SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner NUEVE #2
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NUEVE #2

Se sentó y se llevó las manos a la cara, su carácter ensombrecido ante su total falta de consideración y empatía.

No es que hubiera sido simplemente esquivo, o que hubiera tratado de protegerla de sí.

Había sido hiriente, un bastardo frío e insensible.

Había actuado de manera despreciable, ¿cómo pudo?

¿Cómo no vio que la humillaba? ¿Se sintió ella así, herida y denigrada?

Lo que ella le hiciera de aquí en más tenía justificación. Si quería despreciarlo e ignorarlo no tendría nada que reprocharle, porque ella había hecho todo lo que estuvo en sus manos para que él la considerara.

Jeff incluso accedió a sus correos electrónicos y vio que ella había tenido entrevistas de trabajo en varias empresas importantes, varias de las cuales habían respondido luego favorablemente, aunque al final aceptó la oferta muy generosa de un bufete de abogados de gran renombre en el Estado.

Era un logro impresionante; y los oferentes mencionaban su preparación y talento. Esto se evidenciaba en que había aprobado todos sus cursos con calificaciones excelentes, y las cartas de recomendación de sus docentes mostraban cuanto valoraban su inteligencia y capacidad.

Él se había concentrado siempre en su carácter chispeante y sus salidas de tono, en sus humoradas y en la forma impulsiva en que se relacionaba con amigos y no tanto. No había visto esa Cheryl eficiente, asertiva y profesional.

No dudaba que fuera eso y más; lo que le volaba la cabeza es que ella hubiera considerado siquiera acercarse a él con ese bagaje. Tenía todo para correr en ascenso por las escaleras del éxito, y, sin embargo, había estado meses y meses golpeando a su puerta. Así de abierta y generosa era.

Ni por un segundo se le ocurrió pensar que intentara llegar a él por su dinero, porque como Jeff había dicho, ella era fácil de leer.

Jamás había aprovechado su amistad con los Turner o los O´Malley para ganar algo o beneficiarse, y que no hubiera recurrido a sus amistades y vínculos para tener un trabajo era prueba.

Le hubiera resultado tan fácil pedirle a Avery o a Tina que la recomendaran para un puesto en el vasto conglomerado que dirigía Liam. O incluso con Brianna, la cuñada y mejor amiga de Avery, pues los O´Malley también eran millonarios.

Lo que tenía lo logró a puro esfuerzo personal, reflexionó, con entrega y horas robadas al sueño, con la pasión irrevocable con la que hacía todo.

Lo emocionó comprobarlo, y por primera vez en años sintió que sus ojos se aguaban.

Ella era fiera, osada, porfiada e irreductible. Era una fuerza natural, y era suya.

Mía, encajó sus mandíbulas. Iría por ella con la misma fiereza con la que la había mantenido a raya.

No había otro hombre que pudiera amansar tanta energía, que pudiera controlar tanta pasión.

Porque tan imperfecto como Matt sabía que era, también tenía claro que era valiente y luchador.

¿Quién otro que él podía jugar con el fuego que ella era y aceptar con gusto quemarse y arder? Le costó entenderlo, pero era un hecho.

Benjamín Sutton, leyó. Este era el nombre del jefe directo de Cheryl, evidentemente el que la había invitado a una cita. Extraño que en un bufete legal no hubiera cláusulas que desestimularan la cercanía romántica entre empleados. Observó con encono la fotografía del pijo en cuestión.

Uno de los habituales chicos dorados de fraternidad, estaba seguro. Su postura y su sonrisa blanca y perfecta, su cabello rubio con cuidada desprolijidad y su traje de diseñador lo decían todo. Un hombre acostumbrado a ganar a las mujeres, a que lo disputaran como un trofeo de primer nivel.

No parecía el target de Cheryl. Demasiado…

todo. Prolijo, rico, bonito. Le inquietó pensar que él no tenía mayor referencia real del gusto de Cheryl por los hombres.

No había registro de otras relaciones de importancia entre los datos, se aseguró bien de buscarlo.

No, nada. Él y el tal Benjamín parecían los únicos intereses románticos de Cheryl, porque los flirteos no contaban.

Y lo lejos que él y ese rubiales estaban era llamativo.

¿Sería que Cheryl estaba haciendo un esfuerzo por alejarse de cualquier hombre similar a él?

¿Que aceptara salir con aquel con la idea de quitárselo de la cabeza?

Chasqueó la lengua y se hundió en la silla un poco desalentado.

Esto de suponer no era lo suyo, él necesitaba datos concretos.

Pues bien, muévete a buscarlos, se ordenó.

Tenía su dirección, datos de su trabajo, fotos de su jefe y de Cheryl con algunos compañeros de trabajo, de esas que se publicaban en las redes.

Entre ellas, además de las mujeres Turner, destacaba una con una mujer llamada Shirley, que al parecer era su secretaria.

Típico de Cheryl, subsumir a su empleada en su universo y trascender el ámbito laboral para volverla parte de su entorno.

La foto era de ambas tomando helado en un área verde.

¡Qué bonita se la veía con su cabello corto y su sonrisa!

La necesidad de verla, de conversar, de expresarle lo que sentía se le volvió ingente, y se dirigió decidido a la salida.

Tiempo de actuar y dejar de pensar y elucubrar.

Condujo su Mercedes Benz morosamente hasta alcanzar la salida del garaje subterráneo del edificio de la agencia, y aceleró para dirigirse a la zona donde vivía Cheryl.

Dejó que el ronroneo del poderoso motor lo calmara, y maniobró con solvencia por las calles de Los Ángeles.

Cuando llegó a su destino, se detuvo a unos cincuenta metros del edificio.

El apartamento de Cheryl estaba en una zona no muy lejana al Downtown, pero el tráfico diario le debía dificultar llegar a su trabajo, dedujo.

Luego recordó, en un flash repentino, que Avery había dicho una vez que Cheryl no manejaba.

No lo había pensado cuando se enteró de que la relación de Avery con el mayor de los irlandeses O´Malley hizo que Cheryl quedara sola, y claramente sus dificultades económicas hicieron que debiera buscar un lugar más económico para vivir.

Maldijo otra vez su ceguera, y volvió a considerar lo orgullosamente independiente que era Cheryl.

Los Turner tenían empresa de bienes raíces y le podrían haber conseguido un apartamento en el Downtown sin batir de pestañas.

Al menos hay seguridad en el edificio, gruñó, observando los alrededores y ubicando las cámaras colocadas en la calle y la entrada.

Había también portero en varios de los edificios.

La llegada de un auto deportivo rojo lo puso en alerta, y se acercó más al vidrio para beber en los detalles.

Cuando vio descender al pijo Sutton el sonido de sus dientes rechinando fue feroz.

El gilipollas rodeó el vehículo, y se frenó para limpiar una mota de polvo o mancha del capot.

Luego de unos segundos continuó su marcha, pero ya Cheryl estaba afuera.

Hermosa, sexy, su Cheryl, estaba despampanante en su falda lápiz, chaqueta en color pastel y sus tacones altísimos.

No pudo observar la expresión del bastardo, pero no le quedó duda alguna de que se le debía estar cayendo la baba.

Maldito cutre abogado. No, no era abogado, le recordó su mente. Maldito lo que fuera.

Lo vio hacer una reverencia y la sonrisa que ella le dirigió lo intranquilizó.

Era una sonrisa abierta, amistosa. No había gesto de malestar o fastidio.

No podía apreciar si esa risa llegaba a los ojos, lo que sería la clave para entender si ese hombre la atraía de verdad.

Una bola amarga creció y se le instaló en el estómago, y no lo abandonó los siguientes treinta minutos, que fue lo que Sutton demoró en volver a su vehículo.

Seguramente era demasiado poco para que algo más se hubiera dado entre ellos.

Sus dedos rodeaban la dirección del vehículo como garras, y sus nudillos estaban blancos.

Por primera vez sentía la terrible sensación que los celos provocaban, y que estos estuvieran enredados con miedo lo hacía peor. ¿Había llegado tarde? ¿Estaba jodido?

Solo había una forma de saberlo, decidió. Descendió del vehículo y reacomodó su ropa, dirigiéndose sin más a la entrada del edificio. Desechó la idea de calmarse y volver otro día, o de llamarla. No le importó que su vestimenta difiriera dramáticamente de la del sofisticado Benjamín Sutton.

Si su cabello estaba largo, si no vestía traje, si no calzaba zapatos de cuero italiano, no importaba.

Jeff tenía razón. Este era él, y aunque pudiera comprarse miles de trajes o zapatos, o vivir sin trabajar como un rey hasta el fin de sus días, no lo hacía.

No estaba en él, y creía firmemente que Cheryl lo sabía.

Aquí estaba él, como ella lo conocía, pero mejor.

Abierto, dispuesto a reconocer que la había cagado y que quería una nueva oportunidad con ella.

Una que no estropearía. Demandaría, exigiría, o rogaría por su revancha, decidió, mientras tocaba todos los botones del portero eléctrico, y cuando este se volvió un desmadre de voces, y alguien abrió sin más, se coló adentro.