SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner VEINTE
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VEINTE

Chequeó el archivo Excel una vez más, buscando errores que sabía no debían estar, pero era exhaustiva hasta el agotamiento en lo que a las cifras se refería, y estas en particular no habían sido nada fáciles de ordenar.

Recién comenzaba a ver la luz al final del túnel en lo que a la caótica situación que el anterior contador había dejado. Era inaudito que una firma tan importante hubiera dejado crecer eso, por lo que Cheryl a veces se preguntaba si los que veía eran las cifras reales del bufete.

El margen de ganancias era acotado y no parecía corresponder con los estilos de vida de los abogados principales, o eso creía.

El Lamborghini de Benjamín, la mansión de sus padres en los Hampton y sus membresías en los clubs más sofisticados, los regalos empresariales que se enviaban a los clientes, además de los resúmenes de cuentas de las tarjetas de sus esposas implicaban gastos astronómicos.

No es algo que te deba importar, Cheryl. Es factible que tengan inversiones, otras empresas, fortunas familiares que desconoces. Esa tendencia tuya a complicar situaciones sencillas tiene que ser controlada; probablemente ves fantasmas donde no los hay.

Tenía asuntos más interesantes y bonitos para atender. Cerró el programa y se estiró, mirando el reloj pulsera. Faltaba apenas media hora para salir, y sería libre por más de setenta y dos horas. El fin de semana largo sería increíble.

Las últimas dos semanas habían sido así: un constante fluir de alegrías y momentos hermosos.

No había pasado un día sin ver a Matt, sin besarlo y abrazarlo.

Habían visitado museos, cines, había conocido el apartamento impactante de su novio.

Su novio. Él había insistido en que usara ese título, y de hecho la había presentado así en la agencia.

Sonrió al recordar la cara de Hawk cuando lo hizo, y también las fotos que Jeff había impreso y pegado en la pizarra central. Eran tomas de las cámaras del complejo, que se apagaban pocas veces, al parecer, y el agente las había recortado.

Muchas eran sorprendentes: ella habría pensado que la cara de Matt se vería seria y compuesta, como ella la había percibido siempre, pero en muchas de las elegidas ella estaba mirando a otro lado mientras él la observaba con ensoñación o deseo.

Eran la prueba de que lo que le había dicho era verdad: él la quería, pero lo disimulaba. Había otras imágenes de ella casi babeando por él, pero esas eran previsibles.

Había incluso una del preciso momento en que había pateado a Hawk en las bolas. Apreciar esto, más la forma cariñosa en que la recibieron y le dijeron que agradecían que sacara a su jefe de la miseria, la había hecho sentir querida y segura.

Lo próximo en puerta eran estas mini vacaciones en la casa que los Turner tenían en Santa Mónica. Había sido idea de las chicas, y Amelia se encargó de gestionar el préstamo del lugar.

Todas tenían recuerdos muy buenos y excitantes de esa casa, al parecer, y ella no dudaba que compartir todas las horas del día y la noche por tres días sería avanzar, y seguir testeando la solidez de su vínculo y conexión.

—¿Soñando con la playa y las travesuras que hará, jefa?—indicó Shirley.

La miró sonriendo, pero frunció el ceño al ver que la palidez de su rostro no medraba. Se lo había señalado en la mañana; había notado que se la veía con ojeras y un poquito más flaca, pero su secretaria había desechado la situación argumentando que no era nada.

—Algo así. Shirley, te ves agotada, querida. ¿Estás segura de que no pasa nada?

—Es mi diabetes, Cheryl. He estado tan ocupada que no me alimento bien, y me quedé sin mi provisión de insulina antes de ayer. No he comprado aún.

—¡Shirley! Eso no es aceptable; tu salud es prioritaria, siempre. Me avergüenza haber estado dándote tanto trabajo.

Se sintió realmente mal porque su ritmo de trabajo, un poco excesivo, había implicado que su secretaria también lo tuviera.

—No, no, Cheryl, tú insististe en varias ocasiones para que me fuera, y en verdad el problema soy yo. A veces trato de probar que puedo vivir sin mi medicina, o sin los cuidados constantes… Es frustrante, sabes, vivir tan limitada.

—Pues a partir de aquí voy a colaborar. Me vas a tener como un ave de presa sobre ti. Es importante que estés bien, querida—le indicó, y Shirley sonrió.

—Gracias por preocuparte, Cheryl. Confieso que eso de no tener a nadie más dándome lata es una de las razones para mis descuidos. Mi madre era incansable en eso—señaló, una leve humedad en sus ojos evidente, y Cheryl sintió que su corazón se apiadaba.

—¿Sabes qué? Vamos a poner esa diabetes bajo control. Comenzaremos con ordenar tus hábitos, y con ejercicio.

—Ay, no, Cheryl, soy absolutamente anti ejercicios. Odio correr, abdominales, y cosas de esas.

—Hay otras posibilidades. Yoga, pilates, artes marciales. Buscaremos la que mejor te sienta. Me va a encantar.

Se frotó las manos e hizo cara diabólica y Shirley le hizo cara de circunstancias.

—Tú tienes ocupaciones, y un hombre en tu vida al que dedicar tu tiempo. No necesitas…

—Soy capaz de lidiar con todo, Shirley. Incluso podemos utilizar el gimnasio que Matt tiene en su agencia. Lo hacía antes y voy a retomar. Sí, eso es una idea excelente—dijo, y se interrumpió.

Una serie de voces sonó alta afuera de su despacho. Ambas fruncieron el ceño, y Cheryl se incorporó. De pronto hubo gritos angustiados y ruidos de muebles. Ambas se miraron y cuando casi corrían afuera, el sonido inconfundible de un disparo las frenó en seco.

Cheryl tomó el brazo de Shirley e instintivamente la tironeó para esconderse detrás del hueco creado por los archivadores, contra la pared.

Los gritos afuera seguían. Reconocieron los de Timmy y alguien más, pero fueron acallados por dos voces firmes y desconocidas que se impusieron, y que sonaron tan frías y letales que ambas se miraron con pavor.

—Todos contra la pared. Si se mueven, les disparo. Móviles sobre esa mesa. Esto no es contra ustedes, pero no dudaremos en matarlos si nos obligan.

—Así es, solo nos interesan el gran abogado y su hijito—dijo el otro, la mofa evidente en su voz.

—¿Qué es lo que buscan? ¿Qué pretenden con esta locura?

Era el padre de Benjamín el que hablaba, y Cheryl admiró que su voz no perdiera presencia a pesar de la situación. Estaba claro que eran individuos armados los que estaban amenazando a todos afuera.

—Cometió un error garrafal, y estamos aquí para que lo pague adecuadamente. Nadie jode con nuestra familia y se queda tan feliz. Esto será ojo por ojo—se escuchó, y entonces hubo un disparo que heló la sangre de Cheryl, porque se acompañó de un grito de dolor atroz, y un grito desesperado.

—¡Noooooo! ¡Hijo, hijo, responde!

Cheryl se llevó la mano a la boca y trató de contener el grito. ¡Habían disparado a Benjamín! Era su padre el que gritaba enloquecido.

—No está muerto, no aún. Solo es la pierna. Queremos que solicite todos los favores que de seguro los altos magistrados le deben y logre el cambio de prisión de quien usted ya sabe.

—¿Están locos? No puedo hacer eso. Soy solo un abogado. El caso está cerrado, y la cárcel de alta seguridad fue establecida por la peligrosidad y ….

—Conocemos la magnitud de sus contactos, y usted puede hacerlo. Suponemos que la vida de su hijo lo vale. La próxima bala será en su abdomen. Y cuando terminemos con él, seguiremos con usted. Hemos sido contemplativos y esperamos a que hubiera poca gente.

—Comience a llamar, tiene cinco minutos. Tú, ayuda al herido.

—Yo… no sé nada de heridas.

Era voz de Timmy, tembleque y chillona.

—Haz lo que puedas para detener el sangrado.

Cheryl se movió con rapidez, gateando a buscar su teléfono, tratando de no hacer un solo ruido. Cuando lo tuvo en su mano lo puso en silencio y escribió un mensaje con rapidez.

CHERYL: Matt, hay dos hombres armados en la oficina. Le dispararon a Benjamín y amenazan a su padre para que consiga que liberen a alguien. No se irán hasta que lo logren. Estoy escondida en mi despacho, pero no sé si podré mantenerme así.

El sonido sordo la sobresaltó y entonces vio que Shirley había colapsado en el piso, desmayada. Pulsó enviar y corrió hasta ella, chequeando su pulso y encontrándolo lento, y su respiración era trabajosa. ¡Carajo! Debía estar en shock.

Necesitaba ayuda, pero… Miró a su alrededor, y no supo qué hacer. Se movió a buscar su teléfono una vez más, y estaba enviando otro mensaje cuando un manazo le hizo gritar de dolor y envió el dispositivo al piso.

—¡Tenemos una rata aquí! Camina, perra, con los otros.

—¡Mi secretaria, está enferma!—dijo con desesperación, señalándola, pero la expresión fría del que la empujaba con rudeza no cambió.

—No es nuestro problema. Camina, o estarás en el suelo con ella.

La escena era dantesca. Benjamín yacía inmóvil y su pierna estaba en un ángulo raro, en un charco de sangre. Timmy trataba de hacer una especie de torniquete, pero sus manos temblaban sin freno.

Había otra secretaria en un rincón, hecha un ovillo, y más lejos, un hombre con una Luger amenazaba al abogado, que hablaba por teléfono.

Cheryl admiró la sangre fría del padre de Benjamín, que estaba blanco como una sábana, pero hablaba con un tono profesional con alguien a quien pedía un favor personal.

Su mirada, empero, estaba en su hijo, que estaba desmayado. Compadeció a Benjamín y rogó porque esto fuera corto, pero había tanto que podía salir mal que tembló por dentro. ¡La pobre Shirley!

—Mi amiga necesita insulina—señaló, pero el mafioso que estaba a su lado la ignoró.

—Ve al rincón, y tú también—dijo el hombrón a Timmy, que obedeció al instante—.

Ustedes tres, escuchen. Esto es una medida de fuerza obligada.

Si el abogado hace sus deberes, estaremos afuera en menos de lo que canta un gallo, tu amiga atendida y el niñato vivirá.

Cuando tengamos respuesta positiva, nos iremos.

Sabemos quiénes son, averiguaremos dónde viven, qué comen, a quien frecuentan, y si dicen una sola palabra de lo que escucharon, estarán muertos.

—No lo haremos—prometió Timmy, y Cheryl asintió.

Esperaba que realmente su jefe consiguiera lo que estos mafiosos pretendían, porque no quería pensar qué pasaría con todos ellos si fallaba. Su esperanza estaba en Matt, aunque a la vez temió lo que podía pasar si venía. Todas las aristas de esta situación eran horribles.

Tuvo ganas de gritar y morder. ¿Cómo era posible que en su mejor momento pasara esto? Alguien allá arriba la debía odiar, decidió, desalentada, con un sabor amargo en su boca, y con el temor atroz por lo que podía pasarle a Shirley o a Benjamín si no los atendían pronto.