DIECINUEVE
—¡Joe! ¡Joe!
¿Dónde carajos estaba ese idiota? ¿Y por qué razón todo estaba a media luz, como si fuera un garito? Miró a su alrededor, fastidiado y urgido, pero no encontró a nadie, ni siquiera en el gimnasio, donde Hawk era la constante a estas horas.
La mayoría de sus agentes tenían que estar libres de actividad, y lo sabía porque si bien no estaba asistiendo a las agencias estos días, chequeaba la agenda digital a diario.
Hawk y Joe habían terminado su labor de custodia hacía dos días, y los otros dos compromisos, de menor exposición y entidad, estaban siendo lidiados por los chicos nuevos, Jack y Jacob. No tan chicos ni tan nuevos ya.
En fin, tenía demasiado tiempo libre y estaba empezando a pasarle factura, aunque lo había necesitado, y todavía era importante. Quería todos sus sentidos y foco en Cheryl, sin distracciones.
El sonido de música inundó sus oídos, y enarcó las cejas. Jeff solía escuchar rock, y estas melodías no sonaban como eso. Frustrado, se mesó el cabello con violencia, y ya sin paciencia, tomó su móvil de un zarpazo, y grabó un audio:
MATT: ¿Dónde carajos estás, Joe? Te dije que tengo una cita con Cheryl, gilipollas. ¿Por qué no hay nadie entrenando? ¿Aprovechan que no estoy para hacer cebo, jodidos?
La respuesta de Joe fue casi instantánea, y lo dejó de piedra:
JOE: Nos fuimos temprano. De nada, por cierto. Disfruta de lo que mereces, amigo.
Pero, ¿qué mierda era esta? Esa respuesta críptica no sonaba en nada como Joe. Sin pensarlo más, se dirigió a la puerta de salida. Si corría y aceleraba más de lo conveniente, tenía el tiempo contado para estar puntual en casa de Cheryl.
No quería que ella pasara un minuto de angustia pensando que él no llegaría. Si no lo lograba, colgaría a Joe de las pelotas, decidió, y lo castigaría con furia por días.
—¿Adónde va, soldado?
La voz firme y alta lo detuvo en seco, y dio la vuelta con velocidad, para quedar inmóvil como una piedra.
En lo alto de la escalera, a la entrada de su escritorio, vio a Cheryl, parada en toda su gloriosa belleza, iluminada por el foco de forma tal que su figura destacaba en el juego de luces y sombras del complejo.
Cheryl, vestida con un uniforme militar, o la reducción más sexy que él hubiera visto de uno.
Su garganta se secó y su polla se levantó para saludar, en la erección más veloz y pujante que recordara.
Tensión y calor hincharon a su miembro, pero no culpó a su apéndice, porque la vista era antológica.
—Pero… Pero…
Su habla estaba afectada, claramente, pero nada molestó su visión, que devoró la sensual imagen a la que se acercó prácticamente corriendo, trepando los escalones de dos en dos, hasta llegar a ella.
No la había visto así antes; ella solía usar ropa cómoda, vestidos y pantalones semi ajustados, pero pocos escotes y nada demasiado revelador. Eso no afectaba nada su sensualidad, por cierto, que era mezcla física y actitud.
Mas esto era otro nivel, y mostraba intenciones ulteriores que solo de considerarlo lo pusieron a mil.
Extendió su mano para acariciar su mejilla, y su mirada se posó en cada detalle exquisito de este monumento semi desnudo que era Cheryl.
El disfraz cumplía su función; estaba diseñado para seducir, y lo logró al instante.
Un gorro encasquetado en su cabeza cubría en parte su frente y dejaba sus ojos semi ocultos.
El top era de manga larga, ajustado a cada línea del cuerpo, destacando su cintura, y se abría en un formidable escote que dejaba ver con claridad parte de sus senos.
La piel suavísima y cremosa era un llamador imposible de evitar, e hizo difícil que la mirara al rostro.
La parte inferior, igual de infartante. Un pequeño short que apenas cubría el comienzo de sus muslos, y luego las medias de red que se perdían en tacones de vértigo. Tragó saliva y buscó rehacerse de la impresión, al menos para poder decir algo coherente.
Le costó, porque sus instintos le gritaban que la tomara ya y la hiciera suya, como correspondía. Cerró los ojos y respiró hondo, apelando a toda su entereza, y logró recomponerse un tanto.
—¿Sorprendido, soldado Matt?—dijo ella con voz melosa, y él entrecerró los ojos, midiéndola.
Ella estaba gozando de su silencio y obvio shock. Había sido astuta y creativa, se lo reconocía, y había contado con la ayuda de Joe. Este tenía razón, se lo iba a agradecer, porque esto no podía ser más que un anticipo del Paraíso.
—Confieso que sí. Grata, muy gratamente sorprendido. Tanto que caminar me resulta duro—añadió, haciéndole saber el estado en el que lo había sumido—. Estás… Estás absolutamente devastadora.
—¿Eso cree, soldado?
—Mmm, sin ninguna duda.
Él acarició su barbilla y luego su dedo se deslizó desde la comisura de su boca hasta el comienzo de su escote, y se acercó a ella, dominándola con su altura, a pesar de sus tacones.
Sus enormes manos se deslizaron con facilidad por la suave viscosa de su top y descendieron hasta sus glúteos, que apretó y acarició, apretándola contra sí.
—Pensé que íbamos a hablar, preciosa—le susurró en la oreja, mordisqueando su lóbulo, y al percibir el estremecimiento, lo repitió.
—Lo haremos. Tengo todo dispuesto en tu oficina.
—¿De verdad? ¿Por qué allí?—se extrañó.
—Me pareció que correspondía que una de mis fantasías se volviera realidad. Me lo merezco después de tanto esperar, ¿no lo crees?
—Así dicho, tienes razón. Parte de nuestra historia, la menos linda, la de los desencuentros, se dio aquí. Crear nuevas memorias suena… inspirador.
—Exacto—sonrió con sensualidad, y él besó con suavidad el tendón de su cuello, que ella hizo más accesible al levantar su cabeza.
—¿Y el uniforme?
—Un homenaje a lo que fuiste. Una fantasía traviesa, además. No sé por qué muchas veces me imaginé entre tus brazos con un disfraz. Jugando roles.
Joder, esta ninfa quería matarlo allí mismo. Había evitado la muerte en batalla para morir resultado de una erección física monstruosa y exaltación monumental de sus sentidos.
—Si todos van a tener este nivel de sensualidad, estoy adentro.
—Me va a gustar que te caracterices—añadió ella, besando su barbilla.
—Veremos…—dijo él, cauteloso.
Cheryl era adorable, pero era… Cheryl. Ni siquiera hipnotizado por ella podía dejar de pensar que su arrojo tenía límites.
—Nada de Tarzán, o de Aquaman, o de…
—Mm, no lo había pensado—rio ella—. Te viene mejor Hulk, grandote. Ven.
Lo tomó de la mano y lo guio hasta su oficina, que parecía otra, semi iluminada, su escritorio vuelto una mesa de cena romántica, con velas y flores incluidas.
—Ese olor—aspiró la mezcla de frutos rojos y sándalo. Agradable, igual que la música—. ¿Cómo hiciste para traer todo esto?
—Mi secretaria, Shirley, me ayudó. Y Sofía preparó estas delicias, que podemos comer frías. Pensé que, como hombre de acción que eres, deportista, que también soy yo en parte, lo mejor es encarar la actividad con el estómago vacío, y reponer energías luego.
—¿Luego de qué, preciosa?
—Oh, vamos, soldado. Lo creí con mayor imaginación.
Ella le dio la espalda para buscar la botella de champagne que descansaba en la hielera, y la visión de su parte trasera casi lo llevó de rodillas. Joder, ella era mucho más bella de lo que había pensado jamás.
Ni en sus sueños más húmedos la había visualizado así. Tomó la botella que le tendía y con rapidez la descorchó, vertiendo el líquido burbujeante en las copas que ella sostenía.
—Vamos a brindar. ¿Ideas?
—Por la mujer más bonita y excitante de California, que ha sido condescendiente con este bastardo inseguro—señaló—. Porque seas capaz de mantener tu mirada en mí, siempre.
No podía pensar en nada que deseara con mayor énfasis.
—Porque este presente sea un futuro largo y feliz. Porque nuestros cuerpos y almas conecten, siempre—añadió ella, los ojos brillantes, mientras bebía, y él hacía lo mismo.
Ambos dejaron las copas al unísono y él se movió para el mueble donde estaba el control central de las cámaras, desde donde se accedía a las de su oficina.
No quería un solo registro de lo que iba a pasar.
Sus hombres eran leales, pero no quería que se toparan con una grabación íntima por casualidad.
Aunque la idea podía funcionar en su piso, consideró. Luego se volvió hacia ella, que lo esperaba en el centro de la habitación, y caminó con lentitud, rodeándola, hasta ponerse a su espalda.
—Desnúdese para mí, soldado—susurró, su cabeza inclinada sobre su hombro, y sintió su estremecimiento.
El sonido de la cremallera delantera del top anunció que la prenda estaba lista para desaparecer, y la ayudó a quitarla de sus brazos, atrayéndola a continuación, pegando sus senos libres y llenos a su pecho. Sintió sus pezones duros contra sus pectorales y no evitó que sus dedos los acariciaran.
—¿Sin sujetador, nena? Un buen soldado tiene toda la indumentaria. Este tipo de detalles son pasibles de castigo.
—¿De verdad?—dijo ella—. ¿Qué tipo de castigo tiene en mente, señor?
—Uno… ejemplarizante—sentenció, mientras su mano se colaba ahora por el elástico del short—. ¿Qué tenemos aquí?
—Las bragas más diminutas del mercado, señor. ¿Las quiere ver? Uy… ¿Ese enorme bastón con lo que me está tocando es el arma con la que me quiere castigar? Parece demasiado duro, señor. ¿No me lastimará?
Joder, esto se estaba pasando de rosca, decidió. Si seguía así se corría parado solo de escucharla y tocarla.
—Cheryl…—su voz sonó casi gutural, y cuando ella bajó su short y giró ante él con los brazos levantados, prácticamente bramó.
—Toda suya para que me castigue, señor—le dijo, y se acercó, tomándolo por el cuello y besándolo con pasión, sus labios húmedos apretándose contra su boca, partiéndola y llevando deseo por todo su cuerpo.
—No puedo evitar querer comerte toda, preciosa—susurró—, pero me temo que no tengo un lugar cómodo aquí, como mereces. Quisiera tenerte en mi lecho, entre sábanas, para adorarte.