TRECE
El molesto y monótono ruido se filtró en su sueño y la hizo despertarse, aunque no pudo despegar los ojos, al inicio. Váyase, quien quiera que sea, murmuró en un gruñido incoherente. Se sentía agotadísima y solo tenía ganas de dormir, pero el implacable sonido continuó, sin reparar en su fastidio.
Sacó el brazo de debajo de su almohada y tanteó en la mesita de noche para buscar su teléfono, pero lo golpeó y este cayó.
Bufó, aun con los ojos cerrados, e hizo un esfuerzo por abrir uno.
Había luz filtrándose por las rendijas de su persiana.
Intensa luz del día. Raro. Estaba oscuro cuando se despertaba y preparaba para el trabajo, de habitual.
—¡Joder! Se me hizo tarde, me dormí.
¿Cómo le pasó eso? No se había dormido para ninguna de sus tareas o trabajos jamás. Era un modelo de puntualidad y asistencia. No se enfermaba nunca. No había dejado de asistir ni luego de emborracharse hasta las manos, que le pasó alguna que otra vez.
Si hubiera dormido bien, si hubiera descansado. Mas la noche había sido complicada, y los sueños la habían hostigado sin piedad. Su cojonudo subconsciente, vamos, la había tenido para arriba y abajo por todos los escenarios posibles y en escenas… Digamos que de contenido no apto para cardíacos.
Era cierto eso de que uno muchas veces no se acuerda de sus sueños, pero esta vez ella tenía claritos dos o tres, que la habían despertado mojada y casi sin aliento. En todos ellos estaba desnuda y a merced de un desconocido sensual y enmascarado que la había hecho ver las estrellas.
No hubo punto que el jodido no tocara y excitara con dedos y la lengua. En varios de ellos estaba esposada y con una mordaza, y su garganta sonaba ronca de gritar sin remedio que quería que la follara ipso facto, sin que el bastardo se inmutase.
En algún punto ese hombre desaparecía y el escenario cambiaba, y ella estaba sonriente y compuesta vestida en un lindo vestido de flores, bebiendo champagne y escuchando a Benjamín, que aparecía super buen mozo en pantalones cargo y chaqueta.
Le quedaban un poco grandes, pero adorables.
Él la tomaba de la mano y luego se acercaba para besarla, y cuando lo hacía, ella seguía sonriendo sin inmutarse.
Enarcó las cejas, sentada en el sillón, meditabunda. ¿Se podía besar a alguien con la boca tan abierta? Era raro. ¿Tenía que atribuir significado especial a los sueños? No eran su campo, pero seguro las chicas alguna interpretación tendrían. Suspiró largo y tendido.
Como fuera, ahora estaba cansada, y ya empezaba mal; llegaría hiper tarde al trabajo justo cuando tenía una reunión con Benjamín y Timmy para analizar lo que había avanzado con la cuenta que su jefe le había pedido que chequeara.
Tenía que llamar a Shirley. Carajo, era factible que fuera esta la que estuviera dando la tabarra por teléfono tratando de saber qué le había pasado. Corrió al dormitorio y se agachó en busca de las piezas del móvil, que armó rogando que funcionara, que el golpe no hubiera sido demasiado fuerte.
El dios de los celulares estaba con ella, porque la pantalla se iluminó y comenzó el proceso de encendido. Cuando estuvo listo, el timbre asignado a los mensajes no dejó de pulsar. Se mordió los labios. Treinta y cinco mensajes y cuatro llamadas perdidas, estas todas de Shirley.
La pobre debía estar desconcertada. Los mensajes eran los esperables, algunos de Tina y Brianna, dos de Benjamín. Uy, eran del día anterior. Recordó recién que le había dicho que la contactaría. Hizo un gesto de pena, pero lo dejó de lado. Ya hablaría con él.
Los últimos dos mensajes eran de Matt. Se le paró el corazón; él jamás le había escrito para iniciar un diálogo; había enviado una manito o un Okay, pero nada más. Sus dedos volaron para abrirlos con ansiedad, y el contenido la hizo entibiar.
Es Matt. No me podía dormir sin decirte lo mucho que me alegra que no me odies.
¿Como lo iba a odiar? Eso era imposible, no solo porque el odio era un sentimiento que no conocía, por fortuna…
Bueno, se corrigió, sí odiaba a Heston. Pero Matt no había hecho nada terrible, en retrospectiva.
O sea, sí, la ignoró, la destrató con su indiferencia e impaciencia, pero nunca le había prometido nada ni le dio falsas esperanzas.
Le hizo el vacío, y la decisión de conquistarlo a pesar de todo fue de ella. ¿Que él podía haber sido más amable, menos insufrible, que le podía haber hablado con claridad? Sí, totalmente. El segundo mensaje fue más revelador y sorprendente.
MATT: Mantente firme en la idea de darme una segunda oportunidad, que yo haré que valga la pena, preciosa. Buenas noches. Estaré esperando tu mensaje diciendo cuándo y dónde nos vemos para comenzar a intentar lo nuestro.
Cerró los ojos y contó hasta diez, luego veinte y cincuenta, y solo frenó cuando sintió que se le desaceleraba el corazón.
Joder, se derretía toda con esta versión ultra mejorada de Matt en las funciones del lenguaje.
Si le había gustado parco y con el ceño fruncido, esta faceta de lengua sobada y faz amable era la jodida maravilla.
¿Qué hacía? ¿Le contestaba? No, no, que si se apuraba perdía el tino y la distancia le ayudaba a pensar.
¿Qué tienes que pensar, jodía? Te fascina, soñaste con él, se te declara.
¿Qué más buscas? Le puso un párate a la rebelión interna y se irguió, dispuesta a encarar el día como se debía.
Había responsabilidades que cumplir y gente dependiendo de su labor. Shirley, por ejemplo. La llamó.
—Shirley, hola. Estoy en camino. Me dormí, tía; pasé una noche compleja. Luego te explico. Sí, sí, recuerdo la reunión, pero estaré ahí en una hora. ¿Puedes ordenar las carpetas que están en mi escritorio de acuerdo al esquema que dejé escrito en mi libreta de notas? Gracias. Nos vemos.
Por fortuna era aplicada y trabajaba siempre adelantándose a los plazos.
Había terminado de revisar las cuentas la tarde anterior y le había dado el tiempo para organizarse un esquema con notas y orden de presentación.
Todo estaría bien para cuando Benjamín quisiera los datos.
Ahora, a inyectarse café en vena para sobrellevar el día.
Shirley era la eficiencia hecha persona, además de cálida y comprensiva.
La recibió con una sonrisa, todo en orden tal cual le pidió, y con el mejor latte de Los Ángeles para ella.
Lo sorbió con ansias, a pesar de que ya había bebido dos tazas del más negro y amargo que recordaba, pero que fue necesario para poner sus sentidos y cerebro en órbita.
—¡Gracias, amiga! Lamento que hayas tenido que trabajar extra, pero tuve una noche… Complicada.
—Hay una sorpresa en tu oficina que seguro te levanta el ánimo—le guiñó el ojo, y Cheryl la miró con sorpresa, y luego aceleró el paso.
Cuando entró se topó de inmediato con un ramo de flores preciosísimo; gerberas en varios colores con follaje, envueltas en papel negro, un bouquet no muy grande, pero elegante y a la vez alegre.
Miró a Shirley con la boca abierta, y corrió a ver si había tarjeta, dejando el vaso con el latte a un lado. Rebuscó entre el follaje y ubicó la pequeña tarjeta. La dedicatoria era breve y en letra puntiaguda e inclinada:
Me recordaron a ti. Vivaces, intensas, alegres. Un detalle de los muchos que faltaron. Procuraré cumplirlos todos. MATT.
Suspiró y tomó el ramo, llevándolo contra su pecho e inclinando su rostro para absorber el aroma de las flores.
Esto era una sorpresa, vaya que sí, pero de las lindas.
Ella no era el prototipo de la mujer romanticona, pero, ¿a quién no le gustaba recibir flores?
Denotaba interés, cuidado, intenciones. Lo más interesante, de todas formas, era la tarjeta.
Era un anuncio de que él estaba dispuesto a respetar sus tiempos, pero a su modo. Enviando recordatorios de que estaba a la espera. Como picoteos de un ave en el cristal de una ventana cerrada, buscando que le abrieran.
Sonrió ante lo absurdo de su comparación. Matt era más águila que avecilla, si atendía a su abultado físico y a su personalidad observadora y casi, casi predatoria, en un sentido.
—¿Cheryl? ¿Puedo preguntar de quién son?
Se dio la vuelta, sonriendo. Típico de su secretaria, tímida y respetuosa a ultranza como era, no fijarse en la tarjeta.
Lo creía a pies juntillas; era la discreción en persona, le disgustaban los cotilleos maliciosos y hablaba poco.
Lo necesario, en especial con los miembros masculinos, de los que se retraía con nerviosidad.
Cheryl intuía que había sido hostigada cuando adolescente, ya que era el prototipo clásico: lentes, sin maquillaje, vestida sin mayor apego por lo sexy o a la moda. Clásica, poco dada a la charla y graduada con honores, habría sido el plato preferido de los y las idiotas de turno.
La sangre le hervía cada vez que pensaba en situaciones así. Los hostigadores no apreciarían la belleza de los ojos serenos, en un imposible azul, detrás de las gafas, o el brillo de ese cabello caoba natural, o el cuerpo delicado perfilándose debajo del traje de falda y chaqueta.
La eficiencia e inteligencia de Shirley, su natural don de gentes para lidiar con clientes difíciles, la gentileza para tratar con proveedores y staff subalterno, el apoyo incondicional que era para ella, eran solo algunas de sus virtudes.
—¿Cheryl?
Sacudió su cabeza y sonrió, segura de que el suyo era el más idiota de los gestos, porque las cosquillas que sentía recorrerla no podían más que volverse físicas en su boca en una sonrisa de tonta de capirote. Pero este detalle, este ramo y lo que representaba, era un subidón, y la ponía de buenas.
—Son de Matt.
Su voz dejó traslucir la excitación, y se sonrojó. Actuaba como una niñata sin experiencia y poco sofisticada. Es lo que eres, tía. Una mujer muy maja con apenas dos noviecitos de la adolescencia y ligues sin consecuencias después.
—¿Matt? ¿El Matt por el que estabas pilladísima? ¿El que decidiste dejar de ver y…?