SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner QUINCE
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QUINCE

Estaba viviendo el mejor viernes de su historia, y eso era decir considerando que era el día en que solía reunirse con las chicas en casa de Liam, y se divertían a rabiar.

Tampoco se igualaba a las pocas salidas que había hecho a los bares de su Iowa en compañía de sus noviecitos, cuando creía estar en la cima de la felicidad y que en poco tiempo se casaría y tendría hijos y casa a cargo.

El tiempo había demostrado que nada de eso iba a estar en ciernes para ella, pero lo que estaba viviendo era una especie de devolución kármica. Había pasado la mañana y la tarde en nerviosa espera, probando y descartando ropa, y chateando con sus amigas, que estaban en ascuas y pendientes de ella.

Habían decidido suspender el encuentro y trasladarlo para el sábado, en una movida excepcional que solo se justificaba en el ánimo de tener de primera mano las primicias de lo que pasaría entre ella y Matt hoy a la noche.

Brianna había arribado sobre el mediodía y era la más excitada con la novedad, pero las demás habían logrado sosegarla con una salida a cenar.

La actitud de Benjamín había aliviado cualquier culpa que pudiera sentir, por fortuna.

Aunque pareciera algo tonto, ella sentía que lo había ilusionado y no podría responder a su interés con energía, porque más y más su mente la focalizaba con obsesión en Matt, eclipsando dudas y temores.

El que su jefe se eliminara del juego había sido lo mejor.

Había contactado a Matt con el pretexto de agradecerle las flores enviadas, pero con la secreta ilusión de que él actuara de acuerdo a lo que había expresado, establecer detalles de una cita.

Que él hubiera respondido con rapidez y encaminado la conversación para inquirirle de nuevo por la salida la alivió y enervó por partes iguales.

El paso estaba dado y los dados jugados; esta ya no era ella persiguiendo la ilusión de una mirada o frase, de una invitación, sino dos personas adultas que se gustaban y que buscaban la manera de demostrarlo.

—Prepárate para matar, Cheryl—le había dicho Brianna—. Nada de medias tintas, tía. Escote, tacones, un tanga.

—Nada de eso, bragas finas y liguero—había añadido Sharon—. Tiene que deslumbrarlo con sensualidad y…

—¡Chicas, chicas!—contestó ella, sonrojada a su pesar, y lamentando haber sido una jodía en el pasado. Podía recordar palabras de ese tipo en referencia a Avery o Tina, por ejemplo—. No creo que vaya a pasar nada hoy. Tenemos que conversar, reencontrarnos, hablar de nuestras metas y miedos, y…

—No lo dudamos, Cheryl. Es necesario y deben hacerlo. Pero lo conoces hace mucho, y seguro que puedes explorar su alma en dos o tres horas. La noche es larga, y llevar un tanga por las dudas no te va a matar—había añadido Amelia, guiñando un ojo, y todas rieron, ella inclusive.

Esta conversación se filtró fugaz en su cabeza cuando lo vio ante ella a la noche, más buen mozo y deseable de lo que lo había visto antes, y eso que ella había bebido de su imagen durante meses.

Pero lo descontracturado de su ropa, que dibujaba su cuerpo erizado de músculos como nunca, más la forma sensual en que había peinado su cabello, lo distendido de sus facciones, la sonrisa que le llegaba a los ojos, todo llamaba a sus sentidos. Estaba guapísimo, y cien por ciento enfocado en ella.

Los nervios y ansiedad que sentía se aflojaron a poco de estar juntos, porque el diálogo fluyó sencillo y sin complicaciones.

Ella disfrutó de ser la que contestaba preguntas, por primera vez, y la excitación por la sorpresa que él le prometió para comenzar la cita la energizó.

Cuando llegaron al aeropuerto y se encontró con que él la llevaría a un tour por los cielos de Los Ángeles se sintió extasiada.

Disfrutó como una niña, a pesar del temor inicial, pero él manejó la nave con eficiencia y facilidad, y joder si eso no la puso a mil.

La brisa nocturna que se colaba, el lucerío de colores en edificios de todo tipo, ver de reojo esas manos grandes pulsando botones y maniobrando con destreza para mantenerlos a salvo y mostrar todo lo que valía la pena ser admirado en la ciudad, todo fue excitante, y Cheryl gritó y sacó fotos, mandó audios a las chicas, que le respondían encantadas y asombradas.

Que él dijera luego que esto era el primer paso, y le contara que iban a ir de bolos porque sabía que ella lo adoraba y lo solía hacer con sus padres, no tuvo precio.

No le importó nada que el conocimiento viniera de la mano de un hackeo, para ser sincera, porque el hecho de que se hubiera tomado la molestia fue obvia indicación de que quería que viviera una noche especial, haciendo honor a su promesa.

Además, dejó filtrar datos sobre él y su relación anterior, algo que no esperó.

Era obvio que había sido difícil y lo había marcado, pero Cheryl se prometió que esa mujer sería menos que una sombra en pocos días, porque si Matt seguía enfocado en sorprenderla, mimarla y conquistarla, ella haría todo para que no viera ni pensara en nadie más.

Nadie más que yo en tu mente, Matt. Eso es lo que quise desde el inicio, y por fin me ves, pensó, mirándolo con intensidad mientras maniobraba para estacionar en el bowling, uno de los puntos emblemáticos de la ciudad, pero al que nunca había venido.

—Este sitio es genial—dijo él—. Las veces que vine fue arrastrado por Joe, que es un fanático de los bolos y siempre compite. La comida es buena, hay música, karaoke…

—Puede ser una buena oportunidad para que demuestres tus dotes musicales—bromeó ella, y él negó con énfasis.

—Hay un límite para el ridículo que puedo hacer, y créeme que no quieres que te avergüence—rio—. Ven, entremos.

El lugar era espacioso y colorido, y había caras alegres y gritos tanto en la zona de juego, como en el restaurante. Sintió la alegría del lugar y sonrió, y casi saltaba en el lugar.

—¿Jugamos?

—Pero por supuesto. Te advierto, soy bueno.

—Puede ser, pero te voy a sorprender—le guiñó el ojo—. Vamos a por zapatos.

Durante dos horas se divirtieron como locos, desafío tras desafío en los que él finalmente ganó, pero luego de que ella diera dura pelea. Le encantó apreciar cómo él perdía toda reserva y tensión a medida que la noche avanzaba, y progresivamente aceptaba sus toques y los devolvía con creces.

Ella era toquetona por naturaleza, en un sentido de conexión; no pocos de sus docentes habían dicho que era kinestésica, y lo entendía de adulta.

Claro que era un subidón apretar esos antebrazos gruesos, o apoyar las manos en su pecho y empujarlo levemente cuando le ganaba, o abrazarlo feliz cuando ella lo superaba.

Al final de la noche, mientras comía unos nachos de queso y bebía un refresco, suspiró sintiéndose plena y eufórica.

Él la miraba fijo, y ella se ruborizó mientras sorbía el líquido con una pajita.

Trató de reacomodar su cabello y se miró en el reflejo del vidrio, temiendo que el poco maquillaje se hubiera corrido con la transpiración.

—Estoy hecha un desastre—murmuró.

—Estás preciosa, Cheryl, no puedo dejar de mirarte, y de preguntarme cómo fui tan idiota de contenerme por tanto tiempo.

—Siempre hay razones para las decisiones que uno adopta—indicó ella—. No fue bueno, pero la espera valió la pena—Lo miró—. Al menos, eso espero.

—Estar a tu lado me hace sentir feliz, y eso no es habitual. Al contrario; al decir de Joe, soy como un limón en medio de frutas tropicales. Él se considera así, aunque no entiendo cómo puede incluir a Hawk en esa metáfora.

Ambos rieron ruidosamente. El más grandote de la agencia, y eso era decir, parecía tener un permanente gesto de solemnidad, aunque su talante y comentarios distaban de esa imagen.

O eso decía Brianna, que había atisbado algo de ese carácter cuando él las custodió en Aspen, y mientras buscaban a Avery.

—Eso… me pone muy contenta, Matt. Esta noche ha sido maravillosa.

—No termina aún, Cheryl.

—¿Tienes más?—Ella abrió mucho los ojos.

—Nada más planeado, pero estoy abierto a las sorpresas—dijo él con voz grave, bajando los ojos por un momento y luego clavándolos en ella, dejando que el silencio inundara el espacio y ella pensara en actividades que podrían llenar el resto del tiempo.

Carraspeó, y jugueteó con el servilletero, entre nerviosa y reluctante.

Se debatió entre la idea de sonreír levemente y sugerir que dieran la noche por terminada con un casto beso al llegar, y la promesa de muchas otras de estas salidas, o ser fiel a sí misma y sus deseos y pedirle que la llevara a su apartamento y le diera la noche de su vida.

—Ese silencio…

—Tengo dudas.

El gesto de él fue de asentimiento, y extendió su mano para acariciar la suya sobre la mesa.

—Está bien, Cheryl. De veras. Esta noche es un regalo formidable, preciosa. Que me hayas dado sitio, que aceptaras esta salida, ya es un premio increíble. No lo merezco por cómo procedí, pero espero que sea el inicio de algo grande y hermoso.

¡Qué bueno era el jodido con las palabras, y con lo poco que ensayaba! Suspiró.

—Matt, tú sabes que yo estuve loquita por ti. Lo mío no fue la sutileza, porque soy como un tren sin frenos cuando algo se me pone entre ceja y ceja, o, en este caso, en el medio del pecho.

—¿Sigue siendo pasado? ¿No hay un poco de locura esta noche?

—Claro que la hay. Pero tengo dudas. Mi cabeza me dice que tengo que serenarme, ir paso a paso y explorar el terreno. No quiero que me rompas el corazón, Matt—indicó bajito.

Él se adelantó, y una de sus manos envolvió su barbilla. Había fuego y convicción en la mirada clara, y sus palabras reflejaron lo mismo.

—No tengo intención alguna de dañarte, preciosa, te lo juro por lo más sagrado.

Por el contrario, eres lo más preciado para mí, te lo aseguro, y te deseo con locura, pero con la misma intensidad quiero que lo nuestro funcione y sea perfecto para ambos.

Voy a respetar cualquier premisa y límite que impongas, Cheryl.

—No quiero que esta sea mi dictadura, Matt. Quiero que ambos seamos libres, volar juntos. Parece una chorrada, lo sé—suspiró.

—No lo creo así. Que nuestra poesía amorosa es cutre, tal vez. No quiero pensar en cuánta mofa harían Jeff o Hawk de nuestras frases algo manidas—Rodó los ojos, y Cheryl sonrió—. Pero es nuestra forma de decirnos la verdad, lo que nos pasa, y funciona para nosotros. O eso creo.

—Funciona—asintió ella—. Tal vez lo mejor es dejar que todo fluya.

—No perdemos nada con intentarlo.

—Bien—Quedaron en silencio unos segundos—. ¿Quieres ir a mi casa por un café?

—Suena muy bien—sonrió él.