!—dijo Jeff, y lo miró.

Lo mismo Joe y Hawk. Esperaban sus órdenes para resolver esto, y entonces reaccionó y se forzó a actuar. Tipeó un mensaje corto pidiendo detalles, pero permaneció sin leer, y su angustia fue creciendo con el correr de los minutos. Esto era malo.

—Matt, dime la dirección de la oficina—dijo Jeff, sentado en su silla.

Así lo hizo y vio volar las manos de su especialista en redes en el teclado.

—¿Jeff?

—Voy a acceder al sistema del edificio.

—Tenemos que ir—dijo Matt, su pecho un tambor de resonancia de los latidos cada vez más fuertes y rápidos de su corazón—. Si algo le pasa… Si…

—No va a pasar nada—dijo Hawk con rudeza—. Vivimos para esto, Matt. La vamos a rescatar.

—¡Aquí!—gritó Jeff, y de pronto tuvieron visión de una sala enorme, en la que destacaba como primer plano un hombre en el suelo, inmóvil y ensangrentado.

Matt elevó una plegaria para que no hubiera más heridos, y agradeció la velocidad imposible de Jeff para hackear cualquier red.

Más atrás en la habitación vieron un hombre armado amenazando a otro de traje, que hablaba por teléfono, y luego otro hampón sentado con un arma con silenciador apuntando a un grupo de tres en un rincón.

—Allí está ella—dijo Joe—. Está bien.

—¿Quiénes son esos hombres y qué buscan?—dijo Hawk.

—Tenemos que movernos. Jeff, corre los programas de reconocimiento facial y danos acceso a los planos del edificio. ¡Vamos!

Con velocidad buscaron las armas y dispositivos que necesitarían. Actuaron con la celeridad y eficacia de años de trabajo conjunto, y eso fue lo que permitió a Matt funcionar: la práctica, porque por dentro estaba aterrorizado de que algo le pasara a su mujer.

—Yo conduzco—dijo Joe, tomando la tarea que de habitual hacía él, pero que ahora era impensable.

—Háblanos, Jeff—ordenó, como tantas veces.

Solo que en esta ocasión él estaba implicado. No era un desconocido, alguien que le pagaba para ser protegido. Era Cheryl la que estaba en riesgo directo.

—El ascensor preferencial lleva directo al pent-house.

Les daré acceso. Desde ahí pueden descender por las escaleras, son solo dos pisos.

Llegarán a la entrada trasera, que accede a un depósito del bufete.

Está pegado a la sala donde están todos ahora.

Y Matt… hay una chica tirada en una de las oficinas.

Era impresionante la tarea de Jeff, que era capaz de acceder remotamente a cualquier dispositivo con cámara en un sitio, y lo hacía cuando estaban en misión, porque tener la mayor información posible les permitía forjar planes exitosos.

Normalmente, empero, sus tareas eran más aburridas y de monitoreo, o resguardo físico. Hacía mucho que no actuaban en terreno.

—¡Joder! Dos personas heridas, probablemente graves. Dos hombres armados, cuatro rehenes en medio del Downtown. Si no lo contenemos puede ser un jodido embrollo—murmuró Hawk, y Matt asintió.

Llegaron al edificio en cuestión de minutos, Jeff manteniéndolos informados de lo que veía, que por fortuna no había cambiado. En los alrededores el mundo proseguía normal, sin idea del drama que se estaba dando sobre sus cabezas.

Se movieron con rapidez, pero sin demostrar preocupación para no alertar a nadie, aunque la entrada trasera estaba despejada. Ingresaron con presteza al edificio por el área de servicio y accedieron al ascensor que Jeff les indicó.

—Joe, tú eres el más rápido, controla al tirador más lejano. Hawk, tú proteges a los rehenes mientras yo tomo al hampón que los apunta. Jeff, apenas veas que entramos en acción, llama a la Policía y las emergencias médicas. No los queremos antes, alertando y complicando todo.

—Hecho—indicó Jeff en sus audífonos.

En total silencio salieron del ascensor y descendieron en fila por las escaleras, accediendo al depósito mencionado.

Era una habitación pequeña llena de estanterías y ficheros, y los tres grandotes parecieron llenar todo el espacio.

Era vital no hacer un solo sonido que alertara a los hombres armados.

Se les iba la vida de los rehenes en ello.

Matt se negó a pensar en nada que no fuera el plan. No podía dar cabida al temor o la desesperación, porque las pasiones solo nublaban el juicio y alentaban el error. Este no tenía cabida aquí.

Respiró hondo e hizo una seña a Joe, que entreabrió la puerta con sigilo, y Matt dio un vistazo, pegado a la pared, por lo que tenía una visión muy parcial.

La imagen de Cheryl le hizo contener el aire.

Se la veía pálida, tensa, pero no asustada.

Escucharon un momento mientras los hampones discutían.

—Ya debería haber una respuesta—dijo el que estaba más lejos, con el hombre más viejo y de traje—. Vaya con su hijo, obsérvelo, y vea que les pasará si no consigue lo que queremos.

El hombrón lo empujó y el que parecía el principal foco de interés cayó de rodillas al lado del herido. Los dos criminales se acercaron a cuchichear, quedando a cinco metros de su escondite, y Matt vio que era el momento.

Hizo un gesto y entonces Joe abrió la puerta totalmente y los tres se precipitaron afuera con la destreza y agilidad de felinos, sorprendiendo a los criminales de espaldas, que no tuvieron oportunidad siquiera de levantar sus armas.

Los golpearon con rudeza para luego inmovilizarlos con precintos en manos y piernas. Fue cuestión de segundos para que la situación estuviera controlada. Hawk se adelantó a revisar al herido, y Joe corrió hacia la oficina que Cheryl señalaba frenéticamente.

Matt la abrazó fuerte y luego la separó de su cuerpo para observarla, haciéndola girar para buscar heridas, desesperado, y fue su voz la que lo calmó, porque estaba casi en shock.

—¡Matt! ¡Estoy bien, estoy bien, cariño, respira!

Él asintió y siguió acariciándola, atrayéndola contra sí, con el alivio más grande que recordaba haber experimentado. Había sido rápido, una operación limpia y casi de rutina, desde una evaluación profesional, pero para él había sido la hora más larga de su vida.

—Estás bien. Gracias a Dios, estás bien—susurró, dándole un abrazo de oso y besándola, y ella respondió con pasión, pero se separó para correr hacia Joe, que traía en brazos a una mujercita pequeña y de lentes.

—Está en shock—dijo, con voz tensa.

—¡Es diabética, no se estaba sintiendo bien y colapsó!

—La Policía está subiendo. Sabe que la situación está controlada. Van paramédicos también —escuchó la voz de Jeff en su oreja.

—Ya viene la ayuda, preciosa—le dijo, y la abrazó otra vez.

No se iba a despegar de ella por los próximos diez años, decidió. Su corazón no aguantaría otra situación así. La ataría a la pata de su cama, le pondría chaleco antibalas, le pediría que vivieran juntos en un bunker. Lo que fuera para tenerla segura, consigo.

—Matt, cariño, estás gruñendo. Asustas a Timmy y a Clara—le susurró ella al oído, señalando a los otros dos rehenes.

Poco le importaba. Pronto la situación se hizo caótica, con policías y médicos derramándose en la sala, y estos atendieron sin demora a los dos afectados, pero también repartieron mantas a todos.

Él puso una sobre Cheryl, e hizo un gesto a Hawk, que se hizo cargo de la situación llevando la atención de los detectives sobre sí, y permitiendo que él se llevara a Cheryl por el mismo sitio que habían ingresado.

Tendría que dar testimonio, pero eso vendría después. Ahora la quería tener a su lado, abrazarla y besarla hasta que se le pasara el jodido susto que había vivido. Él, porque la condenada estaba entera y más preocupada por los otros que por ella misma.

—Supongo que esto va a comerse buena parte de los días que teníamos para pasar en la playa—dijo ella.

—Mi amor… ¿Crees que este bufete va a abrir la próxima semana? Tus jefes están en shock, habrá miles de preguntas, hay heridos… Tú no vas a venir por un buen tiempo, te lo digo—gruñó.

—Mandón—lo besó—. Me asusté mucho—confesó—, pero lo peor fue saber que Shirley estaba tan mal y no podía hacer nada por ella. Y Benjamín. Esos hombres espantosos, mafiosos… Estos abogados defienden gente muy jodida, Matt. No me gusta, no me gusta nada. Pensé que era mi trabajo soñado, pero…

—Ven, preciosa. No es tiempo de evaluar nada, sino de descansar y calmarnos. Tendrás que dar tu testimonio—La hizo entrar en el ascensor—. Sugiero que lo hagas ya, para quedar libre. Necesito llevarte a mi apartamento y hacerte el amor. No voy a estar tranquilo hasta que estemos solos y seguros.

—De acuerdo. Necesito saber qué pasa con Shirley.

—Jeff—habló—. Dile a Joe… —Escuchó lo que Jeff contestaba, y luego le contó—. Joe fue con la ambulancia que llevó a Shirley. Nos mantendrá informados.

—Okay. No te separes de mi cuando me interroguen.

—No lo haré.

La ternura y un poco más de calma lo invadieron, mostrando que el temor que había experimentado mermaba y se ponía en posición de guardián. Eso era, se dijo, guardián del tesoro de su vida. No dejaría que nada le pasara, que nadie la dañara o disgustara.

Mandaría a tomar por culo a cualquiera que pretendiera hacerle las cosas difíciles, y eso incluía a los detectives. Los que probablemente cuestionarían el por qué no habían procedido en acuerdo con los protocolos, dándoles aviso desde el comienzo.

No le movía un pelo tal cuestionamiento; era su mujer la que estuvo en peligro. Volvería a hacerlo mil veces. Su agencia era la mejor, y sus hombres, él incluido, eficientes al cien por ciento. No habría confiado a nadie más su rescate.

Si las autoridades decidían quedarse con el crédito de la operación, bienvenidos. Tal vez la idea los calmara, decidió, mientras apretaba la cintura de Cheryl y la conducía afuera del edificio.