50. Fer
Fer
Hoy es un día agridulce para mí. Hoy es el aniversario de la muerte de mi padre.
Y aunque he disfrutado mucho de pasar la mañana con mis hermanos y mi madre, ahora me toca honrarlo a mi manera.
Mientras estoy en la verja de casa de Sofía esperándola para irnos a cenar, no puedo evitar sonreír.
Hace una semana que prácticamente vivimos pegados el uno al otro, cuando no estoy trabajando.
Y es perfecto. No sé lo que pasará ni cómo lo viviremos cuando tenga que volver a Granada, pero ahora mismo solo quiero disfrutar del tiempo con ella.
Cuando sale de la casa, me quedo tan sorprendido que no soy capaz de articular palabra.
—Magda me ha obligado —se queja—. Hoy no podía vestir de negro.
—Estás espectacular —admito cuando salgo de mi ensoñamiento.
Se ha puesto un vestido morado, oscuro, eso sí, pero morado al fin y al cabo. Es la primera vez que la veo vestida de un color que no sea negro. Hasta cuando me roba camisetas para estar por casa me coge las que son de ese color.
—Me alegro de que te guste. —Me rodea el cuello con los brazos y la atraigo hacia mí para besarla—. Pero no te acostumbres, porque me veo rarísima.
—¿De dónde lo has sacado? —le pregunto cogiendo su mano para ir al restaurante andando—. No creo que lo hayas comprado tú.
—Magda lo metió en la bolsa que me preparó. Pensé que se había equivocado o que se olvidaría de él, pero no.
—Tenemos que acordarnos de no presentarle nunca a Aitana. A saber de qué serían capaces esas dos juntas.
—Me ha echado la bronca por no estar cumpliendo con lo que me pidió —me explica con una mueca de desagrado—. Dice que ir a tu casa cada día no cuenta.
—Pero es un gran avance para ti no querer alejarme —la animo, porque lo cierto es que hay momentos en los que la veo luchando contra esa fuerza invisible que la frena, pero siempre gana.
—Dice que no es suficiente —refunfuña—. Aunque tiene razón. Tengo que ser capaz de moverme por Baza o, al menos, intentarlo.
—Ya te estás moviendo por Baza —bromeo señalando a nuestro alrededor y se ríe—. Vale, pues nuevo plan a partir de mañana: salir a pasear por las tardes. ¿A dónde quieres ir?
—A tu casa —suelta sin pensar, y cuando se da cuenta se sonroja hasta las orejas.
—Ese será tu premio por el esfuerzo —concluyo—. ¿Algún sitio en concreto?
—Imagino que debería ir a sitios a los que no he sido capaz de volver, como el colegio o el tanatorio.
—Al tanatorio yo no quiero volver —digo más serio de lo que debería; me ha salido solo.
—Perdona, lo he dicho sin pensar. —Me abraza la espalda y le sonrío—. ¿Cambiamos de tema?
—No, no hace falta. Lo que quiero decir es que no creo que Magda se refiera a ir al tanatorio. A ese sitio nadie quiere ir, pese a que no nos quede más remedio a veces. El colegio me parece un buen punto de partida.
—¡Mañana nos vamos de excursión! —bromea, pero se nota que está nerviosa—. Por cierto, ¿a dónde vamos a cenar? Pensé que hoy no querrías salir.
—Al restaurante favorito de mi padre. Es donde llevaba a mi madre en todos sus aniversarios. Lo hago cada año.
—¿En serio? ¿No es un día que te apetezca más olvidar que celebrar?
—Fue un consejo que nos dio Paco a los cinco cuando se acercaba el segundo aniversario de su muerte —recuerdo con cariño.
El mejor amigo de nuestro padre nos ayudó mucho—.
Él se iba con su madre a pasar el día al lugar favorito de su padre y era como si, por unas horas, volvieran a estar juntos.
Nos gustó mucho, aunque cada uno de nosotros lo hacemos de forma distinta.
—A que lo adivino: Juanma se va por ahí con la pistola de clavos.
—Pues no. —Me río y le doy un golpe en la nariz por conseguirlo, pese al tema tan triste del que estamos hablando—.
Se la queda Óscar, que se pega un maratón de las películas de La jungla de cristal , las favoritas de nuestro padre, con un bol enorme de palomitas con miel.
Maite se pone un disco de Estopa a todo volumen mientras salta, canta y baila.
Y Juanma sube al Calar Alto y se tumba a ver las estrellas durante horas.
—Y tú vas a cenar a su restaurante favorito.
—No solo eso, también pido lo que solía pedirse él.
—¿Y tu madre?
—Se levanta pronto, cocina el plato favorito de mi padre y saca la vajilla vieja de pajaritos.
—Esa también la tenía mi abuela. —Sonríe ante el recuerdo—. Me encantaba.
—Nosotros rompimos más platos de los que mi madre podía soportar, pero ahí siguen algunos que solo usamos una vez al año.
Ese día no deja que vengan los agregados, solo nosotros cinco, como cuando éramos pequeños.
De hecho, nos sentamos igual, sin ocupar la cabecera, y nos riñe por cualquier cosa.
Por la tarde va al cementerio y le habla a nuestro padre de nuestra vida.
—Nunca he hecho nada de eso.
—No es obligatorio. —Me encojo de hombros—. De hecho, si te fijas, ninguno de los cinco hacemos lo mismo. Lo que nos va bien a nosotros no tiene por qué irte bien a ti.
—¿Y qué hace Paco?
—Por lo pronto, aceptar que su mujer le echa de casa ese día —bromeo, porque se ha esperado para vernos y darnos un abrazo a cada uno antes de irse—. Estaba construyendo una especie de cobertizo con mi padre y cada año pone una línea más de ladrillos.
—Creo que me gusta vuestra tradición, hablaré con mi abuela.
—Seguro que le encanta la idea —aseguro. Y no solo porque Angelines me haya contado que le gustaría poder hablar más de sus padres con ella, que también—. Por cierto, siguiendo con el tema de las cosas que te pidió Magda: tienes que solicitarle a Luna las ofertas de trabajo de la asociación.
—¿Sabes? A veces te odio.
—Eso es mentira —le digo atrayéndola hacia mí y dándole un beso corto en los labios que la hace reír—. Pero como sé que no te gusta mucho la presidenta de la asociación, se las he pedido yo por ti.
—Nunca he dicho que no me guste.
—Ah, tranquila, tu cara lo decía todo —me burlo—. No es que seas la más disimulada del lugar.
—No me apasiona, lo admito. Pero es que te mira como si te quisiera comer.
—¿Celosa? —le susurro en el oído solo por el placer de ver cómo se estremece—. Yo solo tengo ojos para ti.
—Un poco, sí —dice a regañadientes—. Y me jode, porque podría haberla usado de excusa para alejarme, pero solo hizo que quisiera atarte a mí.
—¿Quieres atarme? —Me encanta cómo reacciona su cuerpo al mío, pero, como no pare ahora, no llegaremos al restaurante, la tiraré encima de mi hombro y me la llevaré a casa como un cavernícola—. ¿Sabes qué? No respondas. O no lo hagas aún.
—Vale. —Se ríe, pero enseguida se pone rígida—. ¿Ese es el restaurante al que vamos?
—Sí. ¿Pasa algo? —Veo que traga saliva e intenta acompasar su respiración, así que la abrazo—. ¿Nos vamos?
—No, deja que… —Respira hondo varias veces hasta que noto como se va relajando poco a poco—. No quiero que dejes de cenar aquí por mí, puedo hacerlo.
—¿Estás segura?
—Sí, pero no me sueltes, ¿vale?
—Nunca —sentencio cogiendo su mano y apretando—, yo siempre estaré a tu lado.
—Lo sé.
Entramos al restaurante y nos acomodamos en la mesa que había reservado. Está un poco apartada del resto, creo que eso ayudará a Sofía a calmarse, o eso espero.
—¿Estás bien?
—Sí, creo que sí. Vine alguna vez con mis padres aquí —me explica, aunque ya había intuido que iban por ahí los tiros. Pone una mueca entre triste y de incomodidad—. Lo había olvidado. He olvidado muchas cosas de ellos, y lo peor es que lo he hecho porque he querido. Empiezo a arrepentirme.
—Es normal que lo hicieras, tenías doce años, Sofía. Lo bueno es que puedes recordarlos gracias a tu abuela.
—Sí, creo que hablaré con ella —dice con una sonrisa; la primera desde que hemos llegado que le llega a los ojos—. ¿Qué vamos a pedir?
—¿Estás segura de que estás bien? —le insisto, no quiero estar aquí con ella si no va a estar a gusto—. Podemos irnos, de verdad, no me va a molestar.
—No, estoy bien, tranquilo. Será como si estuviera presentándoles a mis padres a tu padre.
—Eso me gusta, aunque te aseguro que mi madre nunca hubiera dejado que eso pasase. Ella tiene que conocerte primero.
—Será nuestro secreto. —Me guiña un ojo—. Gracias, Fer.
—¿Por qué?
—Por estar aquí conmigo.
—Siempre.