Serie Siempre: Colección completa 52. Juanma
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52. Juanma

Juanma

Adoro estar de vacaciones. La sensación de no tener nada que hacer.

De despertarte cuando te lo pide el cuerpo y no el despertador.

La de no tener que separarme de Mar en ningún momento.

Es decir, vivir en el puto paraíso. Palpo la cama aún con los ojos cerrados, pero no la encuentro a mi lado.

Me levanto de golpe y escucho el agua de la ducha. Sonrío mientras me dirijo hacia allí.

Me deslizo dentro de la ducha y la rodeo con mis brazos.

Ni siquiera se inmuta, solo sonríe mientras el agua le cae en la cara.

Subo una de mis manos hacia sus tetas y la otra la bajo hasta su entrepierna, a la vez que empiezo a besarla en el cuello.

No creo que llegue a saciarme nunca de ella.

Se apoya en mi pecho y jadea mientras se deja llevar por mis atenciones.

Al menos hasta que noto cómo su mano rodea mi polla y aprieta.

Siseo un «Joder» y nos dejamos llevar por las sensaciones que el otro le provoca.

Nuestros movimientos se intensifican hasta que Mar llega al orgasmo con un gemido ronco y la sigo dos segundos después.

—Buenos días —digo cuando soy capaz de hablar.

—Buenos días, dormilón.

—Si me hubieras despertado, hubiera venido antes. —Suelta una carcajada.

—Te he despertado y me has mandado a paseo.

—Yo no recuerdo eso. —Y lo peor es que es verdad.

—Da igual, tenemos que darnos prisa, hemos quedado en menos de una hora.

En cuanto salimos del coche, frente a la casa que vamos a ver hoy, sé que esta visita será diferente.

Y lo noto antes de girarme para ver la cara iluminada de Mar mientras la observa.

Joder, podría pasarme la vida entera contemplando todas sus reacciones y sería el hombre más feliz sobre la faz de la tierra.

Esta es la décimo tercera casa que visitamos y ninguna de las anteriores nos había encajado.

Y eso que no es que pidamos gran cosa y nos da igual el estado en el que se encuentre.

La chica de la inmobiliaria nos enseña la casa, que está hecha una ruina y tiene hasta trozos de techo caídos, pero en cuanto nos lleva a la parte trasera, donde hay una sala con una cristalera enorme que da al jardín, Mar y yo nos miramos y, sin necesidad de hablar, decimos a la vez:

—Nos la quedamos.

—Estoy muy nerviosa —admite horas después, en el sofá de casa, mientras revisamos el papeleo para hacer la paga y señal y hacer números—. Ha sido muy impulsivo.

—Nena, es perfecta para nosotros. En serio.

—¿Y si esperamos a que vuelva Fer de Granada y la vea? ¿O vamos con Óscar?

—Me sentiría insultado como profesional si no fueras tú. ¡Qué coño!, me siento insultado. ¿No confías en mi criterio?

—¡Claro que sí! Pero es la inversión económica más gorda de nuestra vida, tengo derecho a dudar.

—¿Qué te parece si vamos a la cama y lo consultamos con la almohada?

—¿Vas a follarme hasta que esté convencida?

—Me encanta cuando entiendes lo que quiero decir a la primera —reconozco guiñándole un ojo.

Mar tiembla como una hoja cuando salimos de la inmobiliaria y la abrazo por detrás, en un vano intento de calmarla.

—Ya queda menos, nena —la tranquilizo.

—Queda lo peor: el banco.

—Nos dijo que teníamos la hipoteca garantizada, pero que el proceso es lento. Solo queda esperar.

—Pues lo que te he dicho: lo peor.

—¿Puedo hacer algo para relajarte? —le susurro en el oído y se ríe.

—Esta mañana no te ha funcionado, ¿por qué crees que ahora sí lo haría?

—Por intentarlo que no quede. —Se gira entre mis brazos y me rodea el cuello—. Te quiero, nena.

—Lo sé, pero no dejes de decírmelo, por si se me olvida.

—Jamás.

—Juanma, vamos a llegar tarde —se desespera Mar desde el recibidor mientras acabo de atarme los tenis en el sofá—. ¿Qué haces? Llevo más de diez minutos esperándote y estás igual.

—No pasa nada si llegamos tarde. —La miro de arriba abajo mientras me la como con la mirada; qué sexy está siempre.

—No me mires así o no saldremos de casa.

—¿Es una promesa? —le pregunto acercándome a ella despacio para cogerla por la cintura.

—No, venga, que me apetece salir. Además, Fer nos necesita allí, hace dos semanas que no ve a Sofía. Le vendrá bien distraerse.

—Ya. —Chasqueo la lengua—. A ver qué tal les va ahora que ha pasado el verano y que tienen que volver a sus rutinas.

—Seguro que tienen sus momentos malos, pero lo conseguirán.

—Estoy deseando enseñarles a todos la casa pasado mañana —le digo cuando cojo las llaves del piso y veo las de la casa.

—¿Estás seguro de que no quieres decirlo hoy o mañana? También estará tu madre.

—No, prefiero que sea un día tranquilo para disfrutar de la fiesta.

—No sé por qué, pero me da a mí que no va a ser un día tranquilo.