45. Sofía
Sofía
En cuanto saco el móvil para darle los buenos días a Fer, y decirle que ya he salido de mi turno de noche, el corazón me da un pinchazo.
Le echo de menos, y no tiene nada que ver con que tenga ganas de volver a meterme en su cama.
O, al menos, no todo es por eso. Nuestra relación se ha enfriado y ni siquiera puedo echarle la culpa a él, ha sido cosa de los dos.
Seguimos hablando, claro, pero de la misma manera que habíamos conseguido relegar a mi abuela a un segundo plano de la conversación, ahora es el centro de ella.
De hecho, no hablamos de otra cosa. Sobre todo desde el día que me comentó que iba a ir a cenar con Luna.
Sufrí tal ataque de celos irracionales que estuve todo el día sin contestarle, incluso sabiendo que Juanma y Mar también iban con ellos.
Y que no tengo ningún derecho a decirle nada.
Absolutamente nada, porque fui yo la que planteó lo de limitarlo a una sola vez.
Aun así, no soy tan idiota como para negarme que lo que siento por Fer no es solo atracción sexual, como pensé en un principio.
Por eso, este distanciamiento es necesario.
Cuando se me pase la tontería, podremos volver a ser amigos y hablar de cualquier cosa, como lo hacíamos hace tres semanas, antes de que le propusiera acostarnos y lo mandase todo a la mierda.
Que lo volvería a hacer, por supuesto. No me arrepiento, en absoluto.
Pero las consecuencias de esa decisión me están doliendo más de lo esperado.
Doy un respingo cuando el móvil me vibra en la mano y me extraño cuando el nombre de Fer aparece en la pantalla. Un segundo después, descuelgo, temblando como una hoja al pensar que le ha podido pasar algo a mi abuela.
—¿Hola?
— Hola. Tu abuela está bien —afirma con ese tono sereno que sería capaz de calmar a una selva entera—, pero no se encontraba bien, estaba como mareada, y le están haciendo algunas pruebas en el hospital.
—¿Qué quieres decir con que no se encontraba bien? ¿Mareada? ¿Se ha desmayado? ¿Por qué no me ha llamado? ¿Dónde está? ¿Qué pruebas le están haciendo? —Las preguntas se me agolpan en la garganta y mi visión se nubla por las lágrimas no derramadas mientras el pánico me invade todo el cuerpo.
— No te ha llamado porque no quería preocuparte, ya la conoces —me explica con un tono que demuestra que no está nada de acuerdo con esa decisión—.
No se ha desmayado en ningún momento, la he vigilado toda la noche hasta que a las cinco ella misma me ha pedido que la trajese porque seguía con la misma sensación, pero ya está bien.
Ahora mismo se la han llevado para hacerle un electro.
Le ha echado la bronca al pobre celador porque ha cogido un pequeño bache con la camilla al llevársela, así que sí, está bien.
—Tengo que ir para allí. —Esta afirmación me la digo más para mí que para él—. Llegaré en un par de horas o así, me vas diciendo si hay novedades, ¿vale?
— Está todo gestionado para que puedas venir, tranquila. —¿Qué?—. Magda te ha preparado una mochila y ha hablado con tu jefe, tienes una semana libre para estar con tu abuela. Y te he mandado a Juanma para que no tengas que conducir.
—Eso no era nece… —Me interrumpe con un suspiro.
— Mira, sé que no quieres que nadie conduzca tu coche ni subirte en otro coche que no sea el tuyo, pero estoy seguro de que ahora debes de ser un manojo de nervios y en esas condiciones no puedes conducir, Sofía.
No es seguro. Y ya estoy bastante preocupado por tu abuela como para estarlo también por ti.
—¿Por qué estás preocupado? ¡Me has dicho que estaba bien! —le grito, aunque él no tiene la culpa.
— Sofía, está bien —me promete—, pero están haciéndole pruebas. Claro que estoy preocupado, igual que tú. —Se escucha como respira hondo—. Juanma te está esperando en tu casa, yo no pienso moverme del hospital hasta que vengas. Cuando te sientas cómoda, coged el coche y venid.
—No sé si seré capaz —admito. ¿De qué exactamente?, no lo sé. ¿No seré capaz de ir en un coche en el que yo no conduzca? ¿No seré capaz de aceptar que mi abuela tenga alguna enfermedad que me haga perderla?
— Lo sé, y Juanma también. —Lo dice de una forma que parece que sepa que no hablo solo de conducir—. No vas a estar sola, Sofía. Yo siempre estaré a tu lado y, por desgracia, eso incluye a Juanma.
—Qué suerte la mía —bromeo, y el nudo que se me ha formado en la garganta me aprieta cuando meto la llave en la cerradura de la puerta del portal—. Acabo de llegar a casa, hablamos luego. Y, por favor, ve diciéndome cómo está.
— Por supuesto. Estate tranquila, yo cuido de ella hasta que tú llegues.
En cuanto entro en casa, Magda me abraza y me lleva hasta el sofá, donde está Juanma sentado con un café en la mano.
No me mira con pena, como lo hace mi amiga, sino con una mirada comprensiva que me indica que puedo contar con él para lo que necesite.
El contraste con todas las otras veces que nos hemos visto es tal, que me provoca un sollozo y me abrazo a Magda en busca de consuelo.
No puedo perder a mi abuela, no estoy preparada.
—Tu abuela está bien —afirma Juanma y suelta un resoplido que parece más una risa extraña—. Le ha echado la bronca a Fer en cuanto se ha dado cuenta de que nos mandaba aquí para venir a buscarte.
—¿Nos? —pregunto descolocada mirando alrededor, pero solo están ellos dos.
—¿De verdad pensabas que iba a dejar mi coche aquí? —Lo dice tan horrorizado que nos hace reír a Magda y a mí—. Me ha traído Óscar y se ha largado a trabajar por los tres.
—Pobre —dice mi amiga y Juanma rueda los ojos.
—El cabrón estaba encantado. —Clava la mirada en mí antes de continuar con un tono serio—: Tu abuela está bien, Sofía.
Seguramente su malestar se deba a que han subido las temperaturas y que no quiere poner el pingüino que le instalamos de forma provisional porque gasta mucho.
—Rueda los ojos—. Es una cabezona. De hecho, ni siquiera quería ir a que la mirasen. La ha obligado Fer.
—Eso me cuadra más. —Respiro hondo y me limpio las lágrimas con la manga—. Voy a darme una ducha rápida y nos vamos, ¿vale?
—Yo no tengo prisa —espeta Juanma con una sonrisa de oreja a oreja dando un trago a su café—. Hoy no trabajo.
—Lo siento.
—De lo siento nada —suelta como si le hubiera ofendido—. Para eso está la familia. Ahora vete a la ducha, tienes una pinta horrible, como si hubieras estado trabajando toda la noche. —Me guiña un ojo y su broma hace que la congoja se aligere un poco.
Me dirijo hacia el baño acompañada de Magda, quien me abraza y me promete que todo irá bien.
—¿En serio has llamado a mi jefe? ¿Se puede saber de dónde has sacado el número?
—Me lo diste hace años por si pasaba algo, ¿no te acuerdas? —Rueda los ojos ante mi negativa—. Le he recordado todas las veces que le has salvado el culo, además de todas las horas que te debe, antes de decirle que te ibas a tomar una semana para estar con tu abuela. No le he dado opción a negarse.
—¿Por qué no me has llamado antes? ¿Por qué Fer te ha llamado a ti antes que a mí y por qué tiene tu número?
—Lo ha cogido del teléfono de tu abuela.
Como sabía que estabas trabajando, ha pensado que yo sabría mejor cómo manejarlo, no estaba seguro de poder llamarte si estabas allí.
Y no te hemos avisado antes porque no había nadie que pudiera relevarte del turno y hubiera sido peor que estuvieras allí comiéndote la cabeza cuando solo quedaba una hora para salir —admite, y tiene razón; vamos muy justos de personal ahora en verano y todos quieren vacaciones—.
Tu abuela no está grave, si no, hubiera sacado a tu jefe de la cama para que fuera él a sustituirte.
—Te creo. —Me río aunque no me llena el corazón, que se ha convertido en una piedra que me pesa y me impide moverme—. Hasta que no la vea, no estaré tranquila.
—Pues claro que no —dice como si fuera lo más evidente del mundo—. Venga, dúchate. Te voy a preparar algo de comer para que no te vayas con el estómago vacío.