47. Fer
Fer
Ver a Sofía me ha dolido más de lo que esperaba.
Ignorar sus mensajes o contestar en horas en las que sé que tardará en responderme, para no tener que mantener una conversación banal, ha sido fácil, porque solo tenía que lidiar con una pantalla.
Pero hacerlo en persona, cuando además he notado el alivio en su mirada en cuanto ha visto a su abuela, y contener las ganas de abrazarla fuerte y decirle que todo había pasado, me ha matado por dentro.
Había imaginado cómo sería la próxima vez que nos viéramos, pero no contaba con que fuera en el hospital, después del susto de saber que su abuela estaba allí.
El domingo después de acostarnos, fui a tomar café a casa de su abuela y disimulamos bien.
Alguien avispado, como estoy seguro de que es Angelines, notaría que había algo diferente entre nosotros, pero se podía atribuir a muchas cosas.
El lunes, en el centro con los niños, esa tensión se incrementó, sobre todo porque me di cuenta de que no le hizo gracia que fuera en mi propio coche y no con ella, pero no dijo nada.
La bajada en la frecuencia de los mensajes solo ha sido la culminación de lo evidente: todo cambió después de acostarnos y no podemos hacer nada para evitarlo.
Esto es una mierda, pero es lo que hay. Sabía que tendría que lidiar con las consecuencias de mi decisión cuando me animé, por una vez, a actuar en lugar de pensar.
La palmada en la espalda de Juanma me saca de mi espiral autodestructiva y lo agradezco.
Necesito pensar en otra cosa y dormir un rato, después de estar pendiente de Angelines toda la noche hasta que ha accedido a que la llevase a Urgencias.
Desde que ayer por la tarde me confesó que no se encontraba muy católica, no me he despegado de su lado, incluso he dormitado en su sofá por si necesitaba algo.
Hasta que, a las cinco de la mañana cuando se ha levantado para ir al baño, ella misma me ha dicho a regañadientes que podía acercarla.
Cuando el médico nos ha explicado que no tenía nada grave y que se debía a una bajada de tensión, ha sido cuando he conseguido respirar.
—¿Te llevo a casa y descansas un rato? —me pregunta Juanma, y acepto lanzándole las llaves de mi coche. No puedo ir a trabajar en estas condiciones. Una vez me acomodo en el asiento del copiloto y me abrocho el cinturón, mi hermano sale del parking del hospital—. ¿Quieres hablar del tema?
—No —sentencio.
—Ya he quedado con Antonio. Nos hará un favor especial y vendrá a instalarle el aire acondicionado a Angelines el sábado por la mañana con su hijo —me explica y asiento.
—¿Te ocupas tú con Óscar? —le pido.
Puede que esté actuando como un cobarde, pero no tengo ganas de ver a Sofía.
Ahora que se me han pasado todos los nervios de ver a Angelines enferma, lo único que siento es el vacío de haber estado junto a ella y darme cuenta del abismo que nos separa.
No quiero volver a sentirlo, aunque eso implique que tenga que esconderme o mudarme.
—¿Estás seguro?
—Sí. —Y esta vez no hay ni un ápice de duda en esa afirmación.
Sofía
Hola
Tus hermanos se van a quedar a comer y mi abuela me ha dicho que te escriba por si quieres venir
Fer
¿Tú quieres que vaya?
Sofía
No lo sé
Fer
Sigue con la excusa de mierda que se haya inventado Juanma para justificar que no esté en tu casa y dile a tu abuela que ya pasaré a verla en otro momento
Sofía
Ayer me preguntó por qué solo vienes a verla cuando yo no estoy
Fer
Casualidad
Sofía
Es vieja, pero no tonta
Creo que deberíamos hablar
Fer
Ya sabes dónde encontrarme
Lanzo el móvil a la mesa frente al sofá y me apoyo en el respaldo mientras suelto un suspiro.
Es la primera vez que me escribe desde que vino a ver a su abuela, y lo hace porque la ha obligado.
«De puta madre». El cabreo solo ha ido en aumento desde el martes, cuando salí del hospital y me di cuenta de que la cagué al acostarme con ella.
No, fue al fijarme en ella la primera vez.
Al seguir yendo a casa de su abuela cuando sabía que ella se encontraba allí para conocerla.
Al engañarme pensando que no sentía nada por ella, o no tan fuerte como para no soportar que desapareciera.
Pero solo me estaba engañando a mí mismo.
En cuanto consiguió lo que quería, empezó a crear una barrera entre nosotros, y yo me siento como un gilipollas que espera con un ramo de rosas en la mano a que ella baje el muro por mí.
Me sobresalto cuando escucho el ruido de la puerta y me levanto para encontrarme a medio camino con Juanma. Al menos ha tenido la deferencia de venir solo.
—Vístete —me exige—. Te vienes a comer.
—No.
—No era una pregunta.
—No quiero ir, Juanma. Y no puedes obligarme.
—No me pongas a prueba. —Sé que su amenaza no es vacía, aun así, le sostengo la mirada. Esta vez no voy a ceder—. Joder, Fer, deja de ser tan cabezota.
—No quiero verla, Juanma —le suplico—. Duele.
—Se va a quedar por aquí un mes —me informa, y ese dato me trastoca—. Magda movió los hilos para ello. No seas gilipollas y aprovecha la oportunidad.
—¡¿Y luego qué?! —vocifero y mi hermano se sobresalta—. Se volverá a ir y será peor.
—No le des la puta opción de irse —sisea mientras me agarra de la camiseta del pijama—. ¿Me has oído? Demuéstrale lo que yo ya sé: que eres el mejor hombre sobre la faz de la tierra. Y si aun así se va, entonces no merece respirar el mismo aire que tú.
—Yo no soy tú —espeto quitándomelo de encima de un empujón—. No puedo simplemente desconectar mi cabeza y fluir.
—Papá nunca vio ninguno de mis cuadros —suelta de golpe.
—¿Qué?
—Empecé a pintar antes de que muriera, pero no vio ningún cuadro porque no sabía cómo proponerle añadir al negocio esa parte.
¿Y si no le gustaban mis cuadros? ¿Y si la gente no lo pedía?
O ¿y si la gente acababa solo pidiendo eso y os quedabais sin trabajo por mi culpa?
Y ¿sabes qué pasó? Que un puto camión se quedó sin frenos.
—Trago saliva al recordar ese momento. Aún duele, joder—.
Y ¿sabes qué fue lo primero que pensé? Que hubiera preferido mil veces escucharle decir que mis cuadros eran una mierda a que se muriera sin saber que pintaba.
—Le habrían encantado —susurro dándole un golpe en el hombro con una sonrisa triste, igual que la suya. No tenía ni idea de esta historia. Yo pensé que mi padre nunca conocería a sus nietos, pero esto es peor, porque sí podría haber visto los cuadros de Juanma.
—Ese día me prometí que dejaría los «Y si…
» en un rincón de mi cabeza y simplemente viviría, porque mañana podría ser yo el que acabase bajo tierra.
—Suspira y se me queda mirando—. ¿Crees que no odiaba que mi relación con Mar fuera informal?
¡Joder, me enamoré de ella la primera vez que me sostuvo la mirada!
Pero preferí mil veces eso que no tenerla, pese a saber que podría perderla.
Le demostré que juntos éramos mejores y la ayudé a despejar su cabeza de demonios, porque la quería a mi lado.
Porque el dolor de perderla iba a ser solo una ínfima parte del dolor de no tenerla.
Si te gusta esa chica —dice señalando la pared que linda con la casa de Sofía—, si te gusta de verdad, deja de estar en el puto banquillo y sal a jugar.
Lo miro con determinación durante unos segundos que se me hacen eternos antes de subir las escaleras de dos en dos para ir a vestirme y comer a casa de Angelines. He tomado una decisión: tengo una conversación pendiente con Sofía.