Serie Siempre: Colección completa 49. Sofía
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49. Sofía

Sofía

—Sutil —murmura Fer aún con sus brazos rodeándome, negando con la cabeza. Suspira y fija la mirada en mí, aunque no me suelta—. Hola.

—Hola. —Esbozo una pequeña sonrisa—. Me alegra verte. Fer, yo…

—¿Te parece si vamos a mi casa y hablamos allí? —me pregunta poniendo un mechón de pelo detrás de mi oreja.

Estoy tentada de agarrarlo por la camiseta y besarlo, pero creo que será mejor hablar primero, así que asiento.

En cuanto me suelta, siento frío, y eso que estamos a más de treinta grados.

Odio y adoro esta sensación de necesidad que me evoca, pero sobre todo, me asusta, porque nunca había sentido esto por nadie.

Cojo su mano, posando la otra en el antebrazo para…

no sé, creo que solo lo hago para tocarlo, y me regala una sonrisa que hace que mis nervios se monten en la montaña rusa sin parar.

Para cuando me siento en el sofá, estoy temblando como una hoja y me abrazo a uno de los cojines, subiendo las piernas para tenerlas cruzadas encima. Fer pone dos vasos de agua en la mesa de delante y se sienta girado, de tal forma que estamos encarados.

—Te he echado de menos —admite—. Y no me refiero solo a estos días en los que no me has escrito, hablo desde que te fuiste de esta casa de madrugada. No quiero que te vuelvas a ir.

—Yo tampoco me quiero volver a ir. —Los dos sonreímos y toda la tensión inicial se esfuma—. Siento haberte ignorado y haber pasado de ti, no sabía cómo gestionar lo que estaba sintiendo.

—Yo también lo siento. Pensé que era mejor alejarme. Dijiste muy segura lo de «solo una vez».

—¿Verdad? Me lo creí hasta yo —bromeo—, pero no fue suficiente. O, en realidad, creo que ahora que te he probado, no quiero dejar de comerte.

—¿Soy como un pastelito de limón? —Aunque está de broma, su mirada me está quemando.

—No, los pastelitos están más buenos. —Respiro hondo y me pongo seria antes de continuar—: No sé lo que puedo ofrecerte. Quiero decir, llevo catorce años apartando a la gente de mi lado y, pese a que lo he intentado también contigo, parece que estoy condenada a soportarte.

—¡Vaya, gracias! —Se ríe incrédulo—. Creo que es lo más bonito que me han dicho nunca.

—¿Ves? Esto se me da fatal. —Me froto la cara con las manos—. Magda dice que busco excusas para alejar a la gente y, bueno, tiene razón, pero es que prefiero mantener las distancias.

—¿Por qué?

—Porque es más fácil no echarlos de menos si se mueren —admito en voz alta por primera vez. Magda sabe que este es el motivo, aunque nunca lo hayamos hablado abiertamente; me conoce mejor que yo misma. Fer asiente, como si lo entendiera. Al menos no me mira como si estuviera loca.

—Es un mecanismo de defensa, aunque parece una vida muy solitaria.

—No es que fuera la más popular del colegio, así que no fue difícil. —Me encojo de hombros—. Mi bordería hizo el resto.

—Magda y tu abuela siguen ahí —me recuerda—. Yo sigo aquí.

—¿Crees que no lo he intentado? —Bufo—. Dile a cualquiera de las dos que se aleje y verás qué pasa.

Una vez que entras en sus vidas, son como una mamá araña, te atrapan en su telaraña y es imposible escapar.

Bueno, en realidad nunca me hubiera alejado de mi abuela, pero con Magda sí lo intenté.

Es igual de cabezota que mi abuela, por eso se llevan tan bien.

—Me mira mientras se aguanta la risa por mi indignación fingida—.

Y sí, también me intenté alejar de ti, pero tienes algo que me atrae, como una polilla que busca su luz.

—Me encantaría ser tu luz —dice con voz suave, lo que provoca que me sonroje.

—Esto es muy mala idea —pongo de manifiesto porque estoy segura de que él también lo piensa—. Ni siquiera vivimos cerca.

—Muy mala idea —repite asintiendo—, pero es nuestra mala idea.

—¿Y qué pasará cuando vuelva a Granada?

—Que nos veremos menos —asume—. O igual habrás conseguido alejarme y seré un problema menos.

—Nos reímos sin ganas—. Mira, puede que tú seas de las que ponen distancia con la gente, pero yo soy de los que la ponen con la vida.

Me he pasado treinta y un años paralizado pensando en los «Y si…

» y, la verdad, estoy harto. Tampoco digo que a partir de hoy vaya a vivir la vida loca, pero lo que tengo claro es que no quiero perder la oportunidad de conocerte de verdad solo por una mierda hipotética que no sé si pasará.

¿Será complicado? Sí. ¿Será a veces frustrante?

Sí. ¿Habrá días que me coma la cabeza? También.

¿Valdrá la pena? No me cabe la menor duda.

—Prométeme que si alguna vez no estás bien o te estás comiendo la cabeza, lo hablarás conmigo. Si no hablamos, esto estará abocado al fracaso antes de empezar.

—Solo si tú me prometes lo mismo.

—Puedo prometerte que lo intentaré.

—Con eso me vale —dice con una sonrisa sincera y palmea sus piernas para que vaya hacia él, así que lo hago y me siento en su regazo.

Me da un beso en el cuello que me eriza la piel mientras me abraza desde atrás—.

Mucho mejor. Sé que estás asustada y yo también, pero te juro que haré todo lo posible para alejar tus miedos.

—¿Y quién alejará los tuyos?

—Tu sonrisa.