46. Sofía
Sofía
Una vez me he duchado, más rápido que en toda mi vida, y me he vestido con ropa cómoda para estar en el hospital, cojo la mochila que me ha preparado Magda sin mirar lo que hay dentro y salgo al salón, Juanma está sentando en la mesa comiendo como si no hubiera un mañana.
Sonrío ante su cara de niño que nunca ha roto un plato.
—¿La podemos adoptar? —pregunta señalando a Magda—. Cocina de puta madre.
—Tu hermano cocina mejor —susurro—, pero no se lo digas, que se pone celosa.
—¡Te he oído! —grita Magda desde la cocina y aparece con un plato con un par de tostadas con tomate, huevos revueltos y embutido, además de una taza de café.
¿En serio pretende que me coma todo eso?
—. Come, que la comida del hospital es una mierda y, conociéndote, solo irás a la máquina.
También te he preparado un táper para tu abuela.
—Sabes que allí le van a dar comida, ¿verdad? Y seguramente tenga que seguir una dieta.
—Una dieta que ignorará —afirma Magda rodando los ojos—. Mi comida la hará feliz.
—Estoy de acuerdo —le da la razón Juanma, señalándola con el tenedor.
Consigo, forzándome mucho, comer más de la mitad del plato, y Juanma coge mi mochila para bajar a buscar mi coche.
Aún no he decidido si quiero conducir o no.
No sé qué me pone más nerviosa, si hacerlo temblando y preocupada por mi abuela o que sea otra persona quien lo haga y más cuando ni siquiera sé cómo conduce.
Juanma me abraza por los hombros cuando estamos en la calle y nos dirigimos al coche.
—Fer me ha contado que no te gusta subirte en coches ajenos.
Lo entiendo, a mí tampoco me gusta, la gente no sabe conducir —suelta como si fuera algo obvio y sabido por todos—.
Estoy aquí para acompañarte, como piloto o copiloto, pero si es como lo primero, quiero que sepas que pararé todas las veces que lo necesites y me lo pidas, aunque tenga que hacerlo en mitad de la autovía.
Y, que ahora decidas una cosa, no significa que no puedas cambiar de opinión. No me voy a ofender.
—Me da la impresión de que es muy difícil ofenderte.
—No tanto, Fer lo consigue varias veces al día —bromea—. Ahora en serio, lo que necesites. Magda me ha dicho que te hable mientras conduzco para que te relajes, así que prepárate para una hora entera de lo que he titulado: «Por qué Fer es la mejor pareja del mundo y tú aún no te has dado cuenta».
—¡Dios, por favor, no!
Decido dejarle conducir, con la promesa de que parará si lo necesito.
En cuanto arranca, intento respirar con los ojos cerrados, pero es peor que si los llevase abiertos.
Me atrevo a observar la calle, Juanma conduce tranquilo, con una sonrisa, e inicia varias veces distintos temas de conversación, los cuales ignoro mientras controlo el ataque de ansiedad que se está formando dentro de mí.
—¿Crees que un poco de música te iría bien? —pregunta al poco—. ¿Música animada o relajante? ¿Esos audios de ruiditos que a la gente tanto le apasionan? Estás de suerte, porque por ti haré una excepción y escucharé cualquier cosa que elijas.
—Me gustan los pódcast de crímenes reales —le cuento y me mira de reojo como si estuviera pirada.
—¿Para distraerte o para documentarte?
—Idiota —murmuro, lo que provoca que se ría, aunque no me pasa desapercibido que esa broma me ha aligerado un poco la ansiedad por no estar conduciendo—. Y los audios de ruiditos me ponen muy nerviosa.
—A mí también. A Mar le encantan. —Suspira—. Hasta se pone los vídeos en la tele de casa. A mí me parece que ver esas cosas es de tener un fetiche muy chungo.
—Yo creo que existen fetiches peores.
Cuando miro por la ventanilla, me doy cuenta de que ya estamos en la autopista y aún no me he puesto a hiperventilar.
¿Será porque es mi coche? O puede que sea porque mi mente solo piensa en mi abuela, pese a que no paro de escuchar a Fer diciendo que está bien.
Necesito verla, necesito comprobarlo por mí misma.
—Te vas a librar de la conversación de Fer porque sé que tienes la mente en tu abuela —me dice pasados unos minutos en los que hemos estado en silencio—, pero me gustaría que me contestaras a una pregunta.
—Depende de la pregunta.
—¿Ha pasado algo entre vosotros después de que fuéramos a pintar el centro de día? El lunes cuando vinieron los niños parecíais un poco tensos los dos y Fer lleva un poco cabizbajo desde entonces.
—Solo… —¿Qué pretende que le conteste, si no me entiendo ni yo?—. La vida.
—Ya, eso pensaba —balbucea—. Y bueno, ¿esos crímenes reales que tanto te gustan, pasan en España?
Cuando me bajo del coche una vez llegamos al parking del hospital, aún no me puedo creer que haya conseguido hacer todo el trayecto sin que me diera un ataque de ansiedad ni parar a tomar el aire.
Supongo que tener otra preocupación en mente me ha ayudado, y que Juanma me haya hecho reír varias veces comentando el capítulo del pódcast como si fuera un experto, también.
Sigo a Juanma, que parece tener claro a dónde nos dirigimos, y vamos pasando varios puestos de enfermeras donde lo saludan con la cabeza hasta que llegamos a un box apartado de todo el bullicio de gente, en el que me encuentro a Fer sentado al lado de mi abuela en la camilla, mientras ella le enseña a hacer ganchillo.
Me reiría de la escena si no fuera porque me tengo que sujetar a Juanma para no caer de bruces al suelo al invadirme un alivio brutal. Mi abuela está bien.
—¡Me has dicho que no iba a venir! —acusa mi abuela a Fer y este se encoge de hombros—. Y pensar que iba a compartirte mi receta de las galletas de canela.
—Lo siento, Angelines, pero volvería a hacerlo.
—Le da un beso en la mejilla a mi abuela y se acerca hasta donde estoy.
Pienso que me dará otro a mí, pero se mete las manos en los bolsillos, dejando al menos un metro de distancia entre los dos—.
Han dicho que seguramente solo ha sido una pequeña bajada de tensión por culpa del calor; si le vuelve a pasar, hay que venir de nuevo.
—Tonterías —espeta mi abuela cruzándose de brazos.
—Estamos esperando el informe del alta —sigue hablando Fer, ignorando a mi abuela—. Si estás bien para conducir de vuelta a casa, nosotros nos vamos.
—Sí, creo que sí. —Enfatizo mis palabras afirmando con la cabeza—. Gracias, Fer.
—Siempre que lo necesites.
Su tono no es el habitual en él, ahora entiendo lo que decía Juanma de que está cabizbajo, suena apático. Quiero decirle algo, lo que sea, pero no me da opción. Sale del box y Juanma me lanza una mirada apreciativa antes de despedirse de mi abuela y desaparecer junto a su hermano.
Respiro hondo y me acerco a mi abuela, que me mira con el ceño fruncido.
—No tendrías que haber venido, estoy bien —refunfuña. Me subo a la camilla de un salto y la abrazo con fuerza. Está bien; mi abuela está bien—. Mi niña, estoy bien. No quería que nadie te preocupase.
—Ocultarme las cosas no hará que me preocupe menos. —En ese momento, me suena un mensaje en el móvil y me extraña ver el nombre de mi jefe, y mucho más el contenido del mensaje.
—¿Qué pasa, mi niña?
—Pasa que voy a quedarme unos cuantos días por aquí contigo.
—¿Cuántos son unos días? —Intenta fingir que le molesta, pero el brillo de sus ojos me indica que está encantada con la idea.
—Un mes.