Serie Siempre: Colección completa 48. Sofía
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48. Sofía

Sofía

La mirada que me lanza Fer nada más cruzar la puerta de mi casa me deja sin respiración.

Es la misma que me atravesó justo antes de besarme la primera vez y cuando se puso de rodillas en la ducha.

Una mirada que me dice que ha tomado una decisión y que piensa llevarla a cabo.

Una mirada que me llena de incertidumbre y expectativa a la vez.

Una mirada que me hace temblar como una hoja hasta que rompe el contacto visual para saludar a mi abuela.

He sido una cobarde, lo admito. No le he escrito desde que lo vi en el hospital porque, la verdad, no sabía qué decirle.

O más bien cómo decírselo. Nunca he tenido que lidiar con este tipo de conversaciones.

Nadie había conseguido llegar tan al fondo de mi ser.

Y estoy acojonada por si él prefiere quedarse en el pasado.

En ese «solo una vez» que fui tan idiota de proponerle.

Porque, muy en el fondo, sabía que no me bastaría, aunque tuviera la esperanza de que sí.

Esta mañana, cuando han llegado sus hermanos con el técnico del aire acondicionado y han dicho que Fer no podía venir, se me ha caído el alma a los pies y he llamado a Magda:

— ¿Ya me echas de menos? Mucho has tardado. Y no, no puedes volver, te vas a quedar todo el mes allí —ha soltado a modo saludo. La hubiera fulminado con la mirada si la hubiera tenido delante—. Deja de fulminarme con la mirada, no estoy ahí.

—Te odio.

— En realidad me adoras. —He bufado en respuesta—. A ver si adivino: te has cruzado con Fer, habéis mantenido las distancias y te odias por no haberle cogido de la camiseta y comido los morros.

—No. Bueno, no es exactamente así.

— Rectifico: te cruzaste con Fer en el hospital, mantuvo las distancias y lo has utilizado de excusa de mierda para alejarte de él porque no eres capaz de lidiar con el hecho de que te guste tanto.

—Él tampoco…

— Excusas, excusas… —ha canturreado—. ¿Por qué no me dices para qué me has llamado ya?

—No sé cómo empezar la conversación —he admitido en un susurro.

— Hola, Fer. Mira, ¿sabes aquello que dije de «solo una vez»? Pues he cambiado de opinión. ¿Me llevas en brazos a tu habitación otra vez, por favor, y gracias?

—Eres de gran ayuda —he ironizado rodando los ojos.

— Siempre se lo puedes poner en un mensaje. Si te deja en visto, pues ya sabes que no quiere repetir.

—No sé ni para qué te llamo.

— ¿Cómo llevas estar en Baza? —me ha preguntado preocupada, ignorando la conversación anterior—. ¿Has vuelto a tener pesadillas?

—No, la verdad es que no. Aunque tampoco he dormido mucho entre vigilar a mi abuela y pensar en Fer.

— ¿Se ha vuelto a marear Angelines?

—No, porque he tenido el pingüino puesto, pese a sus quejas. De hecho, acaban de llegar los hermanos de Fer con el técnico del aire acondicionado.

— Y Fer no ha ido. Por eso me has llamado.

—Sí.

— Estas vacaciones vas a salir mucho de tu zona de confort.

—No, por favor, no.

— Lo primero que vas a hacer es hablar con Fer —ha seguido hablando mientras me ignoraba—.

Lo segundo es que quiero que salgas a pasear por Baza.

Que vayas a tomarte algo o cenar, al menos, dos veces a la semana.

Sola o acompañada, me da igual. Y lo tercero, es que vayas al centro de día de la asociación a preguntar por los puestos de trabajo que tienen.

—No me voy a mudar a Baza.

— Claro que lo vas a hacer, lo que pasa es que no te has dado cuenta aún.

Sigo dándole vueltas a ese comentario en concreto.

No me gusta Baza y no porque no sea una ciudad bonita, sino porque, cada vez que salgo, los recuerdos me golpean en el estómago y me dejan sin respiración.

Por eso no vivo aquí, por eso quiero llevarme a mi abuela a Granada conmigo, porque llegará un momento en que me necesitará y yo no seré capaz de mudarme aquí.

O sí, pero me quedaré encerrada en casa.

No sé qué opción me parece peor. Por eso, de todo lo que me ha pedido, salir es lo que más miedo me da.

No obstante, confío en Magda, así que si ella me ve preparada para probarlo, es que puedo hacerlo, aunque me duela.

Sé que si vuelven las pesadillas, me dejará parar.

—¿Sofía?

—¿Qué? —Vuelvo a la mesa donde estamos comiendo y me doy cuenta de que todos los ojos están puestos en mí.

—Estábamos diciendo que esta noche iremos a tomar algo, que si te querías apuntar —me explica Juanma—. También vendrá Luna.

—No sé si…

—Irá —contesta mi abuela y alzo una ceja en su dirección—. Llévate el mando del aire acondicionado si así estás más tranquila, pero no vas a estar el mes entero encerrada en casa.

—Pues parece que sí que iré —suelto con sarcasmo y Fer me lanza una mirada que soy incapaz de descifrar.

El resto de la comida transcurre entre preguntas de mi abuela a los hermanos de Fer, mientras este me observa con una intensidad que empieza a ser sofocante.

Apenas habla, aunque está atento a la conversación y contesta cuando se dirigen directamente a él, no como yo.

Por suerte, dejan de hablarme de forma directa la tercera vez que me tienen que repetir la pregunta.

Cuando acabamos, me levanto para hacer el café, pero mi abuela nos echa a todos alegando que quiere echarse la siesta aprovechando el fresco que se nota ahora en la casa. En el momento que me ve despedirme, me apunta con el dedo:

—Tú también te vas.

—¿Qué? —La miro confundida—. Abuela, es mi casa también. ¿Estás bien? Soy yo, Sofía.

—Sé perfectamente quién eres —espeta como si la hubiera ofendido y empieza a subir las escaleras hacia el piso de arriba—. No pienso olvidarme de mi única nieta jamás, por muy lejos que viva. Magda me ha dicho que tienes que salir, así que ¡largo!

—Abuela —me quejo como una niña pequeña—. Hace un calor para morirse ahí fuera.

—¡Y no quiero que vuelvas hasta bien entrada la noche! —grita desde lo alto de la escalera, ignorando mis súplicas. En realidad, puedo quedarme aquí si no hago mucho ruido. Como si me hubiera leído el pensamiento, suelta—: Si intentas engañarme, lo sabré.

—¡Nosotros la adoptamos! —La voz grave de Juanma retumba por toda la casa mientras me arrastra fuera con una mano en la espalda. Una vez cierra la puerta, me lanza hacia Fer sin que pueda frenarme, lo que lo obliga a agarrarme para no irme de morros al suelo—. Toda tuya. ¡Adiós!

Y, sin más, sale corriendo, dejándome a solas con Fer.