43. Fer
Fer
Me limpio el sudor de la cara mientras escucho cómo la lluvia golpea los cristales de la sala que acabamos de pintar.
Bueno, que Juanma acaba de pintar. Le ha quedado espectacular, en cada una de las paredes ha dibujado detalles de las estaciones y ha añadido balones por aquí y por allá, así como otros objetos que usa Mar en sus ejercicios de psicomotricidad; lo ha hecho de tal forma que todo está integrado, y el resultado es simplemente una obra maestra.
Estoy deseando ver la cara de los niños y niñas cuando la vean el lunes.
Hemos quedado con Luna en que vendremos un poco antes de que lleguen, por la mañana, y entraremos a trabajar más tarde; ventajas de tener tu propia empresa.
Merece la pena perder unas horas de trabajo por esto.
—No os preocupéis por el olor —oigo que Luna les dice a mis hermanos. Hace poco nos enteramos de que no es una trabajadora más, también es la directora de la asociación—. Mañana vendré y abriré para que ventile.
—Te lo agradezco —le contesta Juanma, que tiene a Mar cogida por la cintura—. Estoy deseando ver sus caras cuando lo descubran.
—Yo también —admite Mar con una sonrisa, mirando a su novio—. Gracias por hacerlo posible.
—Un placer, nena.
—Nos vamos —declaro como si no estuviéramos todos en la puerta para salir—. Gracias, Luna, por dejarnos aportar.
—Siempre que queráis. —Me guiña un ojo e instintivamente busco la mano de Sofía.
El porqué lo hago, lo analizaré en otro momento.
He hecho lo mismo cuando hemos llegado y sigo sin saberlo.
También prefiero no pensar qué significa que me deje hacerlo con tanta facilidad.
Por suerte, a Luna ni siquiera le molesta el movimiento—. Nos vemos el lunes.
Como está lloviendo, César nos espera en la puerta con varios paraguas que no sé de dónde ha sacado.
Nos tiende uno a cada pareja, antes de rodear a Maite por los hombros y llevarla directa al coche mientras él se moja la mitad del cuerpo por cubrirla en exceso.
Óscar y Cristo también se van corriendo hacia el Audi del segundo y, cuando me giro para despedirme de Juanma y Mar, me encuentro a mi hermano babeando frente al todoterreno de Sofía.
—¿Crees que lo manchará? —bromea Sofía a mi lado, aún no hemos salido de debajo del portón que nos está protegiendo de la lluvia.
—¿Quieres tenerlo a tu merced y comiendo de tu mano? Prométele que le dejarás conducirlo.
—Es algo a tener en cuenta —admite con una sonrisa y su semblante se pone tenso—. No lo ha conducido nunca nadie.
—Entonces, que mire y babee. —Le guiño un ojo y abro el paraguas—. ¿Vamos?
Asiente y la acompaño hasta su puerta antes de dirigirme a la del copiloto.
Su abuela me explicó que le costó muchos años de terapia cruzar la calle sin tensarse después del accidente en el que murieron sus padres, ya que ella iba en el coche con ellos.
Lo que deduzco que su abuela no sabe es que no quiere subirse en coches de desconocidos ni dejarle el suyo a nadie.
Lo entiendo, tiene que ser muy traumático, ya me parece extraordinario que sea capaz de conducir tranquila como lo hace.
Aunque supongo que tener un tanque por coche ayuda.
Me ha gustado mucho que me acompañase hoy y creo que ha disfrutado, o al menos eso espero.
Yo, desde luego, lo he hecho. A veces me planteo qué pasaría si viviera en Baza, si mi vecina fuera ella y no su abuela; o las dos.
Si pudiera invitarla a tomar café a mi casa siempre que quisiera o prepararle pastelitos de limón.
Pero todo esto no sirve de nada pensarlo, ya ha dejado claro que no quiere trabajar aquí.
Tendré que conformarme con ser su amigo, por muy atraído que me sienta por ella.
Aun así, no he olvidado la pregunta de las relaciones esporádicas.
¿Querría proponerme algo? Y, lo más importante, ¿sería suficiente para sacarla de mi cabeza?
He vivido los dos lados de ese tipo de relación: he sido el que ha querido más y he sido el que solo buscaba sexo; si no se frena a tiempo, siempre sufre alguien.
Aunque, si tengo que ser sincero conmigo mismo, estoy seguro de que esta vez me decantaría por la primera opción.
Por lo que, ¿sería buena idea que nos acostásemos aunque solo fuera una vez?
Podría ser la mejor y la peor de las ideas y, lo que más me frena de todo es que no lo sabré hasta que ocurra, por muchas vueltas que le dé.
Y, por primera vez en mi vida, no estoy seguro de querer vivir con la incertidumbre de no saberlo, pese a que eso luego me destroce por dentro.
Hacemos el trayecto envueltos en un silencio cómodo que contrasta con todo el ruido que hemos vivido antes cuando pintábamos o nos metíamos con Juanma mientras creaba su obra de arte.
Una vez que ha aparcado, me percato de que ahora llueve mucho más fuerte que cuando hemos salido del centro.
Me bajo primero para ir a por ella con el paraguas abierto; pero cuando voy a dirigirme a la verja de la casa de su abuela, me frena.
—Podríamos ir a tu casa un rato —propone con una sonrisa, que pierde cuando ve mi cara de sorpresa—. Bueno, si quieres, claro.
—Sí, me parece bien. Sí. —Intento que no se note el ansia en mi voz. Me da la impresión de que esta visita será diferente a las anteriores, o puede que solo sean mis ganas de que lo sea. Estamos tan pegados debajo del paraguas que, si respirase hondo, tocaría su pecho.
—Antes de ir, quería comentarte algo —murmura mirando el suelo y trago saliva mientras asiento.
No sé si me ve o no, pero sigue hablando—: Creo que hay mucha tensión entre nosotros, o bueno, yo la noto, y eso no es sano.
He pensado que lo mejor sería que la rompiéramos y así poder seguir siendo amigos.
—¿A qué te refieres? —pregunto cuando se queda callada y me doy cuenta de que no va a seguir hablando. Quiero estar seguro de que se refiere a lo mismo que estoy pensando antes de hacer nada.
—A que deberíamos acostarnos. —Antes de que pueda decir algo, continúa alzando la vista—. Una vez. Para quitarnos las ganas y que esto no se convierta en una bola que no se pueda deshacer.
—¿Me tienes ganas? —insinúo cogiéndola por la cintura con la mano que tengo libre y acercándome más a ella hasta que no cabe ni un alfiler entre nosotros.
Sería absurdo negar que me muero por ella y, aunque con una vez es posible que me quede con ganas de más, coincido con Sofía en que deberíamos darnos el placer de dejarnos llevar y limitarlo solo a una vez.
Mañana ya lidiaré con las consecuencias de mi decisión.
—Las mismas que tú a mí —suelta alzando la barbilla para clavar su mirada en la mía.
—Oh, princesa, eso es imposible —susurro antes de estampar mis labios contra los suyos.