44. Fer
Fer
Cuando sus manos se enredan en mi pelo y su lengua busca la mía, me olvido de dónde estamos.
La calle y la lluvia dejan de existir. Mis manos quieren tocarla, embriagado como estoy por su sabor dulce.
La atraigo más hacia mí —si es que eso es posible— y amaso su culo mientras mi otra mano asciende por su espalda, haciendo que se estremezca.
Cuando llego a su pelo, ese del que tantas ganas tenía de conocer su tacto, noto que está mojado y es cuando me doy cuenta de que he lanzado el paraguas al suelo y que nos estamos empapando.
—Creo que deberíamos entrar —hablo sobre sus labios y se ríe a la vez que asiente.
Recojo el paraguas y lo cierro mientras corremos hacia la puerta.
Nada más entrar, vuelvo a estampar mis labios contra los suyos y me trago un suspiro de puro alivio que se le escapa, o puede que fuera mío.
La alzo por el culo y nos dirijo al piso de arriba, sin dejar de besarnos en ningún momento.
Nos devoramos el uno al otro como si nos necesitáramos para vivir, como si llevásemos tanto tiempo deseando esto que, ahora que hemos abierto la veda, nos dé miedo que se acabe.
Cuando voy a dejarla sobre mi cama, donde he soñado tenerla tantas veces debajo de mí, cambio de opinión y nos meto en el baño.
En cuanto sus pies tocan el suelo, tira de mi sudadera y camiseta hacia arriba y me las quito de un tirón.
Su mirada de admiración a mi cuerpo me provoca una sacudida en la polla y se pone aún más dura, cosa que no pensaba que sería posible.
Dejo que me explore con las uñas y me las clave mientras traza un camino sin retorno hasta el botón de mis pantalones, donde es imposible disimular mi erección. En cuanto llega, la freno.
—Esto no está compensado —me quejo con un susurro grave que hace que sus pupilas se dilaten.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —me reta y pierdo el control.
Su camiseta desaparece, junto al sujetador deportivo que se intuía cada vez que se le escurría la camiseta por el hombro y que me ha estado volviendo loco todo el día.
Con el mismo ímpetu, le bajo los pantalones, llevándome con ellos las bragas, y todo se queda enroscado en sus tobillos.
Beso su cuello alternando con lametones y pequeños mordiscos mientras me regala suspiros de placer que llenan todo el baño.
Empiezo a bajar, ignorando sus tetas de forma deliberada y ganándome un bufido por ello.
Me río, pero no me paro mientras recorro su vientre y, cuando llego a sus rizos, me despego de ella para quitarle los tenis y toda la ropa que le estorba, dejándola totalmente desnuda frente a mí.
—Esto no está compensado —se queja con el mismo tono con el que lo he hecho yo antes.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —la insto con una sonrisa ladeada y, esta vez, cuando me agarra del pantalón, la dejo hacer mientras me quito las botas de una patada.
Nos contemplamos sin tocarnos, envueltos en nuestras respiraciones.
Estoy nervioso, lo reconozco, y no solo porque hace meses que no me acuesto con nadie.
Tengo la sensación de que todo va a cambiar a partir de esta noche, pero ya no hay marcha atrás.
Tenemos que quitarnos las ganas, como bien ha dicho Sofía.
Abro la mampara y me meto dentro de la ducha para encender el agua.
Cae helada de golpe sobre mi espalda, ayudándome a centrarme, mientras me giro para observar a Sofía, que me mira con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Está preciosa.
—¿Te apetece una ducha? —le propongo sacando la mano fuera para instarla a entrar conmigo.
—¿Me estás diciendo que huelo mal? —Se ríe mientras entra y la estrecho entre mis brazos.
—He pensado que después de trabajar todo el día y empaparnos hasta la ropa interior, nos vendría bien relajarnos bajo el agua caliente, ¿no te parece? Además, has dicho que será solo una vez, pero no cuánto debía durar esa vez.
Le regalo una sonrisa traviesa antes de volver a besarla con las mismas ganas que la primera vez; que me responda de la misma manera me está volviendo loco.
Nos metemos debajo del rociador efecto lluvia y noto como su cuerpo va entrando en calor.
Me separo lo justo para mojarme el pelo y echo el suyo para atrás mientras cierra los ojos y me deja hacer.
Me lleno la mano de gel y empiezo a enjabonarle el cuerpo.
Esta vez sí le hago caso a sus tetas, tan redondas y perfectas que me caben en la mano.
Sus suspiros y jadeos, además del agua cayendo, nos envuelven y, cuando se retuerce de placer, continúo trazando el camino de su vientre con espuma.
Cuando llego a sus rizos, me enjuago las manos y paso un dedo por sus pliegues.
Jadeo al notar que está empapada y no tiene nada que ver con el agua que nos moja los cuerpos.
Me lanzo de rodillas al suelo, le levanto una pierna para ponerla encima de mi hombro y la saboreo con un lametazo que la hace estremecerse entera.
Se coge a la agarradera que tiene detrás y aprovecho el movimiento para levantarla por completo, pasando la otra pierna por mi otro hombro.
Su jadeo nada tiene que ver con lo que le hace mi lengua poco después.
Coloco mis manos en su culo y espalda para sostenerla y, cuando estoy seguro de que no se caerá, empiezo a devorarla.
Sus gemidos me excitan e incitan a seguir.
La lamo y succiono con ganas mientras se deshace en mis brazos.
Cuando me doy cuenta de que está a punto de correrse, mordisqueo su clítoris a la vez que succiono con fuerza.
El gemido ronco que emite retumba por todo el baño, y tengo que sujetarla fuerte para que no se caiga cuando sus manos dejan de tener apoyo.
Sigo lamiendo con parsimonia hasta que no es más que un cuerpo totalmente relajado que se deja caer sobre mí.
La agarro con fuerza mientras me levanto y la envuelvo entre mis brazos para que se recupere.
—Me toca —anuncia tirándose al suelo de rodillas y agarrando mi polla con ganas.
—Eso no es necesa… ¡Oh, joder!
Las palabras mueren en mi boca cuando se la mete de golpe hasta el fondo y succiona con ganas.
Todo pensamiento coherente me abandona y solo existen Sofía, su boca y mi polla.
Ni siquiera yo soy importante en la ecuación.
Le aparto el pelo de la cara y lo recojo en mi puño, sin apretar.
Alza la vista para observarme desde abajo mientras sonríe con los labios rodeando mi polla y esta da tal sacudida que la freno para no correrme. Decide ignorarme.
—Princesa, como no pares me voy a correr ya —gimo y, cuando creo que va a hacerlo, succiona con más fuerza y empieza a moverse hasta que inevitablemente me precipito en su boca.
Me limpia hasta la última gota mientras respiro para recuperarme y se levanta con una sonrisa de oreja a oreja—. Eres malvada.
—¿Vas a fingir que no te ha gustado? —se mofa y coge el gel para empezar a enjabonarme.
—No he dicho eso, pero me deja en mal lugar si tardo tan poco.
—O a mí en un buen lugar por conseguirlo, ¿no crees?
—Eso es verdad. —La rodeo con los brazos y beso su cuello—. Eres magnífica.
Cuando acaba de enjabonarme, le lavo el pelo, aprovechando el momento para darle un masaje que incluye sus hombros. Una vez que hemos acabado de darnos caricias, le envuelvo con una toalla mullida y empiezo a peinarla mientras observo su reflejo en el espejo.
—Eres una caja de sorpresas —admite con una sonrisa—. Y que conste que no es una queja, me encanta que me peinen.
—Cuando quieras, princesa —bromeo, pero una sombra nos atenaza a los dos cuando recordamos que esto solo pasará una vez, aunque no por ello lo pienso disfrutar menos.
Para cuando volvemos a la cama, las ganas vuelven a envolvernos y nos devoramos mientras me adentro en ella una y otra vez, llevándonos a caer en el precipicio.
Una y otra vez, porque parece que, por mucho que lo hagamos, no acabamos saciados.
Una y otra vez lo intentamos, hasta que las fuerzas nos vencen y caemos rendidos en el colchón, sudados y exhaustos pero aún con ganas, demasiadas, pese a que hemos llegado a casa hace más de tres horas.
—Creo que debería irme o mi abuela se acabará preocupando —dice mirando el techo con la respiración aún entrecortada.
—Es posible, sí —consigo decir. No quiero que se vaya, pero no puedo hacer nada, sabía que en algún momento pasaría.
Se dirige al baño y sale poco después vestida, mirando el suelo. La espero sentado en el borde de la cama sin saber muy bien qué decir. Me he puesto el pantalón del pijama para que fuera menos incómodo, pero lo está siendo igualmente.
—Gracias —susurra acercándose y dándome un beso en la mejilla—. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana, princesa —susurro mientras observo como sale de mi habitación y me quedo mirando el lugar hasta que escucho el ruido de la puerta.
Me tumbo en la cama y suelto un suspiro. Acabo de tener la mejor noche de mi vida con una mujer maravillosa y, para mi desgracia, no volverá a ocurrir. Desde luego, esto ha sido muy mala idea.
SOFÍA
Apoyo la espalda en la puerta de casa de mi abuela para infundirme ánimos y me digo a mí misma que he hecho lo correcto saliendo de allí.
Es mejor dejarlo en una sola vez, o un único encuentro, porque he perdido la cuenta de los orgasmos que me ha provocado.
«Es la decisión correcta», vuelvo a repetirme, pero sigo sin creérmelo.
Ahogo un suspiro y me dirijo a mi habitación en silencio para no despertar a mi abuela.
Acabo de tener la mejor noche de mi vida con un hombre maravilloso y, para mi desgracia, no volverá a ocurrir.
Desde luego, esto ha sido muy mala idea.